Fútbol de ayer y de hoy

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Historias mundialistas

El gol de todos los tiempos

Era el minuto 34 del segundo tiempo. Se oía un sonido aturdidor, como de mil leones rugiendo al unísono. De pronto, el murmullo, el zumbido ululante de los doscientos mil brasileños que se apretujaban en el flamante cemento de Maracaná se acalló. No hubo orden previa, fue terriblemente espontáneo. Se hizo el silencio más estruendoso de la historia del fútbol, el más inesperado e inexplicable. Alcides Ghiggia, esmirriado pero veloz puntero derecho uruguayo de poco más de cincuenta kilos de peso, aceleró por su punta con el balón en una corrida solitaria que no auguraba clamores, escapó a Bigode, se aproximó al área, se adentró en ella e inopinadamente sacó un disparo bajo y certero que impactó a una nación entera y pareció herirla de muerte. La pelota entró al arco por un mínimo hueco entre las manos del arquero Barbosa y el primer palo. Las redes se sacudieron y el país, el gigante amazónico, se estremeció. No había televisión, unos setenta millones de brasileños se mantenían informados por la radio y esos doscientos mil -en rigor 203.849 según cálculos oficiosos- lo palpitaban en las tribunas del coloso recién construido. Los ruidos de las calles cesaron, los gritos en las casas se apagaron, los pájaros pararon su canto y todo semejó a un dramático mutismo nacional. Como si alguien hubiese tirado del cable y se hubiera desconectado Brasil. Lo que hasta unos minutos antes era fiesta se convirtió en pavor. 

Fue el 16 de julio de 1950. Brasil perdía 2 a 1 ante Uruguay. Se le resbalaba por una cruel alcantarilla el título mundial que debía ser un mero trámite. Y se le escurría ante un país que es 48,32 veces más chico. No podía ser cierto, eso no estaba sucediendo, no entraba en los libretos de nadie. Simplemente era una pesadilla de la que despertarían luego para celebrar la conquista. Brasil sería CAMPEÃO DO MUNDO, como decían los diarios, ya impresos desde la mañana para ir ganando tiempo. 

“Se podía escuchar a alguien tosiendo, o el sonido de papeles que levantaba el viento, el silencio era total”, contó el autor de la proeza muchos años después. Los mismos jugadores uruguayos, tras celebrar moderadamente el gol que los ponía a ganar 2 a 1, sintieron escalofríos de estar frente a una multitud completamente muda. Nunca, ni antes ni después, se congregó tal muchedumbre en un estadio de fútbol ni de ningún deporte. Nunca un silencio retumbó tanto. Causaba miedo. Las lágrimas no hacen ruido al caer, pero decenas de miles lloraban sordamente.

“El público, que hasta ese momento había producido un ruido fenomenal, quedó consternado. Se produjo un silencio de pánico en todo el estadio que paralizó a los jugadores brasileños. Si ni siquiera me tiraron un centro… No avanzaron más”. El testimonio pertenece al arquero celeste Roque Máspoli, a quien entrevistamos en el hotel Guaraní, de Asunción, en 1999.

En ese mundial aparecieron los números en las camisetas y le tocó a Alcides Edgardo Ghiggia ser pionero del 7, que luego lo llevaría en su espalda una dinastía de genios del fútbol como Garrincha, Jairzinho, George Best, Jimmy Johnstone, Grzegorz Lato, René Houseman, Cristiano Ronaldo. El puntero que en ese entonces militaba en Peñarol tiene una curiosa estadística: jugó una sola vez en Maracaná y marcó el gol más relevante de la historia. Sólo disputó cuatro partidos mundialistas y en los cuatro convirtió un gol. 

Llegó la hora de la verdad en Maracaná y, al asomarse por el túnel al campo de juego, los futbolistas uruguayos quedaron impactados del infernal griterío. “El sonido que emitía la gente era tan fuerte que parecía que el estadio se vendría abajo”, recuerda Ghiggia. “Obdulio (Varela) tuvo un excelente plan; cuando íbamos a salir a la cancha, el capitán nos hizo esperar a que saliera primero la Selección Brasileña. Entonces, cuando salieron ellos, simultáneamente salimos nosotros para que no nos pudieran silbar y así salir entreverados con la ovación y los aplausos que el público le dedicaba a Brasil”.

El primer tiempo, ante la sorpresa general, se fue sin goles, con lo cual hasta ahí era campeón el local. Pero a poco de comenzar el segundo, gol de Brasil, por tiro cruzado de Friaça, puntero del São Paulo. Si antes del choque se tenía la seguridad total de que Brasil sería campeón, la ventaja en el marcador era la rúbrica definitiva. Uruguay necesitaba dos goles. ¿Cómo iba a lograrlo…? Imposible. Tras producirse la conquista, Obdulio puso el balón bajo el brazo y fue a reclamar al juez de línea una posible posición fuera de juego del autor. Pidió un intérprete. La larga conferencia con el banderín acalló a la multitud. El gol fue validado por el árbitro inglés George Reader, pero el capitán bajó los decibeles de la emoción. “El objetivo de Obdulio era perder un poco de tiempo para calmar el ímpetu brasileño. Sabía que si sacábamos enseguida nos hacían media docena”, reflexionaba Ghiggia en entrevista al periodista argentino Juan Vasle, para su libro Patear es humano, gambetear es divino.

Ghiggia, cuya virtud primordial era la velocidad, preparó el primer gol. Su testimonio, relatado al mismo Juan Vasle: “Fue una pelota larga por la derecha que me lanzó Obdulio Varela. Eludí a Bigode y me escapé en diagonal hacia el arco. A la carrera se la pasé hacia atrás a Schiaffino, que llegaba como entreala derecho. Juan la empalmó de primera como venía y la clavó en un ángulo. Era muy difícil que el golero la sacara. El estadio quedó congelado y los jugadores brasileños, fríos. Si bien con el empate eran campeones, no reaccionaron. Ahí vimos que se les podía ganar”. 

Iba el minuto 66 y estaban 1 a 1. El ruido ensordecedor del público amainó un poco, pero enseguida se retomó, Brasil seguía siendo campeón con la igualdad. Sin embargo, los celestes ya estaban agrandados. Y está claro que esa epopeya la gestó el carácter. Brasil, en cambio, comenzó a desmoronarse. Y a once minutos del final llegó lo que nadie podía siquiera imaginar, el gol inmortal, cuya repetición vemos una y otra vez y no nos cansamos.

“En el segundo gol me junté con Julio Pérez, mi compañero de ala. Yo me retrasé un poco, lo atraje a Juvenal, Julio me pasó la pelota y cuando el defensor me encimó, se la devolví. Hice casi el mismo recorrido que en el primer gol. La recibí en profundidad. Creo que Barbosa pensó que iba a centrar de nuevo. Se corrió un poco al medio para salir a cortar y me dejó el espacio justo para enviársela contra el primer palo. No es cierto que la tirara mordida, le di de rastrón con toda la potencia del empeine derecho”. El testimonio del héroe del Maracanazo, término convertido en sustantivo, en sinónimo de hazaña, de sorpresa mayúscula, de catástrofe. El destino tenía preparado para este arquetipo del antiatleta el gol más relevante de la historia. Por suerte no había VAR, que tal vez hubiese hurgado en cualquier imperfección reglamentaria para anular ese gol diluviano, apocalíptico. Pero la pelota entró y no hubo más que validarlo. 

“Los últimos once minutos fueron tranquilos. Teniendo en cuenta que era locatario y que estaba perdiendo, Brasil nunca reaccionó. No pasamos sobresaltos. Nuestra defensa estaba bien plantada. Yo quería hacer el tercero, pero nuestro técnico me mandó a decir a través de un fotógrafo uruguayo que tenía que bajar a ayudar”. 

