Junio de 1986 fue el mejor mes que un futbolista haya tenido nunca. Como sucedió en 1958 con Pelé, pasó en 1986 con Maradona. Un personaje se devoró el Mundial, lo eclipsó y fue su símbolo. Luego se repetiría con Messi en 2022. Ningún jugador gana solo un Mundial, sin embargo, Diego dejó esa sensación en México ‘86. Fue tan deslumbrante y desequilibrante, estaba tan por encima de sus compañeros y del resto de sus colegas que ese torneo quedó como el Mundial de Maradona. Apareció en los momentos clave de cada instancia, hizo goles inolvidables, fue imparable, valiente, genial, oportuno y decisivo. Esto lo llevó a disputar el cetro del uno de la historia. César Luis Menotti lo dejó fuera del Mundial ’78 siendo el mejor futbolista argentino, lo que 48 años después sigue resultando inconcebible; en España ’82, el aburguesamiento de la selección que llegaba con el título de campeón no lo acompañó debidamente. Pero en 1986 se unieron los planetas para él y el mundo fue su alfombra roja. Estaba espléndido física, mental y futbolísticamente. Nunca un Mundial quedó tan identificado con un protagonista. México ’86 pasó a ser Maradona ’86.
Además de con Diego, esa edición está ligada a dos sucesos: uno, la renuncia de Colombia -en 1982- a organizarlo, cuando tenía adjudicada la sede; el otro, el terremoto que sacudió a México el 19 de septiembre de 1985, nueve meses antes del Mundial, que hizo temer por su realización. En 1974 la FIFA le había otorgado a Colombia la sede del megaevento, pero el 25 de octubre de 1982, ante el estupor general, el presidente Belisario Betancur, en mensaje televisado, anunció que Colombia no llevaría a cabo la misión.
“Como preservamos el bien público y sabemos que el desperdicio es imperdonable, anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol 1986 no se hará en Colombia”, declaró Betancur. Y añadió: “Previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales, no se cumplió la regla de oro: que el Mundial debía servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Tenemos muchas otras cosas que hacer y no hay ni siquiera tiempo para atender las extravagancias de FIFA y sus socios”. En rigor, en ocho años Colombia no había avanzado en las obras. También es cierto que las exigencias de la FIFA eran desmedidas. Entre muchas otras, exigía 12 estadios de gran porte. Colombia ni siquiera clasificó al Mundial.
Renunciado el país de García Márquez, lo pescó México, con la red siempre preparada. Se ofreció de inmediato a sustituirlo. Y siete meses después la FIFA lo aceptó. Pero en 1985, con el Mundial encima, sobrevino el terremoto de México, muy grave, que tuvo una magnitud de 8.1 y generó entre 10.000 y 20.000 muertes (no hay cifra exacta). Más de 250.000 personas perdieron sus casas, colapsaron cientos de edificios, hospitales, escuelas, oficinas y hubo daños económicos por entre 8.000 y 10.000 millones de dólares. Donde más impactó fue en la capital del país. No obstante, al igual que Chile, que antes de su Mundial ’62 sufrió el peor sismo de todos los tiempos, México refrendó su voluntad de llevar adelante el torneo. Y fue un éxito organizativo. Otra vez estuvo allí el temple y el liderazgo del dirigente Guillermo Cañedo.
No hubo cambios reglamentarios, sí una innovación importante: los dos partidos de la última jornada de cada grupo debían jugarse en simultáneo para evitar manipulaciones de resultados. Fue a raíz del famoso “Pacto de Gijón” de 1982, cuando Alemania y Austria arreglaron que el primero ganara 1 a 0 para eliminar a Argelia y clasificar ambos. Paul Breitner, años después, calificó aquel partido como “vergonzoso”. Antes de esto, quienes jugaban último ya sabían el resultado que necesitaban.
Otra novedad fue la forma de disputa: desde este torneo se dispuso que después de la fase de grupos se jugara por sistema de copa, o sea por eliminación directa. Y se agregó una instancia: octavos de final. Nunca más se alteraría.
