Jorge Barraza

Fútbol de ayer y de hoy

Los inventores, por fin campeones

Era hora de que el fútbol inglés se amistara con la FIFA, con la Copa del Mundo y con el resto del planeta. Ya había tenido demasiados cortocircuitos. Y lo hizo de la mejor forma: organizando un Mundial brillante. Sin obras faraónicas, sí adecuando sus estadios, brindando los magníficos servicios de transporte y hotelería, ofreciendo su gran tradición futbolera y el encantador toque británico en cada detalle. Hacia 21 años que había terminado la Segunda Guerra, Inglaterra ya estaba repuesta y reflorecida. Quería celebrar con pompa los primeros cien años de haber inventado el juego preferido de la humanidad (cumplidos en 1963) y el Mundial era perfecto para ello.

Se remodeló el estadio de Wembley; se hizo una tribuna nueva en el Old Trafford del Manchester United y se acondicionó el resto. Ya eran buenos escenarios para la época. Fueron 8 recintos en siete ciudades. Wembley el más grande, con aforo para 98.600 personas. “No había asientos en las tribunas populares, se miraba de parado”, nos cuenta Jorge Arriola Müller, peruano que tiene el récord de haber asistido a 14 Mundiales. Inglaterra le agregó la pasión de su gente por el fútbol, su máxima creación: en 32 cotejos se vendieron 1.563.135 entradas, a una media de 48.848. Récord hasta ahí. Fue el primer Mundial en que empezaron a asistir aficionados de otros países, mezcla de turismo y deporte.

Otra plusmarca fue que se inscribieron 74 países para las Eliminatorias. El Mundial no paraba de crecer. La FIFA ya reunía a 126 asociaciones (hoy son 211). África, en bloque y como protesta, boicoteó el Mundial y se retiró pues no le habían asignado ni un cupo directo. El ganador de los 31 países africanos debía medirse con los ganadores de Asia y Oceanía. Dio frutos: en México ’70 ya hubo una plaza exclusiva para el Continente Negro. Los 16 participantes fueron 10 de Europa, 4 de Sudamérica, México y Corea del Norte.

Fue la primera edición en que hubo una mascota: Willie, un gracioso leoncito vestido con la bandera de Gran Bretaña. Y con él comenzó el mercadeo. Se vendieron camisetas, bufandas, tazas con la imagen de Willie. La reina Isabel, de flamantes 40 años, asistió a varios partidos y tras la final entregó la Copa. Todo bonito, barnizado de glamour, aunque hubo un episodio vergonzante antes de rodar la pelota: el trofeo Jues Rimet, que se exhibía en el Westminster Central Hall de Londres fue robado cuatro meses antes. Un escándalo nacional. Y ya no había tiempo para hacer otro. Por suerte, siete días después fue hallado por el perro Pickles en un barrio del sur de la ciudad. Olfateando debajo de unos diarios, Pikles lo descubrió y su dueño lo devolvió inmediatamente.

Fue el Mundial de Bobby Charlton, quien ya había destacado en Chile ’62; de Franz Beckenbauer, que con 20 años asombró al mundo; de Lev Yashin y de Eusebio, la Pantera Negra, al cabo goleador del certamen. Argentina llevó, por primera vez en 36 años, una buena selección, y con adecuado alistamiento. Cayó en cuartos de final ante Inglaterra. Se dijo que el árbitro había influido decisivamente, pero no fue tan así: el local ganó bien.

Inglaterra era un magnífico equipo y fue un merecido campeón. Con cinco victorias en sus seis cotejos. Sólo no pudo contra Uruguay en la jornada inaugural. Igualaron 0 a 0. Uruguay poseía un equipo física y mentalmente muy sólido. “Ellos nos hicieron la táctica, nosotros la contratáctica”, nos contó con su gracia distintiva Ondino Viera, el técnico uruguayo de esa selección.

Brasil fue la gran decepción. El mismo Pelé, en su libro ‘Mi legado’, reconoce que toda la preparación fue desastrosa y que el resultado no podía ser otro: fueron eliminados en primera fase. Se encontraron con un Portugal poderoso y una Hungría fuerte que lo derrotó 3 a 1. Se creó el mito de que tanto Brasil como Pelé fueron molidos a patadas, pero no es real. Tostão, el exquisito atacante de los Mundiales 1966 y ’70, lo desmiente en una de sus columnas: “En Inglaterra ‘66 -yo estuve allí- se dio por sentado que Pelé era el objetivo de Portugal, que se lesionó por ello, que Brasil jugó con uno menos durante la mayor parte del partido, ya que no se permitían cambios, y que esta fue la razón de la derrota y la eliminación. No es cierto. La marcación a Pelé fue cercana, pero leal, salvo por una violenta entrada al final del partido cuando tuvo que retirarse. Portugal ganó porque era mucho mejor colectivamente, tenía grandes jugadores, como Eusébio, en aquel momento el segundo mejor del mundo”.

Como en 1950 y 1954, hubo una sorpresa gigante: en la última jornada del Grupo 4, con sólo empatar, Italia clasificaba a octavos de final, pero perdió con la debutante Corea del Norte. Los diarios peninsulares estallaron: “¡Vergogna nazionale…!”. Luego de la resonante victoria, se dieron a conocer detalles insólitos del equipo norcoreano, que había debutado en una Eliminatoria y, obviamente, jugaba su primer Mundial. Resultó que eran 22 soldados. Debido a su régimen comunista, el combinado local era totalmente amateur y sin ningún roce internacional. El dictador supremo Kim Il-Sung (abuelo del autócrata actual) eligió a dedo a los 22 de la nómina mundialista. La gran mayoría eran militares de grado, a quienes el líder de la nación les exigió que volvieran sin hacer ningún papelón y que le regalaran una alegría al pueblo. En Italia jugaron Giacinto Facchetti, Gianni Rivera, Sandro Mazzola… Varios se habían consagrado bicampeones de Europa y del mundo el año anterior con el Inter. De allí que, cuando otro país sufre una derrota deshonrosa, los medios italianos dicen “todos tienen su Corea del Norte”.

Luego de vencer al cuco -Portugal- a Inglaterra arribó a la final con Alemania. No fue extraordinariamente técnica, pero sí atractiva. La hermosura pasaba por la sencillez y la falta de especulación. Inglaterra ganó 4 a 2 y se coronó por primera y única vez. Dominó la mayor parte del tiempo y fue muy justo ganador, tuvo mayores intenciones ofensivas.

La TV era en blanco y negro, con una sola cámara de costado, apenas se repetían los goles (una sola vez y sin cámara lenta). El narrador se limitaba a pronunciar los apellidos: “Charlton… Stiles… Moore…” Salvo algunas excepciones, no incurría en comentarios ni agregados. No se incluía en la pantalla la placa con el cronómetro y el resultado, apenas mostraban un reloj cada quince minutos que marcaba que había pasado un cuarto de hora. No había bancos de suplentes porque no existían los cambios, quien quedaba fuera del once titular lo miraba desde la tribuna. Nadie fue amonestado ni expulsado, aún no se habían implementado las tarjetas rojas y amarillas. Tampoco se señalaba tiempo añadido; exactamente al minuto 90 el árbitro dio por finalizado el duelo. Lo mismo con los dos suplementarios, ni un segundo de agregados. Hubo 96.924 espectadores en Wembley aquella tarde, pero apenas se escuchaban murmullos, Tampoco los goles se festejaban de manera tan alocada como ahora.

Hasta hoy continúa la polémica por el tercer gol inglés, anotado por Geoffrey Hurst, en el que la pelota pegó en el travesaño y picó sobre la raya o detrás de ella. Nunca se pudo saber. No había VAR ni cámaras a la altura de la línea de gol. Pero decir que Inglaterra robó aquel Mundial por ese gol es completamente exagerado. El juez suizo Dienst tuvo una magnífica labor, riguroso, no equivocó fallos y no permitió que nadie quemara tiempo o entrara en roces.

1962, el Mundial de la modestia

“Aquel de Chile fue un Mundial caserito, muy sencillo, nada que ver con el despliegue tecnológico, de dinero y de gente que se hace hoy en cada Copa”, evocaba Emilio Lafferranderie, El Veco, periodista de raza, estrella en los años dorados de El Gráfico. En una decisión inesperada, el congreso de la FIFA de 1956 realizado en Lisboa, eligió a Chile como sede del Mundial 62. Que no era el pujante Chile actual. Tenía siete millones de habitantes, alto analfabetismo y una población mayormente rural. No había televisión todavía, llegaría recién en 1957. Aunque el fútbol sí era una pasión.

Chile ganó la elección a Argentina por 32 votos a 10. ”Tenemos todo, podemos hacer el Mundial mañana mismo”, enfatizó en su alocución el presidente de la AFA, Raúl Colombo. Pero la FIFA seguía negando a la patria de Borges la realización de una Copa del Mundo, que la reclamaba desde los años 30. La candidatura chilena fue defendida por el dirigente Carlos Dittborn. Sus argumentos fueron el clima deportivo en su país, la continuidad de la asistencia a torneos, estabilidad institucional y, sobre todo, la misión de la FIFA de promover el fútbol incluso en países con menos recursos. Y lo logró. Pero el destino juega cartas bravas, Dittborn, de 41 años, no llegó a ver su logro: murió 33 días antes de comenzar el torneo de una pancreatitis,

La buena suerte en la elección trocó en desgracia para Chile cuatro años después. El 22 de mayo de 1960 la ciudad de Valdivia, 830 kilómetros al sur de Santiago, vivió el apocalipsis: sufrió el mayor terremoto de la historia humana, 9,5 en la escala de Richter, la más alta medida instrumentalmente. Nunca se repitió algo igual. Provocó un tsunami que cruzó el Pacífico y causó daños y miles de muertos en Hawái, Japón y Filipinas. Naturalmente, también en Chile. “La tierra se sacudió como si el mundo intentara rehacerse a sí mismo. Los volcanes vomitaban lava a grandes distancias, la ceniza se elevaba a alturas inimaginadas, las montañas se abrían en grietas profundas y los ríos modificaban sus rumbos. El suelo ondulaba como un mar enfurecido y pueblos enteros quedaron reducidos a silencio”, señala el libro Nuestro Mundial, 50 años de historia.