Hubo millones de goles en el fútbol, Ghiggia los juntó a todos en uno. Ese.

Épica, gloria y drama

 causa de la Segunda Guerra, el tren de los Mundiales había pasado de largo las estaciones de 1942 y 1946. Volvía la fiesta y el fútbol trataba de recomponerse. Las potencias eran Europa y Sudamérica. Pero Europa recién terminaba de juntar sus escombros y aún padecía estrecheces económicas de todo tipo. La gente emigraba hacia América. En contraposición, Brasil era un coloso que buscaba despegar como potencia, la Copa del Mundo de 1950 era la vidriera perfecta para exhibir su prosperidad y su fútbol artístico, el célebre jogo bonito protagonizado por tantos talentos. En esa búsqueda de integración y reconocimiento internacional como nación había participado de la guerra junto a los aliados y habían ganado. Para darle marco a todo ello se edificó el Maracaná, un estadio descomunal para la época. Debía ser el templo de la alegría, lo fue de la tragedia. Porque hasta hubo suicidios por aquella derrota. Como el Titanic, el Maracaná fue ideado de tal belleza y grandiosidad que impresionara a todos, especialmente a los jugadores visitantes. Que se sobrecogieran al ver la inmensa mole, esa era la idea. Pero, al igual que el barco más grande y lujoso jamás conocido, tuvo un estreno catastrófico.

 Nunca una selección gozó de tanto favoritismo para lograr un Mundial como Brasil en ese 1950. La Selección Brasileña, al comando de Flavio Costa, había conquistado un año antes la Copa América de manera apabullante. Y para entonces, quien se adjudicaba el torneo continental era alto candidato al título del mundo. Brasil había goleado en el Sudamericano a Ecuador 9-1, a Bolivia 10-1, a Colombia 5-0, a Perú 7-1, a Uruguay 5 a 1 y, en el último juego, a Paraguay 7-1. Una aplanadora con un promedio de gol jamás igualado en la Copa de 5,75 por juego. Eso le granjeó la chapa de invencible. Eso y su condición de local convencieron al planeta entero de que sería imposible arrebatarle el título. Añadido a ello, los europeos recién retomaban las competiciones tras la guerra.

Italia, el último campeón, había perdido su base el año anterior al estrellarse el avión del Torino, accidente en el que murió el plantel completo. El Toro ya había ganado cuatro scudettos consecutivos y estaba a punto de conquistar el quinto cuando aconteció la tragedia. Tan bueno era aquel Torino que diez de los once jugadores de la selección Azzurra militaban en el equipo granate. Tenía motivos de sobra para desertar, sin embargo, en un acto de hidalguía, Italia se hizo presente. Fue la única delegación que viajó en barco y no en avión, a causa de la aprensión que aún generaban los vuelos tras el desastre sufrido por el Torino. 

Estaban pues, Italia, Inglaterra, España, Suecia, Yugoslavia, nombres de honda tradición. Brasil se estrenó con un plácido 4 a 0 sobre México en la inauguración del Maracaná, el 24 de junio de 1950. Y como para reconfirmar las predicciones de que sería imbatible, a los cinco días se produjo un resultado catástrofe de quien debía ser su principal rival: Inglaterra. A poco de debutar, la selección inglesa sufrió la derrota más humillante de su historial frente a Estados Unidos, donde el fútbol era un exotismo practicado apenas por inmigrantes italianos. El de los americanos era un equipo amateur, con futbolistas reclutados de todas partes. Había veteranos de guerra, profesores, embalsamadores, taxistas. Solo habían disputado un partido de preparación juntos antes de llegar a Brasil. Su triunfo en la Copa del Mundo se pagaba 500 a 1. Un muchacho de Haití llamado Joe Gaetjens, que trabajaba lavando platos en un restaurante del Harlem, en Nueva York, marcó el gol del oprobio inglés.

Brasil tuvo un resbalón en su segunda entrada: empató 2 a 2 con la modesta Suiza. Pero enseguida se repuso venciendo a Yugoslavia 2-0. Con ello ganó el grupo y pasó a la ronda final. Debido a algunas deserciones, el torneo no contó con 16 participaciones, apenas se reunieron 13, por ello hubo cuatro grupos, dos de cuatro equipos, uno de tres y el otro, de dos. En este último sólo estaban Bolivia y Uruguay. Los uruguayos accedieron a la fase posterior goleando 8 a 0 al débil combinado boliviano. Total, que a la fase definitoria llegaron Brasil, Suecia, España y Uruguay. El número de equipos -13- obligó a cambiar el sistema de disputa. Por primera vez no habría final. Esos cuatro jugarían todos contra todos por puntos y el primero se consagraría campeón. 

Brasil pisó a Suecia 7 a 1 y arrolló a España 6 a 1. Arribó a la última jornada, el 16 de julio, con 4 puntos, uno más que Uruguay, que había vencido angustiosamente a los suecos 3-2 y igualado apenas con los españoles 2-2. Con apenas empatar en casa, frente a su gente, Brasil levantaría la anhelada Copa Jules Rimet. Luego de mostrar tan fabuloso poderío, parecía imposible cualquier resultado que no fuera una goleada del anfitrión. El favoritismo era de 100 a 1. La Seleção repetía lo hecho en la Copa América del año anterior: era una máquina de gol. Ademir, Zizinho, Jair, Chico, Baltazar eran delanteros incontenibles.

En toda esa montaña de euforia desbordada hubo un olvido que pasó de largo: el carácter de los uruguayos. En 1999 entrevistamos en Paraguay a Roque Máspoli, el arquero del Maracanazo, nos contó un pequeño episodio que ilustra el modo en que encararon aquel juego: “A los cinco minutos, el Mono Gambetta trabó con todo contra un brasileño, ganó el duelo, pasó la pelota limpia a Obdulio Varela y gritó fuerte, para que lo escucháramos todos, compañeros y rivales: ‘Vamos, que estos no nos pueden ganar’”.

El técnico Juan López llevó en todos los puestos jugadores de probada moral. López era un hombre sagaz, extraordinariamente querido por sus dirigidos, lo cual siempre da un plus a cualquier equipo. Emanaba autoridad desde su bonhomía. Y sabía plantear el juego. No se ponderó su capacidad.

“Por la mañana de ese domingo de la final, hablamos entre los jugadores, analizamos el partido y estábamos convencidos de nuestro potencial. Yo estaba seguro de que, si Brasil nos ganaba, a lo sumo podía ser por un gol, no más. Es que teníamos una defensa extraordinaria. Y cuidado, que pudimos haber ganado por mayor diferencia que ese 2 a 1. Nosotros fallamos dos goles, uno Míguez y otro yo. ¡Yo erré un gol…!” Nos lo dijo Juan Alberto Schiaffino en su casa de Punta Gorda, su barrio montevideano. “Nos teníamos una confianza bárbara”, reconoció Ghiggia en su “Biografía Oficial”, escrita por Fernando Soria.

Llegado el día y la hora, se inició lo que debía ser apenas una burocrática diligencia necesitada de un sellado. Según todos los testimonios, la gritería era tan infernal que semejaba a miles de leones rugiendo al compás. Producía temor. Para completar el idílico cuadro de sueño y esperanza, hubo gol de Brasil, que pasaba a ganar 1 a 0. Sin embargo, remando de atrás, los uruguayos adelantaron líneas, empezaron a inquietar el arco rival y alcanzaron el empate. El diminuto puntero Alcides Ghiggia desbordó por derecha, tiró un perfecto pase atrás y Schiaffino la incrustó en un ángulo alto: 1 a 1. Y a once del final, otra vez Ghiggia escapó a Bigode, se internó en el área e inesperadamente sacó un tiro fuerte y rasante que se metió en el arco de Moacir Barbosa. Un puñal hundido en el corazón de un país acallado, confundido, que en un segundo pasó de la felicidad nacional a un estado fúnebre.

