Fútbol de ayer y de hoy

Mes: enero 2026

Nace el milagro alemán

Los mundiales fueron siempre una plataforma de lanzamiento de avances tecnológicos, con los medios de comunicación como mascarón de proa.

Suiza 1954 tiene un honor: haber sido el primero televisado. No a otros países, sí dentro del territorio helvético, mediante el famoso cable coaxil. Suiza tenía en ese momento alrededor de 4′970.300 habitantes, pero pocos poseían un aparato de TV.

La gente se concentraba frente a los comercios que ponían un monitor en sus vidrieras y ahí veían los juegos. Unos pequeños receptores de 15 pulgadas en blanco y negro.

¿Por qué Suiza el anfitrión, si no era una potencia futbolística…? Su célebre neutralidad le permitió quedar intacto después de la guerra, mientras los demás países estaban en reconstrucción o económicamente arruinados.

El pequeño país mediterráneo, 4,27 veces más pequeño que Uruguay, presentó seis subsedes importantes y una notable infraestructura en estadios: Berna, Basilea, Lausana, Zúrich, Ginebra y Lugano. La final se disputó en el Wankdorf Stadium, de Berna, para 64.600 espectadores.

Ese día estaba tan abarrotado que parecía caerse. Hasta la torre del reloj albergaba centenares de hinchas. Se implantó un extraño sistema de competición: cuatro grupos de cuatro, pero solo se enfrentaba a dos de ellos. Ejemplo, Alemania Federal, compartió zona con Hungría, Turquía y Corea del Sur, pero solo enfrentó a los dos primeros.

Uruguay inventó un adjetivo: Maracanazo. Tiene dos acepciones: una para identificar su inmortal victoria sobre Brasil en el Mundial del 50. Otra, para reflejar un triunfo sorprendente, totalmente inesperado, para darle a un batacazo una dimensión colosal. Desde entonces, todo éxito “imposible” es un Maracanazo. Con frecuencia se comete un error de juicio: aquello fue una gesta uruguaya, sí, pero no era en absoluto imposible. Al contrario, Uruguay era más equipo que Brasil.

Y un fútbol más laureado y potente. Para 1950, los Celestes ya eran bicampeones olímpicos, campeones mundiales y reunían ocho Copas América. Brasil apenas tenía tres de estas últimas. La lógica indicaba que podían ganar los Celestes.

Sin embargo, el suceso más increíble de la historia tuvo lugar en aquel Mundial 54. Con un agregado: nunca un éxito deportivo tuvo tanta incidencia en la vida de un país. Nueve años después de la Segunda Guerra Mundial, aunque dividida en tres, Alemania volvía a los mundiales. Por primera vez intervenía como Alemania Federal, sin la parte oriental, la comunista República Democrática Alemana, y sin el Estado del Sarre, por entonces Protectorado del Sarre bajo dominación francesa.

Incluso por la eliminatoria debieron enfrentarse en Alemania Federal y el Sarre pese a que eran la misma nación. Era una Alemania que representaba el 69,65 % de su territorio actual.

El germano no era hasta ahí un fútbol considerable en Europa. Italia, Inglaterra, Francia, Austria, Bélgica, España estaban por encima. Y, por supuesto, la fabulosa Hungría campeona olímpica en 1952 y que en el 53 sacudiera al mundo con su 6 a 3 a la selección inglesa en Wembley.

Alemania estaba vetada de participar del fútbol internacional. Como repudio a los crímenes cometidos durante el conflicto bélico, la FIFA la desafilió, no pudo jugar el Mundial de 1950. Fueron ocho años sin actividad. Los futbolistas germanos no eran conocidos al llegar a Suiza y nadie apostaba un céntimo por ellos.

Una posible coronación germana entraba en el terreno de la ciencia ficción. No obstante, en el debut ganaron 4-1 a Turquía, en ese tiempo un fútbol mínimo. En segundo turno debieron medirse con el mejor equipo del mundo, la Hungría de los Magiares Mágicos, con Puskas, Kocsis, Bozsik, Czibor, Hidegkuti y toda la troupe. Fue un resultado catástrofe:

Hungría goleó 8 a 3. Pero Sepp Herberger, DT de la Mannschaft, como un ajedrecista aventajado, había estudiado varias jugadas posteriores. Puso un equipo suplente para no ganar el grupo.

Más tarde lo explicó: “Tuvimos que perder contra Hungría para evitar en los juegos siguientes a los campeones mundiales uruguayos y a los subcampeones brasileños. Con la autorización del presidente de la Federación Alemana envié al campo a ocho hombres que habitualmente no jugaban o jugaban poco”.

Fue genial. Al perder, Alemania debió disputar un partido más que Hungría, un desempate ante Turquía (volvió a ganarle, esta vez 7 a 1), en cambio los húngaros tuvieron que afrontar dos cruentas batallas ante Brasil y Uruguay. Vencieron a ambos, mas quedaron desgastados.