Pese al desastre y las dudas sobre el torneo, el presidente chileno Jorge Alessandri envió un mensaje contundente a la FIFA: “El Mundial se hace en Chile sí o sí”. Y se hizo. Lo ayudaron los países vecinos y la FIFA. Sin embargo, tuvo un costo: se habían prometido ocho sedes y hubo que descartar a las cuatro del sur —Talca, Concepción, Talcahuano y Valdivia— por las consecuencias del terremoto. Así, el Mundial se escenificó solo en Santiago (estadio Nacional, 70.000 espectadores), Viña del Mar (Sausalito, 18.037), Rancagua (Braden Copper, 14.450) y Arica (Carlos Dittborn, 14.373).

“Los estadios eran modestos y, salvo el de Santiago, pequeños. Tampoco tenían luz, porque todos los partidos se jugaron de día. El de Rancagua sería para poco más de 10.000 personas. Y sobraba espacio. Es que era otro el mundo, otro el fútbol. Ni comparar con los fabulosos escenarios de ahora”, nos decía El Veco, a quien entrevistamos en el Mundial de Corea y Japón 2002.

Justamente aquel de 1962 fue su primer Mundial. Nos mostró la sencilla acreditación periodística de aquel torneo y la entrada de la final —Brasil 3, Checoslovaquia 1—, la cual conservaba como trofeo. ¿Cómo enviaban el material periodístico?, preguntamos. “No había télex todavía, escribíamos en esas viejas Remington negras, juntábamos las notas y las enviábamos por avión en un sobre. Era lo más rápido”. Tampoco había mucha televisión. Recuerdo que un tal Frederici, de Argentina, filmaba los partidos. Por la noche, ponía la cinta en una lata y se subía a un avioncito Cessna, cruzaba la cordillera y lo llevaba hasta Mendoza. De allí lo mandaba a Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas y al día siguiente se emitía por Canal 7. Era una proeza”. En todo Chile había unos 20.000 aparatos de TV.

Todo era más elemental cuenta este atlante del periodismo. “No existía el centro de prensa, solo una oficinita donde se repartían boletines informativos. Cada uno trabajaba en el cuarto de su hotel. Igual, éramos unos pocos periodistas. Pero la organización fue excelente, nada faltó. Y no había restricciones al periodismo. Uno tenía a su merced a Pelé, Di Stéfano, Garrincha, Puskas, Sívori, para entrevistarlos el tiempo que quisiera”.

En Chile apareció el primer tema dedicado al evento: El rock del Mundial, interpretado por el grupo local Los Ramblers. La ceremonia inaugural, previa al cotejo Chile 3 – Suiza 1, fue básica: se izaron las banderas de ambos países y a jugar.


“Era todo muy modesto, muy distinto a la fastuosidad de los mundiales modernos —narraba El Veco—. Íbamos a Viña del Mar a ver Brasil-España y la guagua que nos llevaba se rozó con un camión, tuvimos que parar y llegamos al partido sobre la hora. El palquito de prensa era un pañuelo, no había más lugar, y don Pedro Fornazzari, jefe de prensa del Mundial nos ofreció ubicarnos dos sillitas junto al tejido. Gracias a esa circunstancia vi el partido a 2 metros de Helenio Herrera, entonces técnico de España, y escuché todas sus indicaciones”. ¡Dos sillitas junto al tejido…! Suena hasta gracioso.

Y soltó una de sus imperdibles anécdotas: “Helenio fue el primer divo de la dirección técnica. Patentó la función. Era un vivo bárbaro. El lateral izquierdo español era Gracia; Garrincha lo estaba pasando por aire, mar y tierra. Y Helenio, como si nada, le gritaba a Gracia: <<Es tuyo… Ya lo tienes… Mañana el mundo hablará de ti…>> Gracia lo botó diez veces fuera de la cancha, pero igual Garrincha mandó dos centros y fueron dos goles de Amarildo. Chau, España”.

Las crónicas hablan de que hubo una violencia exagerada en el juego, muy mal controlada por los jueces. Al tercer día de competencia había treinta jugadores lesionados. Muchas lesiones y roces. Pero nada como el partido Chile 2 – Italia 0, en el que hubo agresiones salvajes. Alfredo Di Stéfano fue a la Copa con la selección española pero no pudo jugar por una seria afección estomacal y Pelé llegó lesionado a Santiago. Lo contó en su libro Mi legado. “Ya estábamos cerca de partir para la Copa. Se programaron cuatro partidos de preparación previos. Al terminar el primero sentí un dolor en la ingle y no le di mayor importancia, pensé que al día siguiente pasaría. Pero luego se convirtió en una puntada. El doctor Gosling me preguntó: ‘¿Puedes entrenar?’. La sangre se me heló y mentí. El preparador físico Amaral había dicho: ‘Hombre que no entrena, no juega’. Así que respondí que podía. Fue un error. En el segundo partido, ante Checoslovaquia, no daba más del dolor y tuve que salir. Me perdí el resto de la Copa”.

Brasil fue casi con el mismo plantel campeón de 1958, todos con cuatro años más, y lo sintió. Ganó su segundo título con lo justo. A falta de Pelé, Garrincha se puso el traje de Superman y Amarildo reemplazó tan bien al Rey que lo contrató el Milan. La final fue Brasil 3 – Checoslovaquia 1.

“Fue un lindo Mundial el del 62, con grandes estrellas. Bobby Charlton, Sekularac, Puskas, Garrincha. Entonces no había presiones de ninguna naturaleza, el que era bueno lo demostraba, jugaba tranquilo. También hay que ser sincero: antes se marcaba mucho menos. Por eso aquellos monstruos podían hacer esas cosas asombrosas”, cerró El Veco.

Suecia ’58 alumbra un genio: Pelé

Hasta llegar el nuevo milenio (Corea y Japón 2002), los Mundiales no salieron de Europa o América. El fútbol de alto nivel se circunscribía apenas a la UEFA y la Conmebol. Todo lo demás eran expresiones muy menores.

Por eso se turnaban en la organización de las Copas del Mundo. Después de Suiza ’54, le tocaba a América del Sur hospedarla. Y a Argentina en especial, que la venía reclamando de largo tiempo atrás.

Argentina es el octavo país más grande del mundo, el más futbolero y la primera asociación fuera de Europa afiliada a la FIFA; no obstante, sus desencuentros con la entidad matriz duraron más de un siglo.

Y el Viejo Continente montó su cuarto Mundial, esta vez en Escandinavia. Suecia presentó un amplio listado de 12 estadios, sin gran aforo, aunque modernos. Ese fue un argumento de peso para ganar la sede.

Se inscribieron para participar 55 países (récord), lo que da una pauta: la pasión por el fútbol aumentaba y los Mundiales comenzaban a ser un evento universal esperado con alta expectativa.

Que en Suecia recibiría un envión de popularidad excepcional. Hubo sorpresas entre los 16 participantes: quedaron fuera dos bicampeones mundiales, Italia y Uruguay.

También faltaron Bélgica, Holanda y España, pero aún no eran lo que son actualmente. Y por primera y única vez compitieron las cuatro unidades políticas del Reino Unido: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. También hizo su estreno mundialista la gigantesca Unión Soviética.

Después de 24 años de automarginarse (28 si contamos con que en 1934 presentó un equipo amateur), volvió Argentina a los Mundiales. Que salió de Buenos Aires con un aire triunfal, pues el año anterior había ganado el Sudamericano de Lima con un fútbol fantástico, y había goleado a Brasil con Garrincha en el campo.

Pero no llevó a ninguna de las estrellas campeonas, pues el terceto central -Maschio, Angelillo y Sívori- había sido transferido en sumas millonarias al fútbol italiano. También Grillo, otro crack. Y no fueron tenidos en cuenta.

Su participación fue tan lamentable que quedó grabada para siempre como “El desastre de Suecia”. Fue eliminado en primera fase, perdió 3-1 con Alemania, que ya se perfilaba como potencia, y 6 a 1 con Checoslovaquia. Los jugadores fueron recibidos en Ezeiza con insultos y monedazos. Pipo Rossi, para reflejar lo mal preparados que estaban, señaló: “Yo tenía reuma, jugaba con un alambre de cobre rodeándome la cintura”.

Dos sucesos se unieron en Suecia para cambiar el curso de la historia del fútbol: en enero de 1957 asumió la presidencia del fútbol brasileño el empresario Joao Havelage, un dirigente histórico, que inyectó orden, planificación, seriedad competitiva.

Sabía que Brasil poseía grandes talentos, pero carecía de organización. Brasil venía de la catástrofe de Maracaná en 1950, y de una deshonrosa eliminación en 1954, con una batalla campal jamás igualada contra Hungría.

El otro punto fue la aparición de Edson Arantes do Nascimento, un muchachito de 17 años que revolucionó el fútbol mundial.

Hasta su aparición, el brasileño era un fútbol considerable, aunque estaba un escalón por debajo del argentino o el uruguayo en el mapa continental; a partir de Pelé se convirtió en el más ganador del mundo. Mejor que eso, en el más admirado, por su estilo preciosista y contundente.

Le quedará a Suecia, para siempre, el honor de haber puesto marco al advenimiento del primer rey del fútbol. Y, en adelante, todos los amantes del juego seríamos sus súbditos.

