Jorge Barraza

Fútbol de ayer y de hoy

Page 2 of 2

Del cablegrama al Tik Tok

A mis once años recibí el primer flechazo de los Mundiales. Con Inglaterra ’66 experimenté el deslumbramiento inicial. Volvía corriendo de la escuela y me preparaba para ver, con profunda expectativa, los partidos anunciados para esa tarde ¡pero que se habían jugado dos días antes…! Se transmitían en diferido, era lo que había y se disfrutaba igual. En ese torneo preciosamente británico descubrí mis tres primeros fenómenos de este juego: Bobby Charlton, un zurdo elegante, moderno, veloz, de largo recorrido, con un deslizamiento por el campo como si corriera en patines, que desequilibraba y llegaba al gol merced a un excelente disparo de afuera… de derecha; Beckenbauer, crack de todos los tiempos, que con sólo 20 años pasaba por al lado de los rivales casi ignorándolos, como si fueran hologramas. Eusebio, una auténtica pantera africana, incontenible, con remates furibundos, mortíferos.

 Ver los partidos 48 horas después de disputados y en blanco y negro no nos molestaba en absoluto, los veíamos con gran interés aun sabiendo el resultado. Así se vivía y éramos felices. Era lo más avanzado tecnológicamente. En México ’70 llegó la primera revolución: el satélite. Fue un vuelco en las comunicaciones, un antes y un después. Se televisaron todos los partidos en directo. Recuerdo haber visto todos los de Brasil, los de Perú, varios de Uruguay, algunos de Alemania e Italia. De ese torneo me quedó grabada la habilidad serena de Tostao, los bombazos de Rivelino, el fútbol artístico de Perú. Y, por supuesto, el equipo de los sueños que fue Brasil con todos sus monstruos.

Los Mundiales de fútbol siempre fueron una avant premiere de los adelantos técnicos, en todos los rubros: estadios, balones, botines, indumentaria, pero, sobre todo, en las comunicaciones. Y los periodistas, los encargados de inaugurar esas innovaciones.

El 10 de junio de 1928 el mundo futbolístico -ya numeroso- palpitó la finalísima de las Olimpíadas de Amsterdam entre Uruguay y Argentina. Eran los dos colosos de la época. Una multitud los aclamó en vivo en Holanda. No había televisión ni celulares ni transmisiones radiales interoceánicas. En Buenos Aires, varios miles se aglomeraron frente al palaciego edificio del diario La Prensa, expectantes frente a la vidriera esperando novedades del gran choque rioplatense por el oro olímpico. Un empleado colocó una pizarra con la primera noticia, escrita con tiza: “GOAL URUGUAYO, 1 – 0”. Silencio, desazón. Pero, apenas iniciado el segundo tiempo, el dependiente del periódico retiró el cartel, escribió algo en él y volvió a ponerlo frente al vidrio. Decía “GOAL ARGENTINO, 1 – 1”. La gente estalló en júbilo, se abrazaba…

La información había llegado al periódico mediante un escueto cablegrama. Así eran el mundo y las comunicaciones. Al comenzar los Mundiales, la pasión por el juego se fue universalizando y la creciente popularidad del fútbol obligó a los medios, aun con herramientas primarias, a agudizar el ingenio y esforzarse por dar cobertura y mayores espacios.

En Italia 1934 apareció la radio. Ya muchas estaciones transmitieron los partidos, incluso para Sudamérica. Argentina y Uruguay enviaron periodistas a cubrir las alternativas, aun cuando la Celeste no tomó parte del torneo y Argentina acudió con un equipo amateur.

Una foto muestra a un puñado de suizos, en el centro de Berna, parados frente a un comercio donde un televisor muestra imágenes del Mundial 1954. Fue el primero televisado, pero sólo localmente, no para el extranjero, no había cómo. En ese torneo de Suiza apareció como utilero de Alemania un señor que confeccionaba él mismo los botines para los jugadores de su país: Adi Dassler. Luego fundaría un imperio del calzado y la indumentaria deportiva: Adidas.