Y con Brasil se produjo la mayor batahola de la historia de las Copas del Mundo. Hubo tres expulsados, golpes de puño y una trifulca monumental camino a los vestuarios. Hasta botellazos se arrojaron.

El genio del Danubio Ferenc Puskas se ahorró los dos choques porque la tarde del 8 a 3 el defensa alemán Werner Liebrich le propinó una terrible patada en el tobillo que lo mandó al hospital y lo mantuvo lesionado dos semanas. Volvió recién en la final, en la que se reencontró con su verdugo.

De nuevo se verían las caras Hungría y Alemania para decidir el título. Después de aquella salvaje goleada nadie imaginaba otra cosa que la victoria húngara. Alemania, una fuerza menor, debía chocar con el equipo que catorce días antes le había metido ocho. Y sucedió lo increíble…

Apenas había comenzado la final en Berna y a los ocho minutos ya ganaba Hungría 2 a 0. ¿Cuántos más le haría…? ¿Seis, siete…? Aquella Alemania contaba con hombres de buena madera y un espíritu de acero. A los 10 minutos descontó Max Morlock y a los 18 el magnífico Helmut Rahn puso el empate. Allí comenzó otro partido, más parejo.

Y Alemania demostró las virtudes que lo elevarían al grado de potencia. Se debatió palmo a palmo. Sí, Hungría era tremendamente superior en calidad y le creó infinidad de situaciones de gol (Puskas falló dos mano a mano y un remate desde el borde del área impropios de él).

Pero los predecesores de Beckenbauer se defendieron con ardor y faltando 6 minutos Rahn recibió en el área, esquivó a un par de rivales y sacó un zurdazo bajo y esquinado que el arquero Grosics no pudo detener. Golazo a lo Mario Kempes, pues Rahn era zurdo, grandote de físico y de juego similar al argentino.

Parecía un cuento, pero era real, Alemania se había impuesto 3 a 2. Es sin duda el mayor batacazo de la historia de los mundiales. Tras la victoria, la delegación campeona desandó en tren los 430 kilómetros entre Berna y Múnich.

El célebre canciller Konrad Adenauer, líder de la reconstrucción del país, fue a esperarlos a la estación y paseó con ellos por las calles en Mercedes Benz descapotables.

Los campeones fueron recibidos como héroes porque eso eran, héroes civiles para un país que aún buscaba salir del pozo más profundo de su historia. Alemania era un país paria, desacreditado, roto, que intentaba curar heridas y restaurar su economía, su institucionalidad, su prestigio y, sobre todo, su orgullo.

“El fútbol es un fenómeno único -nos dice Jorge Arriola, peruano nacido en Berlín que asistió a catorce mundiales-. Fíjate, está escrito en los libros que el llamado ‘milagro alemán’ nace con la conquista del Mundial del 54. Alemania se sentía aún abatida y humillada por la derrota en la guerra y por el rechazo de las otras naciones, pero ganar el Mundial levantó la autoestima del pueblo y ahí comenzó la reconstrucción, lo hizo revivir”.

A partir de entonces comenzó otra Alemania. También en fútbol.

El gol de todos los tiempos

Era el minuto 34 del segundo tiempo. Se oía un sonido aturdidor, como de mil leones rugiendo al unísono. De pronto, el murmullo, el zumbido ululante de los doscientos mil brasileños que se apretujaban en el flamante cemento de Maracaná se acalló. No hubo orden previa, fue terriblemente espontáneo. Se hizo el silencio más estruendoso de la historia del fútbol, el más inesperado e inexplicable. Alcides Ghiggia, esmirriado pero veloz puntero derecho uruguayo de poco más de cincuenta kilos de peso, aceleró por su punta con el balón en una corrida solitaria que no auguraba clamores, escapó a Bigode, se aproximó al área, se adentró en ella e inopinadamente sacó un disparo bajo y certero que impactó a una nación entera y pareció herirla de muerte. La pelota entró al arco por un mínimo hueco entre las manos del arquero Barbosa y el primer palo. Las redes se sacudieron y el país, el gigante amazónico, se estremeció. No había televisión, unos setenta millones de brasileños se mantenían informados por la radio y esos doscientos mil -en rigor 203.849 según cálculos oficiosos- lo palpitaban en las tribunas del coloso recién construido. Los ruidos de las calles cesaron, los gritos en las casas se apagaron, los pájaros pararon su canto y todo semejó a un dramático mutismo nacional. Como si alguien hubiese tirado del cable y se hubiera desconectado Brasil. Lo que hasta unos minutos antes era fiesta se convirtió en pavor. 

Fue el 16 de julio de 1950. Brasil perdía 2 a 1 ante Uruguay. Se le resbalaba por una cruel alcantarilla el título mundial que debía ser un mero trámite. Y se le escurría ante un país que es 48,32 veces más chico. No podía ser cierto, eso no estaba sucediendo, no entraba en los libretos de nadie. Simplemente era una pesadilla de la que despertarían luego para celebrar la conquista. Brasil sería CAMPEÃO DO MUNDO, como decían los diarios, ya impresos desde la mañana para ir ganando tiempo. 