Europa enloqueció con el chico del Santos, que no jugó los dos primeros partidos. En el tercero, tras un opaco empate 0 a 0 con Inglaterra, el técnico Vicente Feola mandó al campo a Pelé y Garrincha y nació un binomio explosivo.

Con ellos en cancha, nunca perdería un partido la Verdeamarilla. Garrincha era la gambeta impredecible, el desborde, el centro letal, el desequilibrio más absoluto. Pelé era la frescura, la magia, la técnica, el gol. O, para sintetizarlo, el futbolista perfecto. Fue el primer atleta global de la historia.

El fútbol no había sido universalizado aún (eso fue obra justamente de João Havelange, que lo introdujo hasta en los últimos confines del África, el Asia y Oceanía), pero incluso los países más exóticos y no futbolizados reclamaban su presencia de Pelé.

O Rei llevó su encanto y su sonrisa. Reivindicó a su raza, reyes rubios se rindieron ante él. Lo contó en “Mi legado”, su libro autobiográfico: “Durante el Mundial de 1958, los niños suecos solían tocarme la cara para comprobar si no estaba pintado, nunca habían visto a nadie de raza negra; no me molestó para nadao, eso es parte de la inocencia y la pureza de los chicos”. Se transformó en un adjetivo; cuando alguien era muy bueno en algo se decía “Es Pelé”. O en contrario, para reprobarlo: “¿Quién se cree que es, Pelé…?”

El 10 en su espalda conllevó una equivocación generalizada: que ocupaba la función de volante ofensivo; error, aunque no era un 9 de área como Romario o Gerd Müller, jugaba de delantero puro.

Seguramente fue el futbolista más completo de la historia por técnica, clase, temperamento y objetividad. Jamás hizo un firulete de más, todo era para ganar. Tenía el pecho de gomaespuma, lo hundía para docilizar el balón y lo dormía.

En el toque corto, triangulando, fue sensacional, sorteaba la espesura del área con precisión quirúrgica. Sus paredes con Coutinho en el Santos fueron antológicas.

De respetable remate, mejor direccionado que potente, su cabezazo era excepcional: maravillosa elevación, arqueo del torso hacia atrás para dar fuerza al golpeo e impacto perfecto, artístico, con potencia y dirección.

Transformaba su cabeza en un martillo. Sin la misma habilidad o dominio de Maradona o Messi, deslumbraba igual. Era manso si los marcadores mostraban lealtad, si elegían pegar despertaban el carácter indomable de Edson Arantes. A malo, malo y medio.

En su debut ante la URSS, fue victoria 2-0 con dos goles Vavá, pero luego hubo una seguidilla sensacional de Pelé: marcó el 1-0 a Gales en cuartos de final, 3 tantos en el 5 a 2 a Francia en semis y dos más en la final con Suecia, también finalizado en 5 a 2. Seis goles de calidad, aunque se recuerda especialmente el anotado a Gales, una exquisitez. Todo con 17 años.

Suecia no llegó a la definición sólo por ser local. Era un fútbol amateur que pagaba a sus jugadores con trabajos bien remunerados. Había ganado los Juegos Olímpicos de Londres en 1948, fue tercero en el Mundial de 1950 y medalla de bronce en la Olimpíadas de 1952.

Brillaba el célebre trío Gre-No-Li, compuesto por Gunnar Gren, Gunnar Nordahl y Nils Liedholm.

Los tres pasarían casi inmediatamente al Milan de Italia, donde fueron campeones y estrellas, sobre todo Nordahl, quien es el cuarto goleador histórico del Calcio, aunque él no tomó parte del Mundial ‘58.

La selección sueca hizo méritos, venció a México, Hungría, Unión Soviética y tumbó al campeón vigente, Alemania, con un rotundo 3 a 1.

En la final, Suecia no tuvo chance alguna ante un Brasil maravilloso, que no era sólo Pelé y Garrincha.

Didí fue un estratega iluminado, en el medio hubo cátedras de Zito, Vavá era un 9 rápido, rebotero y astuto. Y una defensa muy sólida con Djalma Santos, Bellini, Orlando y Nilton Santos.

Ahí nació la era dorada del pentacampeón, la selección más mundialista de todas. Y el jogo bonito conquistó a todos los públicos.

Nace el milagro alemán

Los mundiales fueron siempre una plataforma de lanzamiento de avances tecnológicos, con los medios de comunicación como mascarón de proa.

Suiza 1954 tiene un honor: haber sido el primero televisado. No a otros países, sí dentro del territorio helvético, mediante el famoso cable coaxil. Suiza tenía en ese momento alrededor de 4′970.300 habitantes, pero pocos poseían un aparato de TV.

La gente se concentraba frente a los comercios que ponían un monitor en sus vidrieras y ahí veían los juegos. Unos pequeños receptores de 15 pulgadas en blanco y negro.

¿Por qué Suiza el anfitrión, si no era una potencia futbolística…? Su célebre neutralidad le permitió quedar intacto después de la guerra, mientras los demás países estaban en reconstrucción o económicamente arruinados.

El pequeño país mediterráneo, 4,27 veces más pequeño que Uruguay, presentó seis subsedes importantes y una notable infraestructura en estadios: Berna, Basilea, Lausana, Zúrich, Ginebra y Lugano. La final se disputó en el Wankdorf Stadium, de Berna, para 64.600 espectadores.

Ese día estaba tan abarrotado que parecía caerse. Hasta la torre del reloj albergaba centenares de hinchas. Se implantó un extraño sistema de competición: cuatro grupos de cuatro, pero solo se enfrentaba a dos de ellos. Ejemplo, Alemania Federal, compartió zona con Hungría, Turquía y Corea del Sur, pero solo enfrentó a los dos primeros.

Uruguay inventó un adjetivo: Maracanazo. Tiene dos acepciones: una para identificar su inmortal victoria sobre Brasil en el Mundial del 50. Otra, para reflejar un triunfo sorprendente, totalmente inesperado, para darle a un batacazo una dimensión colosal. Desde entonces, todo éxito “imposible” es un Maracanazo. Con frecuencia se comete un error de juicio: aquello fue una gesta uruguaya, sí, pero no era en absoluto imposible. Al contrario, Uruguay era más equipo que Brasil.

Y un fútbol más laureado y potente. Para 1950, los Celestes ya eran bicampeones olímpicos, campeones mundiales y reunían ocho Copas América. Brasil apenas tenía tres de estas últimas. La lógica indicaba que podían ganar los Celestes.

Sin embargo, el suceso más increíble de la historia tuvo lugar en aquel Mundial 54. Con un agregado: nunca un éxito deportivo tuvo tanta incidencia en la vida de un país. Nueve años después de la Segunda Guerra Mundial, aunque dividida en tres, Alemania volvía a los mundiales. Por primera vez intervenía como Alemania Federal, sin la parte oriental, la comunista República Democrática Alemana, y sin el Estado del Sarre, por entonces Protectorado del Sarre bajo dominación francesa.

Incluso por la eliminatoria debieron enfrentarse en Alemania Federal y el Sarre pese a que eran la misma nación. Era una Alemania que representaba el 69,65 % de su territorio actual.

El germano no era hasta ahí un fútbol considerable en Europa. Italia, Inglaterra, Francia, Austria, Bélgica, España estaban por encima. Y, por supuesto, la fabulosa Hungría campeona olímpica en 1952 y que en el 53 sacudiera al mundo con su 6 a 3 a la selección inglesa en Wembley.

Alemania estaba vetada de participar del fútbol internacional. Como repudio a los crímenes cometidos durante el conflicto bélico, la FIFA la desafilió, no pudo jugar el Mundial de 1950. Fueron ocho años sin actividad. Los futbolistas germanos no eran conocidos al llegar a Suiza y nadie apostaba un céntimo por ellos.

Una posible coronación germana entraba en el terreno de la ciencia ficción. No obstante, en el debut ganaron 4-1 a Turquía, en ese tiempo un fútbol mínimo. En segundo turno debieron medirse con el mejor equipo del mundo, la Hungría de los Magiares Mágicos, con Puskas, Kocsis, Bozsik, Czibor, Hidegkuti y toda la troupe. Fue un resultado catástrofe:

Hungría goleó 8 a 3. Pero Sepp Herberger, DT de la Mannschaft, como un ajedrecista aventajado, había estudiado varias jugadas posteriores. Puso un equipo suplente para no ganar el grupo.

Más tarde lo explicó: “Tuvimos que perder contra Hungría para evitar en los juegos siguientes a los campeones mundiales uruguayos y a los subcampeones brasileños. Con la autorización del presidente de la Federación Alemana envié al campo a ocho hombres que habitualmente no jugaban o jugaban poco”.

Fue genial. Al perder, Alemania debió disputar un partido más que Hungría, un desempate ante Turquía (volvió a ganarle, esta vez 7 a 1), en cambio los húngaros tuvieron que afrontar dos cruentas batallas ante Brasil y Uruguay. Vencieron a ambos, mas quedaron desgastados.

Y con Brasil se produjo la mayor batahola de la historia de las Copas del Mundo. Hubo tres expulsados, golpes de puño y una trifulca monumental camino a los vestuarios. Hasta botellazos se arrojaron.

El genio del Danubio Ferenc Puskas se ahorró los dos choques porque la tarde del 8 a 3 el defensa alemán Werner Liebrich le propinó una terrible patada en el tobillo que lo mandó al hospital y lo mantuvo lesionado dos semanas. Volvió recién en la final, en la que se reencontró con su verdugo.

De nuevo se verían las caras Hungría y Alemania para decidir el título. Después de aquella salvaje goleada nadie imaginaba otra cosa que la victoria húngara. Alemania, una fuerza menor, debía chocar con el equipo que catorce días antes le había metido ocho. Y sucedió lo increíble…

Apenas había comenzado la final en Berna y a los ocho minutos ya ganaba Hungría 2 a 0. ¿Cuántos más le haría…? ¿Seis, siete…? Aquella Alemania contaba con hombres de buena madera y un espíritu de acero. A los 10 minutos descontó Max Morlock y a los 18 el magnífico Helmut Rahn puso el empate. Allí comenzó otro partido, más parejo.

