“Entre toros, fandanguillos y alegrías / nació mi España la tierra del amor. / Nunca Dios pudo igualar tanta belleza / Y es imposible que pueda haber dos…”
Estábamos allí en el Soccer City y apenas dio los tres pitazos el húngaro Viktor Kassai una lágrima comenzó a pugnar por salir. El inmortal pasodoble brotó del corazón latinoamericano. Toda la honda raigambre que nos une a la tierra madre afloró a borbotones, se escapó del alma un grito nacido del cariño: ¡Que viva España…! Aún fresca, la final España 1 – Holanda 0 comenzaba a ser un recuerdo y el cielo del mundo iluminaba con fulgor esa palabra de siete letras: CAMPEÓN. El deporte hispano ha vivido en las últimos treinta y cuatro años una racha de gloria inusual, con tenistas, golfistas, ciclistas, automovilistas, basquetbolistas, ganadores olímpicos de diversas disciplinas, una edad de oro deportiva cuyo recuerdo perdurará un siglo. O más. Pero esto es distinto a todo: ¡España campeón mundial de fútbol…! Es el orgullo máximo de una nación. El globo se pone a tus pies y los clarines de la gloria te saludan jubilosos. Son, en este caso, 45 millones de ciudadanos saliendo a las calles a celebrar, a reír, a llorar, abrazarse, agradecer, a golpearse el pecho de emoción. No hay indiferentes en esto. ¡Qué hermoso es ser campeón del mundo! ¡Qué difícil! ¡Tantos planetas deben alinearse…!
El fútbol es el reflejo perfecto de una sociedad, representa la identidad nacional. Si un país es campeón mundial de fútbol, significa que es un país bueno, importante. No cualquiera alza esa Copa. Se necesita inteligencia, carácter, fortaleza, habilidad, picardía, templanza y una decena de cualidades más para coronarse. Por ello, el 11 de julio de 2010 será una efeméride inolvidable en la vida española.
Cuando el juez uzbeko Ravshan Irmatov dio el pitazo inicial, la pelota rodó y se consumó el sueño de todo un continente: el primer Mundial africano. Ochenta años pasaron desde Uruguay 1930 para que África pudiera hospedar el más universal de los eventos. El África pobre y expoliada, mil veces esclavizada y ninguneada, tenía su fiesta grande, la que todos ansían: la Copa del Mundo. Se la escamotearon en 2006 en favor de Alemania, pero estaban obligados a dársela cuatro años después. Y así fue.
Sudáfrica, el único país con segregación racial institucionalizada -el siniestro apartheid-, lo había logrado en nombre de todo el continente. Y pasó la prueba. Después de tantas dudas y críticas previas (se pensó en cambiar de sede varias veces) ese pueblo hecho de rugby sacó una buena nota en fútbol. En forma general cumplió con todas las exigencias y salió a flote. Sacó la cara por África más que dignamente.
Pitó Irmatov, comenzó el inaugural Sudáfrica 1 – México 1 y al unísono tronaron decenas de miles de vuvuzelas. Los 84.490 espectadores no podían parar de sonreír (todos sonreíamos). Entre tanto entusiasmo, muchas lágrimas cayeron. Fuimos felices de estar pisando ese suelo. Felices de su felicidad. Y a uno de esos 84.490 los ojos se le achinaron de emoción: era Nelson Mandela, el líder supremo de la nación, activista por la igualdad de derechos y Premio Nobel de la Paz, personaje de la humanidad. Por él la Copa recayó en Sudáfrica.
Aunque fuese por un mes, el fútbol, único idioma universal, hizo una obra redentora en el país del oro y los diamantes, de la cebra y el león, del mar y las montañas: la integración racial. Dos días antes del debut, cuando el bus descapotado de los Bafana Bafana (la Selección de Sudáfrica) llegó a Mandela Square, miles de blancos celebraron codo a codo con los negros. “El fútbol les está ayudando a perderse el miedo”, decía Xavi Aldekoa, corresponsal en Johannesburgo del diario La Vanguardia, de Barcelona. “Una amiga mía que no había entrado al Soweto en veinte años se animó a ir a festejar”. Estaban venciendo su desconfianza.
