Fútbol de ayer y de hoy

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Historias mundialistas

El mundial más lindo, el fútbol más feo

Italia había sido anfitrión en tiempos de Mussolini -1934- y repitió en 1990, cuando el Calcio reinaba como la meca del fútbol. Las celebridades futbolísticas no recalaban en España ni en Inglaterra (aún no se creaba la Premier League), los cracks aterrizaban en el Milan, el Inter, el Napoli, la Juventus, la Roma, el Lazio, el Parma… Ahí estaba el poder económico. En medio de ese esplendor, el país de Da Vinci y Miguel Ángel montó la Copa con más pompa y generosidad de la historia. No se fijó en gastos. Quería mostrar al mundo su historia, su arte, su industria, la moda, la gastronomía, el diseño, la música… ¡Vaya si mostraron su creatividad musical…! Cientos de millones recordarán Un’estate italiana, la canción de Giorgio Moroder y Tom Whitlock con la celestial interpretación de Edoardo Bennato y Gianna Nannini. El tema más bonito de todos los Mundiales: “Noches mágicas / persiguiendo un gol / bajo el cielo / de un verano italiano…”

Todo el Made in Italy desplegado sobre la alfombra verde del fútbol. Tiraron el país por la ventana. Y la ventana también. Hasta Catar 2022 fue el último Mundial en que un estado autorizó chequera libre con un objeto claro: cautivar al mundo. En ese ambiente regio, rodeado de actividades culturales, artísticas y turísticas, se disputó un campeonato feísimo, con pocos goles, muchas faltas y una tónica de mezquindad general. Tanto que fue el certamen con menos promedio de gol de la historia: 2,21 por juego. Aún regían los dos puntos a la victoria, con lo cual imperaba la búsqueda del empate. A contravía de la canción, nadie perseguía un gol. Puro catenaccio en la patria del catenaccio.

La Argentina de Bilardo fue, quizás, la más negra de las ovejas negras: llegó a subcampeón con un fútbol rústico y habiendo marcado apenas 5 goles en siete partidos, ni siquiera uno por cotejo, insólito récord negativo. Además, recibió 9 tarjetas amarillas y 3 rojas, otra marca poco honrosa.

Alemania, que aún era Alemania Federal pues la reunificación llegaría tres meses después, fue un campeón justo, aunque sin brillo. Colombia lo desnudó: cuando tuvo enfrente un equipo capaz con el balón, que le frenara el ritmo y tocara la bola por abajo, se le complicó. Pero iba al ataque. Colombia resultó el único rival al que no pudo vencer, empataron 1 a 1 en uno de los pocos encuentros atractivos; el otro fue Inglaterra 3 – Camerún 2, en cuartos de final. Y Colombia, una de las excepciones que intentó jugar fútbol. Un ejemplo de cómo salieron las cosas es que Marco Van Basten, extraordinario goleador holandés que llegó como la máxima estrella de la Copa, se fue sin anotar, y el Botín y el Balón de Oro del torneo recayeron en Salvatore Schillaci, un correcto delantero siciliano. El espectáculo estaba de la raya de cal hacia afuera. Adentro, planteos ultradefensivos, tacaños, demoras, simulaciones, brusquedades, falta de audacia. Una estadística lo dice todo: hubo 8 remates al arco por partido, bajísimo promedio. ¡Y 1.586 pases al arquero…!!!

El torneo tuvo un bautismo premonitorio en el Giuseppe Meazza de Milán. Tras una maravillosa fiesta inaugural, se dio un duelo tosco y muy violento en el que Camerún venció a Argentina 1 a 0 tras molerlo a patadas, muchas casi salvajes, sobre todo para detener la velocidad y habilidad de Caniggia. A su vez, Maradona recibió 12 faltas fuertes. Entre ellas un planchazo al pecho que le dejó los tapones marcados por parte de Ndip Akem, quien sólo recibió una amarilla. Además, sufrió una entrada descalificadora de su marcador Benjamin Massing al tobillo. Massing fue uno de los dos expulsados cameruneses esa tarde.

Italia buscaba coronarse para corresponder a su fastuosa organización, pero no se le dio. Chocó en semifinales contra una Argentina que esta noche napolitana jugó su mejor partido. Igualaron a uno y por penales pasó a la final la Albiceleste. Pero fue una victoria pírrica: por doble amonestación perdió tres jugadores clave para la final: Giusti, Olarticoechea y Caniggia, tres cracks, uno por línea. Fatal. Ese choque fue volcánico y había concitado un interés inusual: Maradona, ídolo supremo del Napoli, pidió en la previa que los tifosi celestes hincharan por Argentina antes que por Italia.

Inglaterra terminó cuarta, cumpliendo una de las actuaciones más sólidas de todas sus intervenciones mundialistas aparte de la de 1966, cuando se quedó con el título. Y Camerún, con todas sus brusquedades, su fabuloso poderío físico y un delantero notable (Omam-Biyik) se convirtió en el primer equipo africano en llegar a cuartos de final.

Argentina y Alemania, que habían animado el choque definitorio en México ’86, volvieron a dirimir la Copa del Mundo. Con muchos de los protagonistas de cuatro años atrás y con los mismos entrenadores: Carlos Bilardo y Franz Beckenbauer. La anterior resultó claramente más atractiva.

“Hijos de puta… Hijos de puta…”, bramaba Maradona con un banderín de la AFA en la mano, para intercambiar con Lothar Matthäus en el centro del campo. Estaba sonando el himno argentino en el estadio Olímpico de Roma y una gruesa porción de los 73.603 espectadores, la parte italiana especialmente, silbaba las estrofas de la música nacional argentina. Maradona estaba entonándolo, pero al escuchar los pitidos y abucheos paró y empezó a insultar a esos aficionados. El público local no le perdonó la eliminación de Italia. Lo vieron unos dos mil millones por televisión. No era el mejor comienzo para una final mundialista. Que terminaría en polémica.

Beckenbauer presentó un equipo muy mejorado en relación a México ’86. Dos puntas muy penetrantes -Völler y Klinsmann-, dos volantes vivaces, veloces y con juego -Littbarski y Haessler- y una defensa muy segura. Alineó a Illgner; Berthold, Kohler, Augenthaler, Buchwald y Brehme; Haessler, Matthäus y Littbarski; Völler y Klinsmann. El dominio alemán fue ostensible, pero su respeto por Argentina, la disciplinada defensa albiceleste y su propia ineficacia le impidieron abrir el marcador. Y creó escaso peligro en el arco argentino, ningún mano a mano.

Lastimosamente, llegó al gol por un penal inexistente otorgado por el árbitro uruguayo Edgardo Codesal, que representaba a la Federación Mexicana. Fue una corrida por derecha de Völler apareado por Sensini. Este nunca lo tocó al delantero alemán, pero Codesal estaba de gatillo fácil. Andreas Brehme ejecutó con tiro bajo a la punta izquierda y convirtió. Un título mundial no puede decidirse por un fallo de tal ligereza. Y menos faltando cinco minutos para bajarse el telón. Seis minutos antes sí hubo un penal claro de Matthäus a Calderón y el juez lo ignoró. No había VAR. Era el tiempo en que Blatter y Havelange sostenían que era mejor que se discutiera en los bares y oficinas, que esa era la sal del fútbol, y no recurrir a la tecnología.

En 2016, en una entrevista con el diario El País, de España, el propio Brehme confesó: “No fue penal, la marca fue correcta”. Y en entrevista con La Nación, de Buenos Aires, Lothar Matthäus también lo reconoció: “Yo estaba muy bien ubicado. Veo que hay un contacto, pero para mí no fue suficiente para cobrar penal. En un partido así, si va a cobrar un penal, el árbitro tiene que estar 100% seguro de que la infracción fue clara. Y para mí no fue tan clara”. Muy hidalgos ambos. Argentina tampoco hizo demasiado escándalo, venía de la famosa “Mano de Dios” de Maradona cuatro años antes. 

Maradona entra en el Olimpo

Junio de 1986 fue el mejor mes que un futbolista haya tenido nunca. Como sucedió en 1958 con Pelé, pasó en 1986 con Maradona. Un personaje se devoró el Mundial, lo eclipsó y fue su símbolo. Luego se repetiría con Messi en 2022. Ningún jugador gana solo un Mundial, sin embargo, Diego dejó esa sensación en México ‘86. Fue tan deslumbrante y desequilibrante, estaba tan por encima de sus compañeros y del resto de sus colegas que ese torneo quedó como el Mundial de Maradona. Apareció en los momentos clave de cada instancia, hizo goles inolvidables, fue imparable, valiente, genial, oportuno y decisivo. Esto lo llevó a disputar el cetro del uno de la historia. César Luis Menotti lo dejó fuera del Mundial ’78 siendo el mejor futbolista argentino, lo que 48 años después sigue resultando inconcebible; en España ’82, el aburguesamiento de la selección que llegaba con el título de campeón no lo acompañó debidamente. Pero en 1986 se unieron los planetas para él y el mundo fue su alfombra roja. Estaba espléndido física, mental y futbolísticamente. Nunca un Mundial quedó tan identificado con un protagonista. México ’86 pasó a ser Maradona ’86.

 Además de con Diego, esa edición está ligada a dos sucesos: uno, la renuncia de Colombia -en 1982- a organizarlo, cuando tenía adjudicada la sede; el otro, el terremoto que sacudió a México el 19 de septiembre de 1985, nueve meses antes del Mundial, que hizo temer por su realización. En 1974 la FIFA le había otorgado a Colombia la sede del megaevento, pero el 25 de octubre de 1982, ante el estupor general, el presidente Belisario Betancur, en mensaje televisado, anunció que Colombia no llevaría a cabo la misión.

