Fútbol de ayer y de hoy

Mes: diciembre 2025

Del balón con tiento al salto tecnológico

Pese a la desconfianza y el desdén con que los europeos miraron siempre a Sudamérica, el estadio Centenario, inaugurado durante el Mundial de 1930, impactó a los llegados del Viejo Mundo. Se asombraron. Era un escenario colosal para la época, el primero cilíndrico y con capacidad para 80.000 personas. Constituyó la primera gran novedad aportada por los Mundiales, ésta en materia arquitectónica. Luego vendrían cientos más, de diversa índole. Desde entonces, el fútbol ha tenido una transformación gigantesca. No da para decir que ahora es otro deporte, pero casi…

En aquel 1930 y hasta 1938 se jugó con la antigua pelota con tiento. El tiento era ese grueso cordón de cuero que cerraba el balón aprisionando una vejiga de goma. Eso hacía que muchos jugadores de la época usaran boina, sobre todos los defensas, para rechazar de cabeza y no lastimarse con el tiento. Aparte, por el tiento le entraba agua los días de lluvia y la bola se ponía muy pesada. Tres amigos argentinos de Bell Ville, la ciudad de Mario Kempes, inventaron la pelota actual, con cámara de goma y cierre cosido, que eliminó el tiento y le dio redondez perfecta. Luis Polo, Antonio Tossolini y Juan Balvonesi crearon en 1931 el nuevo balón, que debutó en cancha de Boca en 1936, pero a causa de la Segunda Guerra recién se presentó universalmente en el Mundial de Brasil en 1950. Fue un avance notable. En Argentina ’78, Adidas revolucionó el diseño de la herramienta con el balón Tango. Y en España ’82, al mezclar el cuero con poliuretano, se estrenó el primer esférico totalmente impermeable. Gracias a ello mantiene su peso al no absorber el agua.

En ese torneo de 1950 aparecieron los números en las camisetas, con lo cual se identificaron los puestos. El volante derecho pasó a ser “el 8”, el puntero izquierdo “el 11” y todos así. Esto facilitó al periodismo, y sobre todo a los hinchas, poder individualizar mejor los jugadores. El 10 se convirtió en símbolo de talento, de estrella, y ello porque lo usó Pelé en Suecia 1958 y a partir de él los grandes cracks utilizaron ese número.

Debido al desaire europeo al primer Mundial organizado en Uruguay, el torneo se realizó por invitación y aceptaron participar sólo 13 selecciones. Ya para Italia 1934 se inscribieron 32, por lo que se pusieron en marcha las Eliminatorias. Esa vez se jugaron sólo en Europa. La clasificatoria sudamericana comenzó en 1954. Hasta 1978 se jugó con 16 equipos, pero como en cada edición aumentaba la cantidad de inscriptos, en España ’82 se pasó a 24, en Francia ‘98 a 32 y ahora serán 48. Para Rusia 2018 se anotaron las 211 asociaciones miembro de la FIFA, récord.

La televisación de los partidos mundialistas se inició en Suiza 1954, pero dentro del país; aún no existía la manera de transmitir al exterior. Eso comenzó en México ’70, cuando se emitieron las alternativas en directo, vía satélite, a todo el globo. Ahí mismo se dieron los primeros partidos en color para aquellos países que disponían de ese sistema.

Ese campeonato en México fue extraordinariamente innovador; introdujo dos elementos sustanciales: las tarjetas -amarilla y roja- y los cambios. Seguramente influyó que, en 1966, cuando Pelé se retiró lesionado del choque ante Portugal, Brasil quedó con diez y flotó una sensación de injusticia. Fue víctima de una entrada excesivamente recia de Morais -no sancionada- con el agravante de que su equipo no podía reemplazarlo. Por eso se instauraron los dos cambios por equipo. La Unión Soviética fue pionera en ambos rubros. El ucraniano Víctor Serebrjanikov fue el primer reemplazado de la historia mundialista (¿se habrá ido mascullando rabia…?). Y otro ucraniano, Anatoli Byshovets, recibió la tarjeta amarilla inaugural. Para la roja hubo que esperar al siguiente Mundial: recién en 1974, el habilísimo puntero chileno Carlos Caszely vio la roja directa jugando frente a Alemania. “Berti Vogts me pegó 25 patadas, devolví una y me echaron a mí. Y tampoco era para roja”, se queja todavía Caszely.

