Fútbol de ayer y de hoy

Mes: marzo 2026

Italia, por la astucia de Lippi

Debió ser Sudáfrica 2006, fue Alemania 2006 gracias a un oscuro episodio dirigencial. El 6 de julio de 2000 el comité ejecutivo de la FIFA elegía la sede de ese Mundial, los candidatos eran dos, Sudáfrica y Alemania. Todo estaba dado para que la sufrida África organizara, por fin, su primer megaevento. La votación era pareja, luchada voto a voto. Extraoficialmente se sabía que estaban igualados 12 a 12, en cuyo caso debía desempatar el presidente de la FIFA, Joseph, Blatter, y éste había anunciado que se inclinaría por Sudáfrica. Pero, inesperada y sospechosamente, el representante de Oceanía, Charles Dempsey, quien tenía el mandato de su confederación de sufragar por Sudáfrica, se abstuvo y se retiró del recinto. Y ganó Alemania 12 a 11.

Se desató un escándalo planetario, hubo indignación. Se habló de un arreglo para favorecer a Alemania. Dempsey adujo que recibió presiones muy fuertes. Semanas después renunció a su cargo. En octubre de 2015, la revista alemana Der Spiegel publicó documentos que demostraban que el comité de candidatura alemán había manejado un fondo secreto de 6,7 millones de euros antes de la votación de 2000. La federación germana nunca pudo explicar el destino del dinero, se tapó todo y quedó en nada. Franz Beckenbauer, presidente de la candidatura, quedó muy manchado, mismo en su país y, tras las denuncias, lo “guardaron”.

Pero Alemania montó el Mundial. Que fue muy bonito, con eficiente organización, como era esperable de una nación de gente trabajadora, con servicios públicos magníficos, buena distribución de la riqueza, educación, calidad de vida… Y Beckenbauer fue omnipresente. Su imagen ganó la candidatura, dio confiabilidad al mundo de que las cosas marcharían. Fue un anfitrión perfecto, ofició de comentarista, hasta se casó en medio del Mundial. Siempre con su media sonrisa y su compostura. Genial jugando, campeón entrenando, líder dirigiendo.

Sólo le faltaba coronar a Alemania. Sin embargo, no le daba el potencial. No se puede ser campeón sólo por la camiseta o por la historia. La dirigida por Jürgen Klinsmann estuvo lejos de aquellas Alemanias pródigas en figuras y en carácter. A su vez, Brasil fue el Titanic, se hundió con la mejor embarcación. O tal vez no lo era… Quizás Cafú y Roberto Carlos estaban para el Mundial de veteranos… Los periodistas brasileños hablaron de mala preparación, de que a Carlos Parreira el grupo se le fue de las manos. Se comentó que faltando quince días para el debut Ronaldo estaba con 96 kilos, Adriano quizás más, Kaká remaba solo. Ecuador pasó por primera vez a octavos de final y allí cayó ajustadamente ante Inglaterra.

A Argentina le sobraban fútbol e individualidades para aspirar a todo, pero una decisión del DT José Pekerman derrumbó el castillo de ilusión. En cuartos de final, estando 1-0 arriba de Alemania, hizo un cambio que público y periodismo argentino no le perdonaron nunca: sacó a Hernán Crespo y, en lugar de incluir a Lionel Messi, que ya era la bomba atómica, mandó al campo a Julio Cruz, un buen elemento y punto. Al minuto empató la selección local y Argentina, que había jugado un precioso primer tiempo, quedó como bloqueada. Luego cayó en definición por penales. Con dos centrales grandotes y de enormes limitaciones técnicas -Mertesaker y Metzelder- Messi podría haber hecho un estropicio. Pekerman no lo entendió así y, para muchos, regaló el título.

En tal escenario, con las potencias en dificultades o equivocadas, apareció desde atrás Italia. Que tuvo un camino alfombrado hacia la final. Y lo usufructuó centímetro a centímetro. Al segundo encuentro, La Gazzetta dello Sport escribió: “Tenemos una llave muy afortunada, si sabemos aprovecharla estaremos en la final”. Se dio tal cual. Y así como no fue el gran torneo, tampoco fue el gran campeón. Ni la gran final. Ha sido un rey con ropas modestas. Sucede que los puntos altos de Italia fueron tan altos que taparon la medianía de los bajos. Tan descomunal lo de Cannavaro, Zambrotta, Gattuso y Buffon que disimularon a Luca Toni (un poste), a Totti (no jugó nada), a Iaquinta, a De Rossi, al mismo Camoranesi…

Un equipo que amuralló la entrada de su área y desde allí empezó a trabajar los partidos con paciencia de artesano, administrando cada pequeño tesoro que iba consiguiendo, un centro, un córner, un gol. Fue una Italia sin marcas a presión, sin el catenaccio de otros tiempos, con el sello más liberal de Lippi. ¿Cuánto le debe el calcio a su técnico por este título? Muchísimo. Más de la mitad de la corona la ganó con los cambios audaces ante Alemania en la semifinal. Lippi advirtió a un rival exhausto, vacío de juego, hueco de ideas, escaso de talento. Sacó un medio trajinador (Camoranesi) y mandó un delantero (Iaquinta). Puso a Del Piero por Perrota (delantero por carrilero). Y dejó en campo a Totti, a Pirlo, volantes con vocación ofensiva, a Grosso, lateral que se mandaba continuamente al ataque.