Los mundiales y las guerras

Una decisión “a dedo” de la FIFA, y no las bolillas del sorteo del Mundial de España ’82, impidió lo que, con seguridad, hubiese sido el partido de fútbol más apasionante de la historia. El 2 de abril de ese año Argentina invadió sus propias islas Malvinas e Inglaterra, que las mantiene ocupadas, le declaró la guerra. Se enfrascaron en combate y en ello estaban cuando comenzó el Mundial en Barcelona con el juego Argentina-Bélgica. Que pudo o debió ser Argentina-Inglaterra. Ocurrió que Bélgica iba a ser cabeza de serie, con lo cual no enfrentaría a la Albiceleste, pero en la misma mañana del sorteo de grupos (seguramente para evitar un encuentro tan áspero e inoportuno) la FIFA cambió: decidió conceder ese rango a Inglaterra “por ganar el Mundial ‘66 y haber inventado el fútbol”, hechos incuestionables, aunque desfasados. Eso evitó el increíble choque. Porque los cabezas de serie no se enfrentan entre sí.

De haberse dado ese Argentina-Inglaterra mientras libraban una guerra, el mundo habría asistido al evento deportivo con mayor morbo que jamás se hubiera imaginado. Y ello sin contar la rivalidad histórica entre ambas naciones, en fútbol y demás ámbitos. Sin embargo, el sorteo quiso que se vieran las caras cuatro años después, en México ’86, cuando Argentina se impuso 2 a 1 con los célebres goles de Maradona, el de la Mano de Dios y el otro en el que se gambeteó hasta a la reina Isabel.

La decisión de la FIFA de excluir a Rusia del Mundial de Catar y ahora del de América del Norte por su invasión a Ucrania trajo a colación las repercusiones deportivas que los distintos conflictos bélicos ocasionaron en los Mundiales de fútbol. El primer coletazo fue en 1916. Aún no existían los Mundiales (comenzaron en 1930), el torneo ecuménico de fútbol era el de los Juegos Olímpicos. Tocaba disputarlo dentro de las Olimpíadas de 1916 en Berlín (nada menos), pero fueron anulados a causa de la Primera Guerra Mundial, de la que justamente Alemania fue su propiciador.

Bolivia y Paraguay habían disputado en Uruguay el primer Mundial, pero en 1934 ni tiempo tuvieron de pensar en asistir a la segunda edición, en Italia: estaban trenzados en la terrible Guerra del Chaco (1932-1935). No sólo no competían sus selecciones, tampoco había torneo nacional. Más que eso, el tradicional club The Strongest aportó al ejército boliviano un batallón completo de 600 combatientes compuesto por sus jugadores del primer equipo, dirigentes y socios, lo cual es reconocido como una gesta nacional. Ganaron una recordada batalla en Cañada Esperanza y en homenaje se la denominó Cañada Strongest.

España ya había demostrado ser una fuerza considerable en los Olímpicos de 1920 (fue subcampeón), pero no pudo participar del Mundial de Francia 1938 por hallarse en plena guerra civil (1936-1939), una de las contiendas internas más graves de la humanidad. Tampoco Austria, ya clasificada, participó como Austria, pues había sido anexada por Alemania. Hitler ordenó que jugara un equipo mixto entre alemanes y austríacos.

La atroz Segunda Guerra Mundial arrastró en su curso de muerte y destrucción las Copas del Mundo que debieron disputarse en 1942 y 1946, anuladas para siempre. El torneo regresó recién en 1950 en Brasil. La FIFA celebró que se realizara en Sudamérica y no en Europa, que aún buscaba reponerse de los estragos bélicos. Brasil vivía en paz y en moderado progreso. Preparó para la competencia el grandioso Maracaná y la ausencia de Argentina le permitía pensar con cierta seguridad en coronarse, pero apareció la gloriosa Celeste uruguaya y le arrebató el sueño. Costó reinstaurar la magna competición: sólo 13 equipos se presentaron en Brasil. Y algunos de ellos como invitados.

Alemania y Japón, las potencias del Eje, estuvieron imposibilitados de intervenir. Ambos estaban en ruinas, no se puede jugar entre escombros. Aparte de ello, la FIFA los había expulsado como miembros en castigo por el desastre causado. Firmada la paz, en noviembre de 1945 volvió el fútbol en Europa con un amistoso entre Suiza e Italia en Zurich. Las autoridades de la FIFA aprovecharon la ocasión para retomar sus reuniones. No lo hacían desde 1941. “La máxima cordialidad ha presidido esta última reunión en la que considero se ha hecho buen trabajo. No ignoran ustedes que Alemania y Japón han sido eliminados de la FIFA y la decisión sobre Italia queda subordinada a la política que, a su respecto, adoptarán las Naciones Unidas”, declaró su presidente, Jules Rimet, al retornar a Francia. Finalmente, a Italia sí se le permitió acudir a Brasil, porque era el último campeón y porque Ottorino Barassi, presidente de la federación italiana, había guardado celosamente el trofeo en una caja de zapatos en su casa para que no lo arrebataran los militares alemanes.

Alemania, aún dividida, retornaría en el Mundial de Suiza 1954 para ganarlo, en lo que se denominó “El milagro de Berna”. La gesta alemana posiblemente no se repita nunca. En los dos Mundiales adónde acudió dividida como coletazo de la Segunda Guerra conquistó el título; 1954, cuando enfrentó la Eliminatoria como Alemania Federal, Alemania Democrática y el Protectorado del Sarre. Y 1974, cuando incluso se midieron las dos primeras con triunfo de la parte comunista.

En las décadas de 1950 y 1960 muchos países de Asia y África no tomaron parte de las justas mundialistas, estaban ocupados en sus guerras de independencia. Eran incluso colonias. Primero nacieron como países libres y luego se afiliaron a la FIFA. 

Causó sorpresa que en México ’86 se presentara Irak mientras sostenía su larguísima guerra con Irán. Y, más curioso, que fuera ésa su única incursión mundialista. En 1994 le fue prohibido a Yugoslavia concursar en EE.UU. ’94. Aún existía como entidad política la Federación Yugoslava, compuesta por Serbia y Montenegro. Pero dado que Serbia desató la Guerra de los Balcanes, fue excluido de la Eurocopa 1992 y no se le permitió ser parte de la Eliminatoria del Mundial ’94.

No obstante, el país más perjudicado de todos por las guerras en relación a los Mundiales fue Argentina, pese a no haber intervenido en los dos grandes litigios Mundiales. Su llamada Época de Oro transcurrió en los años ’40 y comienzos de los ’50. Al no haber torneos en 1942 y 1946, el gran público internacional se perdió de ver a aquellos fenómenos como el Charro Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna, Antonio Sastre, Vicente de la Mata, Tucho Méndez, René Pontoni, Rinaldo Martino, Alfredo Di Stéfano, Pipo Rossi y decenas más. La Copa América era un torneo de élite, quien lo ganaba era potencia universal, como lo había demostrado Uruguay en 1924 y 1928. Y Argentina había conquistado la corona en 1941, 1945, 1946 y 1947. Pero otro suceso ratificaría la demostración de su poderío. San Lorenzo de Almagro, brillante campeón argentino de 1946, fue invitado a realizar una gira por Europa. Deslumbró de tal manera que en España se dijo que el fútbol se dividía “en un antes y un después de San Lorenzo”. El Ciclón goleó 10 a 4 a la Selección de Portugal y 7-5 y 6 a 1 a la de España. Y era apenas una expresión de club del fútbol albiceleste. 

Argentina participó en Italia 1934 con un equipo aficionado mientras cuatro de sus profesionales ayudaron a la Azzurra a conseguir la corona. Luego, la AFA estuvo ausente de los Mundiales durante 24 años. Demasiado tiempo perdido.