La notable idea de implementar las tarjetas, para eliminar las barreras idiomáticas, fue del árbitro inglés Ken Aston, mundialista, quien dirigió el tristemente célebre partido Chile 2 – Italia 0 en 1962, denominado La Batalla de Santiago, tal vez el partido más violento de las copas del Mundo. Aston iba en su auto, paró en un semáforo, vio las luces y se le prendió la lámpara cerebral. Dijo: “Amarilla, advertencia; roja, no siga”.

A raíz de la implementación de las sustituciones en los equipos, se tuvo que pensar en un elemento hasta allí desconocido: los bancos de suplentes, una estructura nueva. En los años cuarenta, cincuenta, sesenta, en las copas América, en las que sí se permitían cambios, los jugadores que no eran titulares se sentaban o se recostaban en el césped, entre la raya de cal y el alambrado que separaba de las tribunas. Luego se les proporcionó el banquillo al aire libre y posteriormente con techo de visera para evitar agresiones de los hinchas.

En materia reglamentaria hubo variantes sustanciales. En Estados Unidos 1994 se creó el área técnica para que los técnicos pudieran pararse y dar indicaciones. También la figura del cuarto árbitro para ayudar al juez principal en todo lo relativo a cambios y manejo de situaciones más allá de los límites del campo como la hora, las tarjetas, el control de los entrenadores y auxiliares, etcétera. Allí mismo se puso en marcha la medida cumbre que tuvo un efecto fenomenal sobre el juego: los 3 puntos a la victoria. Fue un éxito rotundo y al año siguiente se extendió a todos los certámenes del mundo.

En ese torneo de 1994 por primera vez una final se definió por tiros desde el punto del penal, al empatar 0 a 0 Brasil e Italia. Quiso el destino que Roberto Baggio, quien hasta ahí era la estrella de la Copa junto con Romario, lanzara el último penal muy arriba y dejara la corona en manos de Brasil. De haber convertido y ganado Italia, seguro lograba su segundo Balón de Oro consecutivo. Ya lo había recibido en 1993. La definición por penales se estrenó en los Mundiales en 1982, en el histórico Francia 3 – Alemania 3, quizás uno de los más emotivos de todos los tiempos. Habían igualado 1-1 en el lapso reglamentario; fueron al alargue y en ocho minutos Francia, de sensacional actuación, se puso al frente 3-1. Pero Alemania, fiel a su historia, no se entregó y logró igualar 3 a 3. Debieron ir a los lanzamientos y ahí se impuso el cuadro de Rummenigge sobre el de Platini 5 a 4.

En Brasil 2014 se instituyó el chip electrónico en los arcos para evitar los goles fantasma. Esto, a raíz del increíble gol escamoteado a Inglaterra frente a Alemania en el Mundial anterior. La pelota entró al menos 60 centímetros, pero el árbitro uruguayo Jorge Larrionda, a instancias del línea Mauricio Espinosa, no lo convalidó e hizo seguir el juego. El escándalo llevó a implementar el ojo electrónico en la línea de meta. También en Brasil apareció el aerosol para marcar la distancia en los tiros libres. Hubo cantidades de modificaciones más. En Rusia 2018 debutó el VAR con la ilusión de que hiciera justicia. Como todas las innovaciones, fue vituperado al inicio, luego se asentó y ahora nadie aceptaría que no haya VAR en un partido mundialista. Sería ridículo. Hay una realidad innegable: a lo largo de la historia, todos los cambios fueron criticados, incluso ironizados, pero todos funcionaron y mejoraron el fútbol.