Un hombre con tantos años de fútbol olfatea cuando enfrente no hay nada y dice “a ganar”. Le tiró encima lo poco que tenía y tuvo su premio: la final. Vio entregado al rival y salió a rematarlo. Se dio cuenta que era ahí o nunca. Brillante también cuando mandó la tropa al frente contra República Checa, Ucrania, Ghana. ¡Si no eran nada…! ¿Por qué agrandarlos…?

La Francia de Raymond Domenech, en cambio, fue de muy menos a muy más. Tuvo una primera fase lamentable. El plantel estaba peleado con el técnico y la prensa francesa comentaba que Zidane quería volverse a casa en medio del torneo. Pero clasificó a octavos y volteó a tres pesados en serie: España, Brasil y Portugal. Y llegó a la final como favorito. Italia parecía estar física, anímica y futbolísticamente debajo de Francia. Sin embargo, el triunfo ante Alemania en Dortmund fue como la espinaca para Popeye. Y se llevó la corona.

Lippi sabía que la posibilidad más concreta era empatar y luego tratar de acertar en los penales. Así fue. Tras el 1-1 en tiempo regular y extra, la Azzurra se impuso 5-3 pues David Trezeguet estrelló su tiro en el travesaño. Mucho tuvo que ver, quizás, la insólita expulsión de Zidane por un cabezazo al zaguero Materazzi, uno de los sucesos más comentados de los Mundiales. Iban 20 minutos del suplementario. Esto conmocionó a Francia, su máxima estrella con tarjeta roja. Ya lo habían echado en el Mundial ’98. Fue el mundo al revés: Materazzi debería haber agredido a Zidane, no Zidane a Materazzi.

Un epílogo a tono con un Mundial lujoso por fuera, deshilachado por dentro. Quizá lo más poético fue la columna de Carlos Verdelli en La Gazzetta dello Sport, en la edición del lunes 10 de julio, con la coronación aún fresca: “Una felicidad está invadiendo nuestras calles, nuestras casas. Nosotros, pequeños italianos, con nuestro balón bajo el brazo, en estos momentos estamos en el centro del mundo, y no es una manera de decir… Uno luego se pregunta ¿qué cosa es el fútbol? Un país entero unificado como por encanto. Nada ni nadie podría aspirar a tanto. ¿Puede llamarse deporte una cosa así? ¿Puede decirse que es solamente un juego? ¿Y por qué un juego llega hasta donde la pasión política o religiosa, los divos del rock o del cine ni siquiera sueñan…? Una nación que se recuerda imprevistamente de ser tal cosa sólo gracias a su selección, a los muchachos azzurros. Es uno de los tantos misterios felices de esta hora…Gocémoslo como tal, un misterio por una vez sin sombras de pecado”.

Primer Mundial de dos banderas

Corea-Japón 2002. Así se denominó el primer Mundial compartido entre dos países anfitriones. Y el primero en el continente asiático. En aquel momento pareció una rareza: dos naciones, incluso separadas por el mar, y ¡20 ciudades sede…! Una locura que no se repetiría. Sin embargo, la eficiencia, la responsabilidad y el sentido de organización asiáticos compusieron un torneo fantástico. Nada descarriló. Asombraron los estadios. Veinte colosos totalmente nuevos, gigantescos e impactantes. Otro asombro: Corea del Sur país. La tecnología, el desarrollo, la fuerza, y el espíritu de una pequeña gran nación. De Japón ya sabíamos que encontraríamos algo colosal y así fue.

Fue más eufórico el público coreano, seguramente por su inédito arribo a semifinales, aunque muy ayudado por los arbitrajes, eso sí. Italia estalló tras perder ante Corea 2 a 1. “Escándalo”, “Robo”, “Vergüenza”. Luego fue España la que tronó contra el arbitraje, también tras caer ante Corea. Esto desató grandes críticas y la FIFA se vio obligada a desmantelar su comisión de árbitros.

El mundo estaba sensibilizado. Ocho meses antes¸ el 11 de septiembre de 2001, se habían perpetrado los atentados a las Torres Gemelas. Pero Corea y Japón anunciaron que éste sería “el Mundial de la seguridad”. Y lo fue. Hubo cientos de miles de efectivos de seguridad custodiándolo todo. Mas no fue una presencia hostil, se trató de una combinación de firmeza y cortesía.