Y Alemania demostró las virtudes que lo elevarían al grado de potencia. Se debatió palmo a palmo. Sí, Hungría era tremendamente superior en calidad y le creó infinidad de situaciones de gol (Puskas falló dos mano a mano y un remate desde el borde del área impropios de él).

Pero los predecesores de Beckenbauer se defendieron con ardor y faltando 6 minutos Rahn recibió en el área, esquivó a un par de rivales y sacó un zurdazo bajo y esquinado que el arquero Grosics no pudo detener. Golazo a lo Mario Kempes, pues Rahn era zurdo, grandote de físico y de juego similar al argentino.

Parecía un cuento, pero era real, Alemania se había impuesto 3 a 2. Es sin duda el mayor batacazo de la historia de los mundiales. Tras la victoria, la delegación campeona desandó en tren los 430 kilómetros entre Berna y Múnich.

El célebre canciller Konrad Adenauer, líder de la reconstrucción del país, fue a esperarlos a la estación y paseó con ellos por las calles en Mercedes Benz descapotables.

Los campeones fueron recibidos como héroes porque eso eran, héroes civiles para un país que aún buscaba salir del pozo más profundo de su historia. Alemania era un país paria, desacreditado, roto, que intentaba curar heridas y restaurar su economía, su institucionalidad, su prestigio y, sobre todo, su orgullo.

“El fútbol es un fenómeno único -nos dice Jorge Arriola, peruano nacido en Berlín que asistió a catorce mundiales-. Fíjate, está escrito en los libros que el llamado ‘milagro alemán’ nace con la conquista del Mundial del 54. Alemania se sentía aún abatida y humillada por la derrota en la guerra y por el rechazo de las otras naciones, pero ganar el Mundial levantó la autoestima del pueblo y ahí comenzó la reconstrucción, lo hizo revivir”.

A partir de entonces comenzó otra Alemania. También en fútbol.

El gol de todos los tiempos

Era el minuto 34 del segundo tiempo. Se oía un sonido aturdidor, como de mil leones rugiendo al unísono. De pronto, el murmullo, el zumbido ululante de los doscientos mil brasileños que se apretujaban en el flamante cemento de Maracaná se acalló. No hubo orden previa, fue terriblemente espontáneo. Se hizo el silencio más estruendoso de la historia del fútbol, el más inesperado e inexplicable. Alcides Ghiggia, esmirriado pero veloz puntero derecho uruguayo de poco más de cincuenta kilos de peso, aceleró por su punta con el balón en una corrida solitaria que no auguraba clamores, escapó a Bigode, se aproximó al área, se adentró en ella e inopinadamente sacó un disparo bajo y certero que impactó a una nación entera y pareció herirla de muerte. La pelota entró al arco por un mínimo hueco entre las manos del arquero Barbosa y el primer palo. Las redes se sacudieron y el país, el gigante amazónico, se estremeció. No había televisión, unos setenta millones de brasileños se mantenían informados por la radio y esos doscientos mil -en rigor 203.849 según cálculos oficiosos- lo palpitaban en las tribunas del coloso recién construido. Los ruidos de las calles cesaron, los gritos en las casas se apagaron, los pájaros pararon su canto y todo semejó a un dramático mutismo nacional. Como si alguien hubiese tirado del cable y se hubiera desconectado Brasil. Lo que hasta unos minutos antes era fiesta se convirtió en pavor. 

Fue el 16 de julio de 1950. Brasil perdía 2 a 1 ante Uruguay. Se le resbalaba por una cruel alcantarilla el título mundial que debía ser un mero trámite. Y se le escurría ante un país que es 48,32 veces más chico. No podía ser cierto, eso no estaba sucediendo, no entraba en los libretos de nadie. Simplemente era una pesadilla de la que despertarían luego para celebrar la conquista. Brasil sería CAMPEÃO DO MUNDO, como decían los diarios, ya impresos desde la mañana para ir ganando tiempo. 

“Se podía escuchar a alguien tosiendo, o el sonido de papeles que levantaba el viento, el silencio era total”, contó el autor de la proeza muchos años después. Los mismos jugadores uruguayos, tras celebrar moderadamente el gol que los ponía a ganar 2 a 1, sintieron escalofríos de estar frente a una multitud completamente muda. Nunca, ni antes ni después, se congregó tal muchedumbre en un estadio de fútbol ni de ningún deporte. Nunca un silencio retumbó tanto. Causaba miedo. Las lágrimas no hacen ruido al caer, pero decenas de miles lloraban sordamente.

“El público, que hasta ese momento había producido un ruido fenomenal, quedó consternado. Se produjo un silencio de pánico en todo el estadio que paralizó a los jugadores brasileños. Si ni siquiera me tiraron un centro… No avanzaron más”. El testimonio pertenece al arquero celeste Roque Máspoli, a quien entrevistamos en el hotel Guaraní, de Asunción, en 1999.

En ese mundial aparecieron los números en las camisetas y le tocó a Alcides Edgardo Ghiggia ser pionero del 7, que luego lo llevaría en su espalda una dinastía de genios del fútbol como Garrincha, Jairzinho, George Best, Jimmy Johnstone, Grzegorz Lato, René Houseman, Cristiano Ronaldo. El puntero que en ese entonces militaba en Peñarol tiene una curiosa estadística: jugó una sola vez en Maracaná y marcó el gol más relevante de la historia. Sólo disputó cuatro partidos mundialistas y en los cuatro convirtió un gol. 

Llegó la hora de la verdad en Maracaná y, al asomarse por el túnel al campo de juego, los futbolistas uruguayos quedaron impactados del infernal griterío. “El sonido que emitía la gente era tan fuerte que parecía que el estadio se vendría abajo”, recuerda Ghiggia. “Obdulio (Varela) tuvo un excelente plan; cuando íbamos a salir a la cancha, el capitán nos hizo esperar a que saliera primero la Selección Brasileña. Entonces, cuando salieron ellos, simultáneamente salimos nosotros para que no nos pudieran silbar y así salir entreverados con la ovación y los aplausos que el público le dedicaba a Brasil”.

El primer tiempo, ante la sorpresa general, se fue sin goles, con lo cual hasta ahí era campeón el local. Pero a poco de comenzar el segundo, gol de Brasil, por tiro cruzado de Friaça, puntero del São Paulo. Si antes del choque se tenía la seguridad total de que Brasil sería campeón, la ventaja en el marcador era la rúbrica definitiva. Uruguay necesitaba dos goles. ¿Cómo iba a lograrlo…? Imposible. Tras producirse la conquista, Obdulio puso el balón bajo el brazo y fue a reclamar al juez de línea una posible posición fuera de juego del autor. Pidió un intérprete. La larga conferencia con el banderín acalló a la multitud. El gol fue validado por el árbitro inglés George Reader, pero el capitán bajó los decibeles de la emoción. “El objetivo de Obdulio era perder un poco de tiempo para calmar el ímpetu brasileño. Sabía que si sacábamos enseguida nos hacían media docena”, reflexionaba Ghiggia en entrevista al periodista argentino Juan Vasle, para su libro Patear es humano, gambetear es divino.

Ghiggia, cuya virtud primordial era la velocidad, preparó el primer gol. Su testimonio, relatado al mismo Juan Vasle: “Fue una pelota larga por la derecha que me lanzó Obdulio Varela. Eludí a Bigode y me escapé en diagonal hacia el arco. A la carrera se la pasé hacia atrás a Schiaffino, que llegaba como entreala derecho. Juan la empalmó de primera como venía y la clavó en un ángulo. Era muy difícil que el golero la sacara. El estadio quedó congelado y los jugadores brasileños, fríos. Si bien con el empate eran campeones, no reaccionaron. Ahí vimos que se les podía ganar”. 

Iba el minuto 66 y estaban 1 a 1. El ruido ensordecedor del público amainó un poco, pero enseguida se retomó, Brasil seguía siendo campeón con la igualdad. Sin embargo, los celestes ya estaban agrandados. Y está claro que esa epopeya la gestó el carácter. Brasil, en cambio, comenzó a desmoronarse. Y a once minutos del final llegó lo que nadie podía siquiera imaginar, el gol inmortal, cuya repetición vemos una y otra vez y no nos cansamos.

“En el segundo gol me junté con Julio Pérez, mi compañero de ala. Yo me retrasé un poco, lo atraje a Juvenal, Julio me pasó la pelota y cuando el defensor me encimó, se la devolví. Hice casi el mismo recorrido que en el primer gol. La recibí en profundidad. Creo que Barbosa pensó que iba a centrar de nuevo. Se corrió un poco al medio para salir a cortar y me dejó el espacio justo para enviársela contra el primer palo. No es cierto que la tirara mordida, le di de rastrón con toda la potencia del empeine derecho”. El testimonio del héroe del Maracanazo, término convertido en sustantivo, en sinónimo de hazaña, de sorpresa mayúscula, de catástrofe. El destino tenía preparado para este arquetipo del antiatleta el gol más relevante de la historia. Por suerte no había VAR, que tal vez hubiese hurgado en cualquier imperfección reglamentaria para anular ese gol diluviano, apocalíptico. Pero la pelota entró y no hubo más que validarlo. 

“Los últimos once minutos fueron tranquilos. Teniendo en cuenta que era locatario y que estaba perdiendo, Brasil nunca reaccionó. No pasamos sobresaltos. Nuestra defensa estaba bien plantada. Yo quería hacer el tercero, pero nuestro técnico me mandó a decir a través de un fotógrafo uruguayo que tenía que bajar a ayudar”. 

