Fútbol de ayer y de hoy

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Historias mundialistas

Italia, por la astucia de Lippi

Debió ser Sudáfrica 2006, fue Alemania 2006 gracias a un oscuro episodio dirigencial. El 6 de julio de 2000 el comité ejecutivo de la FIFA elegía la sede de ese Mundial, los candidatos eran dos, Sudáfrica y Alemania. Todo estaba dado para que la sufrida África organizara, por fin, su primer megaevento. La votación era pareja, luchada voto a voto. Extraoficialmente se sabía que estaban igualados 12 a 12, en cuyo caso debía desempatar el presidente de la FIFA, Joseph, Blatter, y éste había anunciado que se inclinaría por Sudáfrica. Pero, inesperada y sospechosamente, el representante de Oceanía, Charles Dempsey, quien tenía el mandato de su confederación de sufragar por Sudáfrica, se abstuvo y se retiró del recinto. Y ganó Alemania 12 a 11.

Se desató un escándalo planetario, hubo indignación. Se habló de un arreglo para favorecer a Alemania. Dempsey adujo que recibió presiones muy fuertes. Semanas después renunció a su cargo. En octubre de 2015, la revista alemana Der Spiegel publicó documentos que demostraban que el comité de candidatura alemán había manejado un fondo secreto de 6,7 millones de euros antes de la votación de 2000. La federación germana nunca pudo explicar el destino del dinero, se tapó todo y quedó en nada. Franz Beckenbauer, presidente de la candidatura, quedó muy manchado, mismo en su país y, tras las denuncias, lo “guardaron”.

Pero Alemania montó el Mundial. Que fue muy bonito, con eficiente organización, como era esperable de una nación de gente trabajadora, con servicios públicos magníficos, buena distribución de la riqueza, educación, calidad de vida… Y Beckenbauer fue omnipresente. Su imagen ganó la candidatura, dio confiabilidad al mundo de que las cosas marcharían. Fue un anfitrión perfecto, ofició de comentarista, hasta se casó en medio del Mundial. Siempre con su media sonrisa y su compostura. Genial jugando, campeón entrenando, líder dirigiendo.

Sólo le faltaba coronar a Alemania. Sin embargo, no le daba el potencial. No se puede ser campeón sólo por la camiseta o por la historia. La dirigida por Jürgen Klinsmann estuvo lejos de aquellas Alemanias pródigas en figuras y en carácter. A su vez, Brasil fue el Titanic, se hundió con la mejor embarcación. O tal vez no lo era… Quizás Cafú y Roberto Carlos estaban para el Mundial de veteranos… Los periodistas brasileños hablaron de mala preparación, de que a Carlos Parreira el grupo se le fue de las manos. Se comentó que faltando quince días para el debut Ronaldo estaba con 96 kilos, Adriano quizás más, Kaká remaba solo. Ecuador pasó por primera vez a octavos de final y allí cayó ajustadamente ante Inglaterra.

A Argentina le sobraban fútbol e individualidades para aspirar a todo, pero una decisión del DT José Pekerman derrumbó el castillo de ilusión. En cuartos de final, estando 1-0 arriba de Alemania, hizo un cambio que público y periodismo argentino no le perdonaron nunca: sacó a Hernán Crespo y, en lugar de incluir a Lionel Messi, que ya era la bomba atómica, mandó al campo a Julio Cruz, un buen elemento y punto. Al minuto empató la selección local y Argentina, que había jugado un precioso primer tiempo, quedó como bloqueada. Luego cayó en definición por penales. Con dos centrales grandotes y de enormes limitaciones técnicas -Mertesaker y Metzelder- Messi podría haber hecho un estropicio. Pekerman no lo entendió así y, para muchos, regaló el título.

En tal escenario, con las potencias en dificultades o equivocadas, apareció desde atrás Italia. Que tuvo un camino alfombrado hacia la final. Y lo usufructuó centímetro a centímetro. Al segundo encuentro, La Gazzetta dello Sport escribió: “Tenemos una llave muy afortunada, si sabemos aprovecharla estaremos en la final”. Se dio tal cual. Y así como no fue el gran torneo, tampoco fue el gran campeón. Ni la gran final. Ha sido un rey con ropas modestas. Sucede que los puntos altos de Italia fueron tan altos que taparon la medianía de los bajos. Tan descomunal lo de Cannavaro, Zambrotta, Gattuso y Buffon que disimularon a Luca Toni (un poste), a Totti (no jugó nada), a Iaquinta, a De Rossi, al mismo Camoranesi…

Un equipo que amuralló la entrada de su área y desde allí empezó a trabajar los partidos con paciencia de artesano, administrando cada pequeño tesoro que iba consiguiendo, un centro, un córner, un gol. Fue una Italia sin marcas a presión, sin el catenaccio de otros tiempos, con el sello más liberal de Lippi. ¿Cuánto le debe el calcio a su técnico por este título? Muchísimo. Más de la mitad de la corona la ganó con los cambios audaces ante Alemania en la semifinal. Lippi advirtió a un rival exhausto, vacío de juego, hueco de ideas, escaso de talento. Sacó un medio trajinador (Camoranesi) y mandó un delantero (Iaquinta). Puso a Del Piero por Perrota (delantero por carrilero). Y dejó en campo a Totti, a Pirlo, volantes con vocación ofensiva, a Grosso, lateral que se mandaba continuamente al ataque.

Un hombre con tantos años de fútbol olfatea cuando enfrente no hay nada y dice “a ganar”. Le tiró encima lo poco que tenía y tuvo su premio: la final. Vio entregado al rival y salió a rematarlo. Se dio cuenta que era ahí o nunca. Brillante también cuando mandó la tropa al frente contra República Checa, Ucrania, Ghana. ¡Si no eran nada…! ¿Por qué agrandarlos…?

La Francia de Raymond Domenech, en cambio, fue de muy menos a muy más. Tuvo una primera fase lamentable. El plantel estaba peleado con el técnico y la prensa francesa comentaba que Zidane quería volverse a casa en medio del torneo. Pero clasificó a octavos y volteó a tres pesados en serie: España, Brasil y Portugal. Y llegó a la final como favorito. Italia parecía estar física, anímica y futbolísticamente debajo de Francia. Sin embargo, el triunfo ante Alemania en Dortmund fue como la espinaca para Popeye. Y se llevó la corona.

Lippi sabía que la posibilidad más concreta era empatar y luego tratar de acertar en los penales. Así fue. Tras el 1-1 en tiempo regular y extra, la Azzurra se impuso 5-3 pues David Trezeguet estrelló su tiro en el travesaño. Mucho tuvo que ver, quizás, la insólita expulsión de Zidane por un cabezazo al zaguero Materazzi, uno de los sucesos más comentados de los Mundiales. Iban 20 minutos del suplementario. Esto conmocionó a Francia, su máxima estrella con tarjeta roja. Ya lo habían echado en el Mundial ’98. Fue el mundo al revés: Materazzi debería haber agredido a Zidane, no Zidane a Materazzi.

Un epílogo a tono con un Mundial lujoso por fuera, deshilachado por dentro. Quizá lo más poético fue la columna de Carlos Verdelli en La Gazzetta dello Sport, en la edición del lunes 10 de julio, con la coronación aún fresca: “Una felicidad está invadiendo nuestras calles, nuestras casas. Nosotros, pequeños italianos, con nuestro balón bajo el brazo, en estos momentos estamos en el centro del mundo, y no es una manera de decir… Uno luego se pregunta ¿qué cosa es el fútbol? Un país entero unificado como por encanto. Nada ni nadie podría aspirar a tanto. ¿Puede llamarse deporte una cosa así? ¿Puede decirse que es solamente un juego? ¿Y por qué un juego llega hasta donde la pasión política o religiosa, los divos del rock o del cine ni siquiera sueñan…? Una nación que se recuerda imprevistamente de ser tal cosa sólo gracias a su selección, a los muchachos azzurros. Es uno de los tantos misterios felices de esta hora…Gocémoslo como tal, un misterio por una vez sin sombras de pecado”.

Primer Mundial de dos banderas

Corea-Japón 2002. Así se denominó el primer Mundial compartido entre dos países anfitriones. Y el primero en el continente asiático. En aquel momento pareció una rareza: dos naciones, incluso separadas por el mar, y ¡20 ciudades sede…! Una locura que no se repetiría. Sin embargo, la eficiencia, la responsabilidad y el sentido de organización asiáticos compusieron un torneo fantástico. Nada descarriló. Asombraron los estadios. Veinte colosos totalmente nuevos, gigantescos e impactantes. Otro asombro: Corea del Sur país. La tecnología, el desarrollo, la fuerza, y el espíritu de una pequeña gran nación. De Japón ya sabíamos que encontraríamos algo colosal y así fue.

Fue más eufórico el público coreano, seguramente por su inédito arribo a semifinales, aunque muy ayudado por los arbitrajes, eso sí. Italia estalló tras perder ante Corea 2 a 1. “Escándalo”, “Robo”, “Vergüenza”. Luego fue España la que tronó contra el arbitraje, también tras caer ante Corea. Esto desató grandes críticas y la FIFA se vio obligada a desmantelar su comisión de árbitros.

El mundo estaba sensibilizado. Ocho meses antes¸ el 11 de septiembre de 2001, se habían perpetrado los atentados a las Torres Gemelas. Pero Corea y Japón anunciaron que éste sería “el Mundial de la seguridad”. Y lo fue. Hubo cientos de miles de efectivos de seguridad custodiándolo todo. Mas no fue una presencia hostil, se trató de una combinación de firmeza y cortesía.