“Se podía escuchar a alguien tosiendo, o el sonido de papeles que levantaba el viento, el silencio era total”, contó el autor de la proeza muchos años después. Los mismos jugadores uruguayos, tras celebrar moderadamente el gol que los ponía a ganar 2 a 1, sintieron escalofríos de estar frente a una multitud completamente muda. Nunca, ni antes ni después, se congregó tal muchedumbre en un estadio de fútbol ni de ningún deporte. Nunca un silencio retumbó tanto. Causaba miedo. Las lágrimas no hacen ruido al caer, pero decenas de miles lloraban sordamente.

“El público, que hasta ese momento había producido un ruido fenomenal, quedó consternado. Se produjo un silencio de pánico en todo el estadio que paralizó a los jugadores brasileños. Si ni siquiera me tiraron un centro… No avanzaron más”. El testimonio pertenece al arquero celeste Roque Máspoli, a quien entrevistamos en el hotel Guaraní, de Asunción, en 1999.

En ese mundial aparecieron los números en las camisetas y le tocó a Alcides Edgardo Ghiggia ser pionero del 7, que luego lo llevaría en su espalda una dinastía de genios del fútbol como Garrincha, Jairzinho, George Best, Jimmy Johnstone, Grzegorz Lato, René Houseman, Cristiano Ronaldo. El puntero que en ese entonces militaba en Peñarol tiene una curiosa estadística: jugó una sola vez en Maracaná y marcó el gol más relevante de la historia. Sólo disputó cuatro partidos mundialistas y en los cuatro convirtió un gol. 

Llegó la hora de la verdad en Maracaná y, al asomarse por el túnel al campo de juego, los futbolistas uruguayos quedaron impactados del infernal griterío. “El sonido que emitía la gente era tan fuerte que parecía que el estadio se vendría abajo”, recuerda Ghiggia. “Obdulio (Varela) tuvo un excelente plan; cuando íbamos a salir a la cancha, el capitán nos hizo esperar a que saliera primero la Selección Brasileña. Entonces, cuando salieron ellos, simultáneamente salimos nosotros para que no nos pudieran silbar y así salir entreverados con la ovación y los aplausos que el público le dedicaba a Brasil”.

El primer tiempo, ante la sorpresa general, se fue sin goles, con lo cual hasta ahí era campeón el local. Pero a poco de comenzar el segundo, gol de Brasil, por tiro cruzado de Friaça, puntero del São Paulo. Si antes del choque se tenía la seguridad total de que Brasil sería campeón, la ventaja en el marcador era la rúbrica definitiva. Uruguay necesitaba dos goles. ¿Cómo iba a lograrlo…? Imposible. Tras producirse la conquista, Obdulio puso el balón bajo el brazo y fue a reclamar al juez de línea una posible posición fuera de juego del autor. Pidió un intérprete. La larga conferencia con el banderín acalló a la multitud. El gol fue validado por el árbitro inglés George Reader, pero el capitán bajó los decibeles de la emoción. “El objetivo de Obdulio era perder un poco de tiempo para calmar el ímpetu brasileño. Sabía que si sacábamos enseguida nos hacían media docena”, reflexionaba Ghiggia en entrevista al periodista argentino Juan Vasle, para su libro Patear es humano, gambetear es divino.

Ghiggia, cuya virtud primordial era la velocidad, preparó el primer gol. Su testimonio, relatado al mismo Juan Vasle: “Fue una pelota larga por la derecha que me lanzó Obdulio Varela. Eludí a Bigode y me escapé en diagonal hacia el arco. A la carrera se la pasé hacia atrás a Schiaffino, que llegaba como entreala derecho. Juan la empalmó de primera como venía y la clavó en un ángulo. Era muy difícil que el golero la sacara. El estadio quedó congelado y los jugadores brasileños, fríos. Si bien con el empate eran campeones, no reaccionaron. Ahí vimos que se les podía ganar”. 

Iba el minuto 66 y estaban 1 a 1. El ruido ensordecedor del público amainó un poco, pero enseguida se retomó, Brasil seguía siendo campeón con la igualdad. Sin embargo, los celestes ya estaban agrandados. Y está claro que esa epopeya la gestó el carácter. Brasil, en cambio, comenzó a desmoronarse. Y a once minutos del final llegó lo que nadie podía siquiera imaginar, el gol inmortal, cuya repetición vemos una y otra vez y no nos cansamos.