João Havelange y Joseph Blatter, presidente y secretario general de la FIFA, le habían prometido el Mundial a Japón varios años antes, y la patria de Hirohito se lanzó a construir grandes estadios, pero, a medida que se fue acercando la elección de la sede, Havelange y Blatter se percataron de que la mayoría del comité ejecutivo estaba volcada hacia Corea del Sur, el otro postulante. Ya casi con la votación encima y viéndose claramente derrotados, brasileño y suizo debieron casi implorarle al Dr. Chung Mong-joon, presidente de la asociación coreana y dueño de la Hyundai, que se aviniera a compartir el Mundial. Chung aceptó y, de paso, evitó el peligro de ir a las urnas. La sede compartida fue acordada. Pero puso como condición que Corea estuviese delante en la denominación del torneo. Y Japón salvó su inversión.

Otra curiosidad de esta Copa asiática: pocos visitantes extranjeros. Y allí era fácil advertirlo por una cuestión racial. Aunque el mundo es redondo y todo es equidistante, evidentemente esa región queda lejos para la mayoría de los futboleros. Y es caro llegar. Todo fue dispuesto magníficamente, eso sí. Estadios, salas de prensa, comunicaciones, transporte, hotelería, centros de entrenamiento. El ítem más flojo era de nueve puntos. Faltó un sólo condimento: calor popular. A ley pareja nadie se queja: todo se dividió al 50%: 32 partidos en cada país, el cotejo inaugural en Seúl y el final en Yokohama.

A los dos anfitriones les fue de perlas: en su segundo Mundial (había debutado recién en 1998), Japón ya ganó su grupo, reflejo del monumental avance de su fútbol, que ha clasificado a las últimas ocho ediciones. Cayó en octavos de final ante la revelación: Turquía. A su vez, Corea del Sur, dirigida por el sagaz holandés Guus Hiddink, no sólo lideró su zona, llegó a las semis tras dejar en el camino a Italia y España con un juego de asfixiante intensidad física. También con varios fallos escandalosos de los árbitros, especialmente del ecuatoriano Byron Moreno, a quien Italia entera acusó abiertamente de estar sobornado. Lo peor sería en cuartos ante España. El juego terminó 0 a 0 y en penales ganó el local. Pero, durante el desarrollo, el colegiado egipcio Gamal Al-Ghandour anuló dos goles legítimos de España. En la patria de Cervantes se lo denominó “El robo del Siglo”, aunque el siglo recién empezaba. No obstante, el tiempo deja estas cosas en anécdota. Y Corea del Sur sigue siendo la única selección asiática en llegar tan lejos.

Fue el cuarto Mundial con el promedio más bajo de gol (2,52) y no hubo estrellas. Si acaso, Ronaldo Nazario, por los goles y por terminar campeón, pero tampoco deslumbró. Más gustó Ronaldinho. El genio estaba dentro suyo. Atrevido, irreverente, con alegría en el rostro y en los zapatos. Un año después llegaría al Barcelona y el mundo se rendiría ante él.

Lo increíble, que dejó perplejo a los hinchas del mundo, es que la FIFA otorgó el Balón de Oro del Mundial a Oliver Khan, quien tuvo una muy floja final. Falla grave en el primer gol y una acción poco feliz en el segundo. Al minuto 69, Rivaldo remató al arco, un tiro normal, a las manos de Khan, la bola se le escurrió y dio un rebote largo, sirviéndole la pelota a Ronaldo para que abriera el marcador. Y a los 79, centro al ras de Kleberson, Rivaldo dejó pasar el esférico entre sus piernas engañando a la defensa rival y Ronaldo, con tiro no violento, sí ajustado al palo derecho, aumentó y fijó cifras finales. Un disparo bien dirigido, pero atajable. La FIFA designó mejor jugador del Mundial al máximo responsable de perder la final.

Lo mejor estuvo a cargo de las selecciones “chicas”. Para empezar, Turquía, un auténtico equipazo perjudicado por los jueces en los dos partidos con Brasil. Corea del Sur, Senegal, Japón, Estados Unidos, Costa Rica, Irlanda… Y Ecuador, que no desentonó y se llevó una victoria nada menos que ante Croacia.

El juego inaugural resultó un campanazo de los más resaltantes de la historia. En Seúl, el debutante Senegal, con un juego muy atractivo venció 1-0 al campeón vigente, Francia, que presentó en su formación diez de los campeones del torneo anterior. Aunque no estuvo Zidane, su líder y estrella. Se había lesionado unos días antes en un amistoso. Recién volvió en el último cotejo, ante Dinamarca (0-2). Fue la causa principal del desastre “bleu”. La selección del gallito se volvió temprano a casa sin siquiera marcar un gol. Y teniendo a Henry y Trezeguet en ataque… Nunca un campeón hizo una defensa más ruin de su corona.

Gracias a sus eternas brillantes individualidades, Brasil llegó nuevamente a dirimir el título, como en 1994 y 1998. Tres finales consecutivas, igual que Alemania en 1982, 1986 y 1990. Pero Brasil con dos coronaciones contra una de los germanos. En las tres de Brasil estuvo presente Cafú, quien levantó la Copa en Japón.