Hubo millones de goles en el fútbol, Ghiggia los juntó a todos en uno. Ese.

Épica, gloria y drama

 causa de la Segunda Guerra, el tren de los Mundiales había pasado de largo las estaciones de 1942 y 1946. Volvía la fiesta y el fútbol trataba de recomponerse. Las potencias eran Europa y Sudamérica. Pero Europa recién terminaba de juntar sus escombros y aún padecía estrecheces económicas de todo tipo. La gente emigraba hacia América. En contraposición, Brasil era un coloso que buscaba despegar como potencia, la Copa del Mundo de 1950 era la vidriera perfecta para exhibir su prosperidad y su fútbol artístico, el célebre jogo bonito protagonizado por tantos talentos. En esa búsqueda de integración y reconocimiento internacional como nación había participado de la guerra junto a los aliados y habían ganado. Para darle marco a todo ello se edificó el Maracaná, un estadio descomunal para la época. Debía ser el templo de la alegría, lo fue de la tragedia. Porque hasta hubo suicidios por aquella derrota. Como el Titanic, el Maracaná fue ideado de tal belleza y grandiosidad que impresionara a todos, especialmente a los jugadores visitantes. Que se sobrecogieran al ver la inmensa mole, esa era la idea. Pero, al igual que el barco más grande y lujoso jamás conocido, tuvo un estreno catastrófico.

 Nunca una selección gozó de tanto favoritismo para lograr un Mundial como Brasil en ese 1950. La Selección Brasileña, al comando de Flavio Costa, había conquistado un año antes la Copa América de manera apabullante. Y para entonces, quien se adjudicaba el torneo continental era alto candidato al título del mundo. Brasil había goleado en el Sudamericano a Ecuador 9-1, a Bolivia 10-1, a Colombia 5-0, a Perú 7-1, a Uruguay 5 a 1 y, en el último juego, a Paraguay 7-1. Una aplanadora con un promedio de gol jamás igualado en la Copa de 5,75 por juego. Eso le granjeó la chapa de invencible. Eso y su condición de local convencieron al planeta entero de que sería imposible arrebatarle el título. Añadido a ello, los europeos recién retomaban las competiciones tras la guerra.

Italia, el último campeón, había perdido su base el año anterior al estrellarse el avión del Torino, accidente en el que murió el plantel completo. El Toro ya había ganado cuatro scudettos consecutivos y estaba a punto de conquistar el quinto cuando aconteció la tragedia. Tan bueno era aquel Torino que diez de los once jugadores de la selección Azzurra militaban en el equipo granate. Tenía motivos de sobra para desertar, sin embargo, en un acto de hidalguía, Italia se hizo presente. Fue la única delegación que viajó en barco y no en avión, a causa de la aprensión que aún generaban los vuelos tras el desastre sufrido por el Torino. 

Estaban pues, Italia, Inglaterra, España, Suecia, Yugoslavia, nombres de honda tradición. Brasil se estrenó con un plácido 4 a 0 sobre México en la inauguración del Maracaná, el 24 de junio de 1950. Y como para reconfirmar las predicciones de que sería imbatible, a los cinco días se produjo un resultado catástrofe de quien debía ser su principal rival: Inglaterra. A poco de debutar, la selección inglesa sufrió la derrota más humillante de su historial frente a Estados Unidos, donde el fútbol era un exotismo practicado apenas por inmigrantes italianos. El de los americanos era un equipo amateur, con futbolistas reclutados de todas partes. Había veteranos de guerra, profesores, embalsamadores, taxistas. Solo habían disputado un partido de preparación juntos antes de llegar a Brasil. Su triunfo en la Copa del Mundo se pagaba 500 a 1. Un muchacho de Haití llamado Joe Gaetjens, que trabajaba lavando platos en un restaurante del Harlem, en Nueva York, marcó el gol del oprobio inglés.

Brasil tuvo un resbalón en su segunda entrada: empató 2 a 2 con la modesta Suiza. Pero enseguida se repuso venciendo a Yugoslavia 2-0. Con ello ganó el grupo y pasó a la ronda final. Debido a algunas deserciones, el torneo no contó con 16 participaciones, apenas se reunieron 13, por ello hubo cuatro grupos, dos de cuatro equipos, uno de tres y el otro, de dos. En este último sólo estaban Bolivia y Uruguay. Los uruguayos accedieron a la fase posterior goleando 8 a 0 al débil combinado boliviano. Total, que a la fase definitoria llegaron Brasil, Suecia, España y Uruguay. El número de equipos -13- obligó a cambiar el sistema de disputa. Por primera vez no habría final. Esos cuatro jugarían todos contra todos por puntos y el primero se consagraría campeón. 

Brasil pisó a Suecia 7 a 1 y arrolló a España 6 a 1. Arribó a la última jornada, el 16 de julio, con 4 puntos, uno más que Uruguay, que había vencido angustiosamente a los suecos 3-2 y igualado apenas con los españoles 2-2. Con apenas empatar en casa, frente a su gente, Brasil levantaría la anhelada Copa Jules Rimet. Luego de mostrar tan fabuloso poderío, parecía imposible cualquier resultado que no fuera una goleada del anfitrión. El favoritismo era de 100 a 1. La Seleção repetía lo hecho en la Copa América del año anterior: era una máquina de gol. Ademir, Zizinho, Jair, Chico, Baltazar eran delanteros incontenibles.

En toda esa montaña de euforia desbordada hubo un olvido que pasó de largo: el carácter de los uruguayos. En 1999 entrevistamos en Paraguay a Roque Máspoli, el arquero del Maracanazo, nos contó un pequeño episodio que ilustra el modo en que encararon aquel juego: “A los cinco minutos, el Mono Gambetta trabó con todo contra un brasileño, ganó el duelo, pasó la pelota limpia a Obdulio Varela y gritó fuerte, para que lo escucháramos todos, compañeros y rivales: ‘Vamos, que estos no nos pueden ganar’”.

El técnico Juan López llevó en todos los puestos jugadores de probada moral. López era un hombre sagaz, extraordinariamente querido por sus dirigidos, lo cual siempre da un plus a cualquier equipo. Emanaba autoridad desde su bonhomía. Y sabía plantear el juego. No se ponderó su capacidad.

“Por la mañana de ese domingo de la final, hablamos entre los jugadores, analizamos el partido y estábamos convencidos de nuestro potencial. Yo estaba seguro de que, si Brasil nos ganaba, a lo sumo podía ser por un gol, no más. Es que teníamos una defensa extraordinaria. Y cuidado, que pudimos haber ganado por mayor diferencia que ese 2 a 1. Nosotros fallamos dos goles, uno Míguez y otro yo. ¡Yo erré un gol…!” Nos lo dijo Juan Alberto Schiaffino en su casa de Punta Gorda, su barrio montevideano. “Nos teníamos una confianza bárbara”, reconoció Ghiggia en su “Biografía Oficial”, escrita por Fernando Soria.

Llegado el día y la hora, se inició lo que debía ser apenas una burocrática diligencia necesitada de un sellado. Según todos los testimonios, la gritería era tan infernal que semejaba a miles de leones rugiendo al compás. Producía temor. Para completar el idílico cuadro de sueño y esperanza, hubo gol de Brasil, que pasaba a ganar 1 a 0. Sin embargo, remando de atrás, los uruguayos adelantaron líneas, empezaron a inquietar el arco rival y alcanzaron el empate. El diminuto puntero Alcides Ghiggia desbordó por derecha, tiró un perfecto pase atrás y Schiaffino la incrustó en un ángulo alto: 1 a 1. Y a once del final, otra vez Ghiggia escapó a Bigode, se internó en el área e inesperadamente sacó un tiro fuerte y rasante que se metió en el arco de Moacir Barbosa. Un puñal hundido en el corazón de un país acallado, confundido, que en un segundo pasó de la felicidad nacional a un estado fúnebre.

Los mundiales y las guerras

Una decisión “a dedo” de la FIFA, y no las bolillas del sorteo del Mundial de España ’82, impidió lo que, con seguridad, hubiese sido el partido de fútbol más apasionante de la historia. El 2 de abril de ese año Argentina invadió sus propias islas Malvinas e Inglaterra, que las mantiene ocupadas, le declaró la guerra. Se enfrascaron en combate y en ello estaban cuando comenzó el Mundial en Barcelona con el juego Argentina-Bélgica. Que pudo o debió ser Argentina-Inglaterra. Ocurrió que Bélgica iba a ser cabeza de serie, con lo cual no enfrentaría a la Albiceleste, pero en la misma mañana del sorteo de grupos (seguramente para evitar un encuentro tan áspero e inoportuno) la FIFA cambió: decidió conceder ese rango a Inglaterra “por ganar el Mundial ‘66 y haber inventado el fútbol”, hechos incuestionables, aunque desfasados. Eso evitó el increíble choque. Porque los cabezas de serie no se enfrentan entre sí.

De haberse dado ese Argentina-Inglaterra mientras libraban una guerra, el mundo habría asistido al evento deportivo con mayor morbo que jamás se hubiera imaginado. Y ello sin contar la rivalidad histórica entre ambas naciones, en fútbol y demás ámbitos. Sin embargo, el sorteo quiso que se vieran las caras cuatro años después, en México ’86, cuando Argentina se impuso 2 a 1 con los célebres goles de Maradona, el de la Mano de Dios y el otro en el que se gambeteó hasta a la reina Isabel.

La decisión de la FIFA de excluir a Rusia del Mundial de Catar y ahora del de América del Norte por su invasión a Ucrania trajo a colación las repercusiones deportivas que los distintos conflictos bélicos ocasionaron en los Mundiales de fútbol. El primer coletazo fue en 1916. Aún no existían los Mundiales (comenzaron en 1930), el torneo ecuménico de fútbol era el de los Juegos Olímpicos. Tocaba disputarlo dentro de las Olimpíadas de 1916 en Berlín (nada menos), pero fueron anulados a causa de la Primera Guerra Mundial, de la que justamente Alemania fue su propiciador.