Hasta 1938, las delegaciones viajaban en barco al campeonato. Para la Copa de Brasil 1950 ya las selecciones utilizaron el avión, excepto Italia, que, traumatizada por el accidente aéreo donde murió todo el equipo del Torino (1949) se trasladó a Brasil por vía marítima.

¿Cómo enviaban el material periodístico?, le preguntamos a El Veco, coloso del periodismo en Uruguay, Argentina y Perú, quien arrancó su andadura mundialista en Chile 1962. “Fue un Mundial muy casero, no había centro de prensa, cada uno trabajaba en su habitación de hotel. No teníamos télex todavía, escribíamos en esas viejas Remington negras, juntábamos las notas y las enviábamos por avión en un sobre. Era lo más rápido”. La TV seguía siendo en diferido para el exterior. “Recuerdo que un tal Frederici, de Argentina, filmaba los partidos. Por la noche ponía la cinta en una lata y se subía a un avioncito Cessna, cruzaba la cordillera y la llevaba hasta Mendoza. De allí la mandaba a Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas y al día siguiente se emitía por Canal 7. Una proeza”.

En México ’86 aún pasábamos las notas por télex, ese ruidoso armatoste que nos desvelaba. Rogábamos que estuviera libre, que la operadora nos picara la cinta sin irse a almorzar o a hacer otro trámite. Que lo pasara a nuestra redacción y llegara bien… La tensión por transmitir el material era realmente angustiante.

En Italia ‘90 un adelanto que simplificó nuestras vidas: el fax. ¡Qué maravilla! Ya lo habíamos visto por primera vez en México, pero sólo algún colega japonés tenía tal aparato en su redacción y podía transmitir por esa vía. En Estados Unidos ‘94 se despidió el fax y aparecieron las computadoras, aligeradas y perfeccionadas en Francia ’98, en tanto en Corea y Japón 2002 ingresamos en la era de la comunicación inalámbrica, hoy impuesta definitivamente.

En 1930 casi no había enviados especiales. Se publicaban los escuetos informes que mandaban las agencias de noticias, sobre todo Associated Press y UPI. Cincuenta y dos años más tarde las cosas habían cambiado radicalmente y el fútbol reinaba sobre el planeta. Héctor Vega Onesime, director de la revista El Gráfico en los años 70 y principios de los 80, en su libro Memorias de un periodista, describe el operativo para el Mundial ’82, en el cual Argentina defendía el título. “Se dispuso una cobertura con 11 periodistas, 8 fotógrafos, se montaron dos laboratorios para revelado del material, con laboratoristas incluidos, rentamos 10 autos cero kilómetro, un avión Lear Jet y dos apartamentos en Barcelona, elegida como cuartel central de la redacción. A ello se sumaron varias líneas telefónicas, dos circuitos de télex y dos máquinas para transmitir telefotos a color”.

Diego Lucero fue el legendario cronista uruguayo que cubrió los primeros quince Mundiales. Pluma de oro, charlista exquisito, durante las deliciosas tertulias en su casa de La Plata le consultamos cómo mandaba sus artículos en el Mundial de 1934, el primero en Europa. “Por barco -respondió-. Yo escribía a mano o en alguna máquina que conseguía, quince o veinte notas, armaba un paquete, me iba hasta el puerto de Génova o al de Nápoles y las mandaba en algún vapor, que llegaba a Montevideo dos semanas después. En el diario las recibían y las iban publicando de a una, de a dos”.

Era el mundo que había. Las notas tenían tanta frescura como las de hoy pues no se conocía otra cosa y el público las devoraba igual. Brasil 2014 ya fue el Mundial de la instantaneidad total, por la irrupción de las redes sociales. Podemos ir circulando por una calle de Tailandia o estar pescando en un lago del África y enterarnos de un gol y verlo al instante por Twitter, Tik Tok o por el mismo WhatsApp. Es fascinante, ¿qué vendrá después…?