Francia 1938, la lección de Vittorio Pozzo

Hombre de sólida formación académica, Vittorio Pozzo estudió idiomas, emigró joven, jugó al fútbol en Francia, Suiza e Inglaterra para luego volver a Italia, contribuir a la fundación del FC Torino y dedicarse a la dirección técnica. A su vasta cultura unía una fuerte pasión por el fútbol, robustecida en su paso por las canchas inglesas. Allí, en largas tertulias con estrategas británicos, se interesó más por la táctica. Fue el precursor de los entrenadores meticulosos, trabajadores, que estaba detrás de cada detalle. Los historiadores se empeñan en afirmar que su Italia de 1934 se consagró casi exclusivamente por la influencia del fascismo de Mussolini, pero la realidad (esa verdad de cemento) dice que la Selección Azzurra era una potencia futbolística indiscutible, la pragmática creación de Pozzo. Entre 1930 y 1938 ganó los cinco torneos más importantes que entonces existían. Campeón de la Copa Europea de Naciones -predecesora de la Eurocopa- en 1930 y 1935, campeón del mundo en 1934 y ’38 y olímpico en 1936.

Italia no poseía grandes estrellas. ¿Cómo lo lograba El Viejo Maestro…? No repetía equipos de un torneo a otro. Quería gente con ilusiones frescas, con el apetito intacto por ganar. Pozzo es el único conductor que hizo doblete en los Mundiales. Del ’34 sólo permanecieron en la formación de 1938 los dos armadores de juego: Giuseppe Meazza y Giovanni Ferrari, los demás, todos nuevos. Lección que no aprovecharon los técnicos campeones que lo sucedieron. Estos volvieron a convocar a quienes los llevaron a la gloria, tal vez por una deuda de gratitud. Lo mismo que hará Lionel Scaloni en Estados Unidos 2026: es un secreto a voces que tiene una prelista con 15 ó 16 nombres que ya estuvieron en Catar 2022. Tal vez Pozzo tuviera la verdad: cuatro años son muchos en la carrera de un futbolista. La mejor prueba tiene nombre y apellido: Diego Maradona. En México ’86 era la bomba atómica, en Italia ’90 se lo vio en color sepia.

En Francia 1938 no estaba Mussolini e Italia reeditó su coronación. Jules Rimet, presidente de la FIFA y creador de los Mundiales, se dio el gusto de llevar la Copa a su país. Y lo logró en tiempo de descuento. Ya soplaban vientos de guerra. Pocos meses después sonarían los cañones y los Mundiales quedarían interrumpidos por doce años.

Tres meses antes del torneo, la Alemania de Hitler se había anexado a Austria y el Führer dio la orden de competir con un equipo mixto: 6 alemanes y 5 austríacos, o viceversa. Fue la única vez en 22 ediciones que dos países fueron representados por uno solo. Jugaron con la camiseta blanca y la cruz esvástica en el pecho, además de tener que hacer el saludo nazi. Aunque Austria era una potencia en esa época y Alemania no, Sepp Herberger, DT alemán, se oponía a esa mezcla. Debió acatar el dictado de Hitler, pero pensaba que no funcionaría. Y tenía razón: Alemania quedó fuera en octavos de final al caer ante la débil Suiza por 4 a 2 en partido desempate. Una pequeña nación de 4 millones de habitantes había eliminado a otra de 60.

El Mundial debía jugarse en Sudamérica por el principio de rotación, como se había estipulado en 1929 al crearse el campeonato. Y Argentina había solicitado ser sede, pero fue desestimada. Esto enojó a las autoridades de la AFA, que decidieron no concurrir en protesta. Uruguay seguía ofendido por la escasa afluencia europea a su Mundial de 1930 y tampoco acudió (aunque Francia sí participó en Montevideo). Una tontería. Creían que debilitaban el torneo, pero a nadie le importó. El fútbol argentino ya era muy fuerte y es posible que hubiese peleado el título, en todo caso se lo perdió. Luego, cuando llegó la era dorada del fútbol gaucho, los años ’40, sobrevino la Segunda Guerra Mundial y se cancelaron los Mundiales. Y posteriormente se ausentó de nuevo en 1950 y 1954. En total se aisló durante 28 años. Demasiados errores.

Francia ya fue un torneo con cierta pompa. Tuvo mucha repercusión mediática y un éxito notable de público. La Federación Francesa ganó un dinero grande, pues entonces no había las exigencias organizativas que se impusieron luego. Presentó diez subsedes: París, Marsella, Lille, Estrasburgo, Toulouse, Reims, Burdeos, El Havre, Antibes, Lyon. La final se escenificó en el estadio de Colombes, un suburbio parisino donde Uruguay se había consagrado en los Juegos Olímpicos de 1924. Aún existe y es propiedad del Racing Club de París.

Se repitió la fórmula del Mundial anterior, bajo el sistema de copa, es decir, sin grupos, por eliminación directa. Como Austria también había clasificado y no ocupó su lugar, el cuadro de competición quedó chueco: fueron 15 contendientes en lugar de 16. Suecia pasó directamente a cuartos de final sin jugar, donde aplastó a la debutante Cuba por 8 a 0. Cuba llegaba de dar un campanazo al eliminar a Rumania. Francia 1938 fue un certamen con muchos goles, a una media de 4,6 por juego. Y en la primera jornada se dio una tormenta ofensiva: Brasil 6 – Polonia 5, con tres goles del famoso Leónidas de un lado y con cuatro de Willimowski del otro. En Brasil la prensa sostenía que en Polonia jugaban con pelota cuadrada, pero Martim Silveira, capitán de los posteriores quíntuples campeones decía, enojado: “Cuando vuelva a Brasil y me digan que Polonia no puede jugar les escupiré en la cara. Los polacos tienen un jugador que vale oro: Willimowski”.

Brasil, que aún no era la Canarinha pues jugaba con camiseta blanca, presentó como novedad una mayoría de jugadores afrodescendientes. Mejoró su biotipo y se convirtió en candidato al título. Siguió su camino ante Checoslovaquia. El duelo fue denominado “La batalla de Burdeos”, pues se registraron acciones brutales. Igualaron 1-1 y se obligaron a un desquite en el que Brasil salió airoso 2 a 1. Pero a las 48 horas debía enfrentar a una Italia con dos días más de descanso y que llegaba tras un triunfazo sobre el local, Francia, por 3 a 1.

La soberbia, como el crimen, no da dividendos. “Para ganarles a los italianos no necesito a Leónidas, a Tim ni a Brandao”, declaró Ademar Pimenta, entrenador brasileño. Reservó a sus tres figuras para la final. A la que nunca llegaría: Italia lo venció 2 a 1. Fue la primera decepción mundialista de Brasil, al que le esperaría aún el golpe del Maracanazo.

En la final, la Squadra Azzurra se topó con la que se iniciaría como nueva fuerza futbolística internacional: Hungría. Al igual que sucedió con Uruguay, no existe una explicación lógica de por qué un país pequeño se erige en una potencia deportiva. Hungría asombraría con jugadores geniales como Puskas, Cizibor, Kocsis y un estilo artístico y superofensivo. Los técnicos húngaros eran reclamados de muchos países pues se los consideraba adelantados al resto. Esto duraría hasta que la generación de los Magiares Mágicos escapara del régimen comunista a fines de los ’50. Italia, con un Silvio Piola fantástico, ganó 4 a 2 a Hungría y cerró un ciclo de oro. En este torneo no pudieron hablar de Mussolini ni de arbitrajes, la Azzurra batió sucesivamente a los mejores: Noruega (había sido la sensación en las Olimpíadas de 1936), Francia, Brasil y Hungría. Inobjetable. Vittorio Pozzo daba mucha importancia a una defensa firme, pero sin dejar de pensar en el ataque, para el cual alistó en cada partido a un trío brillante: Meazza, Ferrari y Piola, elementos hábiles y con gol. Los dos primeros, del Inter, el tercero, de la Lazio. La Italia actual, eliminada en primera fase en 2010 y 2014, ausente en 2018 y 2022, está muy lejos de aquella.