“En el segundo gol me junté con Julio Pérez, mi compañero de ala. Yo me retrasé un poco, lo atraje a Juvenal, Julio me pasó la pelota y cuando el defensor me encimó, se la devolví. Hice casi el mismo recorrido que en el primer gol. La recibí en profundidad. Creo que Barbosa pensó que iba a centrar de nuevo. Se corrió un poco al medio para salir a cortar y me dejó el espacio justo para enviársela contra el primer palo. No es cierto que la tirara mordida, le di de rastrón con toda la potencia del empeine derecho”. El testimonio del héroe del Maracanazo, término convertido en sustantivo, en sinónimo de hazaña, de sorpresa mayúscula, de catástrofe. El destino tenía preparado para este arquetipo del antiatleta el gol más relevante de la historia. Por suerte no había VAR, que tal vez hubiese hurgado en cualquier imperfección reglamentaria para anular ese gol diluviano, apocalíptico. Pero la pelota entró y no hubo más que validarlo. 

“Los últimos once minutos fueron tranquilos. Teniendo en cuenta que era locatario y que estaba perdiendo, Brasil nunca reaccionó. No pasamos sobresaltos. Nuestra defensa estaba bien plantada. Yo quería hacer el tercero, pero nuestro técnico me mandó a decir a través de un fotógrafo uruguayo que tenía que bajar a ayudar”. 

Hubo millones de goles en el fútbol, Ghiggia los juntó a todos en uno. Ese.

Épica, gloria y drama

 causa de la Segunda Guerra, el tren de los Mundiales había pasado de largo las estaciones de 1942 y 1946. Volvía la fiesta y el fútbol trataba de recomponerse. Las potencias eran Europa y Sudamérica. Pero Europa recién terminaba de juntar sus escombros y aún padecía estrecheces económicas de todo tipo. La gente emigraba hacia América. En contraposición, Brasil era un coloso que buscaba despegar como potencia, la Copa del Mundo de 1950 era la vidriera perfecta para exhibir su prosperidad y su fútbol artístico, el célebre jogo bonito protagonizado por tantos talentos. En esa búsqueda de integración y reconocimiento internacional como nación había participado de la guerra junto a los aliados y habían ganado. Para darle marco a todo ello se edificó el Maracaná, un estadio descomunal para la época. Debía ser el templo de la alegría, lo fue de la tragedia. Porque hasta hubo suicidios por aquella derrota. Como el Titanic, el Maracaná fue ideado de tal belleza y grandiosidad que impresionara a todos, especialmente a los jugadores visitantes. Que se sobrecogieran al ver la inmensa mole, esa era la idea. Pero, al igual que el barco más grande y lujoso jamás conocido, tuvo un estreno catastrófico.

 Nunca una selección gozó de tanto favoritismo para lograr un Mundial como Brasil en ese 1950. La Selección Brasileña, al comando de Flavio Costa, había conquistado un año antes la Copa América de manera apabullante. Y para entonces, quien se adjudicaba el torneo continental era alto candidato al título del mundo. Brasil había goleado en el Sudamericano a Ecuador 9-1, a Bolivia 10-1, a Colombia 5-0, a Perú 7-1, a Uruguay 5 a 1 y, en el último juego, a Paraguay 7-1. Una aplanadora con un promedio de gol jamás igualado en la Copa de 5,75 por juego. Eso le granjeó la chapa de invencible. Eso y su condición de local convencieron al planeta entero de que sería imposible arrebatarle el título. Añadido a ello, los europeos recién retomaban las competiciones tras la guerra.

Italia, el último campeón, había perdido su base el año anterior al estrellarse el avión del Torino, accidente en el que murió el plantel completo. El Toro ya había ganado cuatro scudettos consecutivos y estaba a punto de conquistar el quinto cuando aconteció la tragedia. Tan bueno era aquel Torino que diez de los once jugadores de la selección Azzurra militaban en el equipo granate. Tenía motivos de sobra para desertar, sin embargo, en un acto de hidalguía, Italia se hizo presente. Fue la única delegación que viajó en barco y no en avión, a causa de la aprensión que aún generaban los vuelos tras el desastre sufrido por el Torino. 

Estaban pues, Italia, Inglaterra, España, Suecia, Yugoslavia, nombres de honda tradición. Brasil se estrenó con un plácido 4 a 0 sobre México en la inauguración del Maracaná, el 24 de junio de 1950. Y como para reconfirmar las predicciones de que sería imbatible, a los cinco días se produjo un resultado catástrofe de quien debía ser su principal rival: Inglaterra. A poco de debutar, la selección inglesa sufrió la derrota más humillante de su historial frente a Estados Unidos, donde el fútbol era un exotismo practicado apenas por inmigrantes italianos. El de los americanos era un equipo amateur, con futbolistas reclutados de todas partes. Había veteranos de guerra, profesores, embalsamadores, taxistas. Solo habían disputado un partido de preparación juntos antes de llegar a Brasil. Su triunfo en la Copa del Mundo se pagaba 500 a 1. Un muchacho de Haití llamado Joe Gaetjens, que trabajaba lavando platos en un restaurante del Harlem, en Nueva York, marcó el gol del oprobio inglés.