João Havelange y Joseph Blatter, presidente y secretario general de la FIFA, le habían prometido el Mundial a Japón varios años antes, y la patria de Hirohito se lanzó a construir grandes estadios, pero, a medida que se fue acercando la elección de la sede, Havelange y Blatter se percataron de que la mayoría del comité ejecutivo estaba volcada hacia Corea del Sur, el otro postulante. Ya casi con la votación encima y viéndose claramente derrotados, brasileño y suizo debieron casi implorarle al Dr. Chung Mong-joon, presidente de la asociación coreana y dueño de la Hyundai, que se aviniera a compartir el Mundial. Chung aceptó y, de paso, evitó el peligro de ir a las urnas. La sede compartida fue acordada. Pero puso como condición que Corea estuviese delante en la denominación del torneo. Y Japón salvó su inversión.

Otra curiosidad de esta Copa asiática: pocos visitantes extranjeros. Y allí era fácil advertirlo por una cuestión racial. Aunque el mundo es redondo y todo es equidistante, evidentemente esa región queda lejos para la mayoría de los futboleros. Y es caro llegar. Todo fue dispuesto magníficamente, eso sí. Estadios, salas de prensa, comunicaciones, transporte, hotelería, centros de entrenamiento. El ítem más flojo era de nueve puntos. Faltó un sólo condimento: calor popular. A ley pareja nadie se queja: todo se dividió al 50%: 32 partidos en cada país, el cotejo inaugural en Seúl y el final en Yokohama.

A los dos anfitriones les fue de perlas: en su segundo Mundial (había debutado recién en 1998), Japón ya ganó su grupo, reflejo del monumental avance de su fútbol, que ha clasificado a las últimas ocho ediciones. Cayó en octavos de final ante la revelación: Turquía. A su vez, Corea del Sur, dirigida por el sagaz holandés Guus Hiddink, no sólo lideró su zona, llegó a las semis tras dejar en el camino a Italia y España con un juego de asfixiante intensidad física. También con varios fallos escandalosos de los árbitros, especialmente del ecuatoriano Byron Moreno, a quien Italia entera acusó abiertamente de estar sobornado. Lo peor sería en cuartos ante España. El juego terminó 0 a 0 y en penales ganó el local. Pero, durante el desarrollo, el colegiado egipcio Gamal Al-Ghandour anuló dos goles legítimos de España. En la patria de Cervantes se lo denominó “El robo del Siglo”, aunque el siglo recién empezaba. No obstante, el tiempo deja estas cosas en anécdota. Y Corea del Sur sigue siendo la única selección asiática en llegar tan lejos.

Fue el cuarto Mundial con el promedio más bajo de gol (2,52) y no hubo estrellas. Si acaso, Ronaldo Nazario, por los goles y por terminar campeón, pero tampoco deslumbró. Más gustó Ronaldinho. El genio estaba dentro suyo. Atrevido, irreverente, con alegría en el rostro y en los zapatos. Un año después llegaría al Barcelona y el mundo se rendiría ante él.

Lo increíble, que dejó perplejo a los hinchas del mundo, es que la FIFA otorgó el Balón de Oro del Mundial a Oliver Khan, quien tuvo una muy floja final. Falla grave en el primer gol y una acción poco feliz en el segundo. Al minuto 69, Rivaldo remató al arco, un tiro normal, a las manos de Khan, la bola se le escurrió y dio un rebote largo, sirviéndole la pelota a Ronaldo para que abriera el marcador. Y a los 79, centro al ras de Kleberson, Rivaldo dejó pasar el esférico entre sus piernas engañando a la defensa rival y Ronaldo, con tiro no violento, sí ajustado al palo derecho, aumentó y fijó cifras finales. Un disparo bien dirigido, pero atajable. La FIFA designó mejor jugador del Mundial al máximo responsable de perder la final.

Lo mejor estuvo a cargo de las selecciones “chicas”. Para empezar, Turquía, un auténtico equipazo perjudicado por los jueces en los dos partidos con Brasil. Corea del Sur, Senegal, Japón, Estados Unidos, Costa Rica, Irlanda… Y Ecuador, que no desentonó y se llevó una victoria nada menos que ante Croacia.

El juego inaugural resultó un campanazo de los más resaltantes de la historia. En Seúl, el debutante Senegal, con un juego muy atractivo venció 1-0 al campeón vigente, Francia, que presentó en su formación diez de los campeones del torneo anterior. Aunque no estuvo Zidane, su líder y estrella. Se había lesionado unos días antes en un amistoso. Recién volvió en el último cotejo, ante Dinamarca (0-2). Fue la causa principal del desastre “bleu”. La selección del gallito se volvió temprano a casa sin siquiera marcar un gol. Y teniendo a Henry y Trezeguet en ataque… Nunca un campeón hizo una defensa más ruin de su corona.

Gracias a sus eternas brillantes individualidades, Brasil llegó nuevamente a dirimir el título, como en 1994 y 1998. Tres finales consecutivas, igual que Alemania en 1982, 1986 y 1990. Pero Brasil con dos coronaciones contra una de los germanos. En las tres de Brasil estuvo presente Cafú, quien levantó la Copa en Japón.

Las dos superpotencias futbolísticas se encontraron por primera y única vez en la final. Alemania llegaba por séptima ocasión a una definición, Brasil por sexta (y última). Alemania alcanzó el juego definitorio con un equipo menos que discreto, pleno de nombres olvidables. Acaso su única figura era el arquero Oliver Khan (y falló). Pero en el trámite no fue mucho menos que Brasil, aunque este supo concretar y ganó 2 a 0. Así es este juego.

El quinto título llegó con un récord imbatido: es el único campeón que ganó los 7 cotejos disputados. En 1970 Brasil también había triunfado en todos sus compromisos, pero fueron seis, porque jugaban menos equipos.

La Canarinha fue una expresión propia de su notable entrenador Luiz Felipe Scolari. No muy lucida (ningún parecido con el jogo bonito, abolido por el mismo Brasil en 1994), aunque sí compacta, de enorme confiabilidad. La objetividad habla: tuvo la delantera más eficaz (18 goles), una defensa poco batida (4 caídas), el goleador (Ronaldo), la estrella (Ronaldinho), el mejor arquero (Marcos). Estamos hablando de un campeón sólido en números. ¿Qué le faltó…? Más fantasía.

Zidane y el fútbol champán

París era una de las pocas grandes capitales del mundo sin un estadio de fútbol que hiciera honor a su magnificencia. La organización del Mundial ’98 fue la excusa para edificar el majestuoso Stade de France, escenario acorde a la grandeza de una nación que es al mismo tiempo poderosa y exquisita, Tiene la imponencia de la Tour Eiffel y el charme de Champs Elysees. Hasta ese momento, sin duda, el más grande, confortable y hermoso del mundo. El detalle diferente: íntegramente techado, desde afuera semeja a un plato volador.

Allí, el 12 de julio, en el suburbio de Saint Denis, 80.000 aficionados pusieron marco a la mayor demostración de fútbol champán. Francia aplastó a Brasil en la final 3 a 0 y abrazó por primera vez la gloria de esa copa ingeniada por uno de sus hijos ilustres, Jules Rimet. Era un medio que, a partir de Michel Platini y una generación brillante, había empezado a dar pruebas de excelencia, a procrear brillantes futbolistas y en “su” Copa de 1998 finalmente coronó. Fue la Francia multicultural, compuesta por jugadores de las más diversas procedencias y orígenes (africanos, caribeños, europeos). Zidane hijo de argelinos, Thuram de la isla de Guadalupe, Djorkaeff y Boghossian con ancestros armenios, Trezeguet argentino de crianza y futbolísticamente, Desailly nacido en Ghana, Karembeu en Nueva Caledonia, Vieira en Senegal… Todo ese combo floreció en un producto fantásticamente ensamblado por Aimé Jacquet.

Cuatro días antes de comenzar el torneo daba comienzo la era Blatter. En Chicago 1994, durante el Congreso de la FIFA, João Havelange debió conjurar un alzamiento de África y Asia, que pretendían más derechos y participación. El brasileño, viendo que perdía la presidencia, prometió que, si lo votaban allí, daría más cupos a esos continentes y se alejaría en 1998. Cumplió: la Copa pasó de 24 a 32 equipos, África y Asia aumentaron sus plazas de tres a cinco y en París asumió su mano derecha, el suizo Joseph Blatter. Gobernaría durante 17 años.

Históricamente, Francia jugaba un fútbol vistoso, aunque sin grandes resultados, apenas el tercer puesto mundialista en Suecia 1958 gracias a la habilidad de Kopa y los goles de Fontaine. Ausente en los Mundiales de 1962, 1970 y 1974, en Argentina ’78 apareció una Francia nueva con una camada virtuosa, la de Platini, Lacombe, Tresor, Bossis, Battiston, Rocheteau, Didier Six. Era comandada por un magnífico entrenador, que propiciaba el fútbol técnico y ofensivo: Michel Hidalgo. Allí mostró destellos importantes, aunque no pasó de primera fase. Sin embargo, en 1982 desplegó un juego precioso y logró el cuarto puesto, aunque estaba para campeón. Fue el trampolín para su primer impacto internacional: la Eurocopa de 1984. Siempre conducido por Hidalgo y con un Platini fabuloso. Francia había entrado, por fin, en otra esfera de importancia. Pero pasarían catorce años hasta dar el golpe grande: ganar un Mundial. Fue en este 1998, de la mano del exquisito Zinedine Zidane y de un técnico de perfil bajo con capacidad alta: Aimé Jacquet.

La prensa francesa, siempre tan sabihonda, maltrató con obstinación al iluminado comandante. En el caso del fútbol, a veces las críticas, como señalara el mismo Jacquet, “son desmesuradas, perniciosas y deshonestas”. Jacquet lo decía básicamente por el diario “L’Equipe”, que lo persiguió despiadadamente durante cinco años, los que estuvo al frente de la Selección. Y en los 53 partidos que Jacquet dirigió, Francia perdió apenas 3, fue una máquina futbolística y se consagró campeón del mundo. Después pasó lo de siempre: “L’Equipe” hizo un mea culpa titulando “Perdón, Jacquet”, pero ya era tarde. Los periodistas pretendían saber de fútbol más que el técnico. Jacquet se retiró tras levantar la Copa.