Italia, bajo la sombra de Mussolini

En 1930, cuando ningún país se atrevía a organizar un Mundial de fútbol, Uruguay levantó la mano y dijo “yo”. Le cabe el mérito eterno de haberse atrevido a poner en marcha esta fascinante historia. Era un paisito de 1.875.000 habitantes. Pero en 1934 se negó a participar. “Rechazamos el régimen fascista que se va a aprovechar de la competición”, adujo en un comunicado. Había otros motivos, velados: fue en represalia porque Italia no había asistido cuatro años antes a Montevideo y porque -esto no lo dijo- la brillante Generación Olímpica ya estaba mustia y temía no estar a la altura. Fue el único de los veintidós campeones que no acudió al siguiente Mundial a defender su título.

En pleno auge del fascismo impuesto por el dictador Benito Mussolini, Italia pretendía retomar el esplendor del Imperio Romano y le interesaba trascender, figurar, promocionar su régimen y marcar un liderazgo político a nivel universal. Por ello, entre muchos otros tópicos, solicitó y obtuvo la organización de la segunda Copa del Mundo, una herramienta fantástica para dicho propósito. Suecia se había postulado también, pero se bajó del tren en el congreso anterior a la elección. Mussolini llevaba más de una década en el poder y buscaba prestigio internacional y legitimidad interna para el fascismo.

La prensa de la época refiere presiones terribles del Duce a los jugadores italianos, y que el Mundial era “ganar o morir”. Pero según Massimo Tecca, magnífico periodista italiano, no fue así. “Se esparció la idea de que ganar era imperativo, sí, pero no hubo amenazas”. En cambio, el periodismo extranjero de entonces hizo hincapié en los arbitrajes, muy favorables a Italia, especialmente en partidos clave contra España y Checoslovaquia. Existen testimonios y documentos que sugieren presiones políticas a árbitros, aunque no siempre hay pruebas directas concluyentes. Mussolini asistió a varios partidos y dejó claro que ganar era una cuestión de Estado. El régimen invirtió mucho dinero en estadios, organización y propaganda. El torneo quedó rodeado de sospechas.

A diferencia de Uruguay, que presentó una sola sede, Italia designó 8 grandes ciudades para apenas 17 partidos: Roma, Milán, Turín, Nápoles, Bologna, Florencia, Génova y Trieste. Mejoró carreteras y preparó estadios importantes para la época. Quería impresionar. Se construyó el estadio Benito Mussolini en Turín (hoy Grande Torino), planificado para 66.000 espectadores. Y la final se escenificó en el coliseo Partido Nacional Fascista, de Roma.

Acudieron, ahora sí, 16 equipos, los que estipulaba entonces el reglamento: 12 europeos, por primera vez un africano -Egipto-, Estados Unidos y finalmente Argentina y Brasil. Sudamérica era el mejor fútbol del mundo, pero participó totalmente disminuido. Uruguay, la máxima potencia de la época, daba un paso al costado. Brasil estaba inmerso en un enfrentamiento entre Río de Janeiro y San Pablo, lo cual generó que participara con un equipo de Río y apenas cuatro del São Paulo FC. Viajó doce días en barco, cayó ante España 3 a 1 y se volvió a casa. Argentina acudió con un equipo amateur y de provincias, perdió 3-2 con Suecia en el debut y también pegó la vuelta rápido.