Millones, negros y blancos, vistieron sus casas, sus autos y se enfundaron ellos en los colores amarillo, verde, rojo, negro y azul de la bandera. Todos se sintieron profundamente sudafricanos. Con sorpresa, se vieron hermanados en el sentimiento. Muy significativo en el país que sufrió la más cruel división racial de que se tenga conocimiento. Fue el Mundial del África negra, de Mandela y de las vuvuzuelas, la corneta que es un producto nacional allí. Cada persona tenía una y la soplaba. Se generaba un ruido infernal, espantosamente fuerte, como el zumbido de millones de abejas juntas.
Diecinueve mil oficiales de los medios fueron acreditados en Sudáfrica 2010. Una cifra colosal que refleja el interés que despierta cada Mundial. En ella se incluyen 3.000 periodistas de medios escritos y páginas de Internet (ya comenzaba a ser preponderante), 900 fotógrafos y más de 15.000 hombres y mujeres de televisión y radio, incluyendo en este rubro a técnicos, camarógrafos y auxiliares. Un auténtico ejército ávido de combate, esto es salir a las calles, a los estadios, centros de entrenamiento y realizar entrevistas, informes, reportajes.
Cuando en el primer partido del Grupo H Suiza venció a España 1 a 0 en Durban, nadie se hubiera animado a vaticinar que de allí saldría el campeón. No obstante, aunque en ese Mundial no le sobró, España tenía fútbol. Venía de ganar la Eurocopa 2008. Y en buen estilo, dirigida por Luis Aragonés, el hombre que cambió la historia de la Selección Española. Desterró para siempre la Furia, basada en el empuje, el ímpetu y lo físico, e implantó el actual estilo de toque y posesión de pelota. “Falleció el padre de la España del tiki-taka”, tituló As en 2014, cuando el adiós a Aragonés. En verdad, la coronación española frente a Holanda entraña un fenómeno importado. El español era un fútbol secundario en el concierto europeo, todo músculo y sudor, entrega y cojones. Su nota saliente en los Mundiales había sido el quinto puesto en Corea y Japón 2002 entre 32 participantes (en 1950 fue cuarto, pero entre 13). La llegada de Rinus Michels al FC Barcelona cambió el mapa del universo futbolístico. El genio de Ámsterdam llevó a Cataluña su fútbol total, la ofensividad y, sobre todo, el tratamiento de pelota. Su semilla germinó en Johan Cruyff y de él en Pep Guardiola. De allí florecieron Luis Enrique y otros. Y España cambió su estilo, nació el tiki taka, esa sublimación del juego consistente en tocar y tocar la bola hasta meterla en el otro arco. Y lo que Rinus no pudo con su Holanda lo logró España justamente frente a su Holanda. Con su receta.
Desde entonces juega a lo grande, a dominar, a gustar, a ganar por el camino más hermoso que el fútbol tiene: el toque, la pausa, el amague, la finta, el regate, la solidaridad de todos, la dinámica, porque quien no se mueve no tiene posibilidad alguna de triunfo. Y la marca, porque ningún equipo inocente marcando puede ganar un campeonato del mundo. Aragonés se retiró, lo sucedió Vicente Del Bosque y España ganó, por fin, un título mundial. En su humildad, el Bigotón reconoció que fue simplemente un continuador: “Mi mérito fue no haber estropeado todo lo bueno que habían hecho antes Luis Aragonés y Pep Guardiola”.
Tras aquella derrota inicial, La Roja hilvanó seis triunfos consecutivos, los últimos cuatro por apenas 1 a 0. Sin embargo, estableció superioridad sobre todos sus rivales. Sufrió horrores en cuartos de final ante Paraguay. Estando 0 a 0 hubo penal para la Albirroja, pateó Tacuara Cardozo, anunciado y al medio, e Iker Casillas rechazó el disparo. Sobre el final, el notable goleador David Villa marcaría el gol ibérico. Su tarde más lucida fue en semifinal ante Alemania, que venía con paso arrollador tras golear 4-1 a Inglaterra y 4-0 a Argentina. España lo venció 1 a 0 con un cabezazo impresionante de Puyol que era para matar a un caballo. Esa vuelta sonaron los violines y compuso el mejor partido de su trayectoria mundialista.