Argentina había clasificado de milagro al empatar con Perú 2 a 2. Su juego, en lo previo, era tan desabrido e ineficiente que el propio Secretario de Deportes de la Nación, Rodolfo O’Reilly, pidió a Julio Grondona la destitución de Carlos Bilardo. Había temor a un papelón. El titular de la AFA se mantuvo firme con el técnico. Para aislarla de las criticas y terminar de engranar, Bilardo llevó a México a su selección un mes antes de la inauguración. Le dio resultado. Inició su camino venciendo a Corea del Sur. Los coreanos le pegaron a mansalva a Maradona, pero el juez español Sánchez Arminio apenas amonestó a dos asiáticos. Hace 40 años el reglamento y los árbitros eran muy permisivos. Tampoco se adicionaban los minutos perdidos. En la final, Romualdo Arppi Filho no dio ni un segundo de añadido en ninguno de los dos tiempos.
Argentina debió enfrentar a cuatro campeones del mundo: Italia, Uruguay, Inglaterra y Alemania, récord histórico. Empató con el primero y les ganó a los tres siguientes. Terminó invicto, fue el que más ganó, el de más goles convertidos y menos recibidos. Incuestionable campeón.
En detrimento de Passarella (llevó la cinta en los dos Mundiales anteriores), Bilardo ungió capitán a Maradona, le dio poderes plenipotenciarios y el 10 le respondió extraordinariamente. Todos jugaron para Diego, que estuvo bien rodeado e hizo la diferencia. Curiosamente, el partido del campeonato -y uno de los más emblemáticos de los Mundiales- no fue la final sino el de cuartos, Argentina 2 – Inglaterra 1, por la rivalidad entre ambos, en muchos órdenes, y porque cuatro años antes se habían enfrentado en la Guerra de Malvinas, saldada en favor del Reino Unido. Sin serlo, tenía aroma a revancha. Maradona anotó dos de los goles más célebres de este deporte: el primero, llamado “La Mano de Dios”, cuando marcó con un puño y puso el 1-0 (antes no había VAR), y el segundo, denominado “El gol del Siglo”, al hacer red tras eludir a seis jugadores ingleses en una corrida legendaria. Recorrió 60 metros en 10 segundos gambeteando a un pueblo.
La final, que hubiese debido jugarse en El Campín de Bogotá, fue entonces del Azteca, el gigante del DF que arropó la gloria de Maradona con 114.600 espectadores en sus faldas. Y, según FIFA, con 2.000 millones viéndolo por TV. El 3-2 de Argentina sobre Alemania no refleja la superioridad del primero. Dirigida por Beckenbauer, fue una expresión abúlica. De sus siete partidos apenas ganó tres.
Pumpido; Cuciuffo, Brown, Ruggeri y Olarticoechea; Giusti, Batista, Enrique y Burruchaga; Maradona y Valdano. Fue el equipo base del campeón. Sin un 9 y prácticamente sin nadie de punta, porque Valdano retrocedía casi hasta mediocampo. Pero con una franja media muy robusta, en la que prevaleció sobre los rivales.
Detrás de uno de los arcos ondeaba una inmensa bandera blanca y celeste con la leyenda “Perdón Bilardo”, que se hizo famosa. Como sucedió con Enzo Bearzot en 1982, la prensa argentina había sido cáustica con el técnico hasta llegar a México. Las críticas estaban justificadas: Argentina era un espanto. Pero fue llegar al Mundial, ganar el partido inicial a Corea del Sur y enderezar el rumbo. Ahí el equipo interpretó la idea de Bilardo, consolidó su juego, se hizo compacto atrás, estaba muy fuerte de la cabeza y el resto fue obra de Maradona. Suele pasar con las selecciones grandes, corrigen el rumbo rápido.
No era un momento brillante del fútbol mundial, Maradona le dio luz.