Por primera vez en la historia se jugó con un sistema totalmente eliminatorio, sin grupos: comenzó con octavos de final y siguió con cuartos, semifinal y final. Ganando cuatro partidos se era campeón. Italia se coronó por primera vez, pero jugando cinco, pues tuvo que afrontar un desempate con España, que nueve décadas después sigue despertando polémica. Fueron dos guerras. Según libros y medios de la época, Italia apeló a un juego excesivamente brusco. El primer choque (nunca tan gráfico el término), llamado La Batalla de Florencia, terminó 1 a 1 y debieron recurrir a un desempate apenas 24 horas después, dado que aún no existía la definición por penales y porque no se podía correr la programación. Con un agregado dramático: la refriega dejó siete jugadores españoles y cuatro italianos lesionados, entre ellos, el célebre Ricardo Zamora, El Divino, considerado el mejor arquero del mundo con diferencia. Zamora sufrió un choque desleal de Schiavio, que le fracturó dos costillas. Once titulares del primer partido, maltrechos, no pudieron protagonizar el segundo.

En la revancha se impuso Italia 1 a 0 con un gol de Giusseppe Meazza tras falta del argentino Atilio Demaría al arquero suplente Bosch. Fue un escándalo mayúsculo. Los jueces de los dos partidos, el belga Louis Baert y el francés Rene Mercet, fueron expulsados de por vida, de sus federaciones y de la FIFA. Tres días después, Italia venció 1-0 a Austria con gol del Indio Guaita, otro argentino, proveniente de Estudiantes. Y en la final, venció 2-1 a Checoslovaquia. Perdía 1-0 hasta faltando nueve minutos y la desesperación en el estadio de Roma era total, pero Mumo Orsi, otro gaucho, el gran puntero de Independiente y la Juventus, marcó el empate y mandó el partido al alargue. Allí, Schiavio señaló la victoria.

También debe decirse: Italia era un equipo fuerte con un técnico excepcional como Vittorio Pozzo. Ya había ganado en 1930 la Copa Internacional de Europa Central, en la cual intervenían las cinco selecciones más fuertes de Europa (exceptuando a Inglaterra, que permanecía encerrada en su arrogancia y estaba fuera de la FIFA): Austria, Checoslovaquia, Hungría, Italia y Suiza. De modo que era una expresión relevante. No obstante, ese Mundial lo subió al podio en el que permanece hasta hoy, pese a su declinación reciente. Al Mundial en casa le sumó el de 1938 en Francia, el título olímpico en Alemania 1936 y otra Copa Internacional de Europa Central en 1935. Todas no fueron por los árbitros o por el fascismo. Tenía fútbol, fuerza y carácter.

No obstante, sin los sudamericanos por delante, a Italia se le facilitó el camino al título de 1934. Y, además, Italia se sirvió de cuatro cracks argentinos y un brasileño para la conquista del título: Orsi, Monti, Guaita y Demaría, que habían sido cracks de la Selección Argentina, y Guarisi, expuntero del Corinthians. Los tres primeros fueron grandes figuras del campeón. Monti resultó el caudillo. Es el único caso de un futbolista que jugó dos finales de Mundiales con dos camisetas y dos himnos diferentes: en 1930 con Argentina y en 1934 con Italia. Era el gran capitán de San Lorenzo y la selección albiceleste. En Montevideo recibió una carta con una amenaza de muerte para él y su madre. Y los datos que le dieron lo convencieron de que esa amenaza era cierta. “No debí jugar, estaba como ausente en el campo, de verdad tuve miedo”, reconoció. Juan Ricardo Faccio, jugador y técnico uruguayo, nos confesó en su casa que su padre, Ricardo Faccio, fue compañero de Monti en la Selección Italiana, pero este nunca lo saludó ni le dirigió la palabra. Y ambos eran mediocampistas. Monti le pasaba el balón, pero no lo miraba. Hasta su muerte no volvió a hablar con un uruguayo después de aquella amenaza recibida antes de la final del ’30.

“La gran vergüenza del fútbol italiano es no haberle dedicado nunca un estadio a Vittorio Pozzo. Lo consideraban un colaborador de Mussolini. Una mentira. No fue fascista. Un hombre mutifacético, que hizo la grandeza del fútbol italiano”, retoma Massimo Tecca. Pozzo fue el Bilardo de los primeros tiempos, pensaba en todo, estaba detrás de cada detalle, apelaba a la psicología para convencer y estimular a sus dirigidos, creaba un clima de armonía. Cuatro años después escribiría otra página de oro.