Del balón con tiento al salto tecnológico

Pese a la desconfianza y el desdén con que los europeos miraron siempre a Sudamérica, el estadio Centenario, inaugurado durante el Mundial de 1930, impactó a los llegados del Viejo Mundo. Se asombraron. Era un escenario colosal para la época, el primero cilíndrico y con capacidad para 80.000 personas. Constituyó la primera gran novedad aportada por los Mundiales, ésta en materia arquitectónica. Luego vendrían cientos más, de diversa índole. Desde entonces, el fútbol ha tenido una transformación gigantesca. No da para decir que ahora es otro deporte, pero casi…

En aquel 1930 y hasta 1938 se jugó con la antigua pelota con tiento. El tiento era ese grueso cordón de cuero que cerraba el balón aprisionando una vejiga de goma. Eso hacía que muchos jugadores de la época usaran boina, sobre todos los defensas, para rechazar de cabeza y no lastimarse con el tiento. Aparte, por el tiento le entraba agua los días de lluvia y la bola se ponía muy pesada. Tres amigos argentinos de Bell Ville, la ciudad de Mario Kempes, inventaron la pelota actual, con cámara de goma y cierre cosido, que eliminó el tiento y le dio redondez perfecta. Luis Polo, Antonio Tossolini y Juan Balvonesi crearon en 1931 el nuevo balón, que debutó en cancha de Boca en 1936, pero a causa de la Segunda Guerra recién se presentó universalmente en el Mundial de Brasil en 1950. Fue un avance notable. En Argentina ’78, Adidas revolucionó el diseño de la herramienta con el balón Tango. Y en España ’82, al mezclar el cuero con poliuretano, se estrenó el primer esférico totalmente impermeable. Gracias a ello mantiene su peso al no absorber el agua.

En ese torneo de 1950 aparecieron los números en las camisetas, con lo cual se identificaron los puestos. El volante derecho pasó a ser “el 8”, el puntero izquierdo “el 11” y todos así. Esto facilitó al periodismo, y sobre todo a los hinchas, poder individualizar mejor los jugadores. El 10 se convirtió en símbolo de talento, de estrella, y ello porque lo usó Pelé en Suecia 1958 y a partir de él los grandes cracks utilizaron ese número.

Debido al desaire europeo al primer Mundial organizado en Uruguay, el torneo se realizó por invitación y aceptaron participar sólo 13 selecciones. Ya para Italia 1934 se inscribieron 32, por lo que se pusieron en marcha las Eliminatorias. Esa vez se jugaron sólo en Europa. La clasificatoria sudamericana comenzó en 1954. Hasta 1978 se jugó con 16 equipos, pero como en cada edición aumentaba la cantidad de inscriptos, en España ’82 se pasó a 24, en Francia ‘98 a 32 y ahora serán 48. Para Rusia 2018 se anotaron las 211 asociaciones miembro de la FIFA, récord.

La televisación de los partidos mundialistas se inició en Suiza 1954, pero dentro del país; aún no existía la manera de transmitir al exterior. Eso comenzó en México ’70, cuando se emitieron las alternativas en directo, vía satélite, a todo el globo. Ahí mismo se dieron los primeros partidos en color para aquellos países que disponían de ese sistema.

Ese campeonato en México fue extraordinariamente innovador; introdujo dos elementos sustanciales: las tarjetas -amarilla y roja- y los cambios. Seguramente influyó que, en 1966, cuando Pelé se retiró lesionado del choque ante Portugal, Brasil quedó con diez y flotó una sensación de injusticia. Fue víctima de una entrada excesivamente recia de Morais -no sancionada- con el agravante de que su equipo no podía reemplazarlo. Por eso se instauraron los dos cambios por equipo. La Unión Soviética fue pionera en ambos rubros. El ucraniano Víctor Serebrjanikov fue el primer reemplazado de la historia mundialista (¿se habrá ido mascullando rabia…?). Y otro ucraniano, Anatoli Byshovets, recibió la tarjeta amarilla inaugural. Para la roja hubo que esperar al siguiente Mundial: recién en 1974, el habilísimo puntero chileno Carlos Caszely vio la roja directa jugando frente a Alemania. “Berti Vogts me pegó 25 patadas, devolví una y me echaron a mí. Y tampoco era para roja”, se queja todavía Caszely.

La notable idea de implementar las tarjetas, para eliminar las barreras idiomáticas, fue del árbitro inglés Ken Aston, mundialista, quien dirigió el tristemente célebre partido Chile 2 – Italia 0 en 1962, denominado La Batalla de Santiago, tal vez el partido más violento de las copas del Mundo. Aston iba en su auto, paró en un semáforo, vio las luces y se le prendió la lámpara cerebral. Dijo: “Amarilla, advertencia; roja, no siga”.

A raíz de la implementación de las sustituciones en los equipos, se tuvo que pensar en un elemento hasta allí desconocido: los bancos de suplentes, una estructura nueva. En los años cuarenta, cincuenta, sesenta, en las copas América, en las que sí se permitían cambios, los jugadores que no eran titulares se sentaban o se recostaban en el césped, entre la raya de cal y el alambrado que separaba de las tribunas. Luego se les proporcionó el banquillo al aire libre y posteriormente con techo de visera para evitar agresiones de los hinchas.

En materia reglamentaria hubo variantes sustanciales. En Estados Unidos 1994 se creó el área técnica para que los técnicos pudieran pararse y dar indicaciones. También la figura del cuarto árbitro para ayudar al juez principal en todo lo relativo a cambios y manejo de situaciones más allá de los límites del campo como la hora, las tarjetas, el control de los entrenadores y auxiliares, etcétera. Allí mismo se puso en marcha la medida cumbre que tuvo un efecto fenomenal sobre el juego: los 3 puntos a la victoria. Fue un éxito rotundo y al año siguiente se extendió a todos los certámenes del mundo.

En ese torneo de 1994 por primera vez una final se definió por tiros desde el punto del penal, al empatar 0 a 0 Brasil e Italia. Quiso el destino que Roberto Baggio, quien hasta ahí era la estrella de la Copa junto con Romario, lanzara el último penal muy arriba y dejara la corona en manos de Brasil. De haber convertido y ganado Italia, seguro lograba su segundo Balón de Oro consecutivo. Ya lo había recibido en 1993. La definición por penales se estrenó en los Mundiales en 1982, en el histórico Francia 3 – Alemania 3, quizás uno de los más emotivos de todos los tiempos. Habían igualado 1-1 en el lapso reglamentario; fueron al alargue y en ocho minutos Francia, de sensacional actuación, se puso al frente 3-1. Pero Alemania, fiel a su historia, no se entregó y logró igualar 3 a 3. Debieron ir a los lanzamientos y ahí se impuso el cuadro de Rummenigge sobre el de Platini 5 a 4.

En Brasil 2014 se instituyó el chip electrónico en los arcos para evitar los goles fantasma. Esto, a raíz del increíble gol escamoteado a Inglaterra frente a Alemania en el Mundial anterior. La pelota entró al menos 60 centímetros, pero el árbitro uruguayo Jorge Larrionda, a instancias del línea Mauricio Espinosa, no lo convalidó e hizo seguir el juego. El escándalo llevó a implementar el ojo electrónico en la línea de meta. También en Brasil apareció el aerosol para marcar la distancia en los tiros libres. Hubo cantidades de modificaciones más. En Rusia 2018 debutó el VAR con la ilusión de que hiciera justicia. Como todas las innovaciones, fue vituperado al inicio, luego se asentó y ahora nadie aceptaría que no haya VAR en un partido mundialista. Sería ridículo. Hay una realidad innegable: a lo largo de la historia, todos los cambios fueron criticados, incluso ironizados, pero todos funcionaron y mejoraron el fútbol.