“Como preservamos el bien público y sabemos que el desperdicio es imperdonable, anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol 1986 no se hará en Colombia”, declaró Betancur. Y añadió: “Previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales, no se cumplió la regla de oro: que el Mundial debía servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Tenemos muchas otras cosas que hacer y no hay ni siquiera tiempo para atender las extravagancias de FIFA y sus socios”. En rigor, en ocho años Colombia no había avanzado en las obras. También es cierto que las exigencias de la FIFA eran desmedidas. Entre muchas otras, exigía 12 estadios de gran porte. Colombia ni siquiera clasificó al Mundial.

Renunciado el país de García Márquez, lo pescó México, con la red siempre preparada. Se ofreció de inmediato a sustituirlo. Y siete meses después la FIFA lo aceptó. Pero en 1985, con el Mundial encima, sobrevino el terremoto de México, muy grave, que tuvo una magnitud de 8.1 y generó entre 10.000 y 20.000 muertes (no hay cifra exacta). Más de 250.000 personas perdieron sus casas, colapsaron cientos de edificios, hospitales, escuelas, oficinas y hubo daños económicos por entre 8.000 y 10.000 millones de dólares. Donde más impactó fue en la capital del país. No obstante, al igual que Chile, que antes de su Mundial ’62 sufrió el peor sismo de todos los tiempos, México refrendó su voluntad de llevar adelante el torneo. Y fue un éxito organizativo. Otra vez estuvo allí el temple y el liderazgo del dirigente Guillermo Cañedo.

No hubo cambios reglamentarios, sí una innovación importante: los dos partidos de la última jornada de cada grupo debían jugarse en simultáneo para evitar manipulaciones de resultados. Fue a raíz del famoso “Pacto de Gijón” de 1982, cuando Alemania y Austria arreglaron que el primero ganara 1 a 0 para eliminar a Argelia y clasificar ambos. Paul Breitner, años después, calificó aquel partido como “vergonzoso”. Antes de esto, quienes jugaban último ya sabían el resultado que necesitaban.

Otra novedad fue la forma de disputa: desde este torneo se dispuso que después de la fase de grupos se jugara por sistema de copa, o sea por eliminación directa. Y se agregó una instancia: octavos de final. Nunca más se alteraría.

Argentina había clasificado de milagro al empatar con Perú 2 a 2. Su juego, en lo previo, era tan desabrido e ineficiente que el propio Secretario de Deportes de la Nación, Rodolfo O’Reilly, pidió a Julio Grondona la destitución de Carlos Bilardo. Había temor a un papelón. El titular de la AFA se mantuvo firme con el técnico. Para aislarla de las criticas y terminar de engranar, Bilardo llevó a México a su selección un mes antes de la inauguración. Le dio resultado. Inició su camino venciendo a Corea del Sur. Los coreanos le pegaron a mansalva a Maradona, pero el juez español Sánchez Arminio apenas amonestó a dos asiáticos. Hace 40 años el reglamento y los árbitros eran muy permisivos. Tampoco se adicionaban los minutos perdidos. En la final, Romualdo Arppi Filho no dio ni un segundo de añadido en ninguno de los dos tiempos.

Argentina debió enfrentar a cuatro campeones del mundo: Italia, Uruguay, Inglaterra y Alemania, récord histórico. Empató con el primero y les ganó a los tres siguientes. Terminó invicto, fue el que más ganó, el de más goles convertidos y menos recibidos. Incuestionable campeón.

En detrimento de Passarella (llevó la cinta en los dos Mundiales anteriores), Bilardo ungió capitán a Maradona, le dio poderes plenipotenciarios y el 10 le respondió extraordinariamente. Todos jugaron para Diego, que estuvo bien rodeado e hizo la diferencia. Curiosamente, el partido del campeonato -y uno de los más emblemáticos de los Mundiales- no fue la final sino el de cuartos, Argentina 2 – Inglaterra 1, por la rivalidad entre ambos, en muchos órdenes, y porque cuatro años antes se habían enfrentado en la Guerra de Malvinas, saldada en favor del Reino Unido. Sin serlo, tenía aroma a revancha. Maradona anotó dos de los goles más célebres de este deporte: el primero, llamado “La Mano de Dios”, cuando marcó con un puño y puso el 1-0 (antes no había VAR), y el segundo, denominado “El gol del Siglo”, al hacer red tras eludir a seis jugadores ingleses en una corrida legendaria. Recorrió 60 metros en 10 segundos gambeteando a un pueblo.

La final, que hubiese debido jugarse en El Campín de Bogotá, fue entonces del Azteca, el gigante del DF que arropó la gloria de Maradona con 114.600 espectadores en sus faldas. Y, según FIFA, con 2.000 millones viéndolo por TV. El 3-2 de Argentina sobre Alemania no refleja la superioridad del primero. Dirigida por Beckenbauer, fue una expresión abúlica. De sus siete partidos apenas ganó tres.

Pumpido; Cuciuffo, Brown, Ruggeri y Olarticoechea; Giusti, Batista, Enrique y Burruchaga; Maradona y Valdano. Fue el equipo base del campeón. Sin un 9 y prácticamente sin nadie de punta, porque Valdano retrocedía casi hasta mediocampo. Pero con una franja media muy robusta, en la que prevaleció sobre los rivales.

Detrás de uno de los arcos ondeaba una inmensa bandera blanca y celeste con la leyenda “Perdón Bilardo”, que se hizo famosa. Como sucedió con Enzo Bearzot en 1982, la prensa argentina había sido cáustica con el técnico hasta llegar a México. Las críticas estaban justificadas: Argentina era un espanto. Pero fue llegar al Mundial, ganar el partido inicial a Corea del Sur y enderezar el rumbo. Ahí el equipo interpretó la idea de Bilardo, consolidó su juego, se hizo compacto atrás, estaba muy fuerte de la cabeza y el resto fue obra de Maradona. Suele pasar con las selecciones grandes, corrigen el rumbo rápido.

No era un momento brillante del fútbol mundial, Maradona le dio luz.

La Italia más bella de todas

España ’82 presentó una de las innovaciones más grandes de los Mundiales hasta ese momento: pasó 16 a 24 participantes. Se amplió el número en un 50%. Estaba justificado. Al comenzar los Mundiales en 1930 FIFA tenía 41 asociaciones y sólo 13 se inscribieron para competir en el Mundial. Cincuenta y dos años después eran 153 miembros y 109 se anotaron en la Eliminatoria. El planeta fútbol empezaba a estar mejor representado: ya había dos selecciones africanas, dos de Concacaf, una de Asia y otra de Oceanía.

Catorce ciudades y 17 estadios presentó la patria de Cervantes, una cifra inigualada, desmesurada para 52 partidos. En 2026 se jugará en tres países enormes, con 48 equipos, 104 cotejos y serán 16 escenarios. Lo que le sobró a España fue tiempo para prepararse: le asignaron la sede dieciséis años antes, en Londres 1966.

Muchos sucesos acontecieron en ese Mundial. Argentina, defensora del título, inauguró el torneo ante Bélgica el 13 de junio. Al día siguiente se dio por terminada formalmente la Guerra de Malvinas contra Inglaterra. 

Argentina llegó a España con el mejor plantel de su historia. A Fillol, Kempes, Bertoni, Ardiles, Passarella, Tarantini, se habían sumado Maradona con 21 años, Ramón Díaz con 22 (un crack fenomenal), Olarticoechea con 23, Valdano con 27… Material como para repetir el plato. A poco del arribo, el zaguero Jorge Olguín exteriorizó un pensamiento que resumía el de sus compañeros y del técnico Menotti: “No tenemos nada que demostrar, somos los campeones del mundo”. Unos pocos días después la selección albiceleste debutó en el Camp Nou ante 95.000 personas perdiendo contra Bélgica 1 a 0, jugando feo y mal. No era la Bélgica de Lukaku, Hazard, De Bruyne, Mertens, Courtois… Aquella era una Bélgica oficinesca, desabrida y sin estrellas. Siempre hay que demostrar. El primer Mundial de Maradona no resultó idílico: no brilló y cerró su actuación siendo expulsado ante Brasil. 

La brillante Francia de Platini, Giresse, Genghini y otros cracks que había despuntado en 1978 fue la revelación del torneo. Jugó un partido épico ante Alemania en semifinales. Igualaron 1-1 en tiempo normal, en el suplementario iba 3 a 1 arriba, pero en una reacción típicamente germana, le empataron 3 a 3, debieron ir a los penales y ahí ganaron los Panzers. Fue la primera vez que se definió por esta vía en las Copas del Mundo. 

En ese partido se produjo un suceso del alto dramatismo: la salvaje agresión del arquero alemán Schumacher al lateral francés Patrick Battiston. Quizás nunca un futbolista estuvo tan cerca de morir en un campo de juego a causa de una falta rival. Battiston, inocente como un colegial, picó por el centro a buscar una bola al vacío puesta por Platini, entrevió la posibilidad del gol, iba embalado y no miró otra cosa que el balón, midiendo dónde caería. No vio la salida del arquero, un sujeto hosco y superentrenado de 80 kilos. Schumacher ni intentó atrapar la pelota, que siguió de largo, fue directo a embestirlo. Lo midió con premeditación, se afirmó bien y lo tumbó dándole con su codo en el cuello y con la cadera en el pecho. Una brutalidad jamás vista. Battiston cayó desplomado y ahí quedó, como muerto. Se lo llevaron del césped al hospital, inconsciente y con riesgo de vida: conmoción cerebral, lesiones cervicales, fractura de costillas, dos dientes menos y escoriaciones diversas. Platini dijo más tarde que pensó que Battiston estaba muerto, porque “no tenía pulso y se veía pálido”.

El árbitro holandés Charles Corver no expulsó a Schumacher, ni siquiera cobró falta. Schumacher tomó la pelota y la puso en el vértice de su área para hacer el saque de arco, indiferente mientras atendían al infortunado francés. En la tanda de penales Schumacher tapó dos y Alemania pasó a la final. De haber habido VAR era penal y expulsión, y casi con seguridad Francia iba al partido decisivo con Italia. Hasta podía ser campeón. Una encuesta de un periódico francés preguntó una vez quién era el hombre más odiado en Francia. Schumacher quedó primero, Adolf Hitler segundo.