Del cablegrama al Tik Tok

A mis once años recibí el primer flechazo de los Mundiales. Con Inglaterra ’66 experimenté el deslumbramiento inicial. Volvía corriendo de la escuela y me preparaba para ver, con profunda expectativa, los partidos anunciados para esa tarde ¡pero que se habían jugado dos días antes…! Se transmitían en diferido, era lo que había y se disfrutaba igual. En ese torneo preciosamente británico descubrí mis tres primeros fenómenos de este juego: Bobby Charlton, un zurdo elegante, moderno, veloz, de largo recorrido, con un deslizamiento por el campo como si corriera en patines, que desequilibraba y llegaba al gol merced a un excelente disparo de afuera… de derecha; Beckenbauer, crack de todos los tiempos, que con sólo 20 años pasaba por al lado de los rivales casi ignorándolos, como si fueran hologramas. Eusebio, una auténtica pantera africana, incontenible, con remates furibundos, mortíferos.

 Ver los partidos 48 horas después de disputados y en blanco y negro no nos molestaba en absoluto, los veíamos con gran interés aun sabiendo el resultado. Así se vivía y éramos felices. Era lo más avanzado tecnológicamente. En México ’70 llegó la primera revolución: el satélite. Fue un vuelco en las comunicaciones, un antes y un después. Se televisaron todos los partidos en directo. Recuerdo haber visto todos los de Brasil, los de Perú, varios de Uruguay, algunos de Alemania e Italia. De ese torneo me quedó grabada la habilidad serena de Tostao, los bombazos de Rivelino, el fútbol artístico de Perú. Y, por supuesto, el equipo de los sueños que fue Brasil con todos sus monstruos.

Los Mundiales de fútbol siempre fueron una avant premiere de los adelantos técnicos, en todos los rubros: estadios, balones, botines, indumentaria, pero, sobre todo, en las comunicaciones. Y los periodistas, los encargados de inaugurar esas innovaciones.

El 10 de junio de 1928 el mundo futbolístico -ya numeroso- palpitó la finalísima de las Olimpíadas de Amsterdam entre Uruguay y Argentina. Eran los dos colosos de la época. Una multitud los aclamó en vivo en Holanda. No había televisión ni celulares ni transmisiones radiales interoceánicas. En Buenos Aires, varios miles se aglomeraron frente al palaciego edificio del diario La Prensa, expectantes frente a la vidriera esperando novedades del gran choque rioplatense por el oro olímpico. Un empleado colocó una pizarra con la primera noticia, escrita con tiza: “GOAL URUGUAYO, 1 – 0”. Silencio, desazón. Pero, apenas iniciado el segundo tiempo, el dependiente del periódico retiró el cartel, escribió algo en él y volvió a ponerlo frente al vidrio. Decía “GOAL ARGENTINO, 1 – 1”. La gente estalló en júbilo, se abrazaba…

La información había llegado al periódico mediante un escueto cablegrama. Así eran el mundo y las comunicaciones. Al comenzar los Mundiales, la pasión por el juego se fue universalizando y la creciente popularidad del fútbol obligó a los medios, aun con herramientas primarias, a agudizar el ingenio y esforzarse por dar cobertura y mayores espacios.

En Italia 1934 apareció la radio. Ya muchas estaciones transmitieron los partidos, incluso para Sudamérica. Argentina y Uruguay enviaron periodistas a cubrir las alternativas, aun cuando la Celeste no tomó parte del torneo y Argentina acudió con un equipo amateur.

Una foto muestra a un puñado de suizos, en el centro de Berna, parados frente a un comercio donde un televisor muestra imágenes del Mundial 1954. Fue el primero televisado, pero sólo localmente, no para el extranjero, no había cómo. En ese torneo de Suiza apareció como utilero de Alemania un señor que confeccionaba él mismo los botines para los jugadores de su país: Adi Dassler. Luego fundaría un imperio del calzado y la indumentaria deportiva: Adidas.