Las dos superpotencias futbolísticas se encontraron por primera y única vez en la final. Alemania llegaba por séptima ocasión a una definición, Brasil por sexta (y última). Alemania alcanzó el juego definitorio con un equipo menos que discreto, pleno de nombres olvidables. Acaso su única figura era el arquero Oliver Khan (y falló). Pero en el trámite no fue mucho menos que Brasil, aunque este supo concretar y ganó 2 a 0. Así es este juego.

El quinto título llegó con un récord imbatido: es el único campeón que ganó los 7 cotejos disputados. En 1970 Brasil también había triunfado en todos sus compromisos, pero fueron seis, porque jugaban menos equipos.

La Canarinha fue una expresión propia de su notable entrenador Luiz Felipe Scolari. No muy lucida (ningún parecido con el jogo bonito, abolido por el mismo Brasil en 1994), aunque sí compacta, de enorme confiabilidad. La objetividad habla: tuvo la delantera más eficaz (18 goles), una defensa poco batida (4 caídas), el goleador (Ronaldo), la estrella (Ronaldinho), el mejor arquero (Marcos). Estamos hablando de un campeón sólido en números. ¿Qué le faltó…? Más fantasía.

Zidane y el fútbol champán

París era una de las pocas grandes capitales del mundo sin un estadio de fútbol que hiciera honor a su magnificencia. La organización del Mundial ’98 fue la excusa para edificar el majestuoso Stade de France, escenario acorde a la grandeza de una nación que es al mismo tiempo poderosa y exquisita, Tiene la imponencia de la Tour Eiffel y el charme de Champs Elysees. Hasta ese momento, sin duda, el más grande, confortable y hermoso del mundo. El detalle diferente: íntegramente techado, desde afuera semeja a un plato volador.

Allí, el 12 de julio, en el suburbio de Saint Denis, 80.000 aficionados pusieron marco a la mayor demostración de fútbol champán. Francia aplastó a Brasil en la final 3 a 0 y abrazó por primera vez la gloria de esa copa ingeniada por uno de sus hijos ilustres, Jules Rimet. Era un medio que, a partir de Michel Platini y una generación brillante, había empezado a dar pruebas de excelencia, a procrear brillantes futbolistas y en “su” Copa de 1998 finalmente coronó. Fue la Francia multicultural, compuesta por jugadores de las más diversas procedencias y orígenes (africanos, caribeños, europeos). Zidane hijo de argelinos, Thuram de la isla de Guadalupe, Djorkaeff y Boghossian con ancestros armenios, Trezeguet argentino de crianza y futbolísticamente, Desailly nacido en Ghana, Karembeu en Nueva Caledonia, Vieira en Senegal… Todo ese combo floreció en un producto fantásticamente ensamblado por Aimé Jacquet.

Cuatro días antes de comenzar el torneo daba comienzo la era Blatter. En Chicago 1994, durante el Congreso de la FIFA, João Havelange debió conjurar un alzamiento de África y Asia, que pretendían más derechos y participación. El brasileño, viendo que perdía la presidencia, prometió que, si lo votaban allí, daría más cupos a esos continentes y se alejaría en 1998. Cumplió: la Copa pasó de 24 a 32 equipos, África y Asia aumentaron sus plazas de tres a cinco y en París asumió su mano derecha, el suizo Joseph Blatter. Gobernaría durante 17 años.

Históricamente, Francia jugaba un fútbol vistoso, aunque sin grandes resultados, apenas el tercer puesto mundialista en Suecia 1958 gracias a la habilidad de Kopa y los goles de Fontaine. Ausente en los Mundiales de 1962, 1970 y 1974, en Argentina ’78 apareció una Francia nueva con una camada virtuosa, la de Platini, Lacombe, Tresor, Bossis, Battiston, Rocheteau, Didier Six. Era comandada por un magnífico entrenador, que propiciaba el fútbol técnico y ofensivo: Michel Hidalgo. Allí mostró destellos importantes, aunque no pasó de primera fase. Sin embargo, en 1982 desplegó un juego precioso y logró el cuarto puesto, aunque estaba para campeón. Fue el trampolín para su primer impacto internacional: la Eurocopa de 1984. Siempre conducido por Hidalgo y con un Platini fabuloso. Francia había entrado, por fin, en otra esfera de importancia. Pero pasarían catorce años hasta dar el golpe grande: ganar un Mundial. Fue en este 1998, de la mano del exquisito Zinedine Zidane y de un técnico de perfil bajo con capacidad alta: Aimé Jacquet.

La prensa francesa, siempre tan sabihonda, maltrató con obstinación al iluminado comandante. En el caso del fútbol, a veces las críticas, como señalara el mismo Jacquet, “son desmesuradas, perniciosas y deshonestas”. Jacquet lo decía básicamente por el diario “L’Equipe”, que lo persiguió despiadadamente durante cinco años, los que estuvo al frente de la Selección. Y en los 53 partidos que Jacquet dirigió, Francia perdió apenas 3, fue una máquina futbolística y se consagró campeón del mundo. Después pasó lo de siempre: “L’Equipe” hizo un mea culpa titulando “Perdón, Jacquet”, pero ya era tarde. Los periodistas pretendían saber de fútbol más que el técnico. Jacquet se retiró tras levantar la Copa.