En Perú habían deslizado que en el partido perdido 6 a 0 con Argentina en 1978 habían pasado “cosas raras”. Cuatro años después, en La Coruña, también pasó algo raro: Polonia le marcó cinco goles en 21 minutos, un récord en los Mundiales. Cayó 5 a 1. Y esta vez no estaba eliminado, empatando clasificaba a segunda fase.

En Elche hubo once goles en un partido, de por sí un hecho inusual, pero diez de ellos fueron del mismo equipo: Hungría aplastó a El Salvador 10 a 1. Es la goleada más atroz de estos torneos y tal vez nunca se repita, el fútbol se ha equiparado notablemente. Pese a tan estrepitoso debut, la selección centroamericana presentó un jugador deslumbrante: Jorge González El Mágico, un puntero de una habilidad endemoniada, casi inexplicable. Los defensas argentinos no podían pararlo. Pero era un náufrago en una isla desierta.

Pese a su localía, España aún era La Furia, una expresión futbolística menor. Pura fuerza física y entrega. Le tocó un grupo muy accesible y aún así pasó a segunda fase con angustia y por diferencia de un gol. En su estreno apenas igualó con Honduras (1-1), venció a Yugoslavia (2-1) y perdió ante Irlanda del Norte (1-0). En la ronda siguiente compartió grupo con Inglaterra y Alemania. Fue último. Llegó hasta donde podía. No era todavía la España del tiki taka, herencia barcelonista de Johan Cruyff y Pep Guardiola. Estaba a años luz de su estilo actual.

La gran frustración del Mundial -y de varios Mundiales- fue del Brasil de Telé Santana, por el juego exquisito que desplegaban Falcao, Zico, Sócrates, Junior, Toninho Cerezo, Leandro, Eder… Una constelación. Había ganado su grupo (que era bastante sencillo, eso sí) con autoridad y juego. Y arrancó la segunda fase venciendo 3-1 a Argentina. Parecía que nadie podría impedirle llegar al título, pero se estrelló contra una Italia oportunísima, letal. Y un Paolo Rossi mortífero. Paolo, que no había convertido en los duelos anteriores, marcó los tres goles del triunfo itálico: 3-2 e Italia a semifinales. Allí se encontró con Polonia y fue 2-0, otra vez con dos tantos del delantero de Juventus. Y en la final pasó por encima de Alemania: 3 a 1 en una actuación inolvidable, redonda, con otro gol de Rossi. Paolo en ese Mundial fue como un francotirador ruso: cada bala iba al corazón del enemigo.

Era la Italia que había seducido en Argentina ’78 siendo cuarta y venciendo al campeón. Para 1982 gozaba de una camada de notables intérpretes, pero el equipo no armonizaba, no convencía. Para peor, hizo una primera fase paupérrima con tres empates. Enzo Bearzot mantenía un enfrentamiento feroz con la prensa italiana, pero tenía las ideas claras. Y hubieron de pedirle perdón de una manera digna: al presentarse en la rueda de prensa posterior a la final, todos los periodistas italianos se pusieron de pie y le tributaron un sostenido y respetuoso aplauso. No hubo necesidad de palabras. 

“Llegamos a la victoria por el espíritu de equipo”, declaró Bearzot con acierto: fueron un colectivo solidario, compacto. Y con una retaguardia excepcional, tanto que Franco Baresi, posiblemente el mejor central de la historia de este deporte, fue suplente y no pudo entrar ni un minuto en siete partidos. Lo sentaron Bergomi, Gentile, Scirea, Collovati y Cabrini, la línea de cinco que paró Bearzot en la final. Una Italia preciosa, la mejor de sus cuatro títulos.

Argentina, a mano con su historia

A 118 años del primer partido de fútbol en Buenos Aires (en 1860), Argentina, por fin, hospedó un Mundial. No existe un país más apasionado por este juego. Sólo en la capital y su zona metropolitana hay 60 estadios. En su 35º congreso, el 6 de julio de 1966 en Londres, la FIFA tomó una resolución nunca repetida: designó la sede de tres Mundiales: Alemania 1974, Argentina 1978 y España 1982. A la patria de Di Stéfano, Maradona y Messi se lo dieron por descarte, no había otro país americano que lo hubiera solicitado o en condiciones de organizarlo. En ese tiempo el fútbol era nada en Estados Unidos. Argentina lo venía reclamando desde 1936. Cuando llegó ese congreso en Londres presentó una cartita nomás y se lo dieron. De lástima.

Para 1966 Argentina vivía en democracia, pero ocho días antes de su designación un golpe de estado derrocó al presidente constitucional Arturo Illia. Y cuando llegó el Mundial, doce años después, reinaba una dictadura, tiempos políticamente cruentos. Similar a lo sucedido en Italia durante el Mundial del ‘34 o en Alemania cuando los Juegos Olímpicos de 1936. Esto manchó el contexto del torneo, lo enturbió, aunque el Mundial pareció ordenar una tregua y se disputó en paz. Fue una Copa muy bien organizada, a tono con la excelencia en estadios, transportes y comunicaciones que había mostrado Alemania cuatro años antes. Se construyeron tres espléndidos escenarios (Córdoba, Mendoza y Mar del Plata) y se remodelaron a nuevo otros tres (River Plate, Vélez Sársfield y Rosario Central). Amplias instalaciones para el que fue el último torneo con 16 equipos.

La Copa seguía en alza. Para Chile ’62 se inscribieron 56 asociaciones, para Inglaterra ’66 fueron 72, en Alemania ’74 el número subió a ’75 y en Argentina ’78 se logró un récord: 104 selecciones se anotaron en la Eliminatoria. La tarea de universalización que haría João Havelange aún no se reflejaba: Europa tuvo 10 equipos sobre 16, un descomunal 62,5%. Cuatro de los cinco países limítrofes de Argentina se quedaron afuera: Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay. De haber estado uno o dos de ellos, miles de extranjeros habrían asistido.

Aunque en todos los torneos el anfitrión suele recibir un sorteo benévolo, con Argentina fue al revés. Le tocó el tradicional “grupo de la muerte”: una Francia fuertísima con Platini, Lacombe, Tresor, Bossis, Battiston, Rocheteau, Didier Six… Francia sería la revelación en 1982. Una Italia con Zoff, Gentile, Scirea, Cabrini, Tardelli, Benetti, Antognoni, Causio, Paolo Rossi, Bettega… Cuatro años después serían campeones del mundo. Y la muy competitiva Hungría de Nyilasi, Toth, Nagy, Torocsik. Todos le dieron muchísimo trabajo al local, incluso perdió con Italia. Y en segunda ronda enfrentó a Brasil y a la Polonia de Lato, Szarmach, Boniek, Deyna, Gorgon, Zmuda, Lubański, Kasperszack…

Fue el primer Mundial de este cronista como tal. Resultó atractivo por la calidad de varios equipos. Los nombrados más Alemania, último campeón, y la Austria de Pezzey, Prohaska y Krankl, que se dio el gusto de tumbar a Alemania: 3-2 con dos goles de Krankl, una de las figuras del torneo, a quien enseguida fichó el Barcelona para reemplazar a Johan Cruyff.

El Mundial quedó estigmatizado por la goleada 6 a 0 de Argentina a Perú, cuando la Albiceleste necesitaba ganar al menos por cuatro goles para superar a Brasil por diferencia de gol y así llegar a la ansiada final. Se habló de sobornos, de arreglo del partido entre los militares argentinos y peruanos. Lo que vimos en ese momento nos pareció más terrenal: Argentina lo llevó por delante a Perú, que además sintió el ambiente infernal que generó la hinchada local. Quien suscribe no recuerda, ni en un Boca-River, un partido con más clima que aquel. Un fervor nunca visto: 45.000 personas gritando sin parar durante tres horas. Era un volcán. La gente rugía, el ruido era ensordecedor y, cuando entraron los dos primeros goles, Perú se quebró. 

Dos meses y medio antes del Mundial, ambas selecciones se habían enfrentado por la Copa Mariscal Ramón Castilla. Dos triunfos argentinos: 2-1 en Buenos Aires y 3-1 en Lima. “Ese 3 a 1 fue con baile. Y no jugamos Bertoni, Tarantini, Olguín y yo”, recuerda Mario Kempes en su libro ‘El Matador’. Muchas otras veces Argentina lo venció abultadamente, 6-0, 5-1, 4-0, 4-1… No era extraño que le ganara ni que lo goleara en una instancia así, con esa atmósfera y con el acuciante deseo de llegar a la final en su propia casa. Además, Perú ya estaba eliminado; venía de ser aplastado 3-0 por Brasil (debieron ser más goles) y 1-0 ante Polonia.

Desde hace 48 años, cada tanto se revuelve el tema. Hay periodistas (argentinos) que han investigado obstinadamente, jamás encontraron una prueba ni una versión consistente de que el resultado estuviera pactado. La frase recurrente es “hubo cosas raras”; ningún testimonio serio.

Argentina fue un justo campeón que ganó con lo justo. No deslumbró. Salvo ante Perú, no fue superior a sus demás rivales, muy parejo con todos y menos que Italia y Brasil, a los que no pudo vencer. Se coronó por la fe inquebrantable de sus jugadores, el coraje y la garra impresionante de todos, con algunos puntos altísimos en ese sentido como Luque, Kempes, Passarella, Fillol, Tarantini. No jugó como pregonaba Menotti, los rivales no se lo permitieron, y terminó guapeando. Menotti decidió dejar fuera de ese equipo a Maradona y a Bochini, los dos mejores jugadores argentinos del momento. Ellos dos le hubieran dado más fútbol al equipo y, sobre todo, un brillo que habría sepultado cualquier sospecha. No obstante, al ser campeón se tornó difícil discutirle la elección.