Brasil tuvo un resbalón en su segunda entrada: empató 2 a 2 con la modesta Suiza. Pero enseguida se repuso venciendo a Yugoslavia 2-0. Con ello ganó el grupo y pasó a la ronda final. Debido a algunas deserciones, el torneo no contó con 16 participaciones, apenas se reunieron 13, por ello hubo cuatro grupos, dos de cuatro equipos, uno de tres y el otro, de dos. En este último sólo estaban Bolivia y Uruguay. Los uruguayos accedieron a la fase posterior goleando 8 a 0 al débil combinado boliviano. Total, que a la fase definitoria llegaron Brasil, Suecia, España y Uruguay. El número de equipos -13- obligó a cambiar el sistema de disputa. Por primera vez no habría final. Esos cuatro jugarían todos contra todos por puntos y el primero se consagraría campeón. 

Brasil pisó a Suecia 7 a 1 y arrolló a España 6 a 1. Arribó a la última jornada, el 16 de julio, con 4 puntos, uno más que Uruguay, que había vencido angustiosamente a los suecos 3-2 y igualado apenas con los españoles 2-2. Con apenas empatar en casa, frente a su gente, Brasil levantaría la anhelada Copa Jules Rimet. Luego de mostrar tan fabuloso poderío, parecía imposible cualquier resultado que no fuera una goleada del anfitrión. El favoritismo era de 100 a 1. La Seleção repetía lo hecho en la Copa América del año anterior: era una máquina de gol. Ademir, Zizinho, Jair, Chico, Baltazar eran delanteros incontenibles.

En toda esa montaña de euforia desbordada hubo un olvido que pasó de largo: el carácter de los uruguayos. En 1999 entrevistamos en Paraguay a Roque Máspoli, el arquero del Maracanazo, nos contó un pequeño episodio que ilustra el modo en que encararon aquel juego: “A los cinco minutos, el Mono Gambetta trabó con todo contra un brasileño, ganó el duelo, pasó la pelota limpia a Obdulio Varela y gritó fuerte, para que lo escucháramos todos, compañeros y rivales: ‘Vamos, que estos no nos pueden ganar’”.

El técnico Juan López llevó en todos los puestos jugadores de probada moral. López era un hombre sagaz, extraordinariamente querido por sus dirigidos, lo cual siempre da un plus a cualquier equipo. Emanaba autoridad desde su bonhomía. Y sabía plantear el juego. No se ponderó su capacidad.

“Por la mañana de ese domingo de la final, hablamos entre los jugadores, analizamos el partido y estábamos convencidos de nuestro potencial. Yo estaba seguro de que, si Brasil nos ganaba, a lo sumo podía ser por un gol, no más. Es que teníamos una defensa extraordinaria. Y cuidado, que pudimos haber ganado por mayor diferencia que ese 2 a 1. Nosotros fallamos dos goles, uno Míguez y otro yo. ¡Yo erré un gol…!” Nos lo dijo Juan Alberto Schiaffino en su casa de Punta Gorda, su barrio montevideano. “Nos teníamos una confianza bárbara”, reconoció Ghiggia en su “Biografía Oficial”, escrita por Fernando Soria.

Llegado el día y la hora, se inició lo que debía ser apenas una burocrática diligencia necesitada de un sellado. Según todos los testimonios, la gritería era tan infernal que semejaba a miles de leones rugiendo al compás. Producía temor. Para completar el idílico cuadro de sueño y esperanza, hubo gol de Brasil, que pasaba a ganar 1 a 0. Sin embargo, remando de atrás, los uruguayos adelantaron líneas, empezaron a inquietar el arco rival y alcanzaron el empate. El diminuto puntero Alcides Ghiggia desbordó por derecha, tiró un perfecto pase atrás y Schiaffino la incrustó en un ángulo alto: 1 a 1. Y a once del final, otra vez Ghiggia escapó a Bigode, se internó en el área e inesperadamente sacó un tiro fuerte y rasante que se metió en el arco de Moacir Barbosa. Un puñal hundido en el corazón de un país acallado, confundido, que en un segundo pasó de la felicidad nacional a un estado fúnebre.

Los mundiales y las guerras

Una decisión “a dedo” de la FIFA, y no las bolillas del sorteo del Mundial de España ’82, impidió lo que, con seguridad, hubiese sido el partido de fútbol más apasionante de la historia. El 2 de abril de ese año Argentina invadió sus propias islas Malvinas e Inglaterra, que las mantiene ocupadas, le declaró la guerra. Se enfrascaron en combate y en ello estaban cuando comenzó el Mundial en Barcelona con el juego Argentina-Bélgica. Que pudo o debió ser Argentina-Inglaterra. Ocurrió que Bélgica iba a ser cabeza de serie, con lo cual no enfrentaría a la Albiceleste, pero en la misma mañana del sorteo de grupos (seguramente para evitar un encuentro tan áspero e inoportuno) la FIFA cambió: decidió conceder ese rango a Inglaterra “por ganar el Mundial ‘66 y haber inventado el fútbol”, hechos incuestionables, aunque desfasados. Eso evitó el increíble choque. Porque los cabezas de serie no se enfrentan entre sí.