Bolivia y Paraguay habían disputado en Uruguay el primer Mundial, pero en 1934 ni tiempo tuvieron de pensar en asistir a la segunda edición, en Italia: estaban trenzados en la terrible Guerra del Chaco (1932-1935). No sólo no competían sus selecciones, tampoco había torneo nacional. Más que eso, el tradicional club The Strongest aportó al ejército boliviano un batallón completo de 600 combatientes compuesto por sus jugadores del primer equipo, dirigentes y socios, lo cual es reconocido como una gesta nacional. Ganaron una recordada batalla en Cañada Esperanza y en homenaje se la denominó Cañada Strongest.

España ya había demostrado ser una fuerza considerable en los Olímpicos de 1920 (fue subcampeón), pero no pudo participar del Mundial de Francia 1938 por hallarse en plena guerra civil (1936-1939), una de las contiendas internas más graves de la humanidad. Tampoco Austria, ya clasificada, participó como Austria, pues había sido anexada por Alemania. Hitler ordenó que jugara un equipo mixto entre alemanes y austríacos.

La atroz Segunda Guerra Mundial arrastró en su curso de muerte y destrucción las Copas del Mundo que debieron disputarse en 1942 y 1946, anuladas para siempre. El torneo regresó recién en 1950 en Brasil. La FIFA celebró que se realizara en Sudamérica y no en Europa, que aún buscaba reponerse de los estragos bélicos. Brasil vivía en paz y en moderado progreso. Preparó para la competencia el grandioso Maracaná y la ausencia de Argentina le permitía pensar con cierta seguridad en coronarse, pero apareció la gloriosa Celeste uruguaya y le arrebató el sueño. Costó reinstaurar la magna competición: sólo 13 equipos se presentaron en Brasil. Y algunos de ellos como invitados.

Alemania y Japón, las potencias del Eje, estuvieron imposibilitados de intervenir. Ambos estaban en ruinas, no se puede jugar entre escombros. Aparte de ello, la FIFA los había expulsado como miembros en castigo por el desastre causado. Firmada la paz, en noviembre de 1945 volvió el fútbol en Europa con un amistoso entre Suiza e Italia en Zurich. Las autoridades de la FIFA aprovecharon la ocasión para retomar sus reuniones. No lo hacían desde 1941. “La máxima cordialidad ha presidido esta última reunión en la que considero se ha hecho buen trabajo. No ignoran ustedes que Alemania y Japón han sido eliminados de la FIFA y la decisión sobre Italia queda subordinada a la política que, a su respecto, adoptarán las Naciones Unidas”, declaró su presidente, Jules Rimet, al retornar a Francia. Finalmente, a Italia sí se le permitió acudir a Brasil, porque era el último campeón y porque Ottorino Barassi, presidente de la federación italiana, había guardado celosamente el trofeo en una caja de zapatos en su casa para que no lo arrebataran los militares alemanes.

Alemania, aún dividida, retornaría en el Mundial de Suiza 1954 para ganarlo, en lo que se denominó “El milagro de Berna”. La gesta alemana posiblemente no se repita nunca. En los dos Mundiales adónde acudió dividida como coletazo de la Segunda Guerra conquistó el título; 1954, cuando enfrentó la Eliminatoria como Alemania Federal, Alemania Democrática y el Protectorado del Sarre. Y 1974, cuando incluso se midieron las dos primeras con triunfo de la parte comunista.

En las décadas de 1950 y 1960 muchos países de Asia y África no tomaron parte de las justas mundialistas, estaban ocupados en sus guerras de independencia. Eran incluso colonias. Primero nacieron como países libres y luego se afiliaron a la FIFA. 

Causó sorpresa que en México ’86 se presentara Irak mientras sostenía su larguísima guerra con Irán. Y, más curioso, que fuera ésa su única incursión mundialista. En 1994 le fue prohibido a Yugoslavia concursar en EE.UU. ’94. Aún existía como entidad política la Federación Yugoslava, compuesta por Serbia y Montenegro. Pero dado que Serbia desató la Guerra de los Balcanes, fue excluido de la Eurocopa 1992 y no se le permitió ser parte de la Eliminatoria del Mundial ’94.

No obstante, el país más perjudicado de todos por las guerras en relación a los Mundiales fue Argentina, pese a no haber intervenido en los dos grandes litigios Mundiales. Su llamada Época de Oro transcurrió en los años ’40 y comienzos de los ’50. Al no haber torneos en 1942 y 1946, el gran público internacional se perdió de ver a aquellos fenómenos como el Charro Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna, Antonio Sastre, Vicente de la Mata, Tucho Méndez, René Pontoni, Rinaldo Martino, Alfredo Di Stéfano, Pipo Rossi y decenas más. La Copa América era un torneo de élite, quien lo ganaba era potencia universal, como lo había demostrado Uruguay en 1924 y 1928. Y Argentina había conquistado la corona en 1941, 1945, 1946 y 1947. Pero otro suceso ratificaría la demostración de su poderío. San Lorenzo de Almagro, brillante campeón argentino de 1946, fue invitado a realizar una gira por Europa. Deslumbró de tal manera que en España se dijo que el fútbol se dividía “en un antes y un después de San Lorenzo”. El Ciclón goleó 10 a 4 a la Selección de Portugal y 7-5 y 6 a 1 a la de España. Y era apenas una expresión de club del fútbol albiceleste. 

Argentina participó en Italia 1934 con un equipo aficionado mientras cuatro de sus profesionales ayudaron a la Azzurra a conseguir la corona. Luego, la AFA estuvo ausente de los Mundiales durante 24 años. Demasiado tiempo perdido.

Francia 1938, la lección de Vittorio Pozzo

Hombre de sólida formación académica, Vittorio Pozzo estudió idiomas, emigró joven, jugó al fútbol en Francia, Suiza e Inglaterra para luego volver a Italia, contribuir a la fundación del FC Torino y dedicarse a la dirección técnica. A su vasta cultura unía una fuerte pasión por el fútbol, robustecida en su paso por las canchas inglesas. Allí, en largas tertulias con estrategas británicos, se interesó más por la táctica. Fue el precursor de los entrenadores meticulosos, trabajadores, que estaba detrás de cada detalle. Los historiadores se empeñan en afirmar que su Italia de 1934 se consagró casi exclusivamente por la influencia del fascismo de Mussolini, pero la realidad (esa verdad de cemento) dice que la Selección Azzurra era una potencia futbolística indiscutible, la pragmática creación de Pozzo. Entre 1930 y 1938 ganó los cinco torneos más importantes que entonces existían. Campeón de la Copa Europea de Naciones -predecesora de la Eurocopa- en 1930 y 1935, campeón del mundo en 1934 y ’38 y olímpico en 1936.

Italia no poseía grandes estrellas. ¿Cómo lo lograba El Viejo Maestro…? No repetía equipos de un torneo a otro. Quería gente con ilusiones frescas, con el apetito intacto por ganar. Pozzo es el único conductor que hizo doblete en los Mundiales. Del ’34 sólo permanecieron en la formación de 1938 los dos armadores de juego: Giuseppe Meazza y Giovanni Ferrari, los demás, todos nuevos. Lección que no aprovecharon los técnicos campeones que lo sucedieron. Estos volvieron a convocar a quienes los llevaron a la gloria, tal vez por una deuda de gratitud. Lo mismo que hará Lionel Scaloni en Estados Unidos 2026: es un secreto a voces que tiene una prelista con 15 ó 16 nombres que ya estuvieron en Catar 2022. Tal vez Pozzo tuviera la verdad: cuatro años son muchos en la carrera de un futbolista. La mejor prueba tiene nombre y apellido: Diego Maradona. En México ’86 era la bomba atómica, en Italia ’90 se lo vio en color sepia.

En Francia 1938 no estaba Mussolini e Italia reeditó su coronación. Jules Rimet, presidente de la FIFA y creador de los Mundiales, se dio el gusto de llevar la Copa a su país. Y lo logró en tiempo de descuento. Ya soplaban vientos de guerra. Pocos meses después sonarían los cañones y los Mundiales quedarían interrumpidos por doce años.

Tres meses antes del torneo, la Alemania de Hitler se había anexado a Austria y el Führer dio la orden de competir con un equipo mixto: 6 alemanes y 5 austríacos, o viceversa. Fue la única vez en 22 ediciones que dos países fueron representados por uno solo. Jugaron con la camiseta blanca y la cruz esvástica en el pecho, además de tener que hacer el saludo nazi. Aunque Austria era una potencia en esa época y Alemania no, Sepp Herberger, DT alemán, se oponía a esa mezcla. Debió acatar el dictado de Hitler, pero pensaba que no funcionaría. Y tenía razón: Alemania quedó fuera en octavos de final al caer ante la débil Suiza por 4 a 2 en partido desempate. Una pequeña nación de 4 millones de habitantes había eliminado a otra de 60.

El Mundial debía jugarse en Sudamérica por el principio de rotación, como se había estipulado en 1929 al crearse el campeonato. Y Argentina había solicitado ser sede, pero fue desestimada. Esto enojó a las autoridades de la AFA, que decidieron no concurrir en protesta. Uruguay seguía ofendido por la escasa afluencia europea a su Mundial de 1930 y tampoco acudió (aunque Francia sí participó en Montevideo). Una tontería. Creían que debilitaban el torneo, pero a nadie le importó. El fútbol argentino ya era muy fuerte y es posible que hubiese peleado el título, en todo caso se lo perdió. Luego, cuando llegó la era dorada del fútbol gaucho, los años ’40, sobrevino la Segunda Guerra Mundial y se cancelaron los Mundiales. Y posteriormente se ausentó de nuevo en 1950 y 1954. En total se aisló durante 28 años. Demasiados errores.