Fue la consagración mundial de un jugador legendario: Zinedine Zidane. Crack universal, en la final el marsellés fue un demonio imparable para el mediocampo brasileño, el conductor y el arpón. Al término del primer tiempo ya había marcado dos goles de cabeza notables, en ambos casos anticipando al insípido Dunga. Thuram le siguió en orden de prestación. Clausuró su punta, subió como una topadora, transmitió su temple. Didier Deschamps fue un capitán inmenso, un líder templado que, además, hizo todo bien con la pelota. Extraordinario mariscal que luego sería campeón con Francia en Rusia 2018, ya como DT.

Llamó la atención que Jacquet, ante Brasil, decidiera dejar en la banca a dos delanteros exuberantes como Thierry Henry y David Trezeguet, pero tal vez desconfió de la edad: ambos tenían 20 años. Prefirió a Stephane Guivarc’h, discreto centrodelantero del Auxerre, de único punta, acompañado de tres volantes armadores de buen pie como Djorkaeff, Zidane y Petit. Pero los técnicos saben más que nadie de esto. Y le salió perfecto. Cuando un equipo entra al campo a disputar una final con tal grado de determinación y confianza, la más gruesa porción de mérito corresponde al comandante, no a los soldados.

Francia era desde la óptica futbolera, una rareza: nación latina, de Europa occidental, vecina de los inventores del juego, rodeada por Italia y España, estuvo un siglo dando la espalda a la redonda, sentía más la ovalada del rugby, hasta que consiguió abrazarse a la Copa del Mundo y ahí entendió el porqué de la pasión que este juego genera. Más de dos millones de franceses, orgullosísimos, colapsaron Champs Elysées para emborracharse de gloria.

La coronación llegó de la manera soñada: con un equipo fantástico, que representó al fútbol francés que toda la vida intentó jugar bien, como mandan los manuales, y azotando en la final nada menos que a Brasil. Francia fue un gran campeón, que ganó 6 partidos y empató uno, ante la siempre compacta Italia, la eterna amante del 0 a 0. La Tricolor marcó 15 goles y recibió apenas 2, uno de ellos de penal. Nunca un campeón encajó menos goles, y esos dos fueron convertidos por auténticos fenómenos: Michael Laudrup, de Dinamarca y Davor Suker, de Croacia. Fue producto, especialmente, de una defensa extraordinaria. Fabien Barthez, notable arquero del Mónaco, el sensacional lateral Lilian Thuram, Laurent Blanc, Marcel Desailly y el vasco Bixente Lizarazu en la banda izquierda. Como si su notable eficiencia y seriedad en la marca no bastaran, Thuram marcó los dos tantos franceses para dar vuelta la semifinal ante Croacia y ganar por 2 a 1.

A su vez, el exquisito Laurent Blanc anotó el único gol ante el heroico Paraguay en octavos de final. Un gol dorado, porque sirvió para avanzar de fase ante un Paraguay macizo, luchador, que parecía invencible. Y porque fue la primera vez que en un Mundial se ponía en práctica el Gol de Oro. En tiempo extra, el que marcaba primero ganaba, allí terminaba el partido. En el minuto 113 Trezeguet le bajó magistralmente de cabeza una pelota al zaguero y este convirtió ante un Chilavert colosal. Fue el partido más terrible que debió sortear Francia.

Brasil, como siempre, plagado de figuras, no gustó por el juego conservador propuesto por Mario Zagallo. Contaba con Bebeto, Ronaldo, Rivaldo, Cafú, Aldair, Roberto Carlos, Leonardo. Sin embargo, jugó a la retranca, esperando, calculando, especulando, sacando cuentas…. Llegó a la final por inercia. Allí se encontró con una Francia potente y ambiciosa, que tomó la delantera y fue por el triunfo desde el momento mismo del silbatazo inicial. Francia entró en la historia como un grande.

Fútbol en la patria del béisbol

A las tres de la tarde del 17 de junio de 1994, hora del puntapié inicial de Estados Unidos 1994, hacía más de 45 grados en las gradas (en el campo eran 50, según informaron). A orillas del lago Michigan la sofocante humedad tornaba irrespirable la tarde. Nunca vivimos algo igual. Fue el día del cotejo inaugural, cuando el Mundial desembarcó en el único país que le dio obstinadamente la espalda al fútbol.

Los gigantescos estadios norteamericanos eran casi todos de una sola bandeja y no tenían una mínima visera que protegiera del sol. En la tribuna de enfrente, los presidentes de Estados Unidos, Bill Clinton, y de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Lozada, hasta se quitaron el saco, se aflojaron la corbata y se arremangaron para soportar el bochorno. Abajo, Alemania y Bolivia hicieron un partido soso, comprensible por la infernal temperatura. Fue la mejor Bolivia que hayamos visto. Muy competitiva, la del vasco Azkargorta. La de Etcheverry, Baldivieso, Platiní Sánchez, Melgar… Era todo parejo hasta que un infortunado resbalón del arquero Trucco le dejó el gol servido a Jürgen Klinsmann y ganó el campeón del mundo 1 a 0.

La asistencia plena de 63.117 espectadores fue una muestra de lo que vendría: EE.UU. ’94 es, hasta hoy, el Mundial con mayor cantidad de público de los veintidós disputados, con 3.587.538 boletos vendidos en 52 partidos (68.991 por partido).

De Uruguay 1930, en que el torneo se jugó en veinte cuadras a la redonda, se pasó a EE.UU: ‘94 en un territorio muy vasto, con nueve sedes, algunas a distancias increíbles de otras, como Boston y San Francisco separadas por 4.338 kilómetros y 5 horas y media de avión. Como si un partido se jugara en Buenos Aires y el siguiente en Bogotá. Semejante lejanía hizo que el evento se desmembrara y cada contingente de hinchas y periodistas se instalara junto a la delegación de su país. Difícil y caro viajar para seguir a los equipos.

Se lo promocionó como el Mundial del modernismo y la tecnología, pero resultó mucho más modesto de lo imaginado. A diferencia de los anteriores, no lo asumió el país sino empresas privadas, y no se gastó un solo dólar en arreglos o remodelaciones específicas para la Copa. Austeridad, instalaciones precarias, baños químicos… La inversión fue nula, se utilizaron estadios de fútbol americano ya existentes. Recordamos a Andrés Mendoza, colega ecuatoriano, director de radio Atalaya, quien llegó a San Francisco en el último tramo de la competencia; su primera sensación fue de estupor: “Nunca hubiese imaginado que los estadios fueran tan feos. El de Los Ángeles es absolutamente común, sin la menor espectacularidad, pero el de San Francisco es feo y viejo. Viéndolos por televisión pensé que eran fantásticos, pero éste es de madera, apoyada sobre tierra. Los accesos son malos, con caminos de tierra polvorienta. Increíble”. En efecto, el coloso de Stanford, en Palo Alto, era íntegro de tablones y los pasillos eran de tierra, aunque igual era un óvalo perfecto, arquitectónicamente bonito. Pero sí, tratándose de Estados Unidos, uno esperaba otra cosa.

Como copresidente de Francia ’98, el siguiente torneo, Michel Platini recorrió instalaciones, tomó notas. Cuando le pidieron su opinión sobre la organización del torneo norteamericano, respondió con ironía: “Simpática”. Luego agregó una frase fantástica: “Hicieron extraordinariamente bien lo mínimo”. Tal cual. Eso permitió que fuera el único Mundial con ganancias: más de 3.000 millones de dólares.

Pero la FIFA acertó un gol de arco a arco: llevó el fútbol al país número uno del planeta y quedó instaurado. A dos días del comienzo del Mundial, una encuesta reflejó que ocho de cada diez habitantes “gringos” (no de las colonias latinas o italiana) no sabían qué era la World Cup; veinticinco días después se batían récords de audiencia televisiva. En el duelo EE.UU. 0 – Brasil 1 la cadena ABC alcanzó un rating histórico de 10,5 puntos (unos 32 millones de telespectadores). Con un agregado: a la misma hora jugaron los Yankees un partido de béisbol de cierta relevancia y no fue nadie. El New York Post exhibió un gran olfato periodístico: en una página insertó una foto del choque EE.UU.- Brasil con 84.147 personas; en la otra, una imagen del Yankee Stadium semidesierto.

David Downs, funcionario de ABC, que compró los derechos, no podía creerlo: “Hasta yo estoy sorprendido por la respuesta de la gente a esta Copa del Mundo, nuestras previsiones más optimistas fueron superadas en un 75%”. Curtis Pires, portavoz de la cadena ESPN (cadena de cable), graficó: “Pondré un solo ejemplo: Suecia-Arabia Saudita, un encuentro no muy atrayente en teoría y dos países que no tienen fuerte presencia étnica en Estados Unidos, tuvieron un rating de seis millones de espectadores. Increíblemente, superó a la final de Wimbledon, transmitida por NBC (un canal abierto), y donde jugaba un norteamericano, Pete Sampras”. 

Lo más increíble fue que en los partidos de “los USA” se entonó el “iu-e-sei… iu-e-sei…” a la usanza de las otras hinchadas. Mucho tuvo que ver el temperamental equipo de Bora Milutinovic, con Alexi Lalas y Marcelo Balboa liderando desde la zaga. El entusiasmo dio frutos: al año siguiente se creó la liga estadounidense (MLS), hoy la de mayor crecimiento mundial.

El fútbol propiamente dicho fue la parte más atrayente de USA ’94. Buenos espectáculos, se mejoró el oprobioso juego de Italia ’90, con muchos goles, menos expulsiones y debutó la nueva regla de tres puntos a la victoria. Lastimosamente, quedó la imagen de la desangelada final entre Brasil e Italia -0 a 0 y definida por penales-. Brasil no fue el equipo carnavalesco y ofensivo de otros Mundiales, era muy utilitario, marca Parreira. Defendía mucho y dejaba dos puntas arriba -Romario y Bebeto-, que con espacios hicieron los estragos suficientes. Fue justo ganador, supo ser campeón. Italia llegó a la definición por oficio, por tenacidad y por un iluminadísimo Roberto Baggio.