Aún sin Cruyff, su guía y estrella, Holanda practicaba un estilo pulido, ofensivo, y tenía internalizada la idea que había dejado Rinus Michels. Venía de ser subcampeón en 1974 y tercero en la Eurocopa de 1976. Se esperaba que, entre sus virtudes y el juego que proponía Menotti -una especie de Guardiola antes de Guardiola- se diera un festival de fútbol. En cambio, fue una descarnada batalla. Por ser el máximo semillero del mundo, Argentina pretendía ser, por fin, campeón. Y para Holanda, con semejante dotación que le había aparecido al comienzo de la década, el segundo puesto era una decepción. Y se dio un choque áspero, donde imperó la pierna fuerte. Fue todo meter y chocar. Se fajaron. Se pegaron a discreción bajo la complaciente mirada del réferi italiano Sergio Gonella. No expulsó a nadie, sólo sacó 5 amarillas, 3 para Holanda. En el rubro leña se impusieron los de naranja, en el juego sacó una luz Argentina.

Ninguno especuló, ni por ser una final. Cambiaron ataque por ataque. Argentina sacó ventaja en ese aspecto por su fabuloso arquero Ubaldo Fillol, el mejor de la historia para este cronista junto a Iker Casillas. También generó más situaciones de gol, en especial por Kempes y Bertoni, éste haciendo estragos por derecha y Kempes por el centro.

El hincha argentino dio a su equipo un recibimiento estremecedor, que el público internacional jamás había visto ni volvió a ver en un Mundial. Es una pieza única. Miles de banderas y millones de papelitos aparte de una ovación atronadora le dieron una bienvenida inédita. Y a cada momento surgía el ensordecedor “Vamos, vamos Argentinaaaa, vamos, vamos, a ganaaaar…” Pero a los holandeses no los achicó en absoluto. Lucharon como leones. El 3 a 1 final premió al país más pasional que el fútbol registre.

El título de Alemania, el recuerdo de Holanda

Era la décima Copa del Mundo y la primera de la historia en que una misma nación presentaba dos selecciones: Alemania Occidental y Alemania Oriental. Una fue campeona, la otra tuvo el mérito de ser la única que la venciera. 

Dos días antes de iniciarse el torneo sobrevino un cambio fundamental en la historia del fútbol: asumió la presidencia de la FIFA João Havelange, quien universalizaría este deporte y, sobre todo, los Mundiales. Reemplazaba al inglés Stanley Rous.

Fue un torneo bisagra: en Alemania 1974 comenzó la pompa y la infraestructura moderna y tecnológica en los Mundiales, con estadios impactantes. Ya la televisión color estaba afianzada. 

Alemania presentó 9 sedes impecables: Múnich, Hamburgo, Fráncfort, Berlín Occidental, Stuttgart, Dusseldorf, Dortmund, Hannover, Gelsenkirchen. Todas bien conectadas a través de sus famosas autobahnen (autopistas), sus trenes puntuales y vía aérea por Lufthansa.

Alemania Occidental atravesaba su época de máximo esplendor tras la Segunda Guerra Mundial, era la tercera economía del planeta, con un altísimo grado de industrialización. Gozaba de un enorme prestigio, por lo que nadie dudaba que organizaría un grandioso evento, sobre todo por su siempre alabada eficiencia. 

No obstante, había un punto oscuro: dos años antes, en los Juegos Olímpicos de Múnich (justamente albergaría la final del Mundial), el grupo terrorista palestino Septiembre Negro cometió un atentado contra la delegación de Israel dentro mismo de la villa olímpica. 

Fue un suceso gravísimo que se saldó con la muerte de 11 atletas israelíes, un policía y 5 terroristas. Esto hizo que se redoblara el operativo de seguridad, aunque finalmente el Mundial no fue objeto de actos violentos.

Dado que Brasil se había quedado en propiedad con el trofeo Jules Rimet (luego robado y fundido en 1983), en este torneo se estrenó la nueva y bellísima escultura denominada Copa Mundial de la FIFA. 

Obra del artista italiano Silvio Gazzaniga que representa a dos figuras humanas sosteniendo al planeta Tierra. Pesa 6,175 kilos, cinco de ellos de oro puro. A diferencia de la anterior, esta no puede quedar definitivamente para nadie. Y la levantaría por primera vez un señor Beckenbauer.

Brasil y Argentina, que podían sacar la cara por Sudamérica, no estaban esa vez a la altura de los europeos. Zagallo había hecho una renovación muy amplia en Brasil, y sólo Jairzinho y Rivelino quedaban de los campeones del ’70. 

Argentina tenía una generación excelente, pero aún se encontraba en la era pre-Menotti, o sea, en un desorden total. Llevó a un genio -René Houseman- pero con él sólo no alcanzaba. Fue aplastada por Holanda.

En México ’70 se implantaron los cambios en medio de los partidos: podía sustituirse a un jugador de campo y al arquero. En este 1974 se decidió que fueran dos cambios libres. El gran crack chileno Carlos Caszely tuvo el antirécord de ser el primero en recibir una tarjeta roja directa en un Mundial. 

Tras la primera fase no hubo sistema de copa, o sea octavos de final, cuartos, semis, se formaron dos grupos de cuatro y el primero de cada uno pasó a la final.

El capricho del sorteo decidió que las dos Alemanias estuvieran juntas en el Grupo 1. Se encontraron en Hamburgo. Se le dio en llamar El Partido del Muro, la Alemania rica contra la pobre. 

Quedó como uno de los 50 más recordados de todos los tiempos. Muchos pensaron que quizá la parte Oriental entregaría los puntos a la Occidental. O que esta golearía a su hermana menor. Pero sucedió lo increíble. 

Aunque el equipo de Müller y Beckenbauer era una topadora, ganó la RDA (República Democrática Alemana) 1 a 0 con el recordadísimo gol de Jürgen Sparwasser.

Ambos estaban en plena Guerra Fría, y encima Sparwasser terminó de congelar al 99,9% del estadio con un toque perfecto de derecha que batió a Sepp Maier. 

El 0,01% restante era un grupete de compatriotas orientales que habían logrado escapar del este y cuyos corazones seguían latiendo por Leipzig, Dresden, Rostock, Magdeburgo, la mitad de Berlín, las grandes urbes que quedaron atrapadas… Ellos saltaban y celebraban ese gol inesperado, inimaginable. 

En el fondo fue triste, un pueblo dividido por la ideología y jugando contra sí mismo. Muchos tenían el corazón partido, habían nacido de un lado y vivían del otro o tenían sus padres o hijos detrás del límite militarizado.

Fue el gol más político de la historia. Sparwasser, un ingeniero mecánico de 26 años apareció en portada en diarios de todo el mundo y pasó a ser un símbolo comunista, el héroe que había derrotado a Occidente, ese gran enemigo, demostrando la potencialidad, el éxito y la supremacía del régimen socialista. 

“Pateé desde el este con dirección al oeste”, dijo el artillero, que en 1988 logró vulnerar los controles, traspasar la frontera y radicarse en la otra mitad del mapa. Al año siguiente cayó el Muro de Berlín.

El Mundial ’74 será recordado siempre por la aparición de la Naranja Mecánica, como se apodó al fabuloso equipo de Holanda, que cambió el fútbol para siempre. Pero también por la magnífica Polonia de Lato, que alcanzó el tercer puesto.

No era sólo Lato, también brillaban Szarmach, Deyna, Zmuda, Gorgon, Tomaszewski, Kasperczak… Pero Grzegorz Lato era el alma del cuadro. Un puntero derecho raro, calvo y bigotudo, también rápido, vivísimo y goleador. Kazimierz Gorski, técnico de esa Polonia, lo recuerda: “Una máquina. Todos sabíamos de lo que era capaz, pero nuestros rivales no lo conocían, no tenían ni idea de lo que les esperaba. Su velocidad los asustó”.

Si un auto, un reloj o un televisor eran alemanes, se los consideraba sencillamente perfectos. Tal excelencia se trasladaba al equipo de fútbol, un correlato del esplendor como nación. 

Era la segunda potencia futbolística detrás de Brasil. Venía de ser subcampeón en 1966 y tercero en 1970. La localía, además, lo tornaba ultrafavorito al título.

La final, Alemania 2 – Holanda 1, no podía tener mejores protagonistas. Holanda contaba con seis efectivos del Ajax (ya Cruyff había jugado una temporada en el Barcelona, pero venía de nueve años en el Ajax y ocho en la Selección con el mismo técnico e iguales compañeros, era uno más de ellos). 

Los demás eran Suurbier, Haan, Krol, Neeskens y Johnny Rep). Alemania presentó seis del Bayern: Maier, Beckenbauer, Schwarzenbeck, Breitner, Uli Hoeness y Gerd Müller. 

Con este agregado: Ajax había ganado las copas de Europa de 1971-72-73 y el Bayern se titularía en 1974-75 y 76. La máxima constelación europea posible. Para mejor, la media docena del Bayern jugaba en casa: el Olímpico de Munich.

Que estuvo a tope. Los 75.200 espectadores pudieron ver in situ un hecho histórico: el intercambio de banderines entre dos habitantes del olimpo futbolístico: Franz Beckenbauer y Johan Cruyff.

Fue un duelo precioso, tenso y calculado. Eran dos máquinas. Conste que estamos analizándolo medio siglo después, sin la emoción del momento y fuera de circunstancia, esta última tan relevante. 

Ya el fútbol comenzaba a ser parecido al actual. No con la velocidad y la técnica de hoy. Después de haber barrido en los cotejos previos, Holanda llegaba con el cartel de candidato, aún cuando enfrente estuviese el local, ¡qué local…! Alemania. 

El choque fue muy, muy equilibrado, se coronó quien supo marcar un gol más. Fue del mismo de siempre, el señor Müller, el hombre que hacía goles de la nada.