Y en la final se quedó con la corona tras superar a Holanda la tarde en que Iniesta se ganó el cielo marcando el gol del título en tiempo extra. También la tarde de la histórica patada en el pecho de Nigel de Jong a Xavi Alonso. Pudo haberle partido media docena de costillas o paralizarle el corazón. Los dos mil millones que miraban por televisión quedaron pasmados, pero el árbitro inglés Howard Webb sólo le mostró amarilla. El gol que decidió el torneo: pase milimétrico de Cesc Fábregas al corazón del área para que ese gran diablo de Iniesta definiera con una bomba cruzada. Gol que puso justicia a quien más buscó, a quien más ambicionó.
Como en 1998 con Francia, en Sudáfrica 2010 hubo campeón nuevo. Era el Barcelona con otra camiseta. Estaban del Barça los tres cracks del medio, Xavi, Busquets e Iniesta, los dos zaguerazos, Puyol y Piqué, y Pedro adelante. Fueron la base del campeón. Su compañero estrella, Lionel Messi, pasó hambre con una Argentina dirigida pobremente por Diego Maradona. Todas las veces que Leo tocó la pelota, encantó. Él no tuvo la culpa de Argentina equipo y de Maradona técnico. Brasil y Argentina decepcionaron. Llevaron al Mundial dos transatlánticos, llenos de jugadores espectaculares. No llegaron a puerto. Siempre es edificante que haya un nuevo campeón en los Mundiales. Esto suma otra selección a los grandes de la tradición. Tendrá más responsabilidades en las Copas siguientes. Les dará más calidad. En esa línea, España pasó a ser animador estelar en las copas siguientes, y es favorito para el 2026.
“Lo de España es increíble en evolución. Pasó de la extinta Furia roja a ser el más ganador de Eurocopas en 16 años y mostrando por lo menos tres o cuatro equipos de gran nivel en ese lapso. -señala Ricardo Rozo, agudo analista colombiano- Lo que parecía ser una excepción, fruto de una generación dorada (Xavi, Iniesta, Busquets, Casillas, Puyol, Ramos, Villa), resultó ser consecuencia de un desarrollo enorme de su fútbol tanto técnica como tácticamente”. Con España hay otra explicación: sus entrenadores. Empezaron con Luis Aragonés y luego surgieron Del Bosque, Guardiola, Luis Enrique, Arteta, Unai Emery, últimamente Xabi Alonso. Eso entre los técnicos famosos, pero hay docenas menos conocidos por todo el mapamundi. Rodolfo Chisleanschi, periodista argentino que residió treinta años en Madrid, aporta: “Cruyff fue el gran artífice de un cambio que había empezado a esbozarse con la Quinta del Buitre en el Madrid y siguió con Valdano y algunos DT’s jóvenes como Lillo o Víctor Fernández. La Federación cambió radicalmente los programas de enseñanza para futuros entrenadores y los técnicos españoles empezaron a invadir el mundo”.
Otro tanto pasa con la actuación sudamericana. Como no tuvo al campeón, “el fútbol sudamericano ya no es lo que era”, leímos. Fue, por lejos, la mejor participación sudamericana en la historia moderna de los Mundiales. Un continente de 10 países tuvo cinco en el Mundial, los cinco pasaron a octavos de final (cuatro ganando su grupo), cuatro llegaron a cuartos y uno a semifinal, todos con equipos fuertísimos. Lo notable es que, además de Brasil y Argentina, que siguen siendo potencias (lo mismo que Alemania y Francia, porque eso lo determina la cantidad y calidad de futbolistas y entrenadores que tiene cada uno), se ensanchó la base de calidad.
Uruguay volvió al lugar que su historia le reclamaba: el de protagonista. Hizo un torneo espectacular, dignísimo, su mejor Mundial desde México ’70 y quedó cuarto con su célebre tridente de ataque: Suárez, Forlán y Cavani.. Derramó sobre el césped la garra de siempre, pero esta vez sin pegar, sin escándalos ni broncas, jugando fútbol. Rescató aquella civilización de futbolistas gloriosos del pasado. El MaestroTabárez merecía un diploma honoris causa. Es muy difícil imaginar una faena mejor que la suya. Por ausencias, la Celeste dio una ventaja demasiado grande frente a Holanda en semifinales. Merecía la final. Cayó sin Lugano, Fucile y Suárez, con Forlán sentido, un hándicap demasiado grande. Y hubo una montañita de fallos adversos del juez: el segundo gol de Holanda en offside, la no expulsión de Van Bommel, un avance de Cavani que se iba solo, cortado por un fuera de juego inexistente, el terrible planchazo de Van Bommel previo al gol de Van Bronckhorst que Irmatov ignoró…
Diego Forlán se llevó el Balón de Oro por una justa razón: jugó siete partidos maravillosamente bien. Lo merecía por rendimiento, goles, inteligencia, pegada y sentido colectivo. Lo mismo aconteció con el equipo ideal del torneo. Al menos cinco jugadores uruguayos merecieron integrarlo: Victorino, Fucile, Diego Pérez, Forlán y Suárez. Pero si ponemos cinco charrúas en esa selección nos recomendarían hacernos ver por un profesional (la manera elegante de decirle a alguien que está loco).