Baggio, que arribó con el rótulo de Balón de Oro 1993, tuvo un comienzo tan decepcionante que la prensa italiana clamaba para que lo sacaran: “Si eres una señorita vuelve a casa y pon una perfumería”, decían algunos periodistas. Pero Roby tuvo una fase final sensacional y con cinco goles puso a Italia en la final. El destino, cruel, le reservó la fruta amarga: en la definición del título por penales su disparo, el último, se elevó hacia el cielo y Brasil se coronó campeón.

Colombia era, para muchos, uno de los favoritos al título por su fútbol atildado y sus estrellas, que habían aplastado a Argentina 5 a 0. Resultó estrellado, eliminado en primera fase y el retorno a casa fue duro, enmarcado por la tragedia de Andrés Escobar.

 Argentina, con Alfio Basile en el banco, presentó una selección espectacular en cuanto a nombres y fútbol. Parecía encaminarse sin dudas al título, jugaba bien, era ofensivo y tuvo un arranque arrollador, hasta que le explotó una bomba en las manos: Maradona fue encontrado positivo en el control antidoping y obligado a abandonar el torneo. El impacto desmoronó a todo el equipo. “Me cortaron las piernas”, fue la célebre frase de Diego, que siempre negó haberse dopado. Quienes lo vivieron, no olvidarán nunca a la enfermera rubia que fue a buscarlo con un policía hasta el centro del campo para llevarlo a hacer el control. Maradona iba sonriente a la silla eléctrica…

Fue la foto del Mundial, acaso más que la de Romario levantando la Copa.

El mundial más lindo, el fútbol más feo

Italia había sido anfitrión en tiempos de Mussolini -1934- y repitió en 1990, cuando el Calcio reinaba como la meca del fútbol. Las celebridades futbolísticas no recalaban en España ni en Inglaterra (aún no se creaba la Premier League), los cracks aterrizaban en el Milan, el Inter, el Napoli, la Juventus, la Roma, el Lazio, el Parma… Ahí estaba el poder económico. En medio de ese esplendor, el país de Da Vinci y Miguel Ángel montó la Copa con más pompa y generosidad de la historia. No se fijó en gastos. Quería mostrar al mundo su historia, su arte, su industria, la moda, la gastronomía, el diseño, la música… ¡Vaya si mostraron su creatividad musical…! Cientos de millones recordarán Un’estate italiana, la canción de Giorgio Moroder y Tom Whitlock con la celestial interpretación de Edoardo Bennato y Gianna Nannini. El tema más bonito de todos los Mundiales: “Noches mágicas / persiguiendo un gol / bajo el cielo / de un verano italiano…”

Todo el Made in Italy desplegado sobre la alfombra verde del fútbol. Tiraron el país por la ventana. Y la ventana también. Hasta Catar 2022 fue el último Mundial en que un estado autorizó chequera libre con un objeto claro: cautivar al mundo. En ese ambiente regio, rodeado de actividades culturales, artísticas y turísticas, se disputó un campeonato feísimo, con pocos goles, muchas faltas y una tónica de mezquindad general. Tanto que fue el certamen con menos promedio de gol de la historia: 2,21 por juego. Aún regían los dos puntos a la victoria, con lo cual imperaba la búsqueda del empate. A contravía de la canción, nadie perseguía un gol. Puro catenaccio en la patria del catenaccio.

La Argentina de Bilardo fue, quizás, la más negra de las ovejas negras: llegó a subcampeón con un fútbol rústico y habiendo marcado apenas 5 goles en siete partidos, ni siquiera uno por cotejo, insólito récord negativo. Además, recibió 9 tarjetas amarillas y 3 rojas, otra marca poco honrosa.

Alemania, que aún era Alemania Federal pues la reunificación llegaría tres meses después, fue un campeón justo, aunque sin brillo. Colombia lo desnudó: cuando tuvo enfrente un equipo capaz con el balón, que le frenara el ritmo y tocara la bola por abajo, se le complicó. Pero iba al ataque. Colombia resultó el único rival al que no pudo vencer, empataron 1 a 1 en uno de los pocos encuentros atractivos; el otro fue Inglaterra 3 – Camerún 2, en cuartos de final. Y Colombia, una de las excepciones que intentó jugar fútbol. Un ejemplo de cómo salieron las cosas es que Marco Van Basten, extraordinario goleador holandés que llegó como la máxima estrella de la Copa, se fue sin anotar, y el Botín y el Balón de Oro del torneo recayeron en Salvatore Schillaci, un correcto delantero siciliano. El espectáculo estaba de la raya de cal hacia afuera. Adentro, planteos ultradefensivos, tacaños, demoras, simulaciones, brusquedades, falta de audacia. Una estadística lo dice todo: hubo 8 remates al arco por partido, bajísimo promedio. ¡Y 1.586 pases al arquero…!!!

El torneo tuvo un bautismo premonitorio en el Giuseppe Meazza de Milán. Tras una maravillosa fiesta inaugural, se dio un duelo tosco y muy violento en el que Camerún venció a Argentina 1 a 0 tras molerlo a patadas, muchas casi salvajes, sobre todo para detener la velocidad y habilidad de Caniggia. A su vez, Maradona recibió 12 faltas fuertes. Entre ellas un planchazo al pecho que le dejó los tapones marcados por parte de Ndip Akem, quien sólo recibió una amarilla. Además, sufrió una entrada descalificadora de su marcador Benjamin Massing al tobillo. Massing fue uno de los dos expulsados cameruneses esa tarde.

Italia buscaba coronarse para corresponder a su fastuosa organización, pero no se le dio. Chocó en semifinales contra una Argentina que esta noche napolitana jugó su mejor partido. Igualaron a uno y por penales pasó a la final la Albiceleste. Pero fue una victoria pírrica: por doble amonestación perdió tres jugadores clave para la final: Giusti, Olarticoechea y Caniggia, tres cracks, uno por línea. Fatal. Ese choque fue volcánico y había concitado un interés inusual: Maradona, ídolo supremo del Napoli, pidió en la previa que los tifosi celestes hincharan por Argentina antes que por Italia.

Inglaterra terminó cuarta, cumpliendo una de las actuaciones más sólidas de todas sus intervenciones mundialistas aparte de la de 1966, cuando se quedó con el título. Y Camerún, con todas sus brusquedades, su fabuloso poderío físico y un delantero notable (Omam-Biyik) se convirtió en el primer equipo africano en llegar a cuartos de final.

Argentina y Alemania, que habían animado el choque definitorio en México ’86, volvieron a dirimir la Copa del Mundo. Con muchos de los protagonistas de cuatro años atrás y con los mismos entrenadores: Carlos Bilardo y Franz Beckenbauer. La anterior resultó claramente más atractiva.

“Hijos de puta… Hijos de puta…”, bramaba Maradona con un banderín de la AFA en la mano, para intercambiar con Lothar Matthäus en el centro del campo. Estaba sonando el himno argentino en el estadio Olímpico de Roma y una gruesa porción de los 73.603 espectadores, la parte italiana especialmente, silbaba las estrofas de la música nacional argentina. Maradona estaba entonándolo, pero al escuchar los pitidos y abucheos paró y empezó a insultar a esos aficionados. El público local no le perdonó la eliminación de Italia. Lo vieron unos dos mil millones por televisión. No era el mejor comienzo para una final mundialista. Que terminaría en polémica.

Beckenbauer presentó un equipo muy mejorado en relación a México ’86. Dos puntas muy penetrantes -Völler y Klinsmann-, dos volantes vivaces, veloces y con juego -Littbarski y Haessler- y una defensa muy segura. Alineó a Illgner; Berthold, Kohler, Augenthaler, Buchwald y Brehme; Haessler, Matthäus y Littbarski; Völler y Klinsmann. El dominio alemán fue ostensible, pero su respeto por Argentina, la disciplinada defensa albiceleste y su propia ineficacia le impidieron abrir el marcador. Y creó escaso peligro en el arco argentino, ningún mano a mano.

Lastimosamente, llegó al gol por un penal inexistente otorgado por el árbitro uruguayo Edgardo Codesal, que representaba a la Federación Mexicana. Fue una corrida por derecha de Völler apareado por Sensini. Este nunca lo tocó al delantero alemán, pero Codesal estaba de gatillo fácil. Andreas Brehme ejecutó con tiro bajo a la punta izquierda y convirtió. Un título mundial no puede decidirse por un fallo de tal ligereza. Y menos faltando cinco minutos para bajarse el telón. Seis minutos antes sí hubo un penal claro de Matthäus a Calderón y el juez lo ignoró. No había VAR. Era el tiempo en que Blatter y Havelange sostenían que era mejor que se discutiera en los bares y oficinas, que esa era la sal del fútbol, y no recurrir a la tecnología.

En 2016, en una entrevista con el diario El País, de España, el propio Brehme confesó: “No fue penal, la marca fue correcta”. Y en entrevista con La Nación, de Buenos Aires, Lothar Matthäus también lo reconoció: “Yo estaba muy bien ubicado. Veo que hay un contacto, pero para mí no fue suficiente para cobrar penal. En un partido así, si va a cobrar un penal, el árbitro tiene que estar 100% seguro de que la infracción fue clara. Y para mí no fue tan clara”. Muy hidalgos ambos. Argentina tampoco hizo demasiado escándalo, venía de la famosa “Mano de Dios” de Maradona cuatro años antes. 