Hasta 1938, las delegaciones viajaban en barco al campeonato. Para la Copa de Brasil 1950 ya las selecciones utilizaron el avión, excepto Italia, que, traumatizada por el accidente aéreo donde murió todo el equipo del Torino (1949) se trasladó a Brasil por vía marítima.

¿Cómo enviaban el material periodístico?, le preguntamos a El Veco, coloso del periodismo en Uruguay, Argentina y Perú, quien arrancó su andadura mundialista en Chile 1962. “Fue un Mundial muy casero, no había centro de prensa, cada uno trabajaba en su habitación de hotel. No teníamos télex todavía, escribíamos en esas viejas Remington negras, juntábamos las notas y las enviábamos por avión en un sobre. Era lo más rápido”. La TV seguía siendo en diferido para el exterior. “Recuerdo que un tal Frederici, de Argentina, filmaba los partidos. Por la noche ponía la cinta en una lata y se subía a un avioncito Cessna, cruzaba la cordillera y la llevaba hasta Mendoza. De allí la mandaba a Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas y al día siguiente se emitía por Canal 7. Una proeza”.

En México ’86 aún pasábamos las notas por télex, ese ruidoso armatoste que nos desvelaba. Rogábamos que estuviera libre, que la operadora nos picara la cinta sin irse a almorzar o a hacer otro trámite. Que lo pasara a nuestra redacción y llegara bien… La tensión por transmitir el material era realmente angustiante.

En Italia ‘90 un adelanto que simplificó nuestras vidas: el fax. ¡Qué maravilla! Ya lo habíamos visto por primera vez en México, pero sólo algún colega japonés tenía tal aparato en su redacción y podía transmitir por esa vía. En Estados Unidos ‘94 se despidió el fax y aparecieron las computadoras, aligeradas y perfeccionadas en Francia ’98, en tanto en Corea y Japón 2002 ingresamos en la era de la comunicación inalámbrica, hoy impuesta definitivamente.

En 1930 casi no había enviados especiales. Se publicaban los escuetos informes que mandaban las agencias de noticias, sobre todo Associated Press y UPI. Cincuenta y dos años más tarde las cosas habían cambiado radicalmente y el fútbol reinaba sobre el planeta. Héctor Vega Onesime, director de la revista El Gráfico en los años 70 y principios de los 80, en su libro Memorias de un periodista, describe el operativo para el Mundial ’82, en el cual Argentina defendía el título. “Se dispuso una cobertura con 11 periodistas, 8 fotógrafos, se montaron dos laboratorios para revelado del material, con laboratoristas incluidos, rentamos 10 autos cero kilómetro, un avión Lear Jet y dos apartamentos en Barcelona, elegida como cuartel central de la redacción. A ello se sumaron varias líneas telefónicas, dos circuitos de télex y dos máquinas para transmitir telefotos a color”.

Diego Lucero fue el legendario cronista uruguayo que cubrió los primeros quince Mundiales. Pluma de oro, charlista exquisito, durante las deliciosas tertulias en su casa de La Plata le consultamos cómo mandaba sus artículos en el Mundial de 1934, el primero en Europa. “Por barco -respondió-. Yo escribía a mano o en alguna máquina que conseguía, quince o veinte notas, armaba un paquete, me iba hasta el puerto de Génova o al de Nápoles y las mandaba en algún vapor, que llegaba a Montevideo dos semanas después. En el diario las recibían y las iban publicando de a una, de a dos”.

Era el mundo que había. Las notas tenían tanta frescura como las de hoy pues no se conocía otra cosa y el público las devoraba igual. Brasil 2014 ya fue el Mundial de la instantaneidad total, por la irrupción de las redes sociales. Podemos ir circulando por una calle de Tailandia o estar pescando en un lago del África y enterarnos de un gol y verlo al instante por Twitter, Tik Tok o por el mismo WhatsApp. Es fascinante, ¿qué vendrá después…?