Fue la consagración mundial de un jugador legendario: Zinedine Zidane. Crack universal, en la final el marsellés fue un demonio imparable para el mediocampo brasileño, el conductor y el arpón. Al término del primer tiempo ya había marcado dos goles de cabeza notables, en ambos casos anticipando al insípido Dunga. Thuram le siguió en orden de prestación. Clausuró su punta, subió como una topadora, transmitió su temple. Didier Deschamps fue un capitán inmenso, un líder templado que, además, hizo todo bien con la pelota. Extraordinario mariscal que luego sería campeón con Francia en Rusia 2018, ya como DT.

Llamó la atención que Jacquet, ante Brasil, decidiera dejar en la banca a dos delanteros exuberantes como Thierry Henry y David Trezeguet, pero tal vez desconfió de la edad: ambos tenían 20 años. Prefirió a Stephane Guivarc’h, discreto centrodelantero del Auxerre, de único punta, acompañado de tres volantes armadores de buen pie como Djorkaeff, Zidane y Petit. Pero los técnicos saben más que nadie de esto. Y le salió perfecto. Cuando un equipo entra al campo a disputar una final con tal grado de determinación y confianza, la más gruesa porción de mérito corresponde al comandante, no a los soldados.

Francia era desde la óptica futbolera, una rareza: nación latina, de Europa occidental, vecina de los inventores del juego, rodeada por Italia y España, estuvo un siglo dando la espalda a la redonda, sentía más la ovalada del rugby, hasta que consiguió abrazarse a la Copa del Mundo y ahí entendió el porqué de la pasión que este juego genera. Más de dos millones de franceses, orgullosísimos, colapsaron Champs Elysées para emborracharse de gloria.

La coronación llegó de la manera soñada: con un equipo fantástico, que representó al fútbol francés que toda la vida intentó jugar bien, como mandan los manuales, y azotando en la final nada menos que a Brasil. Francia fue un gran campeón, que ganó 6 partidos y empató uno, ante la siempre compacta Italia, la eterna amante del 0 a 0. La Tricolor marcó 15 goles y recibió apenas 2, uno de ellos de penal. Nunca un campeón encajó menos goles, y esos dos fueron convertidos por auténticos fenómenos: Michael Laudrup, de Dinamarca y Davor Suker, de Croacia. Fue producto, especialmente, de una defensa extraordinaria. Fabien Barthez, notable arquero del Mónaco, el sensacional lateral Lilian Thuram, Laurent Blanc, Marcel Desailly y el vasco Bixente Lizarazu en la banda izquierda. Como si su notable eficiencia y seriedad en la marca no bastaran, Thuram marcó los dos tantos franceses para dar vuelta la semifinal ante Croacia y ganar por 2 a 1.

A su vez, el exquisito Laurent Blanc anotó el único gol ante el heroico Paraguay en octavos de final. Un gol dorado, porque sirvió para avanzar de fase ante un Paraguay macizo, luchador, que parecía invencible. Y porque fue la primera vez que en un Mundial se ponía en práctica el Gol de Oro. En tiempo extra, el que marcaba primero ganaba, allí terminaba el partido. En el minuto 113 Trezeguet le bajó magistralmente de cabeza una pelota al zaguero y este convirtió ante un Chilavert colosal. Fue el partido más terrible que debió sortear Francia.

Brasil, como siempre, plagado de figuras, no gustó por el juego conservador propuesto por Mario Zagallo. Contaba con Bebeto, Ronaldo, Rivaldo, Cafú, Aldair, Roberto Carlos, Leonardo. Sin embargo, jugó a la retranca, esperando, calculando, especulando, sacando cuentas…. Llegó a la final por inercia. Allí se encontró con una Francia potente y ambiciosa, que tomó la delantera y fue por el triunfo desde el momento mismo del silbatazo inicial. Francia entró en la historia como un grande.

Fútbol en la patria del béisbol

A las tres de la tarde del 17 de junio de 1994, hora del puntapié inicial de Estados Unidos 1994, hacía más de 45 grados en las gradas (en el campo eran 50, según informaron). A orillas del lago Michigan la sofocante humedad tornaba irrespirable la tarde. Nunca vivimos algo igual. Fue el día del cotejo inaugural, cuando el Mundial desembarcó en el único país que le dio obstinadamente la espalda al fútbol.

Los gigantescos estadios norteamericanos eran casi todos de una sola bandeja y no tenían una mínima visera que protegiera del sol. En la tribuna de enfrente, los presidentes de Estados Unidos, Bill Clinton, y de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Lozada, hasta se quitaron el saco, se aflojaron la corbata y se arremangaron para soportar el bochorno. Abajo, Alemania y Bolivia hicieron un partido soso, comprensible por la infernal temperatura. Fue la mejor Bolivia que hayamos visto. Muy competitiva, la del vasco Azkargorta. La de Etcheverry, Baldivieso, Platiní Sánchez, Melgar… Era todo parejo hasta que un infortunado resbalón del arquero Trucco le dejó el gol servido a Jürgen Klinsmann y ganó el campeón del mundo 1 a 0.

La asistencia plena de 63.117 espectadores fue una muestra de lo que vendría: EE.UU. ’94 es, hasta hoy, el Mundial con mayor cantidad de público de los veintidós disputados, con 3.587.538 boletos vendidos en 52 partidos (68.991 por partido).

De Uruguay 1930, en que el torneo se jugó en veinte cuadras a la redonda, se pasó a EE.UU: ‘94 en un territorio muy vasto, con nueve sedes, algunas a distancias increíbles de otras, como Boston y San Francisco separadas por 4.338 kilómetros y 5 horas y media de avión. Como si un partido se jugara en Buenos Aires y el siguiente en Bogotá. Semejante lejanía hizo que el evento se desmembrara y cada contingente de hinchas y periodistas se instalara junto a la delegación de su país. Difícil y caro viajar para seguir a los equipos.

Se lo promocionó como el Mundial del modernismo y la tecnología, pero resultó mucho más modesto de lo imaginado. A diferencia de los anteriores, no lo asumió el país sino empresas privadas, y no se gastó un solo dólar en arreglos o remodelaciones específicas para la Copa. Austeridad, instalaciones precarias, baños químicos… La inversión fue nula, se utilizaron estadios de fútbol americano ya existentes. Recordamos a Andrés Mendoza, colega ecuatoriano, director de radio Atalaya, quien llegó a San Francisco en el último tramo de la competencia; su primera sensación fue de estupor: “Nunca hubiese imaginado que los estadios fueran tan feos. El de Los Ángeles es absolutamente común, sin la menor espectacularidad, pero el de San Francisco es feo y viejo. Viéndolos por televisión pensé que eran fantásticos, pero éste es de madera, apoyada sobre tierra. Los accesos son malos, con caminos de tierra polvorienta. Increíble”. En efecto, el coloso de Stanford, en Palo Alto, era íntegro de tablones y los pasillos eran de tierra, aunque igual era un óvalo perfecto, arquitectónicamente bonito. Pero sí, tratándose de Estados Unidos, uno esperaba otra cosa.

Como copresidente de Francia ’98, el siguiente torneo, Michel Platini recorrió instalaciones, tomó notas. Cuando le pidieron su opinión sobre la organización del torneo norteamericano, respondió con ironía: “Simpática”. Luego agregó una frase fantástica: “Hicieron extraordinariamente bien lo mínimo”. Tal cual. Eso permitió que fuera el único Mundial con ganancias: más de 3.000 millones de dólares.

Pero la FIFA acertó un gol de arco a arco: llevó el fútbol al país número uno del planeta y quedó instaurado. A dos días del comienzo del Mundial, una encuesta reflejó que ocho de cada diez habitantes “gringos” (no de las colonias latinas o italiana) no sabían qué era la World Cup; veinticinco días después se batían récords de audiencia televisiva. En el duelo EE.UU. 0 – Brasil 1 la cadena ABC alcanzó un rating histórico de 10,5 puntos (unos 32 millones de telespectadores). Con un agregado: a la misma hora jugaron los Yankees un partido de béisbol de cierta relevancia y no fue nadie. El New York Post exhibió un gran olfato periodístico: en una página insertó una foto del choque EE.UU.- Brasil con 84.147 personas; en la otra, una imagen del Yankee Stadium semidesierto.

David Downs, funcionario de ABC, que compró los derechos, no podía creerlo: “Hasta yo estoy sorprendido por la respuesta de la gente a esta Copa del Mundo, nuestras previsiones más optimistas fueron superadas en un 75%”. Curtis Pires, portavoz de la cadena ESPN (cadena de cable), graficó: “Pondré un solo ejemplo: Suecia-Arabia Saudita, un encuentro no muy atrayente en teoría y dos países que no tienen fuerte presencia étnica en Estados Unidos, tuvieron un rating de seis millones de espectadores. Increíblemente, superó a la final de Wimbledon, transmitida por NBC (un canal abierto), y donde jugaba un norteamericano, Pete Sampras”. 

Lo más increíble fue que en los partidos de “los USA” se entonó el “iu-e-sei… iu-e-sei…” a la usanza de las otras hinchadas. Mucho tuvo que ver el temperamental equipo de Bora Milutinovic, con Alexi Lalas y Marcelo Balboa liderando desde la zaga. El entusiasmo dio frutos: al año siguiente se creó la liga estadounidense (MLS), hoy la de mayor crecimiento mundial.

El fútbol propiamente dicho fue la parte más atrayente de USA ’94. Buenos espectáculos, se mejoró el oprobioso juego de Italia ’90, con muchos goles, menos expulsiones y debutó la nueva regla de tres puntos a la victoria. Lastimosamente, quedó la imagen de la desangelada final entre Brasil e Italia -0 a 0 y definida por penales-. Brasil no fue el equipo carnavalesco y ofensivo de otros Mundiales, era muy utilitario, marca Parreira. Defendía mucho y dejaba dos puntas arriba -Romario y Bebeto-, que con espacios hicieron los estragos suficientes. Fue justo ganador, supo ser campeón. Italia llegó a la definición por oficio, por tenacidad y por un iluminadísimo Roberto Baggio.

Baggio, que arribó con el rótulo de Balón de Oro 1993, tuvo un comienzo tan decepcionante que la prensa italiana clamaba para que lo sacaran: “Si eres una señorita vuelve a casa y pon una perfumería”, decían algunos periodistas. Pero Roby tuvo una fase final sensacional y con cinco goles puso a Italia en la final. El destino, cruel, le reservó la fruta amarga: en la definición del título por penales su disparo, el último, se elevó hacia el cielo y Brasil se coronó campeón.

Colombia era, para muchos, uno de los favoritos al título por su fútbol atildado y sus estrellas, que habían aplastado a Argentina 5 a 0. Resultó estrellado, eliminado en primera fase y el retorno a casa fue duro, enmarcado por la tragedia de Andrés Escobar.

 Argentina, con Alfio Basile en el banco, presentó una selección espectacular en cuanto a nombres y fútbol. Parecía encaminarse sin dudas al título, jugaba bien, era ofensivo y tuvo un arranque arrollador, hasta que le explotó una bomba en las manos: Maradona fue encontrado positivo en el control antidoping y obligado a abandonar el torneo. El impacto desmoronó a todo el equipo. “Me cortaron las piernas”, fue la célebre frase de Diego, que siempre negó haberse dopado. Quienes lo vivieron, no olvidarán nunca a la enfermera rubia que fue a buscarlo con un policía hasta el centro del campo para llevarlo a hacer el control. Maradona iba sonriente a la silla eléctrica…

Fue la foto del Mundial, acaso más que la de Romario levantando la Copa.

El mundial más lindo, el fútbol más feo

Italia había sido anfitrión en tiempos de Mussolini -1934- y repitió en 1990, cuando el Calcio reinaba como la meca del fútbol. Las celebridades futbolísticas no recalaban en España ni en Inglaterra (aún no se creaba la Premier League), los cracks aterrizaban en el Milan, el Inter, el Napoli, la Juventus, la Roma, el Lazio, el Parma… Ahí estaba el poder económico. En medio de ese esplendor, el país de Da Vinci y Miguel Ángel montó la Copa con más pompa y generosidad de la historia. No se fijó en gastos. Quería mostrar al mundo su historia, su arte, su industria, la moda, la gastronomía, el diseño, la música… ¡Vaya si mostraron su creatividad musical…! Cientos de millones recordarán Un’estate italiana, la canción de Giorgio Moroder y Tom Whitlock con la celestial interpretación de Edoardo Bennato y Gianna Nannini. El tema más bonito de todos los Mundiales: “Noches mágicas / persiguiendo un gol / bajo el cielo / de un verano italiano…”

Todo el Made in Italy desplegado sobre la alfombra verde del fútbol. Tiraron el país por la ventana. Y la ventana también. Hasta Catar 2022 fue el último Mundial en que un estado autorizó chequera libre con un objeto claro: cautivar al mundo. En ese ambiente regio, rodeado de actividades culturales, artísticas y turísticas, se disputó un campeonato feísimo, con pocos goles, muchas faltas y una tónica de mezquindad general. Tanto que fue el certamen con menos promedio de gol de la historia: 2,21 por juego. Aún regían los dos puntos a la victoria, con lo cual imperaba la búsqueda del empate. A contravía de la canción, nadie perseguía un gol. Puro catenaccio en la patria del catenaccio.

La Argentina de Bilardo fue, quizás, la más negra de las ovejas negras: llegó a subcampeón con un fútbol rústico y habiendo marcado apenas 5 goles en siete partidos, ni siquiera uno por cotejo, insólito récord negativo. Además, recibió 9 tarjetas amarillas y 3 rojas, otra marca poco honrosa.

Alemania, que aún era Alemania Federal pues la reunificación llegaría tres meses después, fue un campeón justo, aunque sin brillo. Colombia lo desnudó: cuando tuvo enfrente un equipo capaz con el balón, que le frenara el ritmo y tocara la bola por abajo, se le complicó. Pero iba al ataque. Colombia resultó el único rival al que no pudo vencer, empataron 1 a 1 en uno de los pocos encuentros atractivos; el otro fue Inglaterra 3 – Camerún 2, en cuartos de final. Y Colombia, una de las excepciones que intentó jugar fútbol. Un ejemplo de cómo salieron las cosas es que Marco Van Basten, extraordinario goleador holandés que llegó como la máxima estrella de la Copa, se fue sin anotar, y el Botín y el Balón de Oro del torneo recayeron en Salvatore Schillaci, un correcto delantero siciliano. El espectáculo estaba de la raya de cal hacia afuera. Adentro, planteos ultradefensivos, tacaños, demoras, simulaciones, brusquedades, falta de audacia. Una estadística lo dice todo: hubo 8 remates al arco por partido, bajísimo promedio. ¡Y 1.586 pases al arquero…!!!

El torneo tuvo un bautismo premonitorio en el Giuseppe Meazza de Milán. Tras una maravillosa fiesta inaugural, se dio un duelo tosco y muy violento en el que Camerún venció a Argentina 1 a 0 tras molerlo a patadas, muchas casi salvajes, sobre todo para detener la velocidad y habilidad de Caniggia. A su vez, Maradona recibió 12 faltas fuertes. Entre ellas un planchazo al pecho que le dejó los tapones marcados por parte de Ndip Akem, quien sólo recibió una amarilla. Además, sufrió una entrada descalificadora de su marcador Benjamin Massing al tobillo. Massing fue uno de los dos expulsados cameruneses esa tarde.

Italia buscaba coronarse para corresponder a su fastuosa organización, pero no se le dio. Chocó en semifinales contra una Argentina que esta noche napolitana jugó su mejor partido. Igualaron a uno y por penales pasó a la final la Albiceleste. Pero fue una victoria pírrica: por doble amonestación perdió tres jugadores clave para la final: Giusti, Olarticoechea y Caniggia, tres cracks, uno por línea. Fatal. Ese choque fue volcánico y había concitado un interés inusual: Maradona, ídolo supremo del Napoli, pidió en la previa que los tifosi celestes hincharan por Argentina antes que por Italia.

Inglaterra terminó cuarta, cumpliendo una de las actuaciones más sólidas de todas sus intervenciones mundialistas aparte de la de 1966, cuando se quedó con el título. Y Camerún, con todas sus brusquedades, su fabuloso poderío físico y un delantero notable (Omam-Biyik) se convirtió en el primer equipo africano en llegar a cuartos de final.

Argentina y Alemania, que habían animado el choque definitorio en México ’86, volvieron a dirimir la Copa del Mundo. Con muchos de los protagonistas de cuatro años atrás y con los mismos entrenadores: Carlos Bilardo y Franz Beckenbauer. La anterior resultó claramente más atractiva.

“Hijos de puta… Hijos de puta…”, bramaba Maradona con un banderín de la AFA en la mano, para intercambiar con Lothar Matthäus en el centro del campo. Estaba sonando el himno argentino en el estadio Olímpico de Roma y una gruesa porción de los 73.603 espectadores, la parte italiana especialmente, silbaba las estrofas de la música nacional argentina. Maradona estaba entonándolo, pero al escuchar los pitidos y abucheos paró y empezó a insultar a esos aficionados. El público local no le perdonó la eliminación de Italia. Lo vieron unos dos mil millones por televisión. No era el mejor comienzo para una final mundialista. Que terminaría en polémica.

Beckenbauer presentó un equipo muy mejorado en relación a México ’86. Dos puntas muy penetrantes -Völler y Klinsmann-, dos volantes vivaces, veloces y con juego -Littbarski y Haessler- y una defensa muy segura. Alineó a Illgner; Berthold, Kohler, Augenthaler, Buchwald y Brehme; Haessler, Matthäus y Littbarski; Völler y Klinsmann. El dominio alemán fue ostensible, pero su respeto por Argentina, la disciplinada defensa albiceleste y su propia ineficacia le impidieron abrir el marcador. Y creó escaso peligro en el arco argentino, ningún mano a mano.

Lastimosamente, llegó al gol por un penal inexistente otorgado por el árbitro uruguayo Edgardo Codesal, que representaba a la Federación Mexicana. Fue una corrida por derecha de Völler apareado por Sensini. Este nunca lo tocó al delantero alemán, pero Codesal estaba de gatillo fácil. Andreas Brehme ejecutó con tiro bajo a la punta izquierda y convirtió. Un título mundial no puede decidirse por un fallo de tal ligereza. Y menos faltando cinco minutos para bajarse el telón. Seis minutos antes sí hubo un penal claro de Matthäus a Calderón y el juez lo ignoró. No había VAR. Era el tiempo en que Blatter y Havelange sostenían que era mejor que se discutiera en los bares y oficinas, que esa era la sal del fútbol, y no recurrir a la tecnología.

En 2016, en una entrevista con el diario El País, de España, el propio Brehme confesó: “No fue penal, la marca fue correcta”. Y en entrevista con La Nación, de Buenos Aires, Lothar Matthäus también lo reconoció: “Yo estaba muy bien ubicado. Veo que hay un contacto, pero para mí no fue suficiente para cobrar penal. En un partido así, si va a cobrar un penal, el árbitro tiene que estar 100% seguro de que la infracción fue clara. Y para mí no fue tan clara”. Muy hidalgos ambos. Argentina tampoco hizo demasiado escándalo, venía de la famosa “Mano de Dios” de Maradona cuatro años antes. 

© 2026 Jorge Barraza

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