Maradona entra en el Olimpo

Junio de 1986 fue el mejor mes que un futbolista haya tenido nunca. Como sucedió en 1958 con Pelé, pasó en 1986 con Maradona. Un personaje se devoró el Mundial, lo eclipsó y fue su símbolo. Luego se repetiría con Messi en 2022. Ningún jugador gana solo un Mundial, sin embargo, Diego dejó esa sensación en México ‘86. Fue tan deslumbrante y desequilibrante, estaba tan por encima de sus compañeros y del resto de sus colegas que ese torneo quedó como el Mundial de Maradona. Apareció en los momentos clave de cada instancia, hizo goles inolvidables, fue imparable, valiente, genial, oportuno y decisivo. Esto lo llevó a disputar el cetro del uno de la historia. César Luis Menotti lo dejó fuera del Mundial ’78 siendo el mejor futbolista argentino, lo que 48 años después sigue resultando inconcebible; en España ’82, el aburguesamiento de la selección que llegaba con el título de campeón no lo acompañó debidamente. Pero en 1986 se unieron los planetas para él y el mundo fue su alfombra roja. Estaba espléndido física, mental y futbolísticamente. Nunca un Mundial quedó tan identificado con un protagonista. México ’86 pasó a ser Maradona ’86.

 Además de con Diego, esa edición está ligada a dos sucesos: uno, la renuncia de Colombia -en 1982- a organizarlo, cuando tenía adjudicada la sede; el otro, el terremoto que sacudió a México el 19 de septiembre de 1985, nueve meses antes del Mundial, que hizo temer por su realización. En 1974 la FIFA le había otorgado a Colombia la sede del megaevento, pero el 25 de octubre de 1982, ante el estupor general, el presidente Belisario Betancur, en mensaje televisado, anunció que Colombia no llevaría a cabo la misión.

“Como preservamos el bien público y sabemos que el desperdicio es imperdonable, anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol 1986 no se hará en Colombia”, declaró Betancur. Y añadió: “Previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales, no se cumplió la regla de oro: que el Mundial debía servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Tenemos muchas otras cosas que hacer y no hay ni siquiera tiempo para atender las extravagancias de FIFA y sus socios”. En rigor, en ocho años Colombia no había avanzado en las obras. También es cierto que las exigencias de la FIFA eran desmedidas. Entre muchas otras, exigía 12 estadios de gran porte. Colombia ni siquiera clasificó al Mundial.

Renunciado el país de García Márquez, lo pescó México, con la red siempre preparada. Se ofreció de inmediato a sustituirlo. Y siete meses después la FIFA lo aceptó. Pero en 1985, con el Mundial encima, sobrevino el terremoto de México, muy grave, que tuvo una magnitud de 8.1 y generó entre 10.000 y 20.000 muertes (no hay cifra exacta). Más de 250.000 personas perdieron sus casas, colapsaron cientos de edificios, hospitales, escuelas, oficinas y hubo daños económicos por entre 8.000 y 10.000 millones de dólares. Donde más impactó fue en la capital del país. No obstante, al igual que Chile, que antes de su Mundial ’62 sufrió el peor sismo de todos los tiempos, México refrendó su voluntad de llevar adelante el torneo. Y fue un éxito organizativo. Otra vez estuvo allí el temple y el liderazgo del dirigente Guillermo Cañedo.

No hubo cambios reglamentarios, sí una innovación importante: los dos partidos de la última jornada de cada grupo debían jugarse en simultáneo para evitar manipulaciones de resultados. Fue a raíz del famoso “Pacto de Gijón” de 1982, cuando Alemania y Austria arreglaron que el primero ganara 1 a 0 para eliminar a Argelia y clasificar ambos. Paul Breitner, años después, calificó aquel partido como “vergonzoso”. Antes de esto, quienes jugaban último ya sabían el resultado que necesitaban.

Otra novedad fue la forma de disputa: desde este torneo se dispuso que después de la fase de grupos se jugara por sistema de copa, o sea por eliminación directa. Y se agregó una instancia: octavos de final. Nunca más se alteraría.

Argentina había clasificado de milagro al empatar con Perú 2 a 2. Su juego, en lo previo, era tan desabrido e ineficiente que el propio Secretario de Deportes de la Nación, Rodolfo O’Reilly, pidió a Julio Grondona la destitución de Carlos Bilardo. Había temor a un papelón. El titular de la AFA se mantuvo firme con el técnico. Para aislarla de las criticas y terminar de engranar, Bilardo llevó a México a su selección un mes antes de la inauguración. Le dio resultado. Inició su camino venciendo a Corea del Sur. Los coreanos le pegaron a mansalva a Maradona, pero el juez español Sánchez Arminio apenas amonestó a dos asiáticos. Hace 40 años el reglamento y los árbitros eran muy permisivos. Tampoco se adicionaban los minutos perdidos. En la final, Romualdo Arppi Filho no dio ni un segundo de añadido en ninguno de los dos tiempos.

Argentina debió enfrentar a cuatro campeones del mundo: Italia, Uruguay, Inglaterra y Alemania, récord histórico. Empató con el primero y les ganó a los tres siguientes. Terminó invicto, fue el que más ganó, el de más goles convertidos y menos recibidos. Incuestionable campeón.

En detrimento de Passarella (llevó la cinta en los dos Mundiales anteriores), Bilardo ungió capitán a Maradona, le dio poderes plenipotenciarios y el 10 le respondió extraordinariamente. Todos jugaron para Diego, que estuvo bien rodeado e hizo la diferencia. Curiosamente, el partido del campeonato -y uno de los más emblemáticos de los Mundiales- no fue la final sino el de cuartos, Argentina 2 – Inglaterra 1, por la rivalidad entre ambos, en muchos órdenes, y porque cuatro años antes se habían enfrentado en la Guerra de Malvinas, saldada en favor del Reino Unido. Sin serlo, tenía aroma a revancha. Maradona anotó dos de los goles más célebres de este deporte: el primero, llamado “La Mano de Dios”, cuando marcó con un puño y puso el 1-0 (antes no había VAR), y el segundo, denominado “El gol del Siglo”, al hacer red tras eludir a seis jugadores ingleses en una corrida legendaria. Recorrió 60 metros en 10 segundos gambeteando a un pueblo.

La final, que hubiese debido jugarse en El Campín de Bogotá, fue entonces del Azteca, el gigante del DF que arropó la gloria de Maradona con 114.600 espectadores en sus faldas. Y, según FIFA, con 2.000 millones viéndolo por TV. El 3-2 de Argentina sobre Alemania no refleja la superioridad del primero. Dirigida por Beckenbauer, fue una expresión abúlica. De sus siete partidos apenas ganó tres.

Pumpido; Cuciuffo, Brown, Ruggeri y Olarticoechea; Giusti, Batista, Enrique y Burruchaga; Maradona y Valdano. Fue el equipo base del campeón. Sin un 9 y prácticamente sin nadie de punta, porque Valdano retrocedía casi hasta mediocampo. Pero con una franja media muy robusta, en la que prevaleció sobre los rivales.

Detrás de uno de los arcos ondeaba una inmensa bandera blanca y celeste con la leyenda “Perdón Bilardo”, que se hizo famosa. Como sucedió con Enzo Bearzot en 1982, la prensa argentina había sido cáustica con el técnico hasta llegar a México. Las críticas estaban justificadas: Argentina era un espanto. Pero fue llegar al Mundial, ganar el partido inicial a Corea del Sur y enderezar el rumbo. Ahí el equipo interpretó la idea de Bilardo, consolidó su juego, se hizo compacto atrás, estaba muy fuerte de la cabeza y el resto fue obra de Maradona. Suele pasar con las selecciones grandes, corrigen el rumbo rápido.

No era un momento brillante del fútbol mundial, Maradona le dio luz.

La Italia más bella de todas

España ’82 presentó una de las innovaciones más grandes de los Mundiales hasta ese momento: pasó 16 a 24 participantes. Se amplió el número en un 50%. Estaba justificado. Al comenzar los Mundiales en 1930 FIFA tenía 41 asociaciones y sólo 13 se inscribieron para competir en el Mundial. Cincuenta y dos años después eran 153 miembros y 109 se anotaron en la Eliminatoria. El planeta fútbol empezaba a estar mejor representado: ya había dos selecciones africanas, dos de Concacaf, una de Asia y otra de Oceanía.

Catorce ciudades y 17 estadios presentó la patria de Cervantes, una cifra inigualada, desmesurada para 52 partidos. En 2026 se jugará en tres países enormes, con 48 equipos, 104 cotejos y serán 16 escenarios. Lo que le sobró a España fue tiempo para prepararse: le asignaron la sede dieciséis años antes, en Londres 1966.

Muchos sucesos acontecieron en ese Mundial. Argentina, defensora del título, inauguró el torneo ante Bélgica el 13 de junio. Al día siguiente se dio por terminada formalmente la Guerra de Malvinas contra Inglaterra. 

Argentina llegó a España con el mejor plantel de su historia. A Fillol, Kempes, Bertoni, Ardiles, Passarella, Tarantini, se habían sumado Maradona con 21 años, Ramón Díaz con 22 (un crack fenomenal), Olarticoechea con 23, Valdano con 27… Material como para repetir el plato. A poco del arribo, el zaguero Jorge Olguín exteriorizó un pensamiento que resumía el de sus compañeros y del técnico Menotti: “No tenemos nada que demostrar, somos los campeones del mundo”. Unos pocos días después la selección albiceleste debutó en el Camp Nou ante 95.000 personas perdiendo contra Bélgica 1 a 0, jugando feo y mal. No era la Bélgica de Lukaku, Hazard, De Bruyne, Mertens, Courtois… Aquella era una Bélgica oficinesca, desabrida y sin estrellas. Siempre hay que demostrar. El primer Mundial de Maradona no resultó idílico: no brilló y cerró su actuación siendo expulsado ante Brasil. 