El románticio inicio de los mundiales…

 “El Mundial ya había empezado, pero se jugaba en otras canchas porque el estadio Centenario aún no estaba terminado. El 18 de julio, día de la inauguración del moderno coliseo, se enfrentaron Uruguay y Perú. El público entró en tropel, con gran entusiasmo, pero el cemento en algunas partes aún estaba blando y los hinchas se divertían escribiendo sobre las tribunas leyendas como ‘Vamo’ Uruguay’, ‘Dale Peñarol’… Dibujaban con el dedo sobre el concreto fresco un corazón y le ponían ‘Pepe y Luisa’, cosas como ésas…”

La graciosa anécdota de 1930, ligeramente exagerada para bien, la contó Diego Lucero, inolvidable amigo, genial periodista y escritor uruguayo, condecorado por la FIFA por ser la única persona que asistió a los primeros 15 Mundiales de fútbol. Tiempos pioneros, románticos… y emprendedores. La hipermilllonaria y mediática Copa Mundial que ofrecerá Estados Unidos dentro de 165 días es posible porque en el primer tercio del siglo 20 alguien tuvo la idea de crearla y ponerla en marcha. El planeta no hacía mucho había salido de la primera Gran Guerra, de la que las grandes potencias habían quedado exhaustas. Nadie en Europa quería asumir el desafío de organizar un Mundial, por eso no hubo mayor resistencia a que el anfitrión fuera Uruguay, pequeña nación de la América del Sur de 1.875.000 habitantes (Alemania tenía 65 millones), aunque con tradición de paz y democracia. También porque el diminuto país era la máxima potencia futbolística: venía de vencer en forma extraordinaria en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Deportivamente, le correspondía…

Y Uruguay asumió el reto: “No sólo podemos ser campeones en el campo sino también organizando”. Entre que lo designaron sede el 18 de mayo de 1929 y el comienzo fijado para el torneo quedaban apenas catorce meses. ¡Y Uruguay se había comprometido a construir el estadio más grandioso del mundo…! Las dudas de siempre: ¿llegaría…? Se eligió el lugar -el precioso Parque Batlle y Ordoñez, pleno centro de Montevideo-, un proyecto del arquitecto Juan Scasso y, a toda prisa, en agosto de ese año, comenzaron los movimientos de tierras. No había las máquinas de hoy, era todo manual. Mil seiscientos obreros, en tres turnos, meta pico y pala. Un gentío iba por las noches a curiosear; la impactaban los focos que iluminaban los trabajos. Una vez hechas las excavaciones, se levantó el encofrado y en febrero de 1930 (¡a cinco meses del Mundial…!) se empezó a volcar el cemento, que era llevado de Buenos Aires. Se dio una tribuna a cada empresa constructora para que no se atrasaran. Cada día, cada hora contaba… La tribuna América, la principal, empezó a engullir cemento el 1° de abril… El último balde de material se echó el 10 de julio; el campeonato empezaba el 13. Una hazaña. Y soportando la inclemencia de las continuas lluvias que se abatieron en esos meses en la cosmopolita Montevideo.

Por eso hubo que comenzar los partidos en dos pequeños coliseos de madera. Uno, el Parque Central, de Nacional (hoy remodelado y donde el club juega por el torneo local y la Copa Libertadores). Allí, Yugoslavia dio una muestra de autoridad venciendo a Brasil 2-1 y a Bolivia 4-0. Alguien de la delegación boliviana tuvo la ingeniosa idea de homenajear al local y granjearse la adhesión del público: el equipo entró con una camiseta blanca en la que cada jugador tenía estampada en el pecho una letra, entre los once quedaba conformada la leyenda “URUGUAY VIVA”, con siete parados y cuatro hincados. Pero por alguna extraña razón faltó a la foto el que debía llevar la tercera U (estaba en el baño), Bolivia posó con diez hombres y la instantánea quedó inmortalizada con el simpático “URUGAY VIVA”.