Italia, bajo la sombra de Mussolini

En 1930, cuando ningún país se atrevía a organizar un Mundial de fútbol, Uruguay levantó la mano y dijo “yo”. Le cabe el mérito eterno de haberse atrevido a poner en marcha esta fascinante historia. Era un paisito de 1.875.000 habitantes. Pero en 1934 se negó a participar. “Rechazamos el régimen fascista que se va a aprovechar de la competición”, adujo en un comunicado. Había otros motivos, velados: fue en represalia porque Italia no había asistido cuatro años antes a Montevideo y porque -esto no lo dijo- la brillante Generación Olímpica ya estaba mustia y temía no estar a la altura. Fue el único de los veintidós campeones que no acudió al siguiente Mundial a defender su título.

En pleno auge del fascismo impuesto por el dictador Benito Mussolini, Italia pretendía retomar el esplendor del Imperio Romano y le interesaba trascender, figurar, promocionar su régimen y marcar un liderazgo político a nivel universal. Por ello, entre muchos otros tópicos, solicitó y obtuvo la organización de la segunda Copa del Mundo, una herramienta fantástica para dicho propósito. Suecia se había postulado también, pero se bajó del tren en el congreso anterior a la elección. Mussolini llevaba más de una década en el poder y buscaba prestigio internacional y legitimidad interna para el fascismo.

La prensa de la época refiere presiones terribles del Duce a los jugadores italianos, y que el Mundial era “ganar o morir”. Pero según Massimo Tecca, magnífico periodista italiano, no fue así. “Se esparció la idea de que ganar era imperativo, sí, pero no hubo amenazas”. En cambio, el periodismo extranjero de entonces hizo hincapié en los arbitrajes, muy favorables a Italia, especialmente en partidos clave contra España y Checoslovaquia. Existen testimonios y documentos que sugieren presiones políticas a árbitros, aunque no siempre hay pruebas directas concluyentes. Mussolini asistió a varios partidos y dejó claro que ganar era una cuestión de Estado. El régimen invirtió mucho dinero en estadios, organización y propaganda. El torneo quedó rodeado de sospechas.

A diferencia de Uruguay, que presentó una sola sede, Italia designó 8 grandes ciudades para apenas 17 partidos: Roma, Milán, Turín, Nápoles, Bologna, Florencia, Génova y Trieste. Mejoró carreteras y preparó estadios importantes para la época. Quería impresionar. Se construyó el estadio Benito Mussolini en Turín (hoy Grande Torino), planificado para 66.000 espectadores. Y la final se escenificó en el coliseo Partido Nacional Fascista, de Roma.

Acudieron, ahora sí, 16 equipos, los que estipulaba entonces el reglamento: 12 europeos, por primera vez un africano -Egipto-, Estados Unidos y finalmente Argentina y Brasil. Sudamérica era el mejor fútbol del mundo, pero participó totalmente disminuido. Uruguay, la máxima potencia de la época, daba un paso al costado. Brasil estaba inmerso en un enfrentamiento entre Río de Janeiro y San Pablo, lo cual generó que participara con un equipo de Río y apenas cuatro del São Paulo FC. Viajó doce días en barco, cayó ante España 3 a 1 y se volvió a casa. Argentina acudió con un equipo amateur y de provincias, perdió 3-2 con Suecia en el debut y también pegó la vuelta rápido.

Por primera vez en la historia se jugó con un sistema totalmente eliminatorio, sin grupos: comenzó con octavos de final y siguió con cuartos, semifinal y final. Ganando cuatro partidos se era campeón. Italia se coronó por primera vez, pero jugando cinco, pues tuvo que afrontar un desempate con España, que nueve décadas después sigue despertando polémica. Fueron dos guerras. Según libros y medios de la época, Italia apeló a un juego excesivamente brusco. El primer choque (nunca tan gráfico el término), llamado La Batalla de Florencia, terminó 1 a 1 y debieron recurrir a un desempate apenas 24 horas después, dado que aún no existía la definición por penales y porque no se podía correr la programación. Con un agregado dramático: la refriega dejó siete jugadores españoles y cuatro italianos lesionados, entre ellos, el célebre Ricardo Zamora, El Divino, considerado el mejor arquero del mundo con diferencia. Zamora sufrió un choque desleal de Schiavio, que le fracturó dos costillas. Once titulares del primer partido, maltrechos, no pudieron protagonizar el segundo.

En la revancha se impuso Italia 1 a 0 con un gol de Giusseppe Meazza tras falta del argentino Atilio Demaría al arquero suplente Bosch. Fue un escándalo mayúsculo. Los jueces de los dos partidos, el belga Louis Baert y el francés Rene Mercet, fueron expulsados de por vida, de sus federaciones y de la FIFA. Tres días después, Italia venció 1-0 a Austria con gol del Indio Guaita, otro argentino, proveniente de Estudiantes. Y en la final, venció 2-1 a Checoslovaquia. Perdía 1-0 hasta faltando nueve minutos y la desesperación en el estadio de Roma era total, pero Mumo Orsi, otro gaucho, el gran puntero de Independiente y la Juventus, marcó el empate y mandó el partido al alargue. Allí, Schiavio señaló la victoria.

También debe decirse: Italia era un equipo fuerte con un técnico excepcional como Vittorio Pozzo. Ya había ganado en 1930 la Copa Internacional de Europa Central, en la cual intervenían las cinco selecciones más fuertes de Europa (exceptuando a Inglaterra, que permanecía encerrada en su arrogancia y estaba fuera de la FIFA): Austria, Checoslovaquia, Hungría, Italia y Suiza. De modo que era una expresión relevante. No obstante, ese Mundial lo subió al podio en el que permanece hasta hoy, pese a su declinación reciente. Al Mundial en casa le sumó el de 1938 en Francia, el título olímpico en Alemania 1936 y otra Copa Internacional de Europa Central en 1935. Todas no fueron por los árbitros o por el fascismo. Tenía fútbol, fuerza y carácter.

No obstante, sin los sudamericanos por delante, a Italia se le facilitó el camino al título de 1934. Y, además, Italia se sirvió de cuatro cracks argentinos y un brasileño para la conquista del título: Orsi, Monti, Guaita y Demaría, que habían sido cracks de la Selección Argentina, y Guarisi, expuntero del Corinthians. Los tres primeros fueron grandes figuras del campeón. Monti resultó el caudillo. Es el único caso de un futbolista que jugó dos finales de Mundiales con dos camisetas y dos himnos diferentes: en 1930 con Argentina y en 1934 con Italia. Era el gran capitán de San Lorenzo y la selección albiceleste. En Montevideo recibió una carta con una amenaza de muerte para él y su madre. Y los datos que le dieron lo convencieron de que esa amenaza era cierta. “No debí jugar, estaba como ausente en el campo, de verdad tuve miedo”, reconoció. Juan Ricardo Faccio, jugador y técnico uruguayo, nos confesó en su casa que su padre, Ricardo Faccio, fue compañero de Monti en la Selección Italiana, pero este nunca lo saludó ni le dirigió la palabra. Y ambos eran mediocampistas. Monti le pasaba el balón, pero no lo miraba. Hasta su muerte no volvió a hablar con un uruguayo después de aquella amenaza recibida antes de la final del ’30.