La brillante Francia de Platini, Giresse, Genghini y otros cracks que había despuntado en 1978 fue la revelación del torneo. Jugó un partido épico ante Alemania en semifinales. Igualaron 1-1 en tiempo normal, en el suplementario iba 3 a 1 arriba, pero en una reacción típicamente germana, le empataron 3 a 3, debieron ir a los penales y ahí ganaron los Panzers. Fue la primera vez que se definió por esta vía en las Copas del Mundo. 

En ese partido se produjo un suceso del alto dramatismo: la salvaje agresión del arquero alemán Schumacher al lateral francés Patrick Battiston. Quizás nunca un futbolista estuvo tan cerca de morir en un campo de juego a causa de una falta rival. Battiston, inocente como un colegial, picó por el centro a buscar una bola al vacío puesta por Platini, entrevió la posibilidad del gol, iba embalado y no miró otra cosa que el balón, midiendo dónde caería. No vio la salida del arquero, un sujeto hosco y superentrenado de 80 kilos. Schumacher ni intentó atrapar la pelota, que siguió de largo, fue directo a embestirlo. Lo midió con premeditación, se afirmó bien y lo tumbó dándole con su codo en el cuello y con la cadera en el pecho. Una brutalidad jamás vista. Battiston cayó desplomado y ahí quedó, como muerto. Se lo llevaron del césped al hospital, inconsciente y con riesgo de vida: conmoción cerebral, lesiones cervicales, fractura de costillas, dos dientes menos y escoriaciones diversas. Platini dijo más tarde que pensó que Battiston estaba muerto, porque “no tenía pulso y se veía pálido”.

El árbitro holandés Charles Corver no expulsó a Schumacher, ni siquiera cobró falta. Schumacher tomó la pelota y la puso en el vértice de su área para hacer el saque de arco, indiferente mientras atendían al infortunado francés. En la tanda de penales Schumacher tapó dos y Alemania pasó a la final. De haber habido VAR era penal y expulsión, y casi con seguridad Francia iba al partido decisivo con Italia. Hasta podía ser campeón. Una encuesta de un periódico francés preguntó una vez quién era el hombre más odiado en Francia. Schumacher quedó primero, Adolf Hitler segundo.

En Perú habían deslizado que en el partido perdido 6 a 0 con Argentina en 1978 habían pasado “cosas raras”. Cuatro años después, en La Coruña, también pasó algo raro: Polonia le marcó cinco goles en 21 minutos, un récord en los Mundiales. Cayó 5 a 1. Y esta vez no estaba eliminado, empatando clasificaba a segunda fase.

En Elche hubo once goles en un partido, de por sí un hecho inusual, pero diez de ellos fueron del mismo equipo: Hungría aplastó a El Salvador 10 a 1. Es la goleada más atroz de estos torneos y tal vez nunca se repita, el fútbol se ha equiparado notablemente. Pese a tan estrepitoso debut, la selección centroamericana presentó un jugador deslumbrante: Jorge González El Mágico, un puntero de una habilidad endemoniada, casi inexplicable. Los defensas argentinos no podían pararlo. Pero era un náufrago en una isla desierta.

Pese a su localía, España aún era La Furia, una expresión futbolística menor. Pura fuerza física y entrega. Le tocó un grupo muy accesible y aún así pasó a segunda fase con angustia y por diferencia de un gol. En su estreno apenas igualó con Honduras (1-1), venció a Yugoslavia (2-1) y perdió ante Irlanda del Norte (1-0). En la ronda siguiente compartió grupo con Inglaterra y Alemania. Fue último. Llegó hasta donde podía. No era todavía la España del tiki taka, herencia barcelonista de Johan Cruyff y Pep Guardiola. Estaba a años luz de su estilo actual.

La gran frustración del Mundial -y de varios Mundiales- fue del Brasil de Telé Santana, por el juego exquisito que desplegaban Falcao, Zico, Sócrates, Junior, Toninho Cerezo, Leandro, Eder… Una constelación. Había ganado su grupo (que era bastante sencillo, eso sí) con autoridad y juego. Y arrancó la segunda fase venciendo 3-1 a Argentina. Parecía que nadie podría impedirle llegar al título, pero se estrelló contra una Italia oportunísima, letal. Y un Paolo Rossi mortífero. Paolo, que no había convertido en los duelos anteriores, marcó los tres goles del triunfo itálico: 3-2 e Italia a semifinales. Allí se encontró con Polonia y fue 2-0, otra vez con dos tantos del delantero de Juventus. Y en la final pasó por encima de Alemania: 3 a 1 en una actuación inolvidable, redonda, con otro gol de Rossi. Paolo en ese Mundial fue como un francotirador ruso: cada bala iba al corazón del enemigo.

Era la Italia que había seducido en Argentina ’78 siendo cuarta y venciendo al campeón. Para 1982 gozaba de una camada de notables intérpretes, pero el equipo no armonizaba, no convencía. Para peor, hizo una primera fase paupérrima con tres empates. Enzo Bearzot mantenía un enfrentamiento feroz con la prensa italiana, pero tenía las ideas claras. Y hubieron de pedirle perdón de una manera digna: al presentarse en la rueda de prensa posterior a la final, todos los periodistas italianos se pusieron de pie y le tributaron un sostenido y respetuoso aplauso. No hubo necesidad de palabras. 

“Llegamos a la victoria por el espíritu de equipo”, declaró Bearzot con acierto: fueron un colectivo solidario, compacto. Y con una retaguardia excepcional, tanto que Franco Baresi, posiblemente el mejor central de la historia de este deporte, fue suplente y no pudo entrar ni un minuto en siete partidos. Lo sentaron Bergomi, Gentile, Scirea, Collovati y Cabrini, la línea de cinco que paró Bearzot en la final. Una Italia preciosa, la mejor de sus cuatro títulos.

Argentina, a mano con su historia

A 118 años del primer partido de fútbol en Buenos Aires (en 1860), Argentina, por fin, hospedó un Mundial. No existe un país más apasionado por este juego. Sólo en la capital y su zona metropolitana hay 60 estadios. En su 35º congreso, el 6 de julio de 1966 en Londres, la FIFA tomó una resolución nunca repetida: designó la sede de tres Mundiales: Alemania 1974, Argentina 1978 y España 1982. A la patria de Di Stéfano, Maradona y Messi se lo dieron por descarte, no había otro país americano que lo hubiera solicitado o en condiciones de organizarlo. En ese tiempo el fútbol era nada en Estados Unidos. Argentina lo venía reclamando desde 1936. Cuando llegó ese congreso en Londres presentó una cartita nomás y se lo dieron. De lástima.

Para 1966 Argentina vivía en democracia, pero ocho días antes de su designación un golpe de estado derrocó al presidente constitucional Arturo Illia. Y cuando llegó el Mundial, doce años después, reinaba una dictadura, tiempos políticamente cruentos. Similar a lo sucedido en Italia durante el Mundial del ‘34 o en Alemania cuando los Juegos Olímpicos de 1936. Esto manchó el contexto del torneo, lo enturbió, aunque el Mundial pareció ordenar una tregua y se disputó en paz. Fue una Copa muy bien organizada, a tono con la excelencia en estadios, transportes y comunicaciones que había mostrado Alemania cuatro años antes. Se construyeron tres espléndidos escenarios (Córdoba, Mendoza y Mar del Plata) y se remodelaron a nuevo otros tres (River Plate, Vélez Sársfield y Rosario Central). Amplias instalaciones para el que fue el último torneo con 16 equipos.

La Copa seguía en alza. Para Chile ’62 se inscribieron 56 asociaciones, para Inglaterra ’66 fueron 72, en Alemania ’74 el número subió a ’75 y en Argentina ’78 se logró un récord: 104 selecciones se anotaron en la Eliminatoria. La tarea de universalización que haría João Havelange aún no se reflejaba: Europa tuvo 10 equipos sobre 16, un descomunal 62,5%. Cuatro de los cinco países limítrofes de Argentina se quedaron afuera: Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay. De haber estado uno o dos de ellos, miles de extranjeros habrían asistido.

Aunque en todos los torneos el anfitrión suele recibir un sorteo benévolo, con Argentina fue al revés. Le tocó el tradicional “grupo de la muerte”: una Francia fuertísima con Platini, Lacombe, Tresor, Bossis, Battiston, Rocheteau, Didier Six… Francia sería la revelación en 1982. Una Italia con Zoff, Gentile, Scirea, Cabrini, Tardelli, Benetti, Antognoni, Causio, Paolo Rossi, Bettega… Cuatro años después serían campeones del mundo. Y la muy competitiva Hungría de Nyilasi, Toth, Nagy, Torocsik. Todos le dieron muchísimo trabajo al local, incluso perdió con Italia. Y en segunda ronda enfrentó a Brasil y a la Polonia de Lato, Szarmach, Boniek, Deyna, Gorgon, Zmuda, Lubański, Kasperszack…

Fue el primer Mundial de este cronista como tal. Resultó atractivo por la calidad de varios equipos. Los nombrados más Alemania, último campeón, y la Austria de Pezzey, Prohaska y Krankl, que se dio el gusto de tumbar a Alemania: 3-2 con dos goles de Krankl, una de las figuras del torneo, a quien enseguida fichó el Barcelona para reemplazar a Johan Cruyff.

El Mundial quedó estigmatizado por la goleada 6 a 0 de Argentina a Perú, cuando la Albiceleste necesitaba ganar al menos por cuatro goles para superar a Brasil por diferencia de gol y así llegar a la ansiada final. Se habló de sobornos, de arreglo del partido entre los militares argentinos y peruanos. Lo que vimos en ese momento nos pareció más terrenal: Argentina lo llevó por delante a Perú, que además sintió el ambiente infernal que generó la hinchada local. Quien suscribe no recuerda, ni en un Boca-River, un partido con más clima que aquel. Un fervor nunca visto: 45.000 personas gritando sin parar durante tres horas. Era un volcán. La gente rugía, el ruido era ensordecedor y, cuando entraron los dos primeros goles, Perú se quebró. 