El románticio inicio de los mundiales…

 “El Mundial ya había empezado, pero se jugaba en otras canchas porque el estadio Centenario aún no estaba terminado. El 18 de julio, día de la inauguración del moderno coliseo, se enfrentaron Uruguay y Perú. El público entró en tropel, con gran entusiasmo, pero el cemento en algunas partes aún estaba blando y los hinchas se divertían escribiendo sobre las tribunas leyendas como ‘Vamo’ Uruguay’, ‘Dale Peñarol’… Dibujaban con el dedo sobre el concreto fresco un corazón y le ponían ‘Pepe y Luisa’, cosas como ésas…”

La graciosa anécdota de 1930, ligeramente exagerada para bien, la contó Diego Lucero, inolvidable amigo, genial periodista y escritor uruguayo, condecorado por la FIFA por ser la única persona que asistió a los primeros 15 Mundiales de fútbol. Tiempos pioneros, románticos… y emprendedores. La hipermilllonaria y mediática Copa Mundial que ofrecerá Estados Unidos dentro de 165 días es posible porque en el primer tercio del siglo 20 alguien tuvo la idea de crearla y ponerla en marcha. El planeta no hacía mucho había salido de la primera Gran Guerra, de la que las grandes potencias habían quedado exhaustas. Nadie en Europa quería asumir el desafío de organizar un Mundial, por eso no hubo mayor resistencia a que el anfitrión fuera Uruguay, pequeña nación de la América del Sur de 1.875.000 habitantes (Alemania tenía 65 millones), aunque con tradición de paz y democracia. También porque el diminuto país era la máxima potencia futbolística: venía de vencer en forma extraordinaria en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Deportivamente, le correspondía…

Y Uruguay asumió el reto: “No sólo podemos ser campeones en el campo sino también organizando”. Entre que lo designaron sede el 18 de mayo de 1929 y el comienzo fijado para el torneo quedaban apenas catorce meses. ¡Y Uruguay se había comprometido a construir el estadio más grandioso del mundo…! Las dudas de siempre: ¿llegaría…? Se eligió el lugar -el precioso Parque Batlle y Ordoñez, pleno centro de Montevideo-, un proyecto del arquitecto Juan Scasso y, a toda prisa, en agosto de ese año, comenzaron los movimientos de tierras. No había las máquinas de hoy, era todo manual. Mil seiscientos obreros, en tres turnos, meta pico y pala. Un gentío iba por las noches a curiosear; la impactaban los focos que iluminaban los trabajos. Una vez hechas las excavaciones, se levantó el encofrado y en febrero de 1930 (¡a cinco meses del Mundial…!) se empezó a volcar el cemento, que era llevado de Buenos Aires. Se dio una tribuna a cada empresa constructora para que no se atrasaran. Cada día, cada hora contaba… La tribuna América, la principal, empezó a engullir cemento el 1° de abril… El último balde de material se echó el 10 de julio; el campeonato empezaba el 13. Una hazaña. Y soportando la inclemencia de las continuas lluvias que se abatieron en esos meses en la cosmopolita Montevideo.

Por eso hubo que comenzar los partidos en dos pequeños coliseos de madera. Uno, el Parque Central, de Nacional (hoy remodelado y donde el club juega por el torneo local y la Copa Libertadores). Allí, Yugoslavia dio una muestra de autoridad venciendo a Brasil 2-1 y a Bolivia 4-0. Alguien de la delegación boliviana tuvo la ingeniosa idea de homenajear al local y granjearse la adhesión del público: el equipo entró con una camiseta blanca en la que cada jugador tenía estampada en el pecho una letra, entre los once quedaba conformada la leyenda “URUGUAY VIVA”, con siete parados y cuatro hincados. Pero por alguna extraña razón faltó a la foto el que debía llevar la tercera U (estaba en el baño), Bolivia posó con diez hombres y la instantánea quedó inmortalizada con el simpático “URUGAY VIVA”.