“La gran vergüenza del fútbol italiano es no haberle dedicado nunca un estadio a Vittorio Pozzo. Lo consideraban un colaborador de Mussolini. Una mentira. No fue fascista. Un hombre mutifacético, que hizo la grandeza del fútbol italiano”, retoma Massimo Tecca. Pozzo fue el Bilardo de los primeros tiempos, pensaba en todo, estaba detrás de cada detalle, apelaba a la psicología para convencer y estimular a sus dirigidos, creaba un clima de armonía. Cuatro años después escribiría otra página de oro.

Del cablegrama al Tik Tok

A mis once años recibí el primer flechazo de los Mundiales. Con Inglaterra ’66 experimenté el deslumbramiento inicial. Volvía corriendo de la escuela y me preparaba para ver, con profunda expectativa, los partidos anunciados para esa tarde ¡pero que se habían jugado dos días antes…! Se transmitían en diferido, era lo que había y se disfrutaba igual. En ese torneo preciosamente británico descubrí mis tres primeros fenómenos de este juego: Bobby Charlton, un zurdo elegante, moderno, veloz, de largo recorrido, con un deslizamiento por el campo como si corriera en patines, que desequilibraba y llegaba al gol merced a un excelente disparo de afuera… de derecha; Beckenbauer, crack de todos los tiempos, que con sólo 20 años pasaba por al lado de los rivales casi ignorándolos, como si fueran hologramas. Eusebio, una auténtica pantera africana, incontenible, con remates furibundos, mortíferos.

 Ver los partidos 48 horas después de disputados y en blanco y negro no nos molestaba en absoluto, los veíamos con gran interés aun sabiendo el resultado. Así se vivía y éramos felices. Era lo más avanzado tecnológicamente. En México ’70 llegó la primera revolución: el satélite. Fue un vuelco en las comunicaciones, un antes y un después. Se televisaron todos los partidos en directo. Recuerdo haber visto todos los de Brasil, los de Perú, varios de Uruguay, algunos de Alemania e Italia. De ese torneo me quedó grabada la habilidad serena de Tostao, los bombazos de Rivelino, el fútbol artístico de Perú. Y, por supuesto, el equipo de los sueños que fue Brasil con todos sus monstruos.

Los Mundiales de fútbol siempre fueron una avant premiere de los adelantos técnicos, en todos los rubros: estadios, balones, botines, indumentaria, pero, sobre todo, en las comunicaciones. Y los periodistas, los encargados de inaugurar esas innovaciones.

El 10 de junio de 1928 el mundo futbolístico -ya numeroso- palpitó la finalísima de las Olimpíadas de Amsterdam entre Uruguay y Argentina. Eran los dos colosos de la época. Una multitud los aclamó en vivo en Holanda. No había televisión ni celulares ni transmisiones radiales interoceánicas. En Buenos Aires, varios miles se aglomeraron frente al palaciego edificio del diario La Prensa, expectantes frente a la vidriera esperando novedades del gran choque rioplatense por el oro olímpico. Un empleado colocó una pizarra con la primera noticia, escrita con tiza: “GOAL URUGUAYO, 1 – 0”. Silencio, desazón. Pero, apenas iniciado el segundo tiempo, el dependiente del periódico retiró el cartel, escribió algo en él y volvió a ponerlo frente al vidrio. Decía “GOAL ARGENTINO, 1 – 1”. La gente estalló en júbilo, se abrazaba…

La información había llegado al periódico mediante un escueto cablegrama. Así eran el mundo y las comunicaciones. Al comenzar los Mundiales, la pasión por el juego se fue universalizando y la creciente popularidad del fútbol obligó a los medios, aun con herramientas primarias, a agudizar el ingenio y esforzarse por dar cobertura y mayores espacios.

En Italia 1934 apareció la radio. Ya muchas estaciones transmitieron los partidos, incluso para Sudamérica. Argentina y Uruguay enviaron periodistas a cubrir las alternativas, aun cuando la Celeste no tomó parte del torneo y Argentina acudió con un equipo amateur.

Una foto muestra a un puñado de suizos, en el centro de Berna, parados frente a un comercio donde un televisor muestra imágenes del Mundial 1954. Fue el primero televisado, pero sólo localmente, no para el extranjero, no había cómo. En ese torneo de Suiza apareció como utilero de Alemania un señor que confeccionaba él mismo los botines para los jugadores de su país: Adi Dassler. Luego fundaría un imperio del calzado y la indumentaria deportiva: Adidas.

Hasta 1938, las delegaciones viajaban en barco al campeonato. Para la Copa de Brasil 1950 ya las selecciones utilizaron el avión, excepto Italia, que, traumatizada por el accidente aéreo donde murió todo el equipo del Torino (1949) se trasladó a Brasil por vía marítima.

¿Cómo enviaban el material periodístico?, le preguntamos a El Veco, coloso del periodismo en Uruguay, Argentina y Perú, quien arrancó su andadura mundialista en Chile 1962. “Fue un Mundial muy casero, no había centro de prensa, cada uno trabajaba en su habitación de hotel. No teníamos télex todavía, escribíamos en esas viejas Remington negras, juntábamos las notas y las enviábamos por avión en un sobre. Era lo más rápido”. La TV seguía siendo en diferido para el exterior. “Recuerdo que un tal Frederici, de Argentina, filmaba los partidos. Por la noche ponía la cinta en una lata y se subía a un avioncito Cessna, cruzaba la cordillera y la llevaba hasta Mendoza. De allí la mandaba a Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas y al día siguiente se emitía por Canal 7. Una proeza”.

En México ’86 aún pasábamos las notas por télex, ese ruidoso armatoste que nos desvelaba. Rogábamos que estuviera libre, que la operadora nos picara la cinta sin irse a almorzar o a hacer otro trámite. Que lo pasara a nuestra redacción y llegara bien… La tensión por transmitir el material era realmente angustiante.

En Italia ‘90 un adelanto que simplificó nuestras vidas: el fax. ¡Qué maravilla! Ya lo habíamos visto por primera vez en México, pero sólo algún colega japonés tenía tal aparato en su redacción y podía transmitir por esa vía. En Estados Unidos ‘94 se despidió el fax y aparecieron las computadoras, aligeradas y perfeccionadas en Francia ’98, en tanto en Corea y Japón 2002 ingresamos en la era de la comunicación inalámbrica, hoy impuesta definitivamente.

En 1930 casi no había enviados especiales. Se publicaban los escuetos informes que mandaban las agencias de noticias, sobre todo Associated Press y UPI. Cincuenta y dos años más tarde las cosas habían cambiado radicalmente y el fútbol reinaba sobre el planeta. Héctor Vega Onesime, director de la revista El Gráfico en los años 70 y principios de los 80, en su libro Memorias de un periodista, describe el operativo para el Mundial ’82, en el cual Argentina defendía el título. “Se dispuso una cobertura con 11 periodistas, 8 fotógrafos, se montaron dos laboratorios para revelado del material, con laboratoristas incluidos, rentamos 10 autos cero kilómetro, un avión Lear Jet y dos apartamentos en Barcelona, elegida como cuartel central de la redacción. A ello se sumaron varias líneas telefónicas, dos circuitos de télex y dos máquinas para transmitir telefotos a color”.

Diego Lucero fue el legendario cronista uruguayo que cubrió los primeros quince Mundiales. Pluma de oro, charlista exquisito, durante las deliciosas tertulias en su casa de La Plata le consultamos cómo mandaba sus artículos en el Mundial de 1934, el primero en Europa. “Por barco -respondió-. Yo escribía a mano o en alguna máquina que conseguía, quince o veinte notas, armaba un paquete, me iba hasta el puerto de Génova o al de Nápoles y las mandaba en algún vapor, que llegaba a Montevideo dos semanas después. En el diario las recibían y las iban publicando de a una, de a dos”.