Dos meses y medio antes del Mundial, ambas selecciones se habían enfrentado por la Copa Mariscal Ramón Castilla. Dos triunfos argentinos: 2-1 en Buenos Aires y 3-1 en Lima. “Ese 3 a 1 fue con baile. Y no jugamos Bertoni, Tarantini, Olguín y yo”, recuerda Mario Kempes en su libro ‘El Matador’. Muchas otras veces Argentina lo venció abultadamente, 6-0, 5-1, 4-0, 4-1… No era extraño que le ganara ni que lo goleara en una instancia así, con esa atmósfera y con el acuciante deseo de llegar a la final en su propia casa. Además, Perú ya estaba eliminado; venía de ser aplastado 3-0 por Brasil (debieron ser más goles) y 1-0 ante Polonia.

Desde hace 48 años, cada tanto se revuelve el tema. Hay periodistas (argentinos) que han investigado obstinadamente, jamás encontraron una prueba ni una versión consistente de que el resultado estuviera pactado. La frase recurrente es “hubo cosas raras”; ningún testimonio serio.

Argentina fue un justo campeón que ganó con lo justo. No deslumbró. Salvo ante Perú, no fue superior a sus demás rivales, muy parejo con todos y menos que Italia y Brasil, a los que no pudo vencer. Se coronó por la fe inquebrantable de sus jugadores, el coraje y la garra impresionante de todos, con algunos puntos altísimos en ese sentido como Luque, Kempes, Passarella, Fillol, Tarantini. No jugó como pregonaba Menotti, los rivales no se lo permitieron, y terminó guapeando. Menotti decidió dejar fuera de ese equipo a Maradona y a Bochini, los dos mejores jugadores argentinos del momento. Ellos dos le hubieran dado más fútbol al equipo y, sobre todo, un brillo que habría sepultado cualquier sospecha. No obstante, al ser campeón se tornó difícil discutirle la elección.

Aún sin Cruyff, su guía y estrella, Holanda practicaba un estilo pulido, ofensivo, y tenía internalizada la idea que había dejado Rinus Michels. Venía de ser subcampeón en 1974 y tercero en la Eurocopa de 1976. Se esperaba que, entre sus virtudes y el juego que proponía Menotti -una especie de Guardiola antes de Guardiola- se diera un festival de fútbol. En cambio, fue una descarnada batalla. Por ser el máximo semillero del mundo, Argentina pretendía ser, por fin, campeón. Y para Holanda, con semejante dotación que le había aparecido al comienzo de la década, el segundo puesto era una decepción. Y se dio un choque áspero, donde imperó la pierna fuerte. Fue todo meter y chocar. Se fajaron. Se pegaron a discreción bajo la complaciente mirada del réferi italiano Sergio Gonella. No expulsó a nadie, sólo sacó 5 amarillas, 3 para Holanda. En el rubro leña se impusieron los de naranja, en el juego sacó una luz Argentina.

Ninguno especuló, ni por ser una final. Cambiaron ataque por ataque. Argentina sacó ventaja en ese aspecto por su fabuloso arquero Ubaldo Fillol, el mejor de la historia para este cronista junto a Iker Casillas. También generó más situaciones de gol, en especial por Kempes y Bertoni, éste haciendo estragos por derecha y Kempes por el centro.

El hincha argentino dio a su equipo un recibimiento estremecedor, que el público internacional jamás había visto ni volvió a ver en un Mundial. Es una pieza única. Miles de banderas y millones de papelitos aparte de una ovación atronadora le dieron una bienvenida inédita. Y a cada momento surgía el ensordecedor “Vamos, vamos Argentinaaaa, vamos, vamos, a ganaaaar…” Pero a los holandeses no los achicó en absoluto. Lucharon como leones. El 3 a 1 final premió al país más pasional que el fútbol registre.

El título de Alemania, el recuerdo de Holanda

Era la décima Copa del Mundo y la primera de la historia en que una misma nación presentaba dos selecciones: Alemania Occidental y Alemania Oriental. Una fue campeona, la otra tuvo el mérito de ser la única que la venciera. 

Dos días antes de iniciarse el torneo sobrevino un cambio fundamental en la historia del fútbol: asumió la presidencia de la FIFA João Havelange, quien universalizaría este deporte y, sobre todo, los Mundiales. Reemplazaba al inglés Stanley Rous.

Fue un torneo bisagra: en Alemania 1974 comenzó la pompa y la infraestructura moderna y tecnológica en los Mundiales, con estadios impactantes. Ya la televisión color estaba afianzada. 

Alemania presentó 9 sedes impecables: Múnich, Hamburgo, Fráncfort, Berlín Occidental, Stuttgart, Dusseldorf, Dortmund, Hannover, Gelsenkirchen. Todas bien conectadas a través de sus famosas autobahnen (autopistas), sus trenes puntuales y vía aérea por Lufthansa.

Alemania Occidental atravesaba su época de máximo esplendor tras la Segunda Guerra Mundial, era la tercera economía del planeta, con un altísimo grado de industrialización. Gozaba de un enorme prestigio, por lo que nadie dudaba que organizaría un grandioso evento, sobre todo por su siempre alabada eficiencia. 

No obstante, había un punto oscuro: dos años antes, en los Juegos Olímpicos de Múnich (justamente albergaría la final del Mundial), el grupo terrorista palestino Septiembre Negro cometió un atentado contra la delegación de Israel dentro mismo de la villa olímpica. 

Fue un suceso gravísimo que se saldó con la muerte de 11 atletas israelíes, un policía y 5 terroristas. Esto hizo que se redoblara el operativo de seguridad, aunque finalmente el Mundial no fue objeto de actos violentos.

Dado que Brasil se había quedado en propiedad con el trofeo Jules Rimet (luego robado y fundido en 1983), en este torneo se estrenó la nueva y bellísima escultura denominada Copa Mundial de la FIFA. 

Obra del artista italiano Silvio Gazzaniga que representa a dos figuras humanas sosteniendo al planeta Tierra. Pesa 6,175 kilos, cinco de ellos de oro puro. A diferencia de la anterior, esta no puede quedar definitivamente para nadie. Y la levantaría por primera vez un señor Beckenbauer.

Brasil y Argentina, que podían sacar la cara por Sudamérica, no estaban esa vez a la altura de los europeos. Zagallo había hecho una renovación muy amplia en Brasil, y sólo Jairzinho y Rivelino quedaban de los campeones del ’70. 

Argentina tenía una generación excelente, pero aún se encontraba en la era pre-Menotti, o sea, en un desorden total. Llevó a un genio -René Houseman- pero con él sólo no alcanzaba. Fue aplastada por Holanda.

En México ’70 se implantaron los cambios en medio de los partidos: podía sustituirse a un jugador de campo y al arquero. En este 1974 se decidió que fueran dos cambios libres. El gran crack chileno Carlos Caszely tuvo el antirécord de ser el primero en recibir una tarjeta roja directa en un Mundial. 

Tras la primera fase no hubo sistema de copa, o sea octavos de final, cuartos, semis, se formaron dos grupos de cuatro y el primero de cada uno pasó a la final.

El capricho del sorteo decidió que las dos Alemanias estuvieran juntas en el Grupo 1. Se encontraron en Hamburgo. Se le dio en llamar El Partido del Muro, la Alemania rica contra la pobre. 

Quedó como uno de los 50 más recordados de todos los tiempos. Muchos pensaron que quizá la parte Oriental entregaría los puntos a la Occidental. O que esta golearía a su hermana menor. Pero sucedió lo increíble. 

Aunque el equipo de Müller y Beckenbauer era una topadora, ganó la RDA (República Democrática Alemana) 1 a 0 con el recordadísimo gol de Jürgen Sparwasser.

Ambos estaban en plena Guerra Fría, y encima Sparwasser terminó de congelar al 99,9% del estadio con un toque perfecto de derecha que batió a Sepp Maier. 

El 0,01% restante era un grupete de compatriotas orientales que habían logrado escapar del este y cuyos corazones seguían latiendo por Leipzig, Dresden, Rostock, Magdeburgo, la mitad de Berlín, las grandes urbes que quedaron atrapadas… Ellos saltaban y celebraban ese gol inesperado, inimaginable. 

En el fondo fue triste, un pueblo dividido por la ideología y jugando contra sí mismo. Muchos tenían el corazón partido, habían nacido de un lado y vivían del otro o tenían sus padres o hijos detrás del límite militarizado.

Fue el gol más político de la historia. Sparwasser, un ingeniero mecánico de 26 años apareció en portada en diarios de todo el mundo y pasó a ser un símbolo comunista, el héroe que había derrotado a Occidente, ese gran enemigo, demostrando la potencialidad, el éxito y la supremacía del régimen socialista. 

“Pateé desde el este con dirección al oeste”, dijo el artillero, que en 1988 logró vulnerar los controles, traspasar la frontera y radicarse en la otra mitad del mapa. Al año siguiente cayó el Muro de Berlín.

El Mundial ’74 será recordado siempre por la aparición de la Naranja Mecánica, como se apodó al fabuloso equipo de Holanda, que cambió el fútbol para siempre. Pero también por la magnífica Polonia de Lato, que alcanzó el tercer puesto.

No era sólo Lato, también brillaban Szarmach, Deyna, Zmuda, Gorgon, Tomaszewski, Kasperczak… Pero Grzegorz Lato era el alma del cuadro. Un puntero derecho raro, calvo y bigotudo, también rápido, vivísimo y goleador. Kazimierz Gorski, técnico de esa Polonia, lo recuerda: “Una máquina. Todos sabíamos de lo que era capaz, pero nuestros rivales no lo conocían, no tenían ni idea de lo que les esperaba. Su velocidad los asustó”.

Si un auto, un reloj o un televisor eran alemanes, se los consideraba sencillamente perfectos. Tal excelencia se trasladaba al equipo de fútbol, un correlato del esplendor como nación. 