De haberse dado ese Argentina-Inglaterra mientras libraban una guerra, el mundo habría asistido al evento deportivo con mayor morbo que jamás se hubiera imaginado. Y ello sin contar la rivalidad histórica entre ambas naciones, en fútbol y demás ámbitos. Sin embargo, el sorteo quiso que se vieran las caras cuatro años después, en México ’86, cuando Argentina se impuso 2 a 1 con los célebres goles de Maradona, el de la Mano de Dios y el otro en el que se gambeteó hasta a la reina Isabel.

La decisión de la FIFA de excluir a Rusia del Mundial de Catar y ahora del de América del Norte por su invasión a Ucrania trajo a colación las repercusiones deportivas que los distintos conflictos bélicos ocasionaron en los Mundiales de fútbol. El primer coletazo fue en 1916. Aún no existían los Mundiales (comenzaron en 1930), el torneo ecuménico de fútbol era el de los Juegos Olímpicos. Tocaba disputarlo dentro de las Olimpíadas de 1916 en Berlín (nada menos), pero fueron anulados a causa de la Primera Guerra Mundial, de la que justamente Alemania fue su propiciador.

Bolivia y Paraguay habían disputado en Uruguay el primer Mundial, pero en 1934 ni tiempo tuvieron de pensar en asistir a la segunda edición, en Italia: estaban trenzados en la terrible Guerra del Chaco (1932-1935). No sólo no competían sus selecciones, tampoco había torneo nacional. Más que eso, el tradicional club The Strongest aportó al ejército boliviano un batallón completo de 600 combatientes compuesto por sus jugadores del primer equipo, dirigentes y socios, lo cual es reconocido como una gesta nacional. Ganaron una recordada batalla en Cañada Esperanza y en homenaje se la denominó Cañada Strongest.

España ya había demostrado ser una fuerza considerable en los Olímpicos de 1920 (fue subcampeón), pero no pudo participar del Mundial de Francia 1938 por hallarse en plena guerra civil (1936-1939), una de las contiendas internas más graves de la humanidad. Tampoco Austria, ya clasificada, participó como Austria, pues había sido anexada por Alemania. Hitler ordenó que jugara un equipo mixto entre alemanes y austríacos.

La atroz Segunda Guerra Mundial arrastró en su curso de muerte y destrucción las Copas del Mundo que debieron disputarse en 1942 y 1946, anuladas para siempre. El torneo regresó recién en 1950 en Brasil. La FIFA celebró que se realizara en Sudamérica y no en Europa, que aún buscaba reponerse de los estragos bélicos. Brasil vivía en paz y en moderado progreso. Preparó para la competencia el grandioso Maracaná y la ausencia de Argentina le permitía pensar con cierta seguridad en coronarse, pero apareció la gloriosa Celeste uruguaya y le arrebató el sueño. Costó reinstaurar la magna competición: sólo 13 equipos se presentaron en Brasil. Y algunos de ellos como invitados.

Alemania y Japón, las potencias del Eje, estuvieron imposibilitados de intervenir. Ambos estaban en ruinas, no se puede jugar entre escombros. Aparte de ello, la FIFA los había expulsado como miembros en castigo por el desastre causado. Firmada la paz, en noviembre de 1945 volvió el fútbol en Europa con un amistoso entre Suiza e Italia en Zurich. Las autoridades de la FIFA aprovecharon la ocasión para retomar sus reuniones. No lo hacían desde 1941. “La máxima cordialidad ha presidido esta última reunión en la que considero se ha hecho buen trabajo. No ignoran ustedes que Alemania y Japón han sido eliminados de la FIFA y la decisión sobre Italia queda subordinada a la política que, a su respecto, adoptarán las Naciones Unidas”, declaró su presidente, Jules Rimet, al retornar a Francia. Finalmente, a Italia sí se le permitió acudir a Brasil, porque era el último campeón y porque Ottorino Barassi, presidente de la federación italiana, había guardado celosamente el trofeo en una caja de zapatos en su casa para que no lo arrebataran los militares alemanes.

Alemania, aún dividida, retornaría en el Mundial de Suiza 1954 para ganarlo, en lo que se denominó “El milagro de Berna”. La gesta alemana posiblemente no se repita nunca. En los dos Mundiales adónde acudió dividida como coletazo de la Segunda Guerra conquistó el título; 1954, cuando enfrentó la Eliminatoria como Alemania Federal, Alemania Democrática y el Protectorado del Sarre. Y 1974, cuando incluso se midieron las dos primeras con triunfo de la parte comunista.

En las décadas de 1950 y 1960 muchos países de Asia y África no tomaron parte de las justas mundialistas, estaban ocupados en sus guerras de independencia. Eran incluso colonias. Primero nacieron como países libres y luego se afiliaron a la FIFA. 