La cumbre del jogo bonito

La imagen será eterna y la conocemos todos los futboleros: Pelé, con el torso desnudo, llevado en andas en el imponente estadio Azteca. Brasil y O Rei quedándose la Jules Rimet por tercera vez, ahora en propiedad, de acuerdo al reglamento.

Fue la bisagra de los mundiales, el antes y después, el único unánime: México 70 encantó a todos los públicos. Por el fútbol, por las decenas de estrellas y porque todos pudimos verlo.

El primer torneo realmente universal dado que llegó a todo el planeta por televisión, en directo gracias al satélite. Y a color. Claro, no en todos los países estaba instalado el sistema de TV a color (en Argentina recién se contó con ese adelanto a partir del Mundial 78), y aun en donde lo hubiera, no todas las personas poseían un aparato a color. Pero se emitió así.

Esto permitió ver el torneo a millones que antes no podían. Tal facilidad y el magnífico espectáculo desplegado -para esa época- le dieron al fútbol un empujón notable de popularidad.

Se estima que entre 600 y 700 millones de personas vieron al menos un partido, lo cual, al iniciarse la década del 70, era casi ciencia ficción. Nunca un evento deportivo había llegado a tanta gente al mismo tiempo. Pese al calor, se fijaron horarios a mediodía para captar la audiencia europea.

El satélite comercial de comunicaciones Intelsat I (Early Bird) fue la joya tecnológica que posibilitó la unión global de los telespectadores.

México obtuvo la sede de la Copa del Mundo, que en realidad no era una copa sino un trofeo, el Jules Rimet, en el Congreso de la FIFA de Tokio, en 1964, imponiéndose a Argentina, que venía bregando por hospedarla desde 1936. Por alguna razón, parecía una obstinación de la entidad matriz negarle al país del tango, pionero del fútbol en América y el mayor productor de futbolistas, la chance de organizar un Mundial.

Es que México contó con un hombre providencial: Guillermo Cañedo, un genio en los despachos como Messi, Pelé o Maradona en el campo. Un individuo agradable, refinado, creíble, de grandes ideas y fabulosa capacidad de negociación. Fue inicialmente un exitosísimo presidente del Zacatepec y luego del Club América, ya en binomio con Emilio Azcárraga, propietario del América y de la poderosa Televisa.

Cañedo asumió la presidencia de la Federación Mexicana, hizo fundar la Concacaf, impulsó la edificación del estadio Azteca, instó la construcción y remodelación de los demás escenarios del fútbol del país, siempre con la idea de conseguir un Mundial, lo que finalmente logró en ese 1964 prometiendo un coliseo para 110.000 personas (el Azteca) y la televisación en directo y a color a todo el mundo. Cumplió.

Luego sería vicepresidente de la FIFA y obtendría otro Mundial para su país, el de 1986.

Este cronista, con quince años y ya apasionado por este juego-deporte-entretenimiento-pasión-industria, volvía del colegio y se devoraba todos los partidos. Recuerdo ver los de Brasil, los de Perú (¡Qué hermoso jugaba esa maquinita de Didí…!), varios de Uruguay y otros de Italia, Inglaterra, Alemania…

Todos los hinchas del mundo aprendimos a recitar de corrido: Jairzinho, Gerson, Tostão, Pelé y Rivelino. Los cinco fantásticos delanteros brasileños tenían un denominador común: en sus equipos jugaban con el 10 en la espalda, lo cual dice algo. Jairzinho en Botafogo, Gerson en São Paulo, Tostão en Cruzeiro, Pelé en Santos y Rivelino en Corinthians.

Entre los cinco marcaron 248 goles oficiales para la selección brasileña: 97 Pelé, 44 Jairzinho, 43 Rivelino, 36 Tostão, 28 Gerson. De fábula. Gerson era el comandante en jefe, líder por clase y personalidad, dueño de una zurda prodigiosa.

Armaba juego desde atrás y ponía el balón en el pecho de un compañero desde 40 metros. Rivelino tenía un cañón en el pie izquierdo, sus tiros libres causaban pánico al rival. De técnica excelsa; fuerte física y mentalmente. El toque de pimienta. Jairzinho era atacante por el centro, pero aceptó jugar sobre la derecha, como wing.

Espectacular, explosivo, de pique fulminante y remate certero. Tostão, un talento. Armaba y definía. Podía ser diez o nueve retrasado. Su zurda y la pelota eran amantes. Poseía un amague desconcertante. Decisivo en la jugada del gol a Inglaterra, el partido más difícil del campeón, pues los ingleses le cascotearon el rancho. Y Pelé era Pelé.

La historia dice que João Saldanha armó esa maquinaria y lo cesaron el 21 marzo de 1970, a dos meses y medio de iniciarse el torneo, por un enfrentamiento total con el gobierno militar de Garrastazu Médici (Saldanha era comunista confeso). Brasil había perdido feo ante Argentina por 2-0 en Porto Alegre, una Argentina eliminada del Mundial. Fue un aviso.

Luego empató a 1 con el modesto Bangú en un partido-entrenamiento y ese día Saldanha anunció que Pelé sería suplente por un tema de miopía. “No ve bien”, dijo, lo que molestó sobremanera al crack.

Esa misma noche João Havelange lo destituyó. Saldanha sabía y era audaz, pero iba demasiado lejos en su disloque verbal. Lo cierto es que en menos de 24 horas Brasil enfrentaba a Chile. Llamaron a Mario Zagallo y asumió.

Y aunque se diga lo contrario, Zagallo metió mano: hizo varios cambios tácticos, de nombres y generó un buen clima en el vestuario. Y Brasil fue un campeonísimo: ganó sus seis partidos y marcó 19 goles.

Pocas veces ha habido un campeón tan rotundo y agraciado, de juego tan vistoso y contundente como Brasil del 70, que así quedó eternizado. Durante décadas sostuvimos que la final Brasil 4 – Italia 1 fue, quizás, el mejor espectáculo futbolístico de la historia.

Luego, el fútbol fue evolucionando y aquello quedó superado, hasta nos preguntamos ¿cómo nos pudo haber gustado tanto eso…?

Sin embargo, en su momento deslumbró. Coincidimos con Juan Vasle, amigo y colega autor del libro Mundiales en blanco y negro (1930-1970): “Resultó uno de los mundiales más lindos de la historia, una fiesta del buen juego. Si bien ese fútbol parece hoy perimido, lento, sin marcas cuerpo a cuerpo, sin luchas por cada centímetro de terreno, en esa época se jugaba así y así lo disfrutaban los hinchas”, afirma.

La belleza pasaba por la propuesta: no había especulación, todos atacaban. Y eso genera emoción, que es lo que va a buscar el público a un estadio. Nadie paga para aburrirse, aunque su equipo gane.

Y había un desfile de luminarias: Beckenbauer, Gerd Müller, Uwe Seeler, Overath, Gigi Riva, Gianni Rivera, Sandro Mazzola, Bobby Charlton, Bobby Moore, Teófilo Cubillas, el Cholo Sotil. ¡Y los arqueros…! Los extraordinarios Ladislao Mazurkiewicz, Gordon Banks, Sepp Maier, Ricky Albertosi…

Hubo, además, varios cruces sensacionales: el ardorosísimo Brasil 1 – Inglaterra 0; Alemania 3 – Inglaterra 2, Brasil 4 – Perú 2, Italia 4 – Alemania 3, considerado el partido del siglo, Perú 3 – Bulgaria 2; Brasil 3 – Uruguay 1, la tarde del histórico “no gol” de Pelé a Mazurkiewicz, cuando lo gambeteó sin tocar la pelota, pero luego, cayéndose, el remate final se le fue desviado.

El gol parecía brotar del césped. Salvo en el grupo 2 que integraban Italia y Uruguay, siempre conservadores. Allí se marcaron apenas seis goles en seis partidos. No obstante, la Azzurra fue finalista y la Celeste semifinalista. Uruguay, en este juego, es el dentista, nadie quiere visitarlo.

Uruguay alcanzó la semifinal, aunque anotó apenas cuatro goles en seis partidos. Posiblemente irrepetible. Pero el campeón tapó todo. Fue un Brasil en tecnicolor.

Los inventores, por fin campeones

Era hora de que el fútbol inglés se amistara con la FIFA, con la Copa del Mundo y con el resto del planeta. Ya había tenido demasiados cortocircuitos. Y lo hizo de la mejor forma: organizando un Mundial brillante. Sin obras faraónicas, sí adecuando sus estadios, brindando los magníficos servicios de transporte y hotelería, ofreciendo su gran tradición futbolera y el encantador toque británico en cada detalle. Hacia 21 años que había terminado la Segunda Guerra, Inglaterra ya estaba repuesta y reflorecida. Quería celebrar con pompa los primeros cien años de haber inventado el juego preferido de la humanidad (cumplidos en 1963) y el Mundial era perfecto para ello.

Se remodeló el estadio de Wembley; se hizo una tribuna nueva en el Old Trafford del Manchester United y se acondicionó el resto. Ya eran buenos escenarios para la época. Fueron 8 recintos en siete ciudades. Wembley el más grande, con aforo para 98.600 personas. “No había asientos en las tribunas populares, se miraba de parado”, nos cuenta Jorge Arriola Müller, peruano que tiene el récord de haber asistido a 14 Mundiales. Inglaterra le agregó la pasión de su gente por el fútbol, su máxima creación: en 32 cotejos se vendieron 1.563.135 entradas, a una media de 48.848. Récord hasta ahí. Fue el primer Mundial en que empezaron a asistir aficionados de otros países, mezcla de turismo y deporte.

Otra plusmarca fue que se inscribieron 74 países para las Eliminatorias. El Mundial no paraba de crecer. La FIFA ya reunía a 126 asociaciones (hoy son 211). África, en bloque y como protesta, boicoteó el Mundial y se retiró pues no le habían asignado ni un cupo directo. El ganador de los 31 países africanos debía medirse con los ganadores de Asia y Oceanía. Dio frutos: en México ’70 ya hubo una plaza exclusiva para el Continente Negro. Los 16 participantes fueron 10 de Europa, 4 de Sudamérica, México y Corea del Norte.