El once perfecto del torneo, a nuestro juicio: Casillas (España); Piqué (España), Puyol (España), Fucile (Uruguay); Diego Pérez (Uruguay), Schweinsteiger (Alemania), Thomas Müller (Alemania); Xavi (España), Iniesta (España); Villa (España), Forlán (Uruguay). Ponemos línea de tres porque ningún lateral derecho convenció y porque así incluimos más volantes ofensivos.
Los arbitrajes fueron de malos a peores. Así como el planchazo de De Jong a Xabi Alonso sin expulsión, quedó en la historia el gol insólitamente no concedido a Inglaterra frente a Alemania. Era el 2 a 2 y estaba en franco ataque la selección de Wayne Rooney. Podía suceder cualquier cosa. Pateó Frank Lampard, la bola entró 60 centímetros en el arco y el línea uruguayo Mauricio Espinosa no lo vio. El juego siguió. No hubo explicación posible. A raíz de ello la FIFA implementó en 2012 el “ojo de halcón”, la tecnología de línea de gol. Si la bola entra, una alarma suena en el reloj del árbitro. Nunca más hubo problemas con eso.
Más allá de aquel gol fantasma, lo de Inglaterra enfureció a la prensa inglesa. A excepción de su título en 1966 y su cuarto puesto de 1990, los Mundiales han sido el karma de los inventores del juego. Para ir a Sudáfrica salieron de los técnicos nacionales e hicieron una contratación estelar: Fabio Capello. Sin embargo, la participación terminó en pesadilla: fue eyectada en octavos de final al caer por goleada (4-1) nada menos que ante Alemania, y eso sí que duele a los hijos de Churchill. “Seis millones de libras al año… pero no vale un centavo”. El Daily Mirror inglés fue bastante menos diplomático que muchas otras instituciones británicas. Sobre una gran foto de Fabio Capello -a doble página- estampó ese título gigante. Los súbditos de la reina hacían cola para despedazar al oneroso Fabio. No obstante, el allenatore italiano aseguró que se quedaría. ¡Para qué…! “Un hombre de honor renunciaría, Capello”, le sugirió a su vez el Daily Mail. Fue la peor humillación inglesa en una Copa Mundial, incluyendo aquella legendaria derrota a manos de Estados Unidos en 1950. Dolió más por el resultado (1-4), el rival (Alemania), y las expectativas de campeonato que alentaba el país. También por la penosa campaña: dos empates ante Estados Unidos y Argelia, y una escueta victoria sobre Eslovenia. La delegación inglesa en Sudáfrica fue todo glamour, trajes costosos y detalles refinados. A la hora de jugar resultó un fiasco colosal.
Fue el Mundial del frío. Por primera vez en 32 años, desde Argentina ’78, la Copa volvió al hemisferio sur y se disputó en invierno. No olvidaremos nunca el partido Brasil 2 – Corea del Norte 1 en Ellis Park, Johannesburgo. No por el juego, sino por los 7 grados bajo cero. Sin embargo, la prensa sudafricana anotó como registro récord la noche de México 2 – Francia 1 en Polokwane con -10,3 grados. Todos los jugadores suplentes tiritaban en el banquillo a pesar de los guantes, gorros y frazadas con que se cubrían.
El fútbol dio otra muestra de su singularidad. Paralizó al mundo: 193 países tomaron parte de esta edición al participar desde la Eliminatoria. Y 214 recibieron las imágenes de los partidos. Las Naciones Unidas estaban compuestas en ese momento por 192 estados. Y 3.200 millones de personas vieron como mínimo un minuto por televisión. Todo dicho.