Causó sorpresa que en México ’86 se presentara Irak mientras sostenía su larguísima guerra con Irán. Y, más curioso, que fuera ésa su única incursión mundialista. En 1994 le fue prohibido a Yugoslavia concursar en EE.UU. ’94. Aún existía como entidad política la Federación Yugoslava, compuesta por Serbia y Montenegro. Pero dado que Serbia desató la Guerra de los Balcanes, fue excluido de la Eurocopa 1992 y no se le permitió ser parte de la Eliminatoria del Mundial ’94.

No obstante, el país más perjudicado de todos por las guerras en relación a los Mundiales fue Argentina, pese a no haber intervenido en los dos grandes litigios Mundiales. Su llamada Época de Oro transcurrió en los años ’40 y comienzos de los ’50. Al no haber torneos en 1942 y 1946, el gran público internacional se perdió de ver a aquellos fenómenos como el Charro Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna, Antonio Sastre, Vicente de la Mata, Tucho Méndez, René Pontoni, Rinaldo Martino, Alfredo Di Stéfano, Pipo Rossi y decenas más. La Copa América era un torneo de élite, quien lo ganaba era potencia universal, como lo había demostrado Uruguay en 1924 y 1928. Y Argentina había conquistado la corona en 1941, 1945, 1946 y 1947. Pero otro suceso ratificaría la demostración de su poderío. San Lorenzo de Almagro, brillante campeón argentino de 1946, fue invitado a realizar una gira por Europa. Deslumbró de tal manera que en España se dijo que el fútbol se dividía “en un antes y un después de San Lorenzo”. El Ciclón goleó 10 a 4 a la Selección de Portugal y 7-5 y 6 a 1 a la de España. Y era apenas una expresión de club del fútbol albiceleste. 

Argentina participó en Italia 1934 con un equipo aficionado mientras cuatro de sus profesionales ayudaron a la Azzurra a conseguir la corona. Luego, la AFA estuvo ausente de los Mundiales durante 24 años. Demasiado tiempo perdido.

Francia 1938, la lección de Vittorio Pozzo

Hombre de sólida formación académica, Vittorio Pozzo estudió idiomas, emigró joven, jugó al fútbol en Francia, Suiza e Inglaterra para luego volver a Italia, contribuir a la fundación del FC Torino y dedicarse a la dirección técnica. A su vasta cultura unía una fuerte pasión por el fútbol, robustecida en su paso por las canchas inglesas. Allí, en largas tertulias con estrategas británicos, se interesó más por la táctica. Fue el precursor de los entrenadores meticulosos, trabajadores, que estaba detrás de cada detalle. Los historiadores se empeñan en afirmar que su Italia de 1934 se consagró casi exclusivamente por la influencia del fascismo de Mussolini, pero la realidad (esa verdad de cemento) dice que la Selección Azzurra era una potencia futbolística indiscutible, la pragmática creación de Pozzo. Entre 1930 y 1938 ganó los cinco torneos más importantes que entonces existían. Campeón de la Copa Europea de Naciones -predecesora de la Eurocopa- en 1930 y 1935, campeón del mundo en 1934 y ’38 y olímpico en 1936.

Italia no poseía grandes estrellas. ¿Cómo lo lograba El Viejo Maestro…? No repetía equipos de un torneo a otro. Quería gente con ilusiones frescas, con el apetito intacto por ganar. Pozzo es el único conductor que hizo doblete en los Mundiales. Del ’34 sólo permanecieron en la formación de 1938 los dos armadores de juego: Giuseppe Meazza y Giovanni Ferrari, los demás, todos nuevos. Lección que no aprovecharon los técnicos campeones que lo sucedieron. Estos volvieron a convocar a quienes los llevaron a la gloria, tal vez por una deuda de gratitud. Lo mismo que hará Lionel Scaloni en Estados Unidos 2026: es un secreto a voces que tiene una prelista con 15 ó 16 nombres que ya estuvieron en Catar 2022. Tal vez Pozzo tuviera la verdad: cuatro años son muchos en la carrera de un futbolista. La mejor prueba tiene nombre y apellido: Diego Maradona. En México ’86 era la bomba atómica, en Italia ’90 se lo vio en color sepia.

En Francia 1938 no estaba Mussolini e Italia reeditó su coronación. Jules Rimet, presidente de la FIFA y creador de los Mundiales, se dio el gusto de llevar la Copa a su país. Y lo logró en tiempo de descuento. Ya soplaban vientos de guerra. Pocos meses después sonarían los cañones y los Mundiales quedarían interrumpidos por doce años.

Tres meses antes del torneo, la Alemania de Hitler se había anexado a Austria y el Führer dio la orden de competir con un equipo mixto: 6 alemanes y 5 austríacos, o viceversa. Fue la única vez en 22 ediciones que dos países fueron representados por uno solo. Jugaron con la camiseta blanca y la cruz esvástica en el pecho, además de tener que hacer el saludo nazi. Aunque Austria era una potencia en esa época y Alemania no, Sepp Herberger, DT alemán, se oponía a esa mezcla. Debió acatar el dictado de Hitler, pero pensaba que no funcionaría. Y tenía razón: Alemania quedó fuera en octavos de final al caer ante la débil Suiza por 4 a 2 en partido desempate. Una pequeña nación de 4 millones de habitantes había eliminado a otra de 60.