Fue la primera edición en que hubo una mascota: Willie, un gracioso leoncito vestido con la bandera de Gran Bretaña. Y con él comenzó el mercadeo. Se vendieron camisetas, bufandas, tazas con la imagen de Willie. La reina Isabel, de flamantes 40 años, asistió a varios partidos y tras la final entregó la Copa. Todo bonito, barnizado de glamour, aunque hubo un episodio vergonzante antes de rodar la pelota: el trofeo Jues Rimet, que se exhibía en el Westminster Central Hall de Londres fue robado cuatro meses antes. Un escándalo nacional. Y ya no había tiempo para hacer otro. Por suerte, siete días después fue hallado por el perro Pickles en un barrio del sur de la ciudad. Olfateando debajo de unos diarios, Pikles lo descubrió y su dueño lo devolvió inmediatamente.

Fue el Mundial de Bobby Charlton, quien ya había destacado en Chile ’62; de Franz Beckenbauer, que con 20 años asombró al mundo; de Lev Yashin y de Eusebio, la Pantera Negra, al cabo goleador del certamen. Argentina llevó, por primera vez en 36 años, una buena selección, y con adecuado alistamiento. Cayó en cuartos de final ante Inglaterra. Se dijo que el árbitro había influido decisivamente, pero no fue tan así: el local ganó bien.

Inglaterra era un magnífico equipo y fue un merecido campeón. Con cinco victorias en sus seis cotejos. Sólo no pudo contra Uruguay en la jornada inaugural. Igualaron 0 a 0. Uruguay poseía un equipo física y mentalmente muy sólido. “Ellos nos hicieron la táctica, nosotros la contratáctica”, nos contó con su gracia distintiva Ondino Viera, el técnico uruguayo de esa selección.

Brasil fue la gran decepción. El mismo Pelé, en su libro ‘Mi legado’, reconoce que toda la preparación fue desastrosa y que el resultado no podía ser otro: fueron eliminados en primera fase. Se encontraron con un Portugal poderoso y una Hungría fuerte que lo derrotó 3 a 1. Se creó el mito de que tanto Brasil como Pelé fueron molidos a patadas, pero no es real. Tostão, el exquisito atacante de los Mundiales 1966 y ’70, lo desmiente en una de sus columnas: “En Inglaterra ‘66 -yo estuve allí- se dio por sentado que Pelé era el objetivo de Portugal, que se lesionó por ello, que Brasil jugó con uno menos durante la mayor parte del partido, ya que no se permitían cambios, y que esta fue la razón de la derrota y la eliminación. No es cierto. La marcación a Pelé fue cercana, pero leal, salvo por una violenta entrada al final del partido cuando tuvo que retirarse. Portugal ganó porque era mucho mejor colectivamente, tenía grandes jugadores, como Eusébio, en aquel momento el segundo mejor del mundo”.

Como en 1950 y 1954, hubo una sorpresa gigante: en la última jornada del Grupo 4, con sólo empatar, Italia clasificaba a octavos de final, pero perdió con la debutante Corea del Norte. Los diarios peninsulares estallaron: “¡Vergogna nazionale…!”. Luego de la resonante victoria, se dieron a conocer detalles insólitos del equipo norcoreano, que había debutado en una Eliminatoria y, obviamente, jugaba su primer Mundial. Resultó que eran 22 soldados. Debido a su régimen comunista, el combinado local era totalmente amateur y sin ningún roce internacional. El dictador supremo Kim Il-Sung (abuelo del autócrata actual) eligió a dedo a los 22 de la nómina mundialista. La gran mayoría eran militares de grado, a quienes el líder de la nación les exigió que volvieran sin hacer ningún papelón y que le regalaran una alegría al pueblo. En Italia jugaron Giacinto Facchetti, Gianni Rivera, Sandro Mazzola… Varios se habían consagrado bicampeones de Europa y del mundo el año anterior con el Inter. De allí que, cuando otro país sufre una derrota deshonrosa, los medios italianos dicen “todos tienen su Corea del Norte”.

Luego de vencer al cuco -Portugal- a Inglaterra arribó a la final con Alemania. No fue extraordinariamente técnica, pero sí atractiva. La hermosura pasaba por la sencillez y la falta de especulación. Inglaterra ganó 4 a 2 y se coronó por primera y única vez. Dominó la mayor parte del tiempo y fue muy justo ganador, tuvo mayores intenciones ofensivas.

La TV era en blanco y negro, con una sola cámara de costado, apenas se repetían los goles (una sola vez y sin cámara lenta). El narrador se limitaba a pronunciar los apellidos: “Charlton… Stiles… Moore…” Salvo algunas excepciones, no incurría en comentarios ni agregados. No se incluía en la pantalla la placa con el cronómetro y el resultado, apenas mostraban un reloj cada quince minutos que marcaba que había pasado un cuarto de hora. No había bancos de suplentes porque no existían los cambios, quien quedaba fuera del once titular lo miraba desde la tribuna. Nadie fue amonestado ni expulsado, aún no se habían implementado las tarjetas rojas y amarillas. Tampoco se señalaba tiempo añadido; exactamente al minuto 90 el árbitro dio por finalizado el duelo. Lo mismo con los dos suplementarios, ni un segundo de agregados. Hubo 96.924 espectadores en Wembley aquella tarde, pero apenas se escuchaban murmullos, Tampoco los goles se festejaban de manera tan alocada como ahora.

Hasta hoy continúa la polémica por el tercer gol inglés, anotado por Geoffrey Hurst, en el que la pelota pegó en el travesaño y picó sobre la raya o detrás de ella. Nunca se pudo saber. No había VAR ni cámaras a la altura de la línea de gol. Pero decir que Inglaterra robó aquel Mundial por ese gol es completamente exagerado. El juez suizo Dienst tuvo una magnífica labor, riguroso, no equivocó fallos y no permitió que nadie quemara tiempo o entrara en roces.

1962, el Mundial de la modestia

“Aquel de Chile fue un Mundial caserito, muy sencillo, nada que ver con el despliegue tecnológico, de dinero y de gente que se hace hoy en cada Copa”, evocaba Emilio Lafferranderie, El Veco, periodista de raza, estrella en los años dorados de El Gráfico. En una decisión inesperada, el congreso de la FIFA de 1956 realizado en Lisboa, eligió a Chile como sede del Mundial 62. Que no era el pujante Chile actual. Tenía siete millones de habitantes, alto analfabetismo y una población mayormente rural. No había televisión todavía, llegaría recién en 1957. Aunque el fútbol sí era una pasión.

Chile ganó la elección a Argentina por 32 votos a 10. ”Tenemos todo, podemos hacer el Mundial mañana mismo”, enfatizó en su alocución el presidente de la AFA, Raúl Colombo. Pero la FIFA seguía negando a la patria de Borges la realización de una Copa del Mundo, que la reclamaba desde los años 30. La candidatura chilena fue defendida por el dirigente Carlos Dittborn. Sus argumentos fueron el clima deportivo en su país, la continuidad de la asistencia a torneos, estabilidad institucional y, sobre todo, la misión de la FIFA de promover el fútbol incluso en países con menos recursos. Y lo logró. Pero el destino juega cartas bravas, Dittborn, de 41 años, no llegó a ver su logro: murió 33 días antes de comenzar el torneo de una pancreatitis,

La buena suerte en la elección trocó en desgracia para Chile cuatro años después. El 22 de mayo de 1960 la ciudad de Valdivia, 830 kilómetros al sur de Santiago, vivió el apocalipsis: sufrió el mayor terremoto de la historia humana, 9,5 en la escala de Richter, la más alta medida instrumentalmente. Nunca se repitió algo igual. Provocó un tsunami que cruzó el Pacífico y causó daños y miles de muertos en Hawái, Japón y Filipinas. Naturalmente, también en Chile. “La tierra se sacudió como si el mundo intentara rehacerse a sí mismo. Los volcanes vomitaban lava a grandes distancias, la ceniza se elevaba a alturas inimaginadas, las montañas se abrían en grietas profundas y los ríos modificaban sus rumbos. El suelo ondulaba como un mar enfurecido y pueblos enteros quedaron reducidos a silencio”, señala el libro Nuestro Mundial, 50 años de historia.

Pese al desastre y las dudas sobre el torneo, el presidente chileno Jorge Alessandri envió un mensaje contundente a la FIFA: “El Mundial se hace en Chile sí o sí”. Y se hizo. Lo ayudaron los países vecinos y la FIFA. Sin embargo, tuvo un costo: se habían prometido ocho sedes y hubo que descartar a las cuatro del sur —Talca, Concepción, Talcahuano y Valdivia— por las consecuencias del terremoto. Así, el Mundial se escenificó solo en Santiago (estadio Nacional, 70.000 espectadores), Viña del Mar (Sausalito, 18.037), Rancagua (Braden Copper, 14.450) y Arica (Carlos Dittborn, 14.373).

“Los estadios eran modestos y, salvo el de Santiago, pequeños. Tampoco tenían luz, porque todos los partidos se jugaron de día. El de Rancagua sería para poco más de 10.000 personas. Y sobraba espacio. Es que era otro el mundo, otro el fútbol. Ni comparar con los fabulosos escenarios de ahora”, nos decía El Veco, a quien entrevistamos en el Mundial de Corea y Japón 2002.