Era el mundo que había. Las notas tenían tanta frescura como las de hoy pues no se conocía otra cosa y el público las devoraba igual. Brasil 2014 ya fue el Mundial de la instantaneidad total, por la irrupción de las redes sociales. Podemos ir circulando por una calle de Tailandia o estar pescando en un lago del África y enterarnos de un gol y verlo al instante por Twitter, Tik Tok o por el mismo WhatsApp. Es fascinante, ¿qué vendrá después…?

El románticio inicio de los mundiales…

 “El Mundial ya había empezado, pero se jugaba en otras canchas porque el estadio Centenario aún no estaba terminado. El 18 de julio, día de la inauguración del moderno coliseo, se enfrentaron Uruguay y Perú. El público entró en tropel, con gran entusiasmo, pero el cemento en algunas partes aún estaba blando y los hinchas se divertían escribiendo sobre las tribunas leyendas como ‘Vamo’ Uruguay’, ‘Dale Peñarol’… Dibujaban con el dedo sobre el concreto fresco un corazón y le ponían ‘Pepe y Luisa’, cosas como ésas…”

La graciosa anécdota de 1930, ligeramente exagerada para bien, la contó Diego Lucero, inolvidable amigo, genial periodista y escritor uruguayo, condecorado por la FIFA por ser la única persona que asistió a los primeros 15 Mundiales de fútbol. Tiempos pioneros, románticos… y emprendedores. La hipermilllonaria y mediática Copa Mundial que ofrecerá Estados Unidos dentro de 165 días es posible porque en el primer tercio del siglo 20 alguien tuvo la idea de crearla y ponerla en marcha. El planeta no hacía mucho había salido de la primera Gran Guerra, de la que las grandes potencias habían quedado exhaustas. Nadie en Europa quería asumir el desafío de organizar un Mundial, por eso no hubo mayor resistencia a que el anfitrión fuera Uruguay, pequeña nación de la América del Sur de 1.875.000 habitantes (Alemania tenía 65 millones), aunque con tradición de paz y democracia. También porque el diminuto país era la máxima potencia futbolística: venía de vencer en forma extraordinaria en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Deportivamente, le correspondía…

Y Uruguay asumió el reto: “No sólo podemos ser campeones en el campo sino también organizando”. Entre que lo designaron sede el 18 de mayo de 1929 y el comienzo fijado para el torneo quedaban apenas catorce meses. ¡Y Uruguay se había comprometido a construir el estadio más grandioso del mundo…! Las dudas de siempre: ¿llegaría…? Se eligió el lugar -el precioso Parque Batlle y Ordoñez, pleno centro de Montevideo-, un proyecto del arquitecto Juan Scasso y, a toda prisa, en agosto de ese año, comenzaron los movimientos de tierras. No había las máquinas de hoy, era todo manual. Mil seiscientos obreros, en tres turnos, meta pico y pala. Un gentío iba por las noches a curiosear; la impactaban los focos que iluminaban los trabajos. Una vez hechas las excavaciones, se levantó el encofrado y en febrero de 1930 (¡a cinco meses del Mundial…!) se empezó a volcar el cemento, que era llevado de Buenos Aires. Se dio una tribuna a cada empresa constructora para que no se atrasaran. Cada día, cada hora contaba… La tribuna América, la principal, empezó a engullir cemento el 1° de abril… El último balde de material se echó el 10 de julio; el campeonato empezaba el 13. Una hazaña. Y soportando la inclemencia de las continuas lluvias que se abatieron en esos meses en la cosmopolita Montevideo.

Por eso hubo que comenzar los partidos en dos pequeños coliseos de madera. Uno, el Parque Central, de Nacional (hoy remodelado y donde el club juega por el torneo local y la Copa Libertadores). Allí, Yugoslavia dio una muestra de autoridad venciendo a Brasil 2-1 y a Bolivia 4-0. Alguien de la delegación boliviana tuvo la ingeniosa idea de homenajear al local y granjearse la adhesión del público: el equipo entró con una camiseta blanca en la que cada jugador tenía estampada en el pecho una letra, entre los once quedaba conformada la leyenda “URUGUAY VIVA”, con siete parados y cuatro hincados. Pero por alguna extraña razón faltó a la foto el que debía llevar la tercera U (estaba en el baño), Bolivia posó con diez hombres y la instantánea quedó inmortalizada con el simpático “URUGAY VIVA”.

Para que no se pelearan los acérrimos rivales, el otro escenario fue el de Peñarol en Pocitos, uno de los barrios más elegantes de la capital oriental. El tranvía era el único medio de transporte existente en la ciudad. La compañía de tranvías “La Comercial” llegaba hasta el Parque Central y, viendo que era un negocio fantástico llevar cada fin de semana a miles de personas que iban al fútbol, le ofreció a Peñarol, dada su tremenda popularidad ya en ese tiempo, levantar su estadio en los terrenos de la compañía junto a la terminal de Pocitos. Así cerraba el círculo. Para Peñarol era una forma de acercarse al centro, pues su cancha original estaba lejos. Y desde 1921 a 1933 fue local en ese campo, hoy desaparecido. Cuando estuvo listo el moderno e inmenso Centenario, el club aurinegro dejó Pocitos y se mudó a la nueva casa.

Siempre para que no riñeran los dos grandes clubes, también se les dio a ambos un partido inaugural el mismo día y a la misma hora. Pero en Pocitos quedó grabada la parte más sabrosa de la historia: allí, en lo que hoy es la calle Coronel Alegre casi esquina Silvestre Blanco, se marcó el primero de los 2.720 goles mundialistas. En la vereda de una casa, un monolito lo recuerda. A los 19 minutos del juego Francia 4 – México 1, Lucient Laurent empalmó de volea un centro de Liberati e inauguró el rito de los festejos. Aunque ése fue propio de la época, muy moderado. “Todos estábamos contentos, pero no dimos una vuelta alrededor del campo, nadie se había dado cuenta de la historia que hacíamos. Un apretón de manos y volvimos al juego”, recordó Laurent décadas después.

A cinco días y ocho partidos de comenzado el Mundial se estrenó el Centenario, entonces para 80.000 personas y con diseño circular, una innovación arquitectónica para la época que deslumbró a los visitantes. Tan extraordinario que casi 96 años después sigue luciendo imponente. Lo curioso es que ese día se hizo el desfile inaugural, como si la copa fuese a comenzar, aunque ya se había jugado casi la mitad del torneo. Sin embargo, fue una ceremonia fantástica, con los 13 equipos marchando alrededor del campo y enarbolando sus banderas, los jugadores con pantalones y zapatos de fútbol, pero con un cardigan arriba para protegerse del frío austral de julio.

A tono con aquella encantadora sencillez fue el sobrio festejo uruguayo tras conquistar el título, tercero consecutivo que lograba la Generación Olímpica a nivel universal, más tres copas América (1923-24 y 26). Ese pedacito de mundo era el rey del fútbol. La final se jugó un miércoles y, como en las Olimpíadas de 1928, Uruguay chocó en la final con Argentina y lo venció 4 a 2 en un cotejo hasta hoy polémico. Argentina denunció agresiones y amenazas.

Vuelve al relato Diego Lucero, quien era entonces periodista y futbolista, pues había militado en Nacional: “La tarde que Uruguay se coronó campeón, después de todos los festejos, salimos del Centenario y fuimos a un bar en la 18 de Julio con Nasazzi (José). Éramos muy amigos y vivíamos en el mismo barrio, Bella Vista. Estuvimos un buen rato ahí, el Mariscal se tomó un par de grapitas y a eso de las diez de la noche dijo: ‘¿Vamos…?, estoy algo cansado, hoy fue un día de muchas emociones’. Y nos fuimos caminando calle abajo. La gente pensaría que habría habido fiesta corrida hasta el otro día, pero antes de las doce de la noche, el capitán de los flamantes campeones del mundo ya estaba en su casa, durmiendo el sueño del obrero”. Era otro mundo.

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