El Mundial debía jugarse en Sudamérica por el principio de rotación, como se había estipulado en 1929 al crearse el campeonato. Y Argentina había solicitado ser sede, pero fue desestimada. Esto enojó a las autoridades de la AFA, que decidieron no concurrir en protesta. Uruguay seguía ofendido por la escasa afluencia europea a su Mundial de 1930 y tampoco acudió (aunque Francia sí participó en Montevideo). Una tontería. Creían que debilitaban el torneo, pero a nadie le importó. El fútbol argentino ya era muy fuerte y es posible que hubiese peleado el título, en todo caso se lo perdió. Luego, cuando llegó la era dorada del fútbol gaucho, los años ’40, sobrevino la Segunda Guerra Mundial y se cancelaron los Mundiales. Y posteriormente se ausentó de nuevo en 1950 y 1954. En total se aisló durante 28 años. Demasiados errores.

Francia ya fue un torneo con cierta pompa. Tuvo mucha repercusión mediática y un éxito notable de público. La Federación Francesa ganó un dinero grande, pues entonces no había las exigencias organizativas que se impusieron luego. Presentó diez subsedes: París, Marsella, Lille, Estrasburgo, Toulouse, Reims, Burdeos, El Havre, Antibes, Lyon. La final se escenificó en el estadio de Colombes, un suburbio parisino donde Uruguay se había consagrado en los Juegos Olímpicos de 1924. Aún existe y es propiedad del Racing Club de París.

Se repitió la fórmula del Mundial anterior, bajo el sistema de copa, es decir, sin grupos, por eliminación directa. Como Austria también había clasificado y no ocupó su lugar, el cuadro de competición quedó chueco: fueron 15 contendientes en lugar de 16. Suecia pasó directamente a cuartos de final sin jugar, donde aplastó a la debutante Cuba por 8 a 0. Cuba llegaba de dar un campanazo al eliminar a Rumania. Francia 1938 fue un certamen con muchos goles, a una media de 4,6 por juego. Y en la primera jornada se dio una tormenta ofensiva: Brasil 6 – Polonia 5, con tres goles del famoso Leónidas de un lado y con cuatro de Willimowski del otro. En Brasil la prensa sostenía que en Polonia jugaban con pelota cuadrada, pero Martim Silveira, capitán de los posteriores quíntuples campeones decía, enojado: “Cuando vuelva a Brasil y me digan que Polonia no puede jugar les escupiré en la cara. Los polacos tienen un jugador que vale oro: Willimowski”.

Brasil, que aún no era la Canarinha pues jugaba con camiseta blanca, presentó como novedad una mayoría de jugadores afrodescendientes. Mejoró su biotipo y se convirtió en candidato al título. Siguió su camino ante Checoslovaquia. El duelo fue denominado “La batalla de Burdeos”, pues se registraron acciones brutales. Igualaron 1-1 y se obligaron a un desquite en el que Brasil salió airoso 2 a 1. Pero a las 48 horas debía enfrentar a una Italia con dos días más de descanso y que llegaba tras un triunfazo sobre el local, Francia, por 3 a 1.

La soberbia, como el crimen, no da dividendos. “Para ganarles a los italianos no necesito a Leónidas, a Tim ni a Brandao”, declaró Ademar Pimenta, entrenador brasileño. Reservó a sus tres figuras para la final. A la que nunca llegaría: Italia lo venció 2 a 1. Fue la primera decepción mundialista de Brasil, al que le esperaría aún el golpe del Maracanazo.

En la final, la Squadra Azzurra se topó con la que se iniciaría como nueva fuerza futbolística internacional: Hungría. Al igual que sucedió con Uruguay, no existe una explicación lógica de por qué un país pequeño se erige en una potencia deportiva. Hungría asombraría con jugadores geniales como Puskas, Cizibor, Kocsis y un estilo artístico y superofensivo. Los técnicos húngaros eran reclamados de muchos países pues se los consideraba adelantados al resto. Esto duraría hasta que la generación de los Magiares Mágicos escapara del régimen comunista a fines de los ’50. Italia, con un Silvio Piola fantástico, ganó 4 a 2 a Hungría y cerró un ciclo de oro. En este torneo no pudieron hablar de Mussolini ni de arbitrajes, la Azzurra batió sucesivamente a los mejores: Noruega (había sido la sensación en las Olimpíadas de 1936), Francia, Brasil y Hungría. Inobjetable. Vittorio Pozzo daba mucha importancia a una defensa firme, pero sin dejar de pensar en el ataque, para el cual alistó en cada partido a un trío brillante: Meazza, Ferrari y Piola, elementos hábiles y con gol. Los dos primeros, del Inter, el tercero, de la Lazio. La Italia actual, eliminada en primera fase en 2010 y 2014, ausente en 2018 y 2022, está muy lejos de aquella.

© 2026 Jorge Barraza

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