Francia ya fue un torneo con cierta pompa. Tuvo mucha repercusión mediática y un éxito notable de público. La Federación Francesa ganó un dinero grande, pues entonces no había las exigencias organizativas que se impusieron luego. Presentó diez subsedes: París, Marsella, Lille, Estrasburgo, Toulouse, Reims, Burdeos, El Havre, Antibes, Lyon. La final se escenificó en el estadio de Colombes, un suburbio parisino donde Uruguay se había consagrado en los Juegos Olímpicos de 1924. Aún existe y es propiedad del Racing Club de París.

Se repitió la fórmula del Mundial anterior, bajo el sistema de copa, es decir, sin grupos, por eliminación directa. Como Austria también había clasificado y no ocupó su lugar, el cuadro de competición quedó chueco: fueron 15 contendientes en lugar de 16. Suecia pasó directamente a cuartos de final sin jugar, donde aplastó a la debutante Cuba por 8 a 0. Cuba llegaba de dar un campanazo al eliminar a Rumania. Francia 1938 fue un certamen con muchos goles, a una media de 4,6 por juego. Y en la primera jornada se dio una tormenta ofensiva: Brasil 6 – Polonia 5, con tres goles del famoso Leónidas de un lado y con cuatro de Willimowski del otro. En Brasil la prensa sostenía que en Polonia jugaban con pelota cuadrada, pero Martim Silveira, capitán de los posteriores quíntuples campeones decía, enojado: “Cuando vuelva a Brasil y me digan que Polonia no puede jugar les escupiré en la cara. Los polacos tienen un jugador que vale oro: Willimowski”.

Brasil, que aún no era la Canarinha pues jugaba con camiseta blanca, presentó como novedad una mayoría de jugadores afrodescendientes. Mejoró su biotipo y se convirtió en candidato al título. Siguió su camino ante Checoslovaquia. El duelo fue denominado “La batalla de Burdeos”, pues se registraron acciones brutales. Igualaron 1-1 y se obligaron a un desquite en el que Brasil salió airoso 2 a 1. Pero a las 48 horas debía enfrentar a una Italia con dos días más de descanso y que llegaba tras un triunfazo sobre el local, Francia, por 3 a 1.

La soberbia, como el crimen, no da dividendos. “Para ganarles a los italianos no necesito a Leónidas, a Tim ni a Brandao”, declaró Ademar Pimenta, entrenador brasileño. Reservó a sus tres figuras para la final. A la que nunca llegaría: Italia lo venció 2 a 1. Fue la primera decepción mundialista de Brasil, al que le esperaría aún el golpe del Maracanazo.

En la final, la Squadra Azzurra se topó con la que se iniciaría como nueva fuerza futbolística internacional: Hungría. Al igual que sucedió con Uruguay, no existe una explicación lógica de por qué un país pequeño se erige en una potencia deportiva. Hungría asombraría con jugadores geniales como Puskas, Cizibor, Kocsis y un estilo artístico y superofensivo. Los técnicos húngaros eran reclamados de muchos países pues se los consideraba adelantados al resto. Esto duraría hasta que la generación de los Magiares Mágicos escapara del régimen comunista a fines de los ’50. Italia, con un Silvio Piola fantástico, ganó 4 a 2 a Hungría y cerró un ciclo de oro. En este torneo no pudieron hablar de Mussolini ni de arbitrajes, la Azzurra batió sucesivamente a los mejores: Noruega (había sido la sensación en las Olimpíadas de 1936), Francia, Brasil y Hungría. Inobjetable. Vittorio Pozzo daba mucha importancia a una defensa firme, pero sin dejar de pensar en el ataque, para el cual alistó en cada partido a un trío brillante: Meazza, Ferrari y Piola, elementos hábiles y con gol. Los dos primeros, del Inter, el tercero, de la Lazio. La Italia actual, eliminada en primera fase en 2010 y 2014, ausente en 2018 y 2022, está muy lejos de aquella.

Del balón con tiento al salto tecnológico

Pese a la desconfianza y el desdén con que los europeos miraron siempre a Sudamérica, el estadio Centenario, inaugurado durante el Mundial de 1930, impactó a los llegados del Viejo Mundo. Se asombraron. Era un escenario colosal para la época, el primero cilíndrico y con capacidad para 80.000 personas. Constituyó la primera gran novedad aportada por los Mundiales, ésta en materia arquitectónica. Luego vendrían cientos más, de diversa índole. Desde entonces, el fútbol ha tenido una transformación gigantesca. No da para decir que ahora es otro deporte, pero casi…

En aquel 1930 y hasta 1938 se jugó con la antigua pelota con tiento. El tiento era ese grueso cordón de cuero que cerraba el balón aprisionando una vejiga de goma. Eso hacía que muchos jugadores de la época usaran boina, sobre todos los defensas, para rechazar de cabeza y no lastimarse con el tiento. Aparte, por el tiento le entraba agua los días de lluvia y la bola se ponía muy pesada. Tres amigos argentinos de Bell Ville, la ciudad de Mario Kempes, inventaron la pelota actual, con cámara de goma y cierre cosido, que eliminó el tiento y le dio redondez perfecta. Luis Polo, Antonio Tossolini y Juan Balvonesi crearon en 1931 el nuevo balón, que debutó en cancha de Boca en 1936, pero a causa de la Segunda Guerra recién se presentó universalmente en el Mundial de Brasil en 1950. Fue un avance notable. En Argentina ’78, Adidas revolucionó el diseño de la herramienta con el balón Tango. Y en España ’82, al mezclar el cuero con poliuretano, se estrenó el primer esférico totalmente impermeable. Gracias a ello mantiene su peso al no absorber el agua.

En ese torneo de 1950 aparecieron los números en las camisetas, con lo cual se identificaron los puestos. El volante derecho pasó a ser “el 8”, el puntero izquierdo “el 11” y todos así. Esto facilitó al periodismo, y sobre todo a los hinchas, poder individualizar mejor los jugadores. El 10 se convirtió en símbolo de talento, de estrella, y ello porque lo usó Pelé en Suecia 1958 y a partir de él los grandes cracks utilizaron ese número.

Debido al desaire europeo al primer Mundial organizado en Uruguay, el torneo se realizó por invitación y aceptaron participar sólo 13 selecciones. Ya para Italia 1934 se inscribieron 32, por lo que se pusieron en marcha las Eliminatorias. Esa vez se jugaron sólo en Europa. La clasificatoria sudamericana comenzó en 1954. Hasta 1978 se jugó con 16 equipos, pero como en cada edición aumentaba la cantidad de inscriptos, en España ’82 se pasó a 24, en Francia ‘98 a 32 y ahora serán 48. Para Rusia 2018 se anotaron las 211 asociaciones miembro de la FIFA, récord.

La televisación de los partidos mundialistas se inició en Suiza 1954, pero dentro del país; aún no existía la manera de transmitir al exterior. Eso comenzó en México ’70, cuando se emitieron las alternativas en directo, vía satélite, a todo el globo. Ahí mismo se dieron los primeros partidos en color para aquellos países que disponían de ese sistema.

Ese campeonato en México fue extraordinariamente innovador; introdujo dos elementos sustanciales: las tarjetas -amarilla y roja- y los cambios. Seguramente influyó que, en 1966, cuando Pelé se retiró lesionado del choque ante Portugal, Brasil quedó con diez y flotó una sensación de injusticia. Fue víctima de una entrada excesivamente recia de Morais -no sancionada- con el agravante de que su equipo no podía reemplazarlo. Por eso se instauraron los dos cambios por equipo. La Unión Soviética fue pionera en ambos rubros. El ucraniano Víctor Serebrjanikov fue el primer reemplazado de la historia mundialista (¿se habrá ido mascullando rabia…?). Y otro ucraniano, Anatoli Byshovets, recibió la tarjeta amarilla inaugural. Para la roja hubo que esperar al siguiente Mundial: recién en 1974, el habilísimo puntero chileno Carlos Caszely vio la roja directa jugando frente a Alemania. “Berti Vogts me pegó 25 patadas, devolví una y me echaron a mí. Y tampoco era para roja”, se queja todavía Caszely.

La notable idea de implementar las tarjetas, para eliminar las barreras idiomáticas, fue del árbitro inglés Ken Aston, mundialista, quien dirigió el tristemente célebre partido Chile 2 – Italia 0 en 1962, denominado La Batalla de Santiago, tal vez el partido más violento de las copas del Mundo. Aston iba en su auto, paró en un semáforo, vio las luces y se le prendió la lámpara cerebral. Dijo: “Amarilla, advertencia; roja, no siga”.

A raíz de la implementación de las sustituciones en los equipos, se tuvo que pensar en un elemento hasta allí desconocido: los bancos de suplentes, una estructura nueva. En los años cuarenta, cincuenta, sesenta, en las copas América, en las que sí se permitían cambios, los jugadores que no eran titulares se sentaban o se recostaban en el césped, entre la raya de cal y el alambrado que separaba de las tribunas. Luego se les proporcionó el banquillo al aire libre y posteriormente con techo de visera para evitar agresiones de los hinchas.

En materia reglamentaria hubo variantes sustanciales. En Estados Unidos 1994 se creó el área técnica para que los técnicos pudieran pararse y dar indicaciones. También la figura del cuarto árbitro para ayudar al juez principal en todo lo relativo a cambios y manejo de situaciones más allá de los límites del campo como la hora, las tarjetas, el control de los entrenadores y auxiliares, etcétera. Allí mismo se puso en marcha la medida cumbre que tuvo un efecto fenomenal sobre el juego: los 3 puntos a la victoria. Fue un éxito rotundo y al año siguiente se extendió a todos los certámenes del mundo.