Justamente aquel de 1962 fue su primer Mundial. Nos mostró la sencilla acreditación periodística de aquel torneo y la entrada de la final —Brasil 3, Checoslovaquia 1—, la cual conservaba como trofeo. ¿Cómo enviaban el material periodístico?, preguntamos. “No había télex todavía, escribíamos en esas viejas Remington negras, juntábamos las notas y las enviábamos por avión en un sobre. Era lo más rápido”. Tampoco había mucha televisión. Recuerdo que un tal Frederici, de Argentina, filmaba los partidos. Por la noche, ponía la cinta en una lata y se subía a un avioncito Cessna, cruzaba la cordillera y lo llevaba hasta Mendoza. De allí lo mandaba a Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas y al día siguiente se emitía por Canal 7. Era una proeza”. En todo Chile había unos 20.000 aparatos de TV.

Todo era más elemental cuenta este atlante del periodismo. “No existía el centro de prensa, solo una oficinita donde se repartían boletines informativos. Cada uno trabajaba en el cuarto de su hotel. Igual, éramos unos pocos periodistas. Pero la organización fue excelente, nada faltó. Y no había restricciones al periodismo. Uno tenía a su merced a Pelé, Di Stéfano, Garrincha, Puskas, Sívori, para entrevistarlos el tiempo que quisiera”.

En Chile apareció el primer tema dedicado al evento: El rock del Mundial, interpretado por el grupo local Los Ramblers. La ceremonia inaugural, previa al cotejo Chile 3 – Suiza 1, fue básica: se izaron las banderas de ambos países y a jugar.


“Era todo muy modesto, muy distinto a la fastuosidad de los mundiales modernos —narraba El Veco—. Íbamos a Viña del Mar a ver Brasil-España y la guagua que nos llevaba se rozó con un camión, tuvimos que parar y llegamos al partido sobre la hora. El palquito de prensa era un pañuelo, no había más lugar, y don Pedro Fornazzari, jefe de prensa del Mundial nos ofreció ubicarnos dos sillitas junto al tejido. Gracias a esa circunstancia vi el partido a 2 metros de Helenio Herrera, entonces técnico de España, y escuché todas sus indicaciones”. ¡Dos sillitas junto al tejido…! Suena hasta gracioso.

Y soltó una de sus imperdibles anécdotas: “Helenio fue el primer divo de la dirección técnica. Patentó la función. Era un vivo bárbaro. El lateral izquierdo español era Gracia; Garrincha lo estaba pasando por aire, mar y tierra. Y Helenio, como si nada, le gritaba a Gracia: <<Es tuyo… Ya lo tienes… Mañana el mundo hablará de ti…>> Gracia lo botó diez veces fuera de la cancha, pero igual Garrincha mandó dos centros y fueron dos goles de Amarildo. Chau, España”.

Las crónicas hablan de que hubo una violencia exagerada en el juego, muy mal controlada por los jueces. Al tercer día de competencia había treinta jugadores lesionados. Muchas lesiones y roces. Pero nada como el partido Chile 2 – Italia 0, en el que hubo agresiones salvajes. Alfredo Di Stéfano fue a la Copa con la selección española pero no pudo jugar por una seria afección estomacal y Pelé llegó lesionado a Santiago. Lo contó en su libro Mi legado. “Ya estábamos cerca de partir para la Copa. Se programaron cuatro partidos de preparación previos. Al terminar el primero sentí un dolor en la ingle y no le di mayor importancia, pensé que al día siguiente pasaría. Pero luego se convirtió en una puntada. El doctor Gosling me preguntó: ‘¿Puedes entrenar?’. La sangre se me heló y mentí. El preparador físico Amaral había dicho: ‘Hombre que no entrena, no juega’. Así que respondí que podía. Fue un error. En el segundo partido, ante Checoslovaquia, no daba más del dolor y tuve que salir. Me perdí el resto de la Copa”.

Brasil fue casi con el mismo plantel campeón de 1958, todos con cuatro años más, y lo sintió. Ganó su segundo título con lo justo. A falta de Pelé, Garrincha se puso el traje de Superman y Amarildo reemplazó tan bien al Rey que lo contrató el Milan. La final fue Brasil 3 – Checoslovaquia 1.

“Fue un lindo Mundial el del 62, con grandes estrellas. Bobby Charlton, Sekularac, Puskas, Garrincha. Entonces no había presiones de ninguna naturaleza, el que era bueno lo demostraba, jugaba tranquilo. También hay que ser sincero: antes se marcaba mucho menos. Por eso aquellos monstruos podían hacer esas cosas asombrosas”, cerró El Veco.

Suecia ’58 alumbra un genio: Pelé

Hasta llegar el nuevo milenio (Corea y Japón 2002), los Mundiales no salieron de Europa o América. El fútbol de alto nivel se circunscribía apenas a la UEFA y la Conmebol. Todo lo demás eran expresiones muy menores.

Por eso se turnaban en la organización de las Copas del Mundo. Después de Suiza ’54, le tocaba a América del Sur hospedarla. Y a Argentina en especial, que la venía reclamando de largo tiempo atrás.

Argentina es el octavo país más grande del mundo, el más futbolero y la primera asociación fuera de Europa afiliada a la FIFA; no obstante, sus desencuentros con la entidad matriz duraron más de un siglo.

Y el Viejo Continente montó su cuarto Mundial, esta vez en Escandinavia. Suecia presentó un amplio listado de 12 estadios, sin gran aforo, aunque modernos. Ese fue un argumento de peso para ganar la sede.

Se inscribieron para participar 55 países (récord), lo que da una pauta: la pasión por el fútbol aumentaba y los Mundiales comenzaban a ser un evento universal esperado con alta expectativa.

Que en Suecia recibiría un envión de popularidad excepcional. Hubo sorpresas entre los 16 participantes: quedaron fuera dos bicampeones mundiales, Italia y Uruguay.

También faltaron Bélgica, Holanda y España, pero aún no eran lo que son actualmente. Y por primera y única vez compitieron las cuatro unidades políticas del Reino Unido: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. También hizo su estreno mundialista la gigantesca Unión Soviética.

Después de 24 años de automarginarse (28 si contamos con que en 1934 presentó un equipo amateur), volvió Argentina a los Mundiales. Que salió de Buenos Aires con un aire triunfal, pues el año anterior había ganado el Sudamericano de Lima con un fútbol fantástico, y había goleado a Brasil con Garrincha en el campo.

Pero no llevó a ninguna de las estrellas campeonas, pues el terceto central -Maschio, Angelillo y Sívori- había sido transferido en sumas millonarias al fútbol italiano. También Grillo, otro crack. Y no fueron tenidos en cuenta.

Su participación fue tan lamentable que quedó grabada para siempre como “El desastre de Suecia”. Fue eliminado en primera fase, perdió 3-1 con Alemania, que ya se perfilaba como potencia, y 6 a 1 con Checoslovaquia. Los jugadores fueron recibidos en Ezeiza con insultos y monedazos. Pipo Rossi, para reflejar lo mal preparados que estaban, señaló: “Yo tenía reuma, jugaba con un alambre de cobre rodeándome la cintura”.

Dos sucesos se unieron en Suecia para cambiar el curso de la historia del fútbol: en enero de 1957 asumió la presidencia del fútbol brasileño el empresario Joao Havelage, un dirigente histórico, que inyectó orden, planificación, seriedad competitiva.

Sabía que Brasil poseía grandes talentos, pero carecía de organización. Brasil venía de la catástrofe de Maracaná en 1950, y de una deshonrosa eliminación en 1954, con una batalla campal jamás igualada contra Hungría.

El otro punto fue la aparición de Edson Arantes do Nascimento, un muchachito de 17 años que revolucionó el fútbol mundial.

Hasta su aparición, el brasileño era un fútbol considerable, aunque estaba un escalón por debajo del argentino o el uruguayo en el mapa continental; a partir de Pelé se convirtió en el más ganador del mundo. Mejor que eso, en el más admirado, por su estilo preciosista y contundente.

Le quedará a Suecia, para siempre, el honor de haber puesto marco al advenimiento del primer rey del fútbol. Y, en adelante, todos los amantes del juego seríamos sus súbditos.

Europa enloqueció con el chico del Santos, que no jugó los dos primeros partidos. En el tercero, tras un opaco empate 0 a 0 con Inglaterra, el técnico Vicente Feola mandó al campo a Pelé y Garrincha y nació un binomio explosivo.

Con ellos en cancha, nunca perdería un partido la Verdeamarilla. Garrincha era la gambeta impredecible, el desborde, el centro letal, el desequilibrio más absoluto. Pelé era la frescura, la magia, la técnica, el gol. O, para sintetizarlo, el futbolista perfecto. Fue el primer atleta global de la historia.

El fútbol no había sido universalizado aún (eso fue obra justamente de João Havelange, que lo introdujo hasta en los últimos confines del África, el Asia y Oceanía), pero incluso los países más exóticos y no futbolizados reclamaban su presencia de Pelé.

O Rei llevó su encanto y su sonrisa. Reivindicó a su raza, reyes rubios se rindieron ante él. Lo contó en “Mi legado”, su libro autobiográfico: “Durante el Mundial de 1958, los niños suecos solían tocarme la cara para comprobar si no estaba pintado, nunca habían visto a nadie de raza negra; no me molestó para nadao, eso es parte de la inocencia y la pureza de los chicos”. Se transformó en un adjetivo; cuando alguien era muy bueno en algo se decía “Es Pelé”. O en contrario, para reprobarlo: “¿Quién se cree que es, Pelé…?”

El 10 en su espalda conllevó una equivocación generalizada: que ocupaba la función de volante ofensivo; error, aunque no era un 9 de área como Romario o Gerd Müller, jugaba de delantero puro.

Seguramente fue el futbolista más completo de la historia por técnica, clase, temperamento y objetividad. Jamás hizo un firulete de más, todo era para ganar. Tenía el pecho de gomaespuma, lo hundía para docilizar el balón y lo dormía.

En el toque corto, triangulando, fue sensacional, sorteaba la espesura del área con precisión quirúrgica. Sus paredes con Coutinho en el Santos fueron antológicas.

De respetable remate, mejor direccionado que potente, su cabezazo era excepcional: maravillosa elevación, arqueo del torso hacia atrás para dar fuerza al golpeo e impacto perfecto, artístico, con potencia y dirección.