Para que no se pelearan los acérrimos rivales, el otro escenario fue el de Peñarol en Pocitos, uno de los barrios más elegantes de la capital oriental. El tranvía era el único medio de transporte existente en la ciudad. La compañía de tranvías “La Comercial” llegaba hasta el Parque Central y, viendo que era un negocio fantástico llevar cada fin de semana a miles de personas que iban al fútbol, le ofreció a Peñarol, dada su tremenda popularidad ya en ese tiempo, levantar su estadio en los terrenos de la compañía junto a la terminal de Pocitos. Así cerraba el círculo. Para Peñarol era una forma de acercarse al centro, pues su cancha original estaba lejos. Y desde 1921 a 1933 fue local en ese campo, hoy desaparecido. Cuando estuvo listo el moderno e inmenso Centenario, el club aurinegro dejó Pocitos y se mudó a la nueva casa.

Siempre para que no riñeran los dos grandes clubes, también se les dio a ambos un partido inaugural el mismo día y a la misma hora. Pero en Pocitos quedó grabada la parte más sabrosa de la historia: allí, en lo que hoy es la calle Coronel Alegre casi esquina Silvestre Blanco, se marcó el primero de los 2.720 goles mundialistas. En la vereda de una casa, un monolito lo recuerda. A los 19 minutos del juego Francia 4 – México 1, Lucient Laurent empalmó de volea un centro de Liberati e inauguró el rito de los festejos. Aunque ése fue propio de la época, muy moderado. “Todos estábamos contentos, pero no dimos una vuelta alrededor del campo, nadie se había dado cuenta de la historia que hacíamos. Un apretón de manos y volvimos al juego”, recordó Laurent décadas después.

A cinco días y ocho partidos de comenzado el Mundial se estrenó el Centenario, entonces para 80.000 personas y con diseño circular, una innovación arquitectónica para la época que deslumbró a los visitantes. Tan extraordinario que casi 96 años después sigue luciendo imponente. Lo curioso es que ese día se hizo el desfile inaugural, como si la copa fuese a comenzar, aunque ya se había jugado casi la mitad del torneo. Sin embargo, fue una ceremonia fantástica, con los 13 equipos marchando alrededor del campo y enarbolando sus banderas, los jugadores con pantalones y zapatos de fútbol, pero con un cardigan arriba para protegerse del frío austral de julio.

A tono con aquella encantadora sencillez fue el sobrio festejo uruguayo tras conquistar el título, tercero consecutivo que lograba la Generación Olímpica a nivel universal, más tres copas América (1923-24 y 26). Ese pedacito de mundo era el rey del fútbol. La final se jugó un miércoles y, como en las Olimpíadas de 1928, Uruguay chocó en la final con Argentina y lo venció 4 a 2 en un cotejo hasta hoy polémico. Argentina denunció agresiones y amenazas.

Vuelve al relato Diego Lucero, quien era entonces periodista y futbolista, pues había militado en Nacional: “La tarde que Uruguay se coronó campeón, después de todos los festejos, salimos del Centenario y fuimos a un bar en la 18 de Julio con Nasazzi (José). Éramos muy amigos y vivíamos en el mismo barrio, Bella Vista. Estuvimos un buen rato ahí, el Mariscal se tomó un par de grapitas y a eso de las diez de la noche dijo: ‘¿Vamos…?, estoy algo cansado, hoy fue un día de muchas emociones’. Y nos fuimos caminando calle abajo. La gente pensaría que habría habido fiesta corrida hasta el otro día, pero antes de las doce de la noche, el capitán de los flamantes campeones del mundo ya estaba en su casa, durmiendo el sueño del obrero”. Era otro mundo.

© 2026 Jorge Barraza

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