En ese torneo de 1994 por primera vez una final se definió por tiros desde el punto del penal, al empatar 0 a 0 Brasil e Italia. Quiso el destino que Roberto Baggio, quien hasta ahí era la estrella de la Copa junto con Romario, lanzara el último penal muy arriba y dejara la corona en manos de Brasil. De haber convertido y ganado Italia, seguro lograba su segundo Balón de Oro consecutivo. Ya lo había recibido en 1993. La definición por penales se estrenó en los Mundiales en 1982, en el histórico Francia 3 – Alemania 3, quizás uno de los más emotivos de todos los tiempos. Habían igualado 1-1 en el lapso reglamentario; fueron al alargue y en ocho minutos Francia, de sensacional actuación, se puso al frente 3-1. Pero Alemania, fiel a su historia, no se entregó y logró igualar 3 a 3. Debieron ir a los lanzamientos y ahí se impuso el cuadro de Rummenigge sobre el de Platini 5 a 4.

En Brasil 2014 se instituyó el chip electrónico en los arcos para evitar los goles fantasma. Esto, a raíz del increíble gol escamoteado a Inglaterra frente a Alemania en el Mundial anterior. La pelota entró al menos 60 centímetros, pero el árbitro uruguayo Jorge Larrionda, a instancias del línea Mauricio Espinosa, no lo convalidó e hizo seguir el juego. El escándalo llevó a implementar el ojo electrónico en la línea de meta. También en Brasil apareció el aerosol para marcar la distancia en los tiros libres. Hubo cantidades de modificaciones más. En Rusia 2018 debutó el VAR con la ilusión de que hiciera justicia. Como todas las innovaciones, fue vituperado al inicio, luego se asentó y ahora nadie aceptaría que no haya VAR en un partido mundialista. Sería ridículo. Hay una realidad innegable: a lo largo de la historia, todos los cambios fueron criticados, incluso ironizados, pero todos funcionaron y mejoraron el fútbol.

Italia, bajo la sombra de Mussolini

En 1930, cuando ningún país se atrevía a organizar un Mundial de fútbol, Uruguay levantó la mano y dijo “yo”. Le cabe el mérito eterno de haberse atrevido a poner en marcha esta fascinante historia. Era un paisito de 1.875.000 habitantes. Pero en 1934 se negó a participar. “Rechazamos el régimen fascista que se va a aprovechar de la competición”, adujo en un comunicado. Había otros motivos, velados: fue en represalia porque Italia no había asistido cuatro años antes a Montevideo y porque -esto no lo dijo- la brillante Generación Olímpica ya estaba mustia y temía no estar a la altura. Fue el único de los veintidós campeones que no acudió al siguiente Mundial a defender su título.

En pleno auge del fascismo impuesto por el dictador Benito Mussolini, Italia pretendía retomar el esplendor del Imperio Romano y le interesaba trascender, figurar, promocionar su régimen y marcar un liderazgo político a nivel universal. Por ello, entre muchos otros tópicos, solicitó y obtuvo la organización de la segunda Copa del Mundo, una herramienta fantástica para dicho propósito. Suecia se había postulado también, pero se bajó del tren en el congreso anterior a la elección. Mussolini llevaba más de una década en el poder y buscaba prestigio internacional y legitimidad interna para el fascismo.

La prensa de la época refiere presiones terribles del Duce a los jugadores italianos, y que el Mundial era “ganar o morir”. Pero según Massimo Tecca, magnífico periodista italiano, no fue así. “Se esparció la idea de que ganar era imperativo, sí, pero no hubo amenazas”. En cambio, el periodismo extranjero de entonces hizo hincapié en los arbitrajes, muy favorables a Italia, especialmente en partidos clave contra España y Checoslovaquia. Existen testimonios y documentos que sugieren presiones políticas a árbitros, aunque no siempre hay pruebas directas concluyentes. Mussolini asistió a varios partidos y dejó claro que ganar era una cuestión de Estado. El régimen invirtió mucho dinero en estadios, organización y propaganda. El torneo quedó rodeado de sospechas.

A diferencia de Uruguay, que presentó una sola sede, Italia designó 8 grandes ciudades para apenas 17 partidos: Roma, Milán, Turín, Nápoles, Bologna, Florencia, Génova y Trieste. Mejoró carreteras y preparó estadios importantes para la época. Quería impresionar. Se construyó el estadio Benito Mussolini en Turín (hoy Grande Torino), planificado para 66.000 espectadores. Y la final se escenificó en el coliseo Partido Nacional Fascista, de Roma.

Acudieron, ahora sí, 16 equipos, los que estipulaba entonces el reglamento: 12 europeos, por primera vez un africano -Egipto-, Estados Unidos y finalmente Argentina y Brasil. Sudamérica era el mejor fútbol del mundo, pero participó totalmente disminuido. Uruguay, la máxima potencia de la época, daba un paso al costado. Brasil estaba inmerso en un enfrentamiento entre Río de Janeiro y San Pablo, lo cual generó que participara con un equipo de Río y apenas cuatro del São Paulo FC. Viajó doce días en barco, cayó ante España 3 a 1 y se volvió a casa. Argentina acudió con un equipo amateur y de provincias, perdió 3-2 con Suecia en el debut y también pegó la vuelta rápido.

Por primera vez en la historia se jugó con un sistema totalmente eliminatorio, sin grupos: comenzó con octavos de final y siguió con cuartos, semifinal y final. Ganando cuatro partidos se era campeón. Italia se coronó por primera vez, pero jugando cinco, pues tuvo que afrontar un desempate con España, que nueve décadas después sigue despertando polémica. Fueron dos guerras. Según libros y medios de la época, Italia apeló a un juego excesivamente brusco. El primer choque (nunca tan gráfico el término), llamado La Batalla de Florencia, terminó 1 a 1 y debieron recurrir a un desempate apenas 24 horas después, dado que aún no existía la definición por penales y porque no se podía correr la programación. Con un agregado dramático: la refriega dejó siete jugadores españoles y cuatro italianos lesionados, entre ellos, el célebre Ricardo Zamora, El Divino, considerado el mejor arquero del mundo con diferencia. Zamora sufrió un choque desleal de Schiavio, que le fracturó dos costillas. Once titulares del primer partido, maltrechos, no pudieron protagonizar el segundo.

En la revancha se impuso Italia 1 a 0 con un gol de Giusseppe Meazza tras falta del argentino Atilio Demaría al arquero suplente Bosch. Fue un escándalo mayúsculo. Los jueces de los dos partidos, el belga Louis Baert y el francés Rene Mercet, fueron expulsados de por vida, de sus federaciones y de la FIFA. Tres días después, Italia venció 1-0 a Austria con gol del Indio Guaita, otro argentino, proveniente de Estudiantes. Y en la final, venció 2-1 a Checoslovaquia. Perdía 1-0 hasta faltando nueve minutos y la desesperación en el estadio de Roma era total, pero Mumo Orsi, otro gaucho, el gran puntero de Independiente y la Juventus, marcó el empate y mandó el partido al alargue. Allí, Schiavio señaló la victoria.

También debe decirse: Italia era un equipo fuerte con un técnico excepcional como Vittorio Pozzo. Ya había ganado en 1930 la Copa Internacional de Europa Central, en la cual intervenían las cinco selecciones más fuertes de Europa (exceptuando a Inglaterra, que permanecía encerrada en su arrogancia y estaba fuera de la FIFA): Austria, Checoslovaquia, Hungría, Italia y Suiza. De modo que era una expresión relevante. No obstante, ese Mundial lo subió al podio en el que permanece hasta hoy, pese a su declinación reciente. Al Mundial en casa le sumó el de 1938 en Francia, el título olímpico en Alemania 1936 y otra Copa Internacional de Europa Central en 1935. Todas no fueron por los árbitros o por el fascismo. Tenía fútbol, fuerza y carácter.

No obstante, sin los sudamericanos por delante, a Italia se le facilitó el camino al título de 1934. Y, además, Italia se sirvió de cuatro cracks argentinos y un brasileño para la conquista del título: Orsi, Monti, Guaita y Demaría, que habían sido cracks de la Selección Argentina, y Guarisi, expuntero del Corinthians. Los tres primeros fueron grandes figuras del campeón. Monti resultó el caudillo. Es el único caso de un futbolista que jugó dos finales de Mundiales con dos camisetas y dos himnos diferentes: en 1930 con Argentina y en 1934 con Italia. Era el gran capitán de San Lorenzo y la selección albiceleste. En Montevideo recibió una carta con una amenaza de muerte para él y su madre. Y los datos que le dieron lo convencieron de que esa amenaza era cierta. “No debí jugar, estaba como ausente en el campo, de verdad tuve miedo”, reconoció. Juan Ricardo Faccio, jugador y técnico uruguayo, nos confesó en su casa que su padre, Ricardo Faccio, fue compañero de Monti en la Selección Italiana, pero este nunca lo saludó ni le dirigió la palabra. Y ambos eran mediocampistas. Monti le pasaba el balón, pero no lo miraba. Hasta su muerte no volvió a hablar con un uruguayo después de aquella amenaza recibida antes de la final del ’30.

“La gran vergüenza del fútbol italiano es no haberle dedicado nunca un estadio a Vittorio Pozzo. Lo consideraban un colaborador de Mussolini. Una mentira. No fue fascista. Un hombre mutifacético, que hizo la grandeza del fútbol italiano”, retoma Massimo Tecca. Pozzo fue el Bilardo de los primeros tiempos, pensaba en todo, estaba detrás de cada detalle, apelaba a la psicología para convencer y estimular a sus dirigidos, creaba un clima de armonía. Cuatro años después escribiría otra página de oro.

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