Transformaba su cabeza en un martillo. Sin la misma habilidad o dominio de Maradona o Messi, deslumbraba igual. Era manso si los marcadores mostraban lealtad, si elegían pegar despertaban el carácter indomable de Edson Arantes. A malo, malo y medio.

En su debut ante la URSS, fue victoria 2-0 con dos goles Vavá, pero luego hubo una seguidilla sensacional de Pelé: marcó el 1-0 a Gales en cuartos de final, 3 tantos en el 5 a 2 a Francia en semis y dos más en la final con Suecia, también finalizado en 5 a 2. Seis goles de calidad, aunque se recuerda especialmente el anotado a Gales, una exquisitez. Todo con 17 años.

Suecia no llegó a la definición sólo por ser local. Era un fútbol amateur que pagaba a sus jugadores con trabajos bien remunerados. Había ganado los Juegos Olímpicos de Londres en 1948, fue tercero en el Mundial de 1950 y medalla de bronce en la Olimpíadas de 1952.

Brillaba el célebre trío Gre-No-Li, compuesto por Gunnar Gren, Gunnar Nordahl y Nils Liedholm.

Los tres pasarían casi inmediatamente al Milan de Italia, donde fueron campeones y estrellas, sobre todo Nordahl, quien es el cuarto goleador histórico del Calcio, aunque él no tomó parte del Mundial ‘58.

La selección sueca hizo méritos, venció a México, Hungría, Unión Soviética y tumbó al campeón vigente, Alemania, con un rotundo 3 a 1.

En la final, Suecia no tuvo chance alguna ante un Brasil maravilloso, que no era sólo Pelé y Garrincha.

Didí fue un estratega iluminado, en el medio hubo cátedras de Zito, Vavá era un 9 rápido, rebotero y astuto. Y una defensa muy sólida con Djalma Santos, Bellini, Orlando y Nilton Santos.

Ahí nació la era dorada del pentacampeón, la selección más mundialista de todas. Y el jogo bonito conquistó a todos los públicos.

Nace el milagro alemán

Los mundiales fueron siempre una plataforma de lanzamiento de avances tecnológicos, con los medios de comunicación como mascarón de proa.

Suiza 1954 tiene un honor: haber sido el primero televisado. No a otros países, sí dentro del territorio helvético, mediante el famoso cable coaxil. Suiza tenía en ese momento alrededor de 4′970.300 habitantes, pero pocos poseían un aparato de TV.

La gente se concentraba frente a los comercios que ponían un monitor en sus vidrieras y ahí veían los juegos. Unos pequeños receptores de 15 pulgadas en blanco y negro.

¿Por qué Suiza el anfitrión, si no era una potencia futbolística…? Su célebre neutralidad le permitió quedar intacto después de la guerra, mientras los demás países estaban en reconstrucción o económicamente arruinados.

El pequeño país mediterráneo, 4,27 veces más pequeño que Uruguay, presentó seis subsedes importantes y una notable infraestructura en estadios: Berna, Basilea, Lausana, Zúrich, Ginebra y Lugano. La final se disputó en el Wankdorf Stadium, de Berna, para 64.600 espectadores.

Ese día estaba tan abarrotado que parecía caerse. Hasta la torre del reloj albergaba centenares de hinchas. Se implantó un extraño sistema de competición: cuatro grupos de cuatro, pero solo se enfrentaba a dos de ellos. Ejemplo, Alemania Federal, compartió zona con Hungría, Turquía y Corea del Sur, pero solo enfrentó a los dos primeros.

Uruguay inventó un adjetivo: Maracanazo. Tiene dos acepciones: una para identificar su inmortal victoria sobre Brasil en el Mundial del 50. Otra, para reflejar un triunfo sorprendente, totalmente inesperado, para darle a un batacazo una dimensión colosal. Desde entonces, todo éxito “imposible” es un Maracanazo. Con frecuencia se comete un error de juicio: aquello fue una gesta uruguaya, sí, pero no era en absoluto imposible. Al contrario, Uruguay era más equipo que Brasil.

Y un fútbol más laureado y potente. Para 1950, los Celestes ya eran bicampeones olímpicos, campeones mundiales y reunían ocho Copas América. Brasil apenas tenía tres de estas últimas. La lógica indicaba que podían ganar los Celestes.

Sin embargo, el suceso más increíble de la historia tuvo lugar en aquel Mundial 54. Con un agregado: nunca un éxito deportivo tuvo tanta incidencia en la vida de un país. Nueve años después de la Segunda Guerra Mundial, aunque dividida en tres, Alemania volvía a los mundiales. Por primera vez intervenía como Alemania Federal, sin la parte oriental, la comunista República Democrática Alemana, y sin el Estado del Sarre, por entonces Protectorado del Sarre bajo dominación francesa.

Incluso por la eliminatoria debieron enfrentarse en Alemania Federal y el Sarre pese a que eran la misma nación. Era una Alemania que representaba el 69,65 % de su territorio actual.

El germano no era hasta ahí un fútbol considerable en Europa. Italia, Inglaterra, Francia, Austria, Bélgica, España estaban por encima. Y, por supuesto, la fabulosa Hungría campeona olímpica en 1952 y que en el 53 sacudiera al mundo con su 6 a 3 a la selección inglesa en Wembley.

Alemania estaba vetada de participar del fútbol internacional. Como repudio a los crímenes cometidos durante el conflicto bélico, la FIFA la desafilió, no pudo jugar el Mundial de 1950. Fueron ocho años sin actividad. Los futbolistas germanos no eran conocidos al llegar a Suiza y nadie apostaba un céntimo por ellos.

Una posible coronación germana entraba en el terreno de la ciencia ficción. No obstante, en el debut ganaron 4-1 a Turquía, en ese tiempo un fútbol mínimo. En segundo turno debieron medirse con el mejor equipo del mundo, la Hungría de los Magiares Mágicos, con Puskas, Kocsis, Bozsik, Czibor, Hidegkuti y toda la troupe. Fue un resultado catástrofe:

Hungría goleó 8 a 3. Pero Sepp Herberger, DT de la Mannschaft, como un ajedrecista aventajado, había estudiado varias jugadas posteriores. Puso un equipo suplente para no ganar el grupo.

Más tarde lo explicó: “Tuvimos que perder contra Hungría para evitar en los juegos siguientes a los campeones mundiales uruguayos y a los subcampeones brasileños. Con la autorización del presidente de la Federación Alemana envié al campo a ocho hombres que habitualmente no jugaban o jugaban poco”.

Fue genial. Al perder, Alemania debió disputar un partido más que Hungría, un desempate ante Turquía (volvió a ganarle, esta vez 7 a 1), en cambio los húngaros tuvieron que afrontar dos cruentas batallas ante Brasil y Uruguay. Vencieron a ambos, mas quedaron desgastados.

Y con Brasil se produjo la mayor batahola de la historia de las Copas del Mundo. Hubo tres expulsados, golpes de puño y una trifulca monumental camino a los vestuarios. Hasta botellazos se arrojaron.

El genio del Danubio Ferenc Puskas se ahorró los dos choques porque la tarde del 8 a 3 el defensa alemán Werner Liebrich le propinó una terrible patada en el tobillo que lo mandó al hospital y lo mantuvo lesionado dos semanas. Volvió recién en la final, en la que se reencontró con su verdugo.

De nuevo se verían las caras Hungría y Alemania para decidir el título. Después de aquella salvaje goleada nadie imaginaba otra cosa que la victoria húngara. Alemania, una fuerza menor, debía chocar con el equipo que catorce días antes le había metido ocho. Y sucedió lo increíble…

Apenas había comenzado la final en Berna y a los ocho minutos ya ganaba Hungría 2 a 0. ¿Cuántos más le haría…? ¿Seis, siete…? Aquella Alemania contaba con hombres de buena madera y un espíritu de acero. A los 10 minutos descontó Max Morlock y a los 18 el magnífico Helmut Rahn puso el empate. Allí comenzó otro partido, más parejo.

Y Alemania demostró las virtudes que lo elevarían al grado de potencia. Se debatió palmo a palmo. Sí, Hungría era tremendamente superior en calidad y le creó infinidad de situaciones de gol (Puskas falló dos mano a mano y un remate desde el borde del área impropios de él).

Pero los predecesores de Beckenbauer se defendieron con ardor y faltando 6 minutos Rahn recibió en el área, esquivó a un par de rivales y sacó un zurdazo bajo y esquinado que el arquero Grosics no pudo detener. Golazo a lo Mario Kempes, pues Rahn era zurdo, grandote de físico y de juego similar al argentino.

Parecía un cuento, pero era real, Alemania se había impuesto 3 a 2. Es sin duda el mayor batacazo de la historia de los mundiales. Tras la victoria, la delegación campeona desandó en tren los 430 kilómetros entre Berna y Múnich.

El célebre canciller Konrad Adenauer, líder de la reconstrucción del país, fue a esperarlos a la estación y paseó con ellos por las calles en Mercedes Benz descapotables.

Los campeones fueron recibidos como héroes porque eso eran, héroes civiles para un país que aún buscaba salir del pozo más profundo de su historia. Alemania era un país paria, desacreditado, roto, que intentaba curar heridas y restaurar su economía, su institucionalidad, su prestigio y, sobre todo, su orgullo.

“El fútbol es un fenómeno único -nos dice Jorge Arriola, peruano nacido en Berlín que asistió a catorce mundiales-. Fíjate, está escrito en los libros que el llamado ‘milagro alemán’ nace con la conquista del Mundial del 54. Alemania se sentía aún abatida y humillada por la derrota en la guerra y por el rechazo de las otras naciones, pero ganar el Mundial levantó la autoestima del pueblo y ahí comenzó la reconstrucción, lo hizo revivir”.

A partir de entonces comenzó otra Alemania. También en fútbol.

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