Para que no se pelearan los acérrimos rivales, el otro escenario fue el de Peñarol en Pocitos, uno de los barrios más elegantes de la capital oriental. El tranvía era el único medio de transporte existente en la ciudad. La compañía de tranvías “La Comercial” llegaba hasta el Parque Central y, viendo que era un negocio fantástico llevar cada fin de semana a miles de personas que iban al fútbol, le ofreció a Peñarol, dada su tremenda popularidad ya en ese tiempo, levantar su estadio en los terrenos de la compañía junto a la terminal de Pocitos. Así cerraba el círculo. Para Peñarol era una forma de acercarse al centro, pues su cancha original estaba lejos. Y desde 1921 a 1933 fue local en ese campo, hoy desaparecido. Cuando estuvo listo el moderno e inmenso Centenario, el club aurinegro dejó Pocitos y se mudó a la nueva casa.

Siempre para que no riñeran los dos grandes clubes, también se les dio a ambos un partido inaugural el mismo día y a la misma hora. Pero en Pocitos quedó grabada la parte más sabrosa de la historia: allí, en lo que hoy es la calle Coronel Alegre casi esquina Silvestre Blanco, se marcó el primero de los 2.720 goles mundialistas. En la vereda de una casa, un monolito lo recuerda. A los 19 minutos del juego Francia 4 – México 1, Lucient Laurent empalmó de volea un centro de Liberati e inauguró el rito de los festejos. Aunque ése fue propio de la época, muy moderado. “Todos estábamos contentos, pero no dimos una vuelta alrededor del campo, nadie se había dado cuenta de la historia que hacíamos. Un apretón de manos y volvimos al juego”, recordó Laurent décadas después.

A cinco días y ocho partidos de comenzado el Mundial se estrenó el Centenario, entonces para 80.000 personas y con diseño circular, una innovación arquitectónica para la época que deslumbró a los visitantes. Tan extraordinario que casi 96 años después sigue luciendo imponente. Lo curioso es que ese día se hizo el desfile inaugural, como si la copa fuese a comenzar, aunque ya se había jugado casi la mitad del torneo. Sin embargo, fue una ceremonia fantástica, con los 13 equipos marchando alrededor del campo y enarbolando sus banderas, los jugadores con pantalones y zapatos de fútbol, pero con un cardigan arriba para protegerse del frío austral de julio.

A tono con aquella encantadora sencillez fue el sobrio festejo uruguayo tras conquistar el título, tercero consecutivo que lograba la Generación Olímpica a nivel universal, más tres copas América (1923-24 y 26). Ese pedacito de mundo era el rey del fútbol. La final se jugó un miércoles y, como en las Olimpíadas de 1928, Uruguay chocó en la final con Argentina y lo venció 4 a 2 en un cotejo hasta hoy polémico. Argentina denunció agresiones y amenazas.

Vuelve al relato Diego Lucero, quien era entonces periodista y futbolista, pues había militado en Nacional: “La tarde que Uruguay se coronó campeón, después de todos los festejos, salimos del Centenario y fuimos a un bar en la 18 de Julio con Nasazzi (José). Éramos muy amigos y vivíamos en el mismo barrio, Bella Vista. Estuvimos un buen rato ahí, el Mariscal se tomó un par de grapitas y a eso de las diez de la noche dijo: ‘¿Vamos…?, estoy algo cansado, hoy fue un día de muchas emociones’. Y nos fuimos caminando calle abajo. La gente pensaría que habría habido fiesta corrida hasta el otro día, pero antes de las doce de la noche, el capitán de los flamantes campeones del mundo ya estaba en su casa, durmiendo el sueño del obrero”. Era otro mundo.

Newer posts »

© 2026 Jorge Barraza

Theme by Anders NorenUp ↑