Era la segunda potencia futbolística detrás de Brasil. Venía de ser subcampeón en 1966 y tercero en 1970. La localía, además, lo tornaba ultrafavorito al título.

La final, Alemania 2 – Holanda 1, no podía tener mejores protagonistas. Holanda contaba con seis efectivos del Ajax (ya Cruyff había jugado una temporada en el Barcelona, pero venía de nueve años en el Ajax y ocho en la Selección con el mismo técnico e iguales compañeros, era uno más de ellos). 

Los demás eran Suurbier, Haan, Krol, Neeskens y Johnny Rep). Alemania presentó seis del Bayern: Maier, Beckenbauer, Schwarzenbeck, Breitner, Uli Hoeness y Gerd Müller. 

Con este agregado: Ajax había ganado las copas de Europa de 1971-72-73 y el Bayern se titularía en 1974-75 y 76. La máxima constelación europea posible. Para mejor, la media docena del Bayern jugaba en casa: el Olímpico de Munich.

Que estuvo a tope. Los 75.200 espectadores pudieron ver in situ un hecho histórico: el intercambio de banderines entre dos habitantes del olimpo futbolístico: Franz Beckenbauer y Johan Cruyff.

Fue un duelo precioso, tenso y calculado. Eran dos máquinas. Conste que estamos analizándolo medio siglo después, sin la emoción del momento y fuera de circunstancia, esta última tan relevante. 

Ya el fútbol comenzaba a ser parecido al actual. No con la velocidad y la técnica de hoy. Después de haber barrido en los cotejos previos, Holanda llegaba con el cartel de candidato, aún cuando enfrente estuviese el local, ¡qué local…! Alemania. 

El choque fue muy, muy equilibrado, se coronó quien supo marcar un gol más. Fue del mismo de siempre, el señor Müller, el hombre que hacía goles de la nada.

La cumbre del jogo bonito

La imagen será eterna y la conocemos todos los futboleros: Pelé, con el torso desnudo, llevado en andas en el imponente estadio Azteca. Brasil y O Rei quedándose la Jules Rimet por tercera vez, ahora en propiedad, de acuerdo al reglamento.

Fue la bisagra de los mundiales, el antes y después, el único unánime: México 70 encantó a todos los públicos. Por el fútbol, por las decenas de estrellas y porque todos pudimos verlo.

El primer torneo realmente universal dado que llegó a todo el planeta por televisión, en directo gracias al satélite. Y a color. Claro, no en todos los países estaba instalado el sistema de TV a color (en Argentina recién se contó con ese adelanto a partir del Mundial 78), y aun en donde lo hubiera, no todas las personas poseían un aparato a color. Pero se emitió así.

Esto permitió ver el torneo a millones que antes no podían. Tal facilidad y el magnífico espectáculo desplegado -para esa época- le dieron al fútbol un empujón notable de popularidad.

Se estima que entre 600 y 700 millones de personas vieron al menos un partido, lo cual, al iniciarse la década del 70, era casi ciencia ficción. Nunca un evento deportivo había llegado a tanta gente al mismo tiempo. Pese al calor, se fijaron horarios a mediodía para captar la audiencia europea.

El satélite comercial de comunicaciones Intelsat I (Early Bird) fue la joya tecnológica que posibilitó la unión global de los telespectadores.

México obtuvo la sede de la Copa del Mundo, que en realidad no era una copa sino un trofeo, el Jules Rimet, en el Congreso de la FIFA de Tokio, en 1964, imponiéndose a Argentina, que venía bregando por hospedarla desde 1936. Por alguna razón, parecía una obstinación de la entidad matriz negarle al país del tango, pionero del fútbol en América y el mayor productor de futbolistas, la chance de organizar un Mundial.

Es que México contó con un hombre providencial: Guillermo Cañedo, un genio en los despachos como Messi, Pelé o Maradona en el campo. Un individuo agradable, refinado, creíble, de grandes ideas y fabulosa capacidad de negociación. Fue inicialmente un exitosísimo presidente del Zacatepec y luego del Club América, ya en binomio con Emilio Azcárraga, propietario del América y de la poderosa Televisa.

Cañedo asumió la presidencia de la Federación Mexicana, hizo fundar la Concacaf, impulsó la edificación del estadio Azteca, instó la construcción y remodelación de los demás escenarios del fútbol del país, siempre con la idea de conseguir un Mundial, lo que finalmente logró en ese 1964 prometiendo un coliseo para 110.000 personas (el Azteca) y la televisación en directo y a color a todo el mundo. Cumplió.

Luego sería vicepresidente de la FIFA y obtendría otro Mundial para su país, el de 1986.

Este cronista, con quince años y ya apasionado por este juego-deporte-entretenimiento-pasión-industria, volvía del colegio y se devoraba todos los partidos. Recuerdo ver los de Brasil, los de Perú (¡Qué hermoso jugaba esa maquinita de Didí…!), varios de Uruguay y otros de Italia, Inglaterra, Alemania…

Todos los hinchas del mundo aprendimos a recitar de corrido: Jairzinho, Gerson, Tostão, Pelé y Rivelino. Los cinco fantásticos delanteros brasileños tenían un denominador común: en sus equipos jugaban con el 10 en la espalda, lo cual dice algo. Jairzinho en Botafogo, Gerson en São Paulo, Tostão en Cruzeiro, Pelé en Santos y Rivelino en Corinthians.

Entre los cinco marcaron 248 goles oficiales para la selección brasileña: 97 Pelé, 44 Jairzinho, 43 Rivelino, 36 Tostão, 28 Gerson. De fábula. Gerson era el comandante en jefe, líder por clase y personalidad, dueño de una zurda prodigiosa.

Armaba juego desde atrás y ponía el balón en el pecho de un compañero desde 40 metros. Rivelino tenía un cañón en el pie izquierdo, sus tiros libres causaban pánico al rival. De técnica excelsa; fuerte física y mentalmente. El toque de pimienta. Jairzinho era atacante por el centro, pero aceptó jugar sobre la derecha, como wing.

Espectacular, explosivo, de pique fulminante y remate certero. Tostão, un talento. Armaba y definía. Podía ser diez o nueve retrasado. Su zurda y la pelota eran amantes. Poseía un amague desconcertante. Decisivo en la jugada del gol a Inglaterra, el partido más difícil del campeón, pues los ingleses le cascotearon el rancho. Y Pelé era Pelé.

La historia dice que João Saldanha armó esa maquinaria y lo cesaron el 21 marzo de 1970, a dos meses y medio de iniciarse el torneo, por un enfrentamiento total con el gobierno militar de Garrastazu Médici (Saldanha era comunista confeso). Brasil había perdido feo ante Argentina por 2-0 en Porto Alegre, una Argentina eliminada del Mundial. Fue un aviso.

Luego empató a 1 con el modesto Bangú en un partido-entrenamiento y ese día Saldanha anunció que Pelé sería suplente por un tema de miopía. “No ve bien”, dijo, lo que molestó sobremanera al crack.

Esa misma noche João Havelange lo destituyó. Saldanha sabía y era audaz, pero iba demasiado lejos en su disloque verbal. Lo cierto es que en menos de 24 horas Brasil enfrentaba a Chile. Llamaron a Mario Zagallo y asumió.

Y aunque se diga lo contrario, Zagallo metió mano: hizo varios cambios tácticos, de nombres y generó un buen clima en el vestuario. Y Brasil fue un campeonísimo: ganó sus seis partidos y marcó 19 goles.

Pocas veces ha habido un campeón tan rotundo y agraciado, de juego tan vistoso y contundente como Brasil del 70, que así quedó eternizado. Durante décadas sostuvimos que la final Brasil 4 – Italia 1 fue, quizás, el mejor espectáculo futbolístico de la historia.

Luego, el fútbol fue evolucionando y aquello quedó superado, hasta nos preguntamos ¿cómo nos pudo haber gustado tanto eso…?

Sin embargo, en su momento deslumbró. Coincidimos con Juan Vasle, amigo y colega autor del libro Mundiales en blanco y negro (1930-1970): “Resultó uno de los mundiales más lindos de la historia, una fiesta del buen juego. Si bien ese fútbol parece hoy perimido, lento, sin marcas cuerpo a cuerpo, sin luchas por cada centímetro de terreno, en esa época se jugaba así y así lo disfrutaban los hinchas”, afirma.

La belleza pasaba por la propuesta: no había especulación, todos atacaban. Y eso genera emoción, que es lo que va a buscar el público a un estadio. Nadie paga para aburrirse, aunque su equipo gane.

Y había un desfile de luminarias: Beckenbauer, Gerd Müller, Uwe Seeler, Overath, Gigi Riva, Gianni Rivera, Sandro Mazzola, Bobby Charlton, Bobby Moore, Teófilo Cubillas, el Cholo Sotil. ¡Y los arqueros…! Los extraordinarios Ladislao Mazurkiewicz, Gordon Banks, Sepp Maier, Ricky Albertosi…

Hubo, además, varios cruces sensacionales: el ardorosísimo Brasil 1 – Inglaterra 0; Alemania 3 – Inglaterra 2, Brasil 4 – Perú 2, Italia 4 – Alemania 3, considerado el partido del siglo, Perú 3 – Bulgaria 2; Brasil 3 – Uruguay 1, la tarde del histórico “no gol” de Pelé a Mazurkiewicz, cuando lo gambeteó sin tocar la pelota, pero luego, cayéndose, el remate final se le fue desviado.

El gol parecía brotar del césped. Salvo en el grupo 2 que integraban Italia y Uruguay, siempre conservadores. Allí se marcaron apenas seis goles en seis partidos. No obstante, la Azzurra fue finalista y la Celeste semifinalista. Uruguay, en este juego, es el dentista, nadie quiere visitarlo.

Uruguay alcanzó la semifinal, aunque anotó apenas cuatro goles en seis partidos. Posiblemente irrepetible. Pero el campeón tapó todo. Fue un Brasil en